THE REMNANT

Cuatro cardenales le arrojan el guante a un papa astuto

En los últimos tres años y medio hemos sido testigos del extraño espectáculo, completamente sin precedentes, de un Romano Pontífice descarriado, involucrado en una astuta manipulación para imponer sobre la Iglesia la terrible fractura de su milenaria disciplina moral y eucarística sobre los divorciados vueltos a casar—y peor aún, vía Amoris Laetitia (especialmente el capítulo 8, párrafos 300-305), una forma de ética casuística que institucionalizaría la admisión a los sacramentos de todo tipo de personas que viven habitualmente en situaciones mortalmente pecaminosas.

Todo el programa siniestro, el centro del Bergoglianismo, está resumido en la escandalosa declaración de Francisco en el párrafo 303 de Amoris:

Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.

Aquí, Francisco revela nada más y nada menos que un descabellado intento de elucubrar excepciones a preceptos negativos de la ley natural divinamente impuestos y sin excepciones respecto a conductas intrínsecamente inmorales, como el adulterio, reduciendo estos preceptos a meros “ideales” sobre los cuales Dios no espera un cumplimiento estricto “en medio de la complejidad concreta de los límites”. Esto, por supuesto, representaría en la práctica la destrucción total del orden moral.
Para montar esta rebelión moral, Francisco ha estado, después de Amoris, guiñando el ojo y asintiendo a prelados que admiten en la sagrada comunión a los divorciados vueltos a casar, pretendiendo “absolverlos” de su adulterio continuo “en ciertos casos”. Al mismo tiempo, conserva un silencio estudiado frente a las súplicas urentes de otros prelados  y de gran número de fieles para que “clarifique” su posición y se retracte de los errores de Amoris.

Sin embargo, respecto a este muro de silencio, finalmente la astucia de Francisco le pasó factura. Habiéndose negado a responder una petición privada de clarificación de Amoris, presentada en septiembre por cuatro cardenales, estos príncipes de la Iglesia—Carlo Caffarra, Walter Brandmuller, Joachim Meisner y Raymond Burke—han dado el extraordinario paso de hacer público su documento. El National Catholic Register de EWTN y The Catholic Herald se encuentran entre los medios católicos que acaban de publicar el texto completo de su intervención, que presenta cinco preguntas para que el Papa responda. Los contenidos son explosivos, cuando menos. Más que esto, constituyen lo que sin lugar a dudas será hito en la historia de la Iglesia.

Y hasta como ha puesto el ciertamente masivo Catholic Herald en los titualares de su historia: “El papa Francisco se niega a responder la apelación de cuatro cardenales sobre Amoris. Los cardenales dan un paso inusual solicitando públicamente una clarificación sobre la comunión y la ley moral.” Permítanme enfatizar la frase: “solicitando públicamente una clarificación sobre la comunión y la ley moral.” Es decir, los cuatro cardenales reconocen que Francisco, quien se supone es Vicario de Cristo, ha puesto a la ley moral misma en tela de juicio. Sin dejar lugar a dudas al respecto, observan que “mientras la primera pregunta de la dubia concierne a la cuestión práctica sobre los divorciados vueltos a casar por civil, las otras cuatro preguntas tratan temas fundamentales de la vida cristiana.”

Las cinco preguntas presentadas por los cardenales a Francisco, y ahora a toda la Iglesia, expresan graves dudas acerca de su enseñanza en Amoris:

  1. Se pregunta si, siguiendo las afirmaciones de Amoris Laetitia (300-305), ahora se ha tornado posible dar la absolución en el sacramento de la penitencia y por tanto admitir a la sagrada comunión a una persona que, estando sujeta por una unión matrimonial válida, vive con una persona diferente more uxorio [como si estuvieran casados, incluyendo las relaciones sexuales] sin cumplir con las condiciones provistas en Familiaris Consortio 84 [terminar la relación adúltera separándose o viviendo como hermanos por razones graves, como la crianza de los hijos] reafirmadas luego por Reconciliatio et Paenitentia 34 y Sacramentum Caritatis 29. ¿Se puede aplicar la expresión “en ciertos casos” encontrada en la nota 351 (305) de la exhortación Amoris Laetitia, a personas divorciadas que están en una nueva unión y que continúan viviendo more uxorio?
  2. Después de la publicación de la exhortación post-sinodal Amoris Laetitia (304), ¿debemos seguir considerando válida la enseñanza de la encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor 79, basada en las sagradas escrituras y en la tradición de la Iglesia, sobre la existencia de normas morales absolutas que son obligatorias sin excepción y que prohíben actos intrínsecamente malos?
  3. Después de Amoris Laetitia (301) ¿es aún posible afirmar que una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (Mateo 19:3-9), se encuentra en una situación objetiva de pecado habitual grave (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración, 24 de junio, 2000)?
  4. Después de las afirmaciones de Amoris Laetitia (302) sobre las “circunstancias que atenúan la responsabilidad moral,” ¿debemos seguir tomando como válida la enseñanza de la encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor 81, basada en las sagradas escrituras y la tradición de la Iglesia, según la cual “las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto ‘subjetivamente’ honesto o justificable como elección”?
  5. Después de Amoris Laetitia (303) ¿debemos considerar todavía válida la enseñanza de la encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor 56, basada en las sagradas escrituras y en la tradición de la Iglesia, que excluye una interpretación creativa del rol de la conciencia y que enfatiza que la conciencia jamás puede ser autorizada a legitimar excepciones a las normas morales absolutas que prohíben actos intrínsecamente malos en virtud de su objeto?

