Poco podía imaginarse el director Frank Capra cuando en 1941 rodaba el film Arsénico por compasión, que la actitud de las dos beatíficas viejecitas de la película -envenenaban a ancianos caballeros con la intención de aliviar sus sufrimientos- sería ampliamente seguida en la teoría y en la práctica. La compasión lo justifica todo… ¡hasta el crimen! Y si Frank Capra presentó la situación como un delirante absurdo que movía a la risa, los acontecimientos posteriores han demostrado que ¡profetizó!

En marzo de 2009, Mons. Rino Fisichella, a la sazón Presidente de la Academia Pontificia para la Vida, publicó un artículo en L’Osservatore Romano sobre el caso de una jovencísima niña-madre brasileña a la que se le hizo abortar los dos gemelos que llevaba en su seno fruto de una violación. Ni la niña estaba en peligro de muerte, porque el problema se hubiera solucionado con una cesárea, ni se trataba de un “aborto indirecto”, sino buscado y provocado directamente. El Arzobispo de Recife, Mons. José Cardoso, junto con el párroco de la niña intentaron hasta el último momento preservar la vida de la madre y de los hijos con múltiples gestiones y ofrecimientos de apoyo. Cuando se realizó el aborto, el Arzobispo recordó la excomunión laete sententiae que había recaído sobre la madre y los médicos abortistas.

En los días previos, el caso de esta niña había inflamado polémicas virulentas, no sólo en Brasil, sino también en otros países y sobre todo en Francia. Las acusaciones a la Iglesia carente de «compasión» eran muy ásperas y golpeaban al mismo Papa Benedicto XVI. De acuerdo con el editor del diario vaticano, el Secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, confió a monseñor Fisichella el encargo de escribir un artículo que calmase los ataques a la Iglesia y al Papa. Fisichella lo escribió. Bertone lo examinó y aprobó palabra por palabra, sin hacerlo revisar previamente por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En él, Fisichella escribía que el caso de la niña brasileña ha ganado las páginas de los diarios, sólo porque el arzobispo de Olinda y Recife se ha apresurado a declarar la excomunión para los médicos que la han ayudado a interrumpir el embarazo, cuando por el contrario, antes que pensar en la excomunión, la niña debía en primer lugar ser defendida, abrazada, acariciada con esa humanidad de la que nosotros, hombres de Iglesia, debemos ser expertos anunciadores y maestros. Pero no ha sido así, sentenciaba.

Y continuaba: A causa de la más que joven edad y de las condiciones precarias de su salud, la vida [de la niña] estaba en serio peligro a causa del embarazo en curso. ¿Cómo actuar en estos casos? Decisión ardua para el médico y para la misma ley moral. Opciones como ésta […] se repiten cotidianamente […] y la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de verse obligado a decidir qué es lo mejor que se debe hacer. Al final del artículo, Fisichella se dirigía directamente a la niña: Estamos de tu parte. […] Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no los que te han permitido vivir. La alegría de los abortistas se desbordó. Frances Kissling, presidenta de honor de   Catholics for Choice   (Católicas por el Derecho a Decidir), escribió: “ Si los médicos tuviesen conciencia del hecho que alguien, alto en la jerarquía, reconoce que esas situaciones son dilemas morales en los cuales debe decidir la conciencia lo que está bien o mal, ellos podrían decidir que pueden ofrecer el servicio de aborto ” .

El Arzobispo de Recife replicó en la Web oficial de la diócesis. Pidió al Vaticano una rectificación pública de Fisichella, que nunca hizo, y exigió a L’Osservatore Romano un derecho de réplica, que nunca le fue concedido. El affaire se saldó con una «Clarificación» de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el artículo de Fisichella. La nota, hecha pública sin llamar la atención, no decía que el artículo de Fisichella estaba equivocado, sino solamente que había sido objeto de «manipulación e instrumentalización». Un expediente retórico que permitió tanto a Fisichella como a Bertone -ambos miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe- salir de la situación con un mínimo de daño.

