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¿Cómo debe ser un sacerdote?

Hace unos días fuimos llamados los sacerdotes de mi zona a una reunión con el Sr. Obispo para preparar el próximo plan de pastoral. En unos salones grandes que nos habían dejado, nos reunimos los cerca de treinta sacerdotes de la zona.

Conforme iban llegando nos íbamos saludando los unos a los otros. A muchos de ellos ya los conocía, a otros, los menos, era la primera vez que los veía. Una cosa que me llamó profundamente la atención es que de todos los sacerdotes que estábamos presentes, sólo el Sr. Obispo, su secretario y cuatro sacerdotes más estábamos con traje clerical; el resto venía en vaqueros, sandalias, suéter de color chillón o camisa. Si no llega a estar el Obispo presente, más pareciera la reunión de unos agricultores o ganaderos, por la indumentaria y el ambiente que existía, que una reunión de sacerdotes.

El Obispo comenzó diciendo que por más de un año, un grupo numeroso se había dedicado a recoger encuestas e información sobre las necesidades de las parroquias…, con el fin de enfocar debidamente el plan de pastoral para los próximos años. Antes de leernos el esquema general de este nuevo plan de pastoral, con el fin de conocer la opinión de los sacerdotes allí presentes, dio libre paso a los que quisieran decir algunas palabras sobre la situación de las parroquias y cuáles eran las cosas que tendrían que ser modificadas. Automáticamente, los más parlanchines se pusieron a elucubrar sobre la situación actual de las parroquias y a concluir que se veían desbordados por temas que no sabían cómo enfrentar: ideología de género, frialdad de la fe de los parroquianos, reducción de los sacramentos como el bautismo, la eucaristía y la confirmación, a meras celebraciones paganas…, qué hacer en el caso de comuniones de divorciados, bautismos de hijos de parejas de lesbianas…

Mientras que seguía escuchando a mis compañeros sacerdotes, comencé a tomar unas notas para luego poder decir yo unas palabras. Tenía bien estructurada mi intervención; pero desgraciadamente el Obispo interrumpió todas estas reflexiones para transmitirnos las conclusiones a las que habían llegado los expertos de pastoral de la diócesis.

Las palabras que nos dirigió el Sr. Obispo, fueron correctas y bien enraizadas en la fe católica. Decía que teníamos que recuperar a Cristo y presentar un mensaje cristiano donde Cristo fuera el centro…, todo ello era correcto; pero en ningún momento llegó al fondo del problema: el sacerdote. El sacerdote ya no es “otro Cristo”. El sacerdote ya no está movido por el fuego de su amor, ni lucha por convertirse él y llevar a Cristo a todos los que Dios le confíe.  En el fondo, todo el nuevo plan de pastoral se redujo a aplicar paños calientes para curar un cáncer; y ya sabemos qué utilidad pueden éstos tener en una enfermedad tan grave.

La reunión terminó cuatro horas después. La gran mayoría de los sacerdotes se acercaron al Sr. Obispo para felicitarlo por el mensaje tan elocuente; aunque en el fondo las caras manifestaban lo que realmente estaban pensando: otra vez el mismo cuento, que me dejen tranquilo y que no me compliquen la vida.

En los días sucesivos he estado pensando realmente dónde está la raíz del problema actual de la falta de fe y de práctica religiosa de la gran mayoría del pueblo cristiano. Perdí la ocasión de hablar en ese momento en el que se me ofreció, pero no quiero que al menos mis pensamientos queden en lo más oculto de mi ser y no vean la luz. Creo que lo que el Señor me iluminó es lo único que realmente puede dar un cambio a la situación de tibieza y deserción en la que vivimos la mayoría de los cristianos, y de modo más especial los sacerdotes.

La situación social actual no es mucho peor a la que tuvieron que vivir Jesucristo y los Apóstoles; y probablemente aquella época fuera todavía más corrupta y peligrosa. Recordemos que Cristo murió en la cruz y que once de los Apóstoles sufrieron martirio; sin contar cuántos miles de cristianos de los primeros siglos murieron defendiendo y proclamando su fe. Si los primeros Apóstoles fueron capaces de incendiar el mundo entero con la nueva fe es porque ellos mismos estaban enamorados de Cristo y convencidos de la autenticidad de sus enseñanzas.