Estas cinco preguntas retan a Francisco directamente para que declare si es que él pretende contradecir las enseñanzas inmutables del Magisterio “basado en las sagradas escrituras y la tradición de la Iglesia” así como las “normas morales absolutas”. Dejando de lado el lenguaje amable de la solicitud (el lector podrá revisar el documento completo para corroborarlo), esencialmente los cuatro cardenales solicitan públicamente ¡que Francisco declare si está intentando enseñar herejía y socavar todo el edificio moral de la Iglesia!

Más adelante en el documento, los cardenales proveen un análisis de cada pregunta, que fueron escritas claramente para forzar a Francisco a pronunciarse. Respecto a la primera pregunta, los cardenales escriben que admitir a la sagrada comunión a los divorciados vueltos a casar mientras éstos continúan manteniendo relaciones sexuales significaría que en la práctica Amoris está enseñando “una de las siguientes afirmaciones sobre el matrimonio, la sexualidad humana, y la naturaleza de los sacramentos”:

  • Un divorcio no disuelve una unión matrimonial, y los miembros de la nueva unión no están casados. Sin embargo, las personas que no están casadas pueden, bajo ciertas circunstancias, cometer actos de intimidad sexual legítimamente.
  • Un divorcio disuelve la unión matrimonial. Las personas que no están casadas no pueden cometer actos sexuales legítimamente. Los divorciados vueltos a casar son esposos legítimos y sus actos sexuales son actos matrimoniales legítimos.
  • Un divorcio no disuelve la unión matrimonial, y los miembros de la nueva unión no están casados. Las personas que no están casadas no pueden cometer actos sexuales legítimos, por lo tanto los divorciados vueltos a casar viven en una situación de pecado grave, habitual, público y objetivo. Sin embargo, admitir personas a la eucaristía no significa que la Iglesia apruebe su estado de vida público; los fieles pueden acercarse a la mesa eucarística incluso con la conciencia de pecado grave, y no siempre recibir la absolución en el sacramento de la penitencia requiere el propósito de enmienda de vida. Los sacramentos, por lo tanto, están separados de la vida: los ritos y adoración cristianos están en una esfera completamente diferente a la de la vida moral cristiana.

Respecto a la segunda pregunta, los cardenales le preguntan a Francisco si acepta la enseñanza del Papa que él mismo ha canonizado, en Veritatis Splendor, que “que hay actos que son siempre malos, que están prohibidos por normas morales obligatorias sin excepción (“absolutos morales”) … “No matarás.” “No cometerás adulterio.” Sólo las normas negativas pueden ser obligatorias sin excepciones.” Aquí, los cardenales apuntan a la nueva noción moral de Francisco del “discernimiento” de “situaciones particulares”, queriendo saber si Francisco acepta que: “los actos de discernimiento de circunstancias o intenciones no son necesarios para los actos intrínsecamente malos. El unirse a una mujer casada con otro es y continúa siendo un acto de adulterio que como tal no debe ser cometido jamás… basta con conocer la especie del acto (“adulterio”) para saber que uno no debe cometerlo.”

Sencillamente—por increíble que parezca— los cardenales le piden a un Papa que clarifique si acepta la enseñanza moral más básica de la Iglesia, la que incluso un niño puede comprender: que el mandamiento de Dios “No cometerás” no admite excepciones bajo ninguna circunstancia.

