Existen ciertos neologismos que, tras deambular de boca en boca y hacer nido por doquier, pasan a formar parte de ese acervo lingüístico que nos recorre las meninges y se quedan para siempre entre nosotros, acompañándonos y hasta dándonos sustancia o constitución. Por desgracia, estos neologismos acostumbran a ser como escurrajas muy cochinas de la sociedad en que yacemos, apenas líquenes muy guarros que acochambran los escombros en que nos hemos sepultado; en rigor, tonterías yanquis cuyo sentido ni llegamos a columbrar o desechos del lenguaje que repetimos hasta la saciedad, como cacatúas de lengua diarreica y botarate. Llegan otros, sin embargo, que se vuelven enjundiosos, coruscantes y nutricios, y en su novedad aciertan a elucidar aquello que hasta entonces se nos hacía como abstruso o enmarañado de eufemismos.

Tal es el caso, por ejemplo, de cuantos hallazgos literarios nos revela Juan Manuel de Prada, quien, casi como a modo de arqueólogo, desescombra las oscuras zafiedades que sepultan el lenguaje hodierno, desempolva el diccionario y la cultura y nos regala, cual taumaturgo, nuevas palabrejas que aquilatan el vocabulario enteco, casi alfeñique, que usualmente empleamos. Así, palabras como “demogresca” o “podemonios”, o sintagmas como “derechos de bragueta” o “masas cretinizadas” se han tornado en imprescindibles asideros a los que agarrarnos frente a la galerna actual, para así no ser arrastrados por la aturdidora marea de chorradas que nos asuela; en las socorridas coletillas que nos hemos prendido de los labios para denunciar los vejámenes que nos inflige un poder como omnímodo.

Pues no es sino denuncia el libro Dinero, demogresca y otros podemonios que hace escasos meses publicó en Temas de hoy el autor zamorano, donde compendia muchos de los artículos con que nos deleita de costumbre en ABC y en El Semanal. Denuncia de una Iglesia a veces tibia y dada al compadreo, ingenua, blandengue y sonrosadota como un bebé que se amorra al pecho; denuncia de un Sistema que aniquila al hombre y lo torna en fosfatina, que lo vuelve como excrementicio y un mucho reprobable; denuncia de una sociedad que niega a Dios y abraza a las miserias de ese nihilismo envilecedor en que se remeje, con la misma entontecida ofuscación con que el beodo se abraza a la botella que diariamente lo agusana; denuncia, en suma, de un dinero que se vuelve droga, pues el vero sentido de la vida lo hemos ya olvidado en la buhardilla más oscura de nuestra memoria. Pero es también, amén de denuncia, una exquisita colectánea de textos donde la belleza y la lucidez resplandecen con un fulgor inhabitual.

Y es que de su prosa fúlgida han brotado, como aquellas tan sabrosas frutas que esplendían la mutilada cornucopia de la cabra Amaltea, alguno de los más bellos pasajes de las letras patrias; de entre sus artículos afloran, brillantes y esclarecedoras, atinadas reflexiones que nos sirven para desvelar los trampantojos que este mundo nuestro, tan trastabillado, tiende ante nosotros, ilaciones que nos limpian la mirada de legañas liberales y nos despabilan al instante, si es que aún no nos han sorbido el seso por completo y todavía aletea en nosotros una migaja de cordura; y con sus bonitas remembranzas familiares nos allega, a la postre, con la calidez reparadora y salutífera del amor fraterno, instantes que hasta hacemos nuestros, pues se nos remeten en las tripas y las acarician tiernamente.

Y es que con esa pluma ríspida y preclara suya con la que asaetea a los lacayos mingafrías de la plutocracia, que en su bienquerida mezquindad terminan por hociquear con gusto en las insanas cochiqueras que el poder les proporciona —y permítaseme que mi prosa mazorral usurpe uno de sus geniales sintagmas—, instila Juan Manuel a un tiempo, en nuestras honduras, un como benéfico aliento que nos impele a alzarnos y elevar la voz; una suerte de pálpito audaz y encorajinado que, en fin, habrá de anidar ya para siempre en nuestros corazones.

Háganse por tanto, se lo ruego, con “Dinero, demogresca y otros podemonios”, pues entre sus textos hallarán respuestas hasta entonces huidizas, trampantojos desvelados y caricias tiernas, muy tiernas, con las que incluso sentirán un cierto amor fraterno.

Gervasio López