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Dios en el centro: reflexionando sobre la sagrada liturgia

El 26 de noviembre de 1969, Pablo VI dio la  “elegía” de la ‘misa tradicional’ en latín. Esencialmente, expuso las razones por las que creía que la liturgia debía ser  “cambiada”. En esta sorprendente presentación, reconoce que algunos individuos se sentirán perturbados por tales cambios: “Observaremos que las personas devotas serán las más perturbadas, dado que tienen un modo respetable de asistir a misa, y sentirán que sus pensamientos usuales son sacudidos y son obligados a seguir los de otros. Incluso los mismo sacerdotes podrían sentirse molestos al respecto” (4). Continúa diciendo, luego de insistir con que “nuestra obediencia primera es al concilio” (5), que “para quienes perciben la belleza, la fuerza, y la sacralidad expresiva del latín, la sustitución del mismo por la lengua vulgar supondrá ciertamente un sacrificio grande” (8). Él admite que “perderemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro artístico y espiritual que es el canto gregoriano” (8).

Pablo VI ofrece luego una razón para los cambios, razón que ha afectado negativamente a la Iglesia, sus fieles, el clero, y especialmente a la liturgia, desde la realización las reformas. Dice que “la respuesta podrá parecer banal, casi prosaica,” y de hecho lo es. Continúa diciendo: “La comprensión de la oración es más importante que las vestiduras de seda con las que se adorna regiamente. Tiene más valor la participación de las personas, especialmente para el hombre moderno que tanto aprecia las expresiones simples, fácilmente comprensibles y que se han convertido en el lenguaje diario” (11). En otras palabras, la belleza que impregnó la liturgia por casi 2000 años—en su lenguaje y sus acciones—es inservible para la gente moderna que no puede “comprender” y no puede “participar” en esa liturgia. 

La liturgia debe ser modernizada, debe ser rebajada a la altura de la gente moderna que necesita participar y ser parte de la acción. Si bien Pablo VI parece pensar que el latín “resurgirá con esplendor” (14) a pesar de los cambios, sabemos que en los últimos 50 años esto no ha sido así. Pablo VI realiza incluso una profecía escalofriante. Dice que hay dos requerimientos para la nueva misa: “una profunda participación por parte de cada uno de los presentes, y una efusión del espíritu en la caridad de la comunidad” (16). Estos requerimientos “contribuirán más que nunca en hacer de la misa una escuela de profundidad  espiritual y una pacífica pero demandante escuela de sociología cristiana” (16). Ciertamente, vimos esa profecía hacerse realidad: la celebración tiene más que ver con el hombre que con Dios, y es más humana que divina al estar diseñada para apaciguar las necesidades emocionales del hombre en lugar de las espirituales.

Durante los últimos 50 años vivimos a través de los efectos negativos de esta audiencia y de los cambios en la liturgia. Una vez que la liturgia manifestó un carácter mutable, todos—laicos y sacerdotes—creyeron que él o ella podían cambiar alguna parte de la misma para ajustarla a sus sentimientos y creencias personales. Aquellos individuos más  “devotos”, como Pablo VI eligió llamarlos, presenciaron los efectos devastadores y continuaron deseando más que lo que les estaban dando. Dios, en su sabiduría infinita y divina providencia, no ignoró sus deseos. Si bien no era estrictamente necesario el permiso, el papa Juan Pablo II otorgó en 1984 a los obispos un indulto para que los fieles puedan celebrar la misa tridentina. Y luego, en el año 2007, el papa Benedicto XVI publicó su motu proprio en el que permitió la celebración de la misa tridentina sin necesidad de un permiso especial. Por lo tanto, comenzamos a ver una verdadera restauración de aquello que habían perdido los individuos devotos que una vez fueron obligados a sacrificar lo que amaban en nombre de los individuos “corrientes” que no podían comprender la sagrada liturgia, y por lo tanto necesitaban algo más “simple”.