Si viniera Cristo hoy mismo y viera a sus sacerdotes, lo primero que nos diría serían las palabras del Apocalipsis: “Tengo contra vosotros, que habéis perdido el ímpetu de vuestro primer amor” (Ap 2:4); o estas otras: “Ojalá fueras frío o caliente, más porque eres tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Cfr. Ap 3: 15-16).

Si la máquina que ha de arrastrar el tren no tiene el horno en llamas y la caldera a tope, será incapaz de arrastrar nada. Esto es lo que le pasa a nuestra Iglesia actual. Si nosotros los sacerdotes, que hemos de ser los que con nuestra fe, amor, entrega, castidad, pobreza, obediencia… hemos de arrastrar y servir de apoyo y ejemplo a los demás cristianos, no estamos ardiendo ¿cómo vamos a encender a los demás?

Siempre ha sido muy fácil culpar a los demás de los problemas. Es mucho más honesto verse uno mismo parte del problema, y como consecuencia, de la solución. No en vano Satanás le dijo al Santo Cura de Ars: “tres como tú y mi reino se acababa”. Si quien ahora reina es Satanás es porque no existimos sacerdotes santos totalmente entregados a nuestra única misión: ser otros cristos.

Ese es el problema de fondo y el único modo de solucionarlo. Los planes pastorales estarán bien, si hay auténticos pastores que los apliquen. Y auténticos pastores significa hacer lo que el mismo Cristo nos enseñó: “El que quiera ser mi discípulo que lo deje todo, tome su cruz y me siga”. No se puede pretender ser “otro Cristo” si luego se vive, se piensa y se actúa como extraños a Él.

¿Hasta qué punto los sacerdotes estamos dispuestos a dar ese paso? Yo creo que hemos renunciado a nuestro primer amor, aquél que nos llamó e ilusionó cuando éramos jóvenes, y que nos dio las fuerzas para abandonar todo y seguir a Cristo. Con el paso de los años nos hemos ido conformando con expectativas menos exigentes; entibiando nuestro corazón con conductas que, si no llegan al pecado al menos están muy lejos de la virtud. Si nosotros no somos los primeros en convertirnos ¡cómo tenemos la cara tan dura de culpar a los demás de los males de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad!

Al sacerdote que le quede algo de fe, decencia y sentido común sabe que lo que digo es la pura verdad; pero ¿por qué los sacerdotes no hacemos nada para cambiar? ¿Por qué los obispos ordenan como sacerdotes a jóvenes que no arden por Cristo? ¿Por qué los obispos no cuidan que sus sacerdotes sean “otros cristos”?

Aunque en el fondo, el problema no acaba aquí. No seríamos totalmente honestos si no nos hiciéramos esta otra pregunta: ¿Por qué los obispos permiten, sí permiten, todo lo que está sucediendo en la Iglesia?

Yo tengo un miedo horroroso a que una persona se condene por mi falta de fe, ardor espiritual, caridad, mal ejemplo… Me veo en el juicio final delante de Dios, quien me está preguntando por todas esas personas que se condenaron por mi culpa, o al menos por no haber actuado como verdadero Cristo. Pero ¿qué será de los obispos? Rezo mucho por ellos. Si yo me aterrorizo cuando me examino a mí mismo y veo que no soy capaz de convertir a las personas por mi falta de amor, ¡cuál será la responsabilidad de los obispos que no ponen remedio ante todo lo que está sucediendo! Y si la responsabilidad de los obispos es grande, ¡cuán grande es todavía más la responsabilidad del que es vicario de Cristo en la tierra! El Buen Pastor conduce a sus ovejas por buenos pastos y las protege del peligro de los lobos. Parece como que ese “buen pastor” ya no existe; lo mismo da comer buenos pastos que veneno; y los lobos ya no son presentados como tales, sino como mansos corderos con los que hemos de convivir, y probablemente, morir devorados.

Esa es la raíz del problema y como consecuencia la clave de la solución. Mientras que los sacerdotes no seamos santos, no esperemos que nuestro mundo cambie. Los planes de pastoral son necesarios, siempre y cuando haya auténticos pastores que los apliquen. Si no los hay, no son más que paños calientes, una pérdida de tiempo y un engaño al pueblo fiel. Y de todo ello, nosotros los sacerdotes tendremos que dar cuentas a Dios.

Recordemos las siguientes palabras de Cristo: “Yo he venido a traer fuego, y ¡qué he de desear sino que arda!” (Lc 12:49)

Padre Lucas Prados




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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