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De la vestidura nupcial

Meditación para el martes diecinueve

Punto Primero. considera como a la sazón que comían entró el rey a las bodas a ver y examinar los convidados; lo cual, como dice San Juan Crisóstomo, significa el juicio que Cristo ha de hacer de los que han sido llamados y han entrados en su iglesia, y de los que han venido a su servicio, porque no todos han de ser escogidos, sino aquellos que con la fe juntaren la caridad y buenas obras. Pondera sobre este paso, que ha de haber día de juicio y de cuenta, y que la ha de pedir Dios a ti y a todos muy estrecha de la vocación a su  iglesia y de los empleos de su servicio, y que no bastara haber sido cristiano, ni religioso, ni sacerdote, para ser escogido para las bodas del cielo, sino corresponde el vestido de las obras a la profesión de la vida; atiende, pues a la que has traído hasta aquí, y mira cual te hallarás en aquel juicio, y que cuenta darás de ti, y procura ajustarla ahora para darla después como conviene.

Punto II. Considera como el rey puso los ojos en uno que entró sin ropas de boda, y le reprendió por ello, y enmudeció de manera, que no tuvo palabra que responder. Esta vestidura nupcial, dice San Hilario, que es la gracia [1]; San Jerónimo que la guarda de los preceptos divinos; san Agustín que la humildad con que el alma busca la gloria de Dios, y no la suya en sus obras; san Gregorio que la caridad que ha de acompañar la fe para merecer entrar en la gloria celestial; Orígenes, que es la mudanza de las costumbres, desnudándonos de las vestiduras de Adán, y vistiéndonos de las de Cristo. ¡Oh pecador! Entra la mano en tu pecho y mira si te has desnudado de las costumbres de Adán, y vistiéndote de las de Cristo, y mira si vive en ti el amor sensual, y la voluntad propia, y el deseo de la honra, y la codicia de la hacienda, y la ambición y la sensualidad, y el regalo y el aprecio de él, y el desprecio de los demás; y reconoce  que no tienes ropas de bodas para entrar en las del cielo, ni es posible, como dice San Bernardo, vestirlas ambas juntas, unas sobre otras, sino que es inexcusable desnudarte las del viejo Adán para vestirte las de Cristo; resuélvete pues, a dejar los vicios por las nuevas de las virtudes, a mudar las costumbres y despojarte de la ambición por la paciencia, del regalo por la mortificación, del descanso por la cruz y de las riquezas por la pobreza y la púrpura del Salvador.

Punto III. Considera como este enmudeció, y no solo él, porque ni tuvo excusa de dar, ni otro alguno rogó por él, en que nos enseña, como dice San Crisóstomo, que en el juicio de Dios ninguno tendrá excusa que dar de no haberle servido, ni habrá otro que ruegue por él, y la palabra que echare el juez por la boca, será luego ejecutada sin réplica ni apelación: carga la consideración sobre este caso, y mira que será de ti si fueses tan desgraciado como este, que entre tantos buenos y escogidos fueses condenado tu por no tener vestidura nupcial. ¡Oh miserable! ¿Quién responderá por ti, cuando entre tantos no se halló quien dijese una palabra por este? El enmudeció y tu enmudecerás, habla ahora al señor, y pídele que te juzgue, pues tienes lugar de mejorar tus cuentas y corregir los yerros que has cometido hasta aquí, pide a los santos que no enmudezcan, sino que hable por ti y te alcancen gracia y plazo de vida del Señor para enmendar tu vida y recuperar las pérdidas pasadas.

Punto IV. Considera el fallo de la sentencia y la ejecución tan puntual de ella, porque mandar y ejecutar todo fue uno; de la mesa y del convite le sacaron al fuego inextinguible y a las tinieblas palpables; mandó el rey que le atasen de pies y manos y le lanzasen en las tinieblas, y luego le ataron; porque está imposibilitado para merecer ni obrar el que fuere condenado al infierno: obra ahora que tiendes las manos libres, y ejercítate en penitencia y caridad, y allega riquezas eternas, porque después tendrás atadas las manos y no podrás. En las tinieblas echaron al que no se aprovechó de la luz en pena de su delito,  para que carezca de ella eternamente. Considera esta desdicha y aprovéchate de la luz que te da el señor para adelantarte en su servicio. Obra ahora que tiendes luz, piensa y medita en aquellas penas horribles, y mira que diera este por haber tenido vestidura nupcial, y gozado de las bodas de que gozan los demás, y revente con tiempo, pues Dios te la da, para prepararte y merecer.

Padre Alonso de Andrade, S.J

[1] Apus S Thom. In Calem




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