Pero aún esperamos la restauración completa, si bien la restauración no estará completa hasta que participemos de la liturgia eterna del cielo. Sin embargo, hasta ahora ha habido muchos, incluso Benedicto XVI, que nos recordaron cómo debiera ser la verdadera liturgia y nos exhortaron, como laicos y como sacerdotes, a hacer todo lo posible para que llevar a cabo su celebración. En nuestros tiempos, el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, concedió una entrevista reciente a la revista francesa Famille Chretienne, en la que pidió se vuelva a poner a Dios en el centro de la liturgia. (Para nuestros fines, utilizaremos la traducción efectuada  por el National Catholic Register). Sin lugar dudas, es esencial para nosotros que reflexionemos sobre sus palabras, que hacen eco de la propia teología de Joseph Ratzinger, si deseamos que se produzca la restauración de la verdadera y bella liturgia.

El cardenal Sarah dice que desea ver “de nuevo en el centro el Sacramento de los Sacramentos,” refiriéndose a la Eucaristía. Al respecto, dice:

He observado que, a menudo, nuestras liturgias se han asemejado a producciones teatrales. Con frecuencia, el sacerdote ya no celebra el amor de Cristo a través de su sacrificio, sino una reunión entre amigos, una cena amistosa, un momento fraternal. Al querer inventar liturgias creativas o festivas, corremos el riesgo de una adoración demasiado humana, a la altura de nuestros deseos y modas del momento.

En estas palabras descubrimos que las palabras del discurso de Pablo VI se volvieron realidad: la liturgia se ha convertido en una simple “escuela demandante de sociología cristiana”, un lugar donde el hombre está en el centro, en lugar de Dios. La liturgia se ha tornado una cena comunitaria en lugar de la representación del sacrificio eterno de Jesucristo. Ratzinger tiene este tipo de liturgia en mente cuando la compara con la adoración del becerro de oro en el Antiguo Testamento. “Este culto se convierte en una fiesta que la comunidad se ofrece a sí misma, y en la que se confirma a sí misma…La historia del becerro de oro es la advertencia de un culto arbitrario y egoísta” (El Espíritu de la Liturgia, Ediciones Cristiandad, p. 43). Por lo tanto, vemos que Sarah hace eco de las propias palabras de Ratzinger. Para que nuestra liturgia sea verdadera adoración, no puede estar enfocada en nosotros mismos. Debe estar orientada a lo divino, hacia el sacrificio de Cristo. La liturgia no tiene tanto que ver con el sacerdote individual que celebra, sino con el sacrificio universal y el Gran Sumo Sacerdote Jesucristo (cf. Hebreos 4 14).

¿Qué debemos hacer para que nuestra liturgia no esté enfocada en nosotros mismos sino en Dios? Sarah nos recuerda, así como el concilio Vaticano II, “lo importante no es lo que hacemos nosotros, sino lo que hace Dios.” Prosigue: “la liturgia nos permite escapar de los muros de este mundo. Reencontrar la sacralidad y la belleza de la liturgia exige a los laicos, los sacerdotes y los obispos un trabajo de formación. Se trata de una conversión interior” (el énfasis es nuestro). Por tanto, vemos que la liturgia no tiene por objeto nuestras necesidades modernas. La liturgia tiene por objeto llevarnos más allá de este mundo, traspasando sus fronteras, dado que Dios está fuera del tiempo y no puede estar contenido por el mundo. No podemos encontrar la sacralidad y la belleza de la liturgia en este mundo y con sus métodos—debemos buscar más allá, en el reino celestial. Es por esto que la conversión hacia la liturgia correcta es interior, porque proviene de dentro, del alma.

Sarah ofrece a continuación el siguiente remedio: “Para devolver a Dios al centro de la liturgia también hace falta el silencio: esa capacidad de callar para escuchar a Dios y su palabra. Solo encontramos a Dios en el silencio y en la profundización de su palabra en las profundidades de nuestro corazón.” Qué tan ajeno a este mundo es este remedio. Es por esto que la participación en la liturgia no se restringe a “tener algo para hacer” y a ser una parte física de la celebración. Sino que la participación tiene que ver más con una participación espiritual, que normalmente ocurre en el silencio. 

Dios habla en el interior de nuestros corazones. Para escucharlo debemos hacer silencio, y esto es de crucial importancia en la liturgia. De hecho, hace eco de las palabras de Ratzinger en La Fiesta de la Fe: “El silencio es… imprescindible para una participación activa verdadera” (De Brower, p. 99). Ratzinger agrega que no cree que sea necesario recitar el canon entero en voz alta cada vez (Ibid). Sin duda, esto va contra la manera en la que hoy se celebra la liturgia.

