Nota del editor: le agradezco mucho a mi antiguo compañero universitario Tom McFadden por escribir esta hermosa reflexión acerca del sentido de las vocaciones, especialmente a la vida religiosa. Tom y yo egresamos juntos de Christendom College hace ya casi veinticinco años. Fuimos grandes amigos en aquel tiempo y continuamos siéndolo hasta la fecha, compartiendo el amor por nuestra fe, por la familia y por la escolaridad casera. Tom, ahora vice presidente de Matriculación en Christendom College, reside con su encantadora esposa en Front Royal, estado de Virginia, y son los orgullosos padres de diez hijos. MJM 

[mks_separator style=”solid” height=”5″ ]

El 31 de agosto de 2013, es un día que mi familia y yo jamás olvidaremos. Ese fue el día en el que mi hijo de veintiún años rompió su billete de regreso desde Tulsa, Oklahoma, dejó atrás a su familia y al mundo e ingresó en la Abadía de Nuestra Señora de Clear Creek como monje contemplativo Benedictino. Y fue, también, el día en que no me fue posible dejar de llorar. Ese día creímos que nuestro hijo había muerto para nosotros. Un día al cual creíamos imposible sobreponernos.  En resumen, fue un día indescriptiblemente triste. De hecho, el día más triste de nuestras vidas.

En aquel momento escribí un artículo para The Remnant intitulado «Corazón dame a tu hijo – Historia de una vocación», para que los lectores pudieran apreciar como nuestro hijo, que creció en la tradición del Novus Ordo, terminó en una orden religiosa de misa latina tradicional.

Hasta la fecha hay personas que aún me dicen que han leído mi artículo acerca de la vocación de mi hijo en The Remnant. Me cuentan como afectó sus vidas, o como los hizo reflexionar con mayor profundidad sobre ese momento difícil por el que atraviesa una familia cuándo uno de sus hijos discierne una vocación a la vida religiosa. No pocos me han dicho que lloraron al leerlo. Algunos me han dicho que se sintieron inspirados; otros me dicen que lo han enviado a todos sus amigos, o que lo han publicado en su blog personal.

9217346f41a5b7e8e45bd1d2bf97a850_L
Hermano John McFadden

Esto, por supuesto, me hace feliz. Me hace feliz saber que otros pueden recabar alguna idea en todo aquello que les ayude a guiar a sus hijos a elegir la vida religiosa, a pesar de lo difícil que es, al fin, para la familia. Me hace también feliz saber que hay otros que están ahora más familiarizados con los monjes de Clear Creek, una orden religiosa bienaventurada que crece año tras año.

Deseo, entonces, ofrecerles aquí una pequeña actualización de esta historia.

El 12 de septiembre de 2015 es otra fecha que siempre será recordada y celebrada en nuestra familia. Han transcurrido un poco más de dos años desde que «perdimos» a nuestro hijo a la Abadía y, para ser sinceros, jamás hemos sido más felices. El 12 de septiembre fray John McFadden hizo su Primera Profesión, y por medio de esta renunció al mundo aceptó la vida monástica. En ese día nuestro hijo fue más feliz que nunca y todos nosotros, su familia, fuimos felices con él.

Si recuerdan, en el 2013, la familia estaba de luto por su partida viviendo un dolor profundamente humano. John era el mayor de nuestros diez hijos; era el más competente y obediente de todos, él era el instigador y continuador de nuestras tradiciones, era el líder de la pandilla, tal como lo describí en mi artículo. Estábamos conscientes de que una vez que partiera nada sería igual. Y teníamos razón. No nos sentíamos capaces de poder vivir en nuestro hogar sin él.

Mas, un par de cosas cambiaron.

En febrero de 2014 mi esposa y yo visitamos a nuestro vástago en la abadía. Esa fue la primera vez que ella visitaba el lugar y la segunda por mi parte. Al posar nuestros ojos por primera vez sobre él quedaron inundados, eran lágrimas de felicidad al verlo sí, pero también de verlo tan feliz. Pasamos un par de días con él, viéndolo orar durante horas con el resto de los monjes y charlando con él en el transcurso de la visita; concluimos que se encontraba donde debería estar y haciendo lo que Dios deseaba que hiciese.

En agosto toda la familia hizo el viaje a la abadía para pasar toda una semana con John. Fue una excelente reunión familiar y al concluir la semana todos quedamos convencidos de que John era más feliz  que nunca y que se desenvolvía con gran naturalidad en su nuevo medio.

Transcurrió un año y una vez más colmamos la vieja camioneta y la enfilamos hacia Oklahoma. En esta ocasión seriamos testigos del matrimonio de John, por decirlo así, a la orden Benedictina por medio de su Primera Profesión. En ese día, formalmente rechazo su atuendo mundano, adoptó el hábito monástico y se entregó por entero a Dios. Este es el llamado que Dios hizo a mi hijo, y nos ha llenado a todos de tanta alegría el que haya respondido afirmativamente a ese llamado.  En tres años más espera hacer su voto definitivo, y dos años después, Dios mediante, recibirá la orden sacerdotal.

El propósito de este artículo es doble: primeramente, darles una actualización a todos aquellos que se preguntan que habrá ocurrido con la familia McFadden; el segundo es mostrarles que Dios siempre tiene un plan, incluso cuando las cosas parecen ir de mal en peor.