La mayor parte de los miembros de la Academia Pontificia para la Vida estaban indignados por la actitud chulesca de Don Rino: «Mi artículo es claro y ninguna frase está equivocada», llegó a afirmar. La decidida reacción de los académicos que amenazaron a Benedicto XVI con dimitir en masa, propició que más de un año más tarde -velocidad vaticana-, el 30 de junio de 2010, Benedicto XVI lo nombrase Presidente del nuevo Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización. Promoveatur ut removeatur… Salió Presidente y en Presidente se quedó como gurú de la Nueva Evangelización.

Realmente, lo que el Arzobispo Fisichella estaba diciendo es que los principios y juicios morales del Magisterio de la Iglesia podrían eventualmente ser inaplicables a algún caso concreto. Y que los principios morales deben ser tomados en consideración con tal que sea respetada la libertad de elección frente a las situaciones concretas.  En fin, subjetivismo, moral de situación y sobre todo… ¡compasión! Tanta, que Fisichella se pasa al bando de los abortistas con armas y bagajes, llamando a ese aborto concreto interrupción del embarazo, tal como lo llaman éstos (pero no la Iglesia); y diciéndole a la niña que los médicos que han ejecutado el aborto son “los que te han permitido vivir” (Fisichella no se ha enterado, como no se enteran en el bando abortista, de que en esa compasiva interrupción del embarazo han sido muertos dos niños para los que no ha habido compasión).

Cuando se habla de compasión, se piensa inmediatamente en el sufrimiento del otro, en la situación trágica en la que él se encuentra. Se trata de comprenderlo, de simpatizar con él, de compartir su desgracia que hay que aliviar y solucionar en lo posible. En el caso del aborto, éste se admitirá por “compasión” hacia la mujer a la que la nueva vida condenaría con un peso insoportable. Por compasión también hacia la sociedad que, “a pesar suyo”, debe resignarse a suprimir a uno de sus miembros. Y finalmente, la compasión se dirigirá también hacia los médicos aborteros. Practicar un aborto sería para ellos una decisión difícil de tomar y un acto que ellos sólo ejecutarían para obedecer su conciencia; y por ello tomarían “con coraje” la decisión de proceder a un aborto. Decía Fisichella en su artículo que la conciencia del médico se encuentra sola consigo misma en el acto de verse obligado a decidir qué es lo mejor que se debe hacer. De todas maneras, nadie llega a una decisión de este tipo -el aborto- con ligereza; es injusto y ofensivo el sólo pensarlo. Lejos de culparlos pues, habrá que sostenerlos psicológica y moralmente y protegerlos con un dispositivo legal adecuado. No sólo cuando se enfrentan al dilema del aborto, sino también cuando se ven solos ante el dilema de la eutanasia. ¿Y quién piensa en el enfermo nacido o por nacer, solo, condenado al examen y al veredicto de la conciencia del médico?

Y así como a Rino Fisichella se le considera el teórico del “aborto por compasión”, el gerente del Hospital de San Pablo de Barcelona, Xavier Corbella, pasará a la historia de la medicina como el inventor del “aborto médico”. Este último se seguirá practicando en el Hospital, no así la “interrupción voluntaria” del embarazo, que él asegura que han dejado de hacer. Y es que los conceptos de “aborto por compasión” y “aborto médico” están llenos de similitudes. Si la compasión por una determinada situación, debe llevarnos a ver el aborto provocado como un mal menor llamado a preservar bienes mayores, el “aborto médico” es su aplicación técnica. Tanto Mons. Fisichella como el Sr. Corbella deben sentirse complacidos por ser los inventores de ese placebo, de ese narcótico moral que los conducirá a la tranquilidad de conciencia más absoluta. Veremos si esa tranquilidad invade también las conciencias episcopales. Mientras, los no nacidos más débiles e indefensos, los “fetos inviables y anómalos”, los que no dan la talla que les exige “una vida digna”, los no nacidos catalogados como “casos extremos” por los pseudodioses de la ciencia médica y los teologuillos del Instituto Borja de Bioética esperarán una compasión -la verdadera- que nunca les llegará.

Padre Custodio Ballester Bielsa