[The Wanderer] Algunos de nosotros, y me refiero a quienes hacemos y leemos este blog y otros similares, tenemos una gracia particular: estamos relativamente apartados de la profundidad del Mal que se asienta en la sociedad y la Iglesia. Yo creo que Dios ha concedido esa gracia a los más débiles, a quienes no podríamos resistir las tentaciones y las trampas que a cada paso nos tendería el Enemigo con mucha mayor virulencia de lo que lo hace ahora.

Me refiero, concretamente, a quienes vamos regularmente desde hace años a la Misa Tradicional -sea lefe o no-, o a misa novus ordo decente y celebrada con unción, y nos mantenemos a prudente distancia de las actividades de parroquiales. Ese sano ambiente eclesial que nos rodea nos impide ver la realidad que se extiende al 98% de la Iglesia: comunidades que difícilmente calificaría yo de católicas. Y cuando nos asomamos a ese abismo, recordamos la expresión de San Atanasio: “Ellos tienen los templos, pero nosotros tenemos la fe”.

Pero otro tanto sucede con respecto al mundo. La mayoría de nosotros hemos sido también preservados con una gracia especial: estamos rodeados de familias y amigos que funcionan como una muralla firme que nos defiende de los ataques permanentes y crudelísimos del espíritu del Mal que hoy, más que nunca, se ha apoderado del Mundo. No digo que permanezcamos indemnes. Más de una vez nos alcanza una flecha negra y envenenada de los orcos que sitian la ciudadela pero, en general y por el momento, podemos permanecer dentro y resistir. Si no fuera por esas fuertes murallas hace rato que hubiésemos perecido.

Sin embargo, este vivir dentro del castillo tiene un riesgo: creer que la vida que llevamos es la del común de los habitantes de este mundo sublunar y olvidarnos que, en realidad, no es más que uno de los últimos reductos que quedan de la Cristiandad. Y por eso, a veces es saludable asomarse por algunas de las almenas y observar el campamento de los orcos.

Recibí ayer un comentario que me impresionó: creo que es de alguien que se asemeja bastante a un héroe. Es alguien que, por sus obligaciones, debe salir todos los días y pasearse por los nauseabundos asentamientos de los enemigos, y volver luego, como puede, a la ciudadela. Y resiste. Conozco muchos casos como los de él. Son los hombres fuertes. 

Este es su comentario: 

Esta entrada de Tollers, me hizo pensar en mis jóvenes compañeros y compañeras de oficina (veinteañeros, clase media, secundario aprobado, en general con dominio del inglés, cursando alguna carrera universitaria, con algún viaje al extranjero). Y mi comentario podría bien llamarse, “Por qué ‘La Cámpora’ jamás será Montoneros”. 

No quiero ser demasiado duro con mis jóvenes compañeros de oficina. Pero, del trato cotidiano con ellos, no logro deducir que le encuentren a la vida sentido alguno, ni que el asunto les importe, o les preocupe en lo más mínimo. Sus vidas e intereses parecerían reducirse a: fútbol para los varones (practicarlo o seguirlo, o ambos), tocar en alguna banda (en general también los varones), ir a recitales de bandas (cosa muy importante), escuchar música todo el santo día, ya sea con auriculares en la calle, o desde Youtube en la PC, ver el Bailando, tener algún auto medianamente presentable, y una ‘novia’, con la cual obviamente se convive, y se fornica (esto se da por sentado. Es como respirar. A nadie le pasa por la cabeza que se pueda salir dos veces con una mujer si acostarse con ella. Y lo mismo corre para las mujeres). De planes de ‘formar familia’ con esa novia con la que se convive, o tener hijos, no se habla. Se está junto, y se fornica, mientras ‘la pareja’ funcione.

Dicho esto, el sexo en todas sus formas es omnipresente en sus conversaciones. Y narran como cotidianos o casi, comportamientos aberrantes, que hace treinta años yo hubiera juzgado inconcebibles.

Viajar también es importante para ellos. El trabajo es importante en tanto y en cuanto les dé dinero.

Y acá el asunto se agota. La política les importa nada. Los planteos filosóficos importan nada. Las religiones monoteístas -particularmente el cristianismo- son, en el mejor de los casos, aberraciones indeseables y peligrosas, y en el mejor, reliquias irrelevantes que tienen impacto nulo con como vivir la vida. La vida eterna, lo que pase luego de la muerte, nadie se lo plantea. Y es de mal gusto mentarlo. Se puede hablar, eso sí, de espiritualidades New Age, poder de las piedras, y cosas así.

O sea, son gente que vive el instante, y que no tienen concepción alguna de un sentido y trayecto de la vida. No sé como podría ser un diálogo de estos muchachos con sus Yoes maduros o viejos. De que hablarían con su Yo viejo, que le preguntarían, si nada los inquieta. Si nada, en el fondo, les importa. 

Todo se parece mucho a la sociedad que describe Huxley en ‘Brave New World’.

Yo ni siquiera logro darme cuenta de como consiguen vivir así, sin preguntarse nada de nada, sin ningún marco de referencia, sin saber donde hay una frontera entre el Bien y el Mal. Y este vacío realmente me alarma. Porque los vacíos no permanecen vacíos. Se llenan. Con cualquier cosa, pero se llenan. 

(De hecho, creo que muchos de ellos deben de tener en su interior una desesperación que no confiesan. De lo contrario no se entienden cosas tales como el consumo desmesurado de alcohol, la entrega compulsiva al sexo, la droga, y la violencia que me comentan que se produce en los lugares de salidas nocturnas). 
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