En agosto de 2013, cuando John nos dejó, creíamos haber perdido un hijo cuando en realidad habíamos ganado más de cuarenta y cinco hijos de San Benedicto (los monjes de la abadía) que son hoy ya parte de nuestra familia. A cada visita vemos a muchos de los mismos monjes una y otra vez. Toman asiento en su sitio fijo en la iglesia durante las horas, muchos de ellos tienen los mismos deberes diarios, y poco a poco los vamos conociendo por nombre y descubrimos más acerca de sus vidas. Sentimos que formamos parte de sus vidas y que ellos son parte de las nuestras.

Durante estos últimos dos años, por añadidura, mi familia ha descubierto la belleza de la correspondencia escrita. Ya que esta es la única manera de comunicarnos con John todos le escribimos con frecuencia, enviándole una que otra fotografía para tenerlo al tanto de algún evento en nuestras vidas. Y recibir una carta suya es indudablemente el evento más significativo que puede ocurrir en la vida de la familia. En estos días de las comunicaciones electrónicas escribir y recibir cartas personales por correo es algo único y apreciamos la oportunidad de hacerlo como una verdadera dádiva.

Otro de los grandes beneficios de la incorporación de John a la abadía es el hecho de que en nuestras visitas todos tenemos la oportunidad de apreciar la belleza de la vida monástica; yo y mis hijos varones, si lo deseamos, podemos compartir mesa y trabajar con los monjes. Pasar el tiempo en la propiedad de mil acres de Clear Creek nos permite ver como el monasticismo impulsó y creó la civilización occidental. La Regla de San Benedicto, escrita en la sexta centuria, ha sido el documento guía de muchos monasterios y conventos en todo el mundo durante los últimos mil quinientos años. La Regla de San  Benedicto aporta el plano para una vida en común pacífica y productiva dentro de una cultura cristiana; al visitar la abadía es posible ver como el mismo San  Benedicto pudo haber convivido junto a sus hermanos monjes. Es una excelente lección de historia y un estudio de campo propio de una buena familia católica.

Al final de cada visita, y a pesar de la tristeza de dejar atrás a nuestro hijo, mi esposa y yo nos sentimos satisfechos de regresar a nuestra vida en Virginia. Comprendemos que estamos llamados a vivir en el mundo sin pertenecer a él.  Comprendemos que nuestra vocación es el matrimonio y que parte de esa vocación es vivir en la sociedad, ayudándonos mutuamente, ayudando a nuestros hijos y a todos aquellos en nuestro entorno a encontrar la gloria de la salvación. Cuando mi esposa y yo hablamos de la vocación de nuestro hijo a la vida Benedictina,  siempre llegamos a la conclusión de que no la comprendemos, de que no podemos imaginar una entrega a Dios de ese modo tan singular: abandonando el mundo por una vida de rutina, adoración, oración y obediencia.Pero después caemos en cuenta de que en realidad, o de cierta manera, ya hacemos eso mismo.

Cuando nos dimos mutuamente el «sí», en agosto de 1991, prometimos renunciar a toda otra persona en el mundo, aferrarnos el uno al otro y convertirnos en una sola carne. Durante los últimos veinticuatro años de matrimonio nuestras vidas han estado llenas de rutina, adoración a Dios, oración y obediencia aunque de una forma distinta a la de un monje.

A pesar de que no estoy a la altura del padre abad Anderson, ni mucho menos, tengo, no obstante, la responsabilidad de guiar a nuestra familia a la salvación. Mi esposa Amanda, a pesar de que no es Maestre de Novicios, como lo es el padre Francis Bethel, es una madre dedicada a la escolaridad casera y tiene a su cargo guiar la educación de todos nuestros pequeños «novicios».  No dedicamos ocho horas del día a la oración, mas nuestras oraciones matutinas y nocturnas, las oraciones antes de cada comida, el Ángelus, la misa diaria y el rosario diario mantienen nuestros ojos fijos en Dios, tal como los monjes intentan hacer en su vida diaria. Organizar las tareas diarias de los distintos miembros de la familia es esencial para poder vivir y mantener el orden, al igual que lo es para los monjes, quienes dedican muchas horas al día trabajando por la gloria de Dios.

Llegamos finalmente a la obediencia. Como familia, hemos hecho un voto de obediencia a Dios y a su Iglesia a través de los sacramentos del bautismo y la confirmación. Hemos elegido ser miembros de Su Iglesia y obedecer los reglamentos, las normas, los preceptos, las directrices y las enseñanzas que ella, la Santa Madre Iglesia, ha propuesto para nosotros. Todo lo cual es un gran beneficio y no un obstáculo o una condena. Ser obedientes a la Verdad nos libera y nos permite ser el hombre o la mujer que Dios desea que seamos.

En fin, yo no comprendo exactamente como es qué John puede ser monje y me parece que él tampoco comprende cómo es qué yo pueda ser un hombre casado, y vaya pues, vale. Ambos hemos sido llamados a vocaciones distintas y Dios hará de nosotros lo que sea necesario para consumar su plan según su voluntad.

No es necesario, realmente, comprender la vocación de otro, lo que sí es necesario es continuar orando para que cada uno de nuestros hijos e hijas conozcan y sigan su vocación ya que, a fin de cuentas, eso es lo más importante.

A manera de nota final, les pido que sigan orando por mi hijo mientras avanza en su vocación, y por favor oren por los monjes de Clear Creek (www.clearcreekmonks.org), que trabajan hoy para terminar la construcción de su hermoso templo, para que se mantengan siempre fieles a la Regla de San Benedicto y para que otros jóvenes vean la belleza y la simplicidad de esas vidas de santidad.

Tom McFadden

[Traducción por Enrique Treviño. Artículo original]