Respecto a la tercera pregunta, los cardenales van más allá, preguntándole a Francisco si acepta la enseñanza de Juan Pablo II, también enseñanza inmutable de la Iglesia, que “la admisión a los sacramentos tiene que ver con juzgar la situación de vida objetiva de la persona y no si la persona está en estado de pecado mortal.” Los cardenales desean saber si “incluso luego de Amoris Laetitia, aún es posible decir que las personas que viven habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como el mandamiento contra el adulterio, el robo, el asesinato o el perjurio, viven en situaciones objetivas de pecado grave habitual, incluso si, por razones cualesquiera, no está claro si son imputables subjetivamente por sus transgresiones habituales.”

Es decir, ¡los cardenales desean saber si Francisco ha derrocado la disciplina eucarística de dos mil años de la Iglesia respecto a los pecadores públicos habituales!

Respecto a la cuarta pregunta, los cardenales preguntan—debo decir que un tanto socarronamente—si:

Amoris Laetitia concuerda también en que todo acto que transgrede los mandamientos de Dios, tal como el adulterio, el asesinato, el robo, o el perjurio, jamás puede tornarse excusable ni inclusive bueno en base a las circunstancias que atenúan la responsabilidad personal.

¿Estos actos que la tradición de la Iglesia ha llamado malos y pecados graves continúan siendo destructivos y dañinos para el que los comete, sin importar el estado de responsabilidad subjetiva en el que se encuentra?

¿O podrían estos actos, dependiendo del estado subjetivo de la persona y de las circunstancias e intenciones, dejar de ser injuriosos y tornarse encomiables o al menos excusables?

Es decir, ¡una vez más los cardenales le preguntan a Francisco si pretende socavar el orden moral completo consintiendo actos intrínsecamente malos como si fueran excusables o inclusive encomiables en ciertas situaciones!

Finalmente, respecto a la quinta duda, citando la sorprendente afirmación del párrafo 303 de Amoris, que mencioné arriba, los cardenales desean saber si Francisco concuerda con la enseñanza de Juan Pablo II—también enseñanza inmutable de la Iglesia—rechazando los intentos de “establecer la legitimidad de las llamadas soluciones ‘pastorales’ contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica ‘creativa’, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular.”

Aquí los cardenales observan que si se permite este enfoque pastoral ‘creativo’ “no basta con que la conciencia moral sepa que “esto es adulterio” o que “esto es asesinato”, para saber que es algo que no debe hacerse.” Es decir, los cardenales indican que Amoris parece aprobar la ética casuística, y le piden a Francisco que “clarifique” que esa no es su intención—un increíble pedido público para hacerle a un Romano Pontfice,

Para su eterno beneficio, los cardinales exigieron amablemente a Francisco un simple o no como respuesta a cada una de estas cinco preguntas, explicando que las han presentado en forma de dubia  para evitar precisamente la equivocación Bergogliana: “Lo interesante sobre estas preguntas es que están escritas de manera tal que sólo requieren un “sí” o un “no” como respuesta, sin argumentación teológica. Esta manera de dirigirse a la Sede Apostólica no es una invención nuestra; es una práctica milenaria.”

En resumen, lo que los cuatro cardenales han publicado es en esencia una acusación escrita amablemente y enmarcada de manera tal que Francisco debe, si es que dice algo, declararse culpable o inocente—culpable o inocente, es decir, de enseñar herejía objetiva e implicarse en una traición eclesial, sin importar cuál sea su culpabilidad subjetiva a ojos de Dios.

Frente a una acusación—que es lo que el documento de los cardenales es—un criminal común puede permanecer en silencio, y su silencio no puede ser usado en su contra en una corte de justicia. Pero la Iglesia Católica no es una corte de justicia. Es la casa de la fe, y la cabeza de esa casa hoy tiene el deber de hablar claro, de una vez por todas, a las almas que la habitan y de cuya felicidad eterna él es directamente responsable. Si Francisco continúa negándose a hablar, incluso cuando cuatro de sus cardenales lo llaman públicamente ante a toda la Iglesia a que dé una respuesta, su silencio hablará por él; la verdad que él niega afirmar lo condenará, y el banquillo de la historia sentenciará su vergonzoso pontificado tal como lo ha hecho con otros Papa descarriados.
Recordando la siniestra y apropiada condenación del infame Papa Honorio I por su propio sucesor León II: “Anatematizamos a… y también Honorio, que no intentó santificar su Sede Apostólica con la enseñanza de la tradición apostólica sino que por una traición profana permitió que su pureza fuera manchada.” Que el buen Dios nos libre de la traición profana del ocupante actual de la Silla de Pedro.

Christopher A. Ferrara

(Traducción de Marilina Manteiga. Artículo original)

Christopher A. Ferrara

Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.