Cuando se le preguntó cómo alcanzar concretamente la conversión interior, Sarah respondió sencillamente: debemos reorientar nuestra posición física en la oración—debemos celebrar la liturgia en dirección al Oriente. Al respecto de orar todos (incluso el sacerdote) en la misma dirección hacia el Oriente, dice:

Celebrando así experimentaremos, también corporalmente, la primacía de Dios y de la adoración. Comprendemos que la liturgia es ante todo nuestra participación en el sacrificio perfecto de la cruz. He hecho personalmente la experiencia: celebrando así, la asamblea, con el sacerdote a su cabeza, se ve como aspirada por el misterio de la cruz en el momento de la elevación.

Entonces, como el hombre es cuerpo y alma, su cuerpo debe reflejar lo que está ocurriendo en el interior. Su cuerpo debe estar mirando hacia el Señor, y como tal, anticipa física y espiritualmente la segunda venida de Jesucristo. Si queremos restaurar la reverencia en la liturgia, como dice Sarah, es necesario que nuestros cuerpos reflejen lo que nuestras almas hacen. Si nuestras almas se dirigen a Cristo, también deben hacerlo nuestros cuerpos. Es probable que, si nuestros cuerpos no se orientan a Cristo, entonces nuestro espíritu encuentre más dificultad; es más probable que caigamos en distracciones y nos desconectemos del sacrificio en el altar. Además Ratzinger descubre que cuando el sacerdote “mira” hacia el pueblo, hay mayor atención en él que en Jesucristo. 

El sacerdote “se convierte en el verdadero punto de referencia de toda la celebración. De él todo depende. Es a él a quien hay que mirar, participamos en su acción; a él respondemos. Su creatividad es la que sostiene el conjunto de la celebración” (El Espíritu de la Liturgia, p. 102). Luego dice: “El sacerdote mirando hacia el pueblo da a la comunidad el aspecto de un círculo cerrado en sí mismo” (Ibid). Entonces comprendemos la relevancia de nuestra discusión del comienzo, que la liturgia está más concentrada en el hombre que en Dios. Si hacemos lo que el cardenal Sarah pide, y reorientamos nuestra posición de oración en la celebración para que todos miren al Oriente, entonces veremos (con el tiempo) que Dios, y no el hombre, estará en el centro de la liturgia.

Al contrario de lo que Pablo VI proclamó en su discurso, vimos en realidad un rechazo de las enseñanzas del Vaticano II, tal como Sarah demuestra en su entrevista. El documento Sacrosanctum concilium no solo dijo que el uso del latín debía permanecer (cf. 36, 54, 101) que el canto gregoriano es “especialmente apropiado para la liturgia romana” (116), temas que no pudimos abordar específicamente aquí, sino que además no dijo nunca nada sobre un sacerdote mirando hacia el pueblo. Por lo tanto, en la liturgia de Pablo VI vemos un rechazo de las enseñanzas conciliares y no la “obediencia” a ellas, como él sostuvo. Si deseamos ser verdaderamente obedientes a los textos conciliares, debemos seguir la sabiduría de Ratzinger y Sarah. Sin lugar a dudas, si no restauramos la belleza propia de la liturgia, nos arriesgamos a la apostasía. Como dice Ratzinger, si la liturgia se orienta hacia el hombre, se convierte “en un abandono del Dios vivo camuflado bajo un manto de sacralidad” (El Espíritu de la Liturgia, p. 43). 

Como análisis final, si la Iglesia es la esposa de Cristo, entonces Cristo debe estar en el centro. Tal como explica el cardenal Sarah, “Para nosotros, la luz es Jesucristo. Toda la Iglesia se orienta a Cristo. Ad Dominum. Una Iglesia cerrada sobre sí misma en un círculo habría perdido su razón de ser. Para ser ella misma, la Iglesia debe vivir de cara a Dios” (el énfasis es nuestro). Por lo tanto, una restauración de la liturgia, particularmente en su orientación física, contribuirá con la restauración de la vida de la Iglesia, dado que en la sagrada liturgia toda la Iglesia estará orientada hacia Jesucristo y unida a Él en la oración, esperando su venida y su liturgia eterna en el cielo.

Veronica A. Arntz

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]

 




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