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Einstein y la prueba racional de la existencia de Dios (ondas gravitacionales y alrededores)

La noticia de la evidencia de las ondas gravitacionales, ha causado sensación. Ha sido muy enfatizada por todos los medios de comunicación del mundo como uno de los avances de la época.

Todos han repetido que tal evidencia nos proporciona, finalmente, la confirmación experimental de cuanto Albert Einstein ya había sugerido hace cientos de año en su Teoría de la Relatividad General.

Se ha abierto un horizonte inédito para la ciencia; pero sólo los entendidos en este trabajo pueden intuir el escenario futuro de la búsqueda: el gran público y los medios de comunicación no son capaces de comprender toda la importancia científica de este acontecimiento.

El “caso Einstein” puede y debe ser comprendido en todas sus implicaciones y no se puede reducir únicamente a la narración banal y festiva de la genialidad de este extraordinario científico.

Y fue él mismo, en efecto, al acompañar sus teorías -que han revolucionado la ciencia- con las consideraciones que nos afectan a todos nosotros como seres humanos, del misterio del Universo y, finalmente, de nuestra mente, en busca de Dios. Se puede afirmar -como veremos- que todo se basa en lo que Einstein mismo escribió.

Primero de todo hay que decir que Einstein era, esencialmente, un físico teórico. Mientras que el físico experimental construye (precisamente) experimentos con sofisticada tecnología para determinar los fenómenos, el físico teórico, partiendo de la hipótesis, llega, a través de ecuaciones matemáticas, a enunciar leyes físicas todavía no verificadas experimentalmente.

Por esto, el famoso estudio de Einstein sobre la relatividad, había previsto una serie de fenómenos y de realidades físicas cuya existencia efectiva ha sido contrastada sólo en los años sucesivos.

La última y clamorosa confirmación es, precisamente, de estos días. Pero muchas otras cosas intuidas por Einstein por vía teórica, ya se había demostrado su existencia en la realidad. Y esto ha revolucionado la física e, incluso, nuestra propia vida cotidiana.

Todavía hay un aspecto que escapa de todo este acontecimiento.

El “milagro”

Estos días, los medios de comunicación, no le han prestado ninguna atención, considerándolo innegable, pero Einstein lo consideró absolutamente sorprendente: al hecho de que, la mente humana a través de ecuaciones matemáticas, sea capaz de presuponer la existencia de fenómenos físicos nunca visto y el hecho de que, la realidad física del Universo muestra que ha estado “construida” precisamente así, con perfecta (y altísima) racionalidad matemática.

Las matemáticas son una construcción de la mente humana. ¿Cómo es posible que una ecuación abstracta, construida por nuestra inteligencia, se recupere después, reproducida exactamente, en las leyes físicas vigentes en las regiones más remotas del Universo?

El cosmos no fue producido por ningún ser humano, y todavía se rige por la misma  y férrea racionalidad matemática que nuestra mente elabora en abstracto.

Todo esto es un auténtico “milagro”: el más colosal y clamoroso milagro que se encuentra, constantemente, delante de nuestros ojos y al cual no hacemos ningún caso. Llamarlo así (“milagro”) fue el propio Einstein, que estaba inmensamente estupefacto.

En la famosa carta a Solovine, Einstein escribía:

«Le parece extraño que yo considere la comprensibilidad de la naturaleza (por cuanto estamos autorizados a hablar de comprensibilidad), como un milagro (Wunder) o un eterno misterio (ewiges Geheimnis). Lo que tenemos que esperar, a priori, es un mundo caótico totalmente impensable. Allí se puede (más todavía, uno debe) esperar que el mundo sea gobernado por leyes en la medida en la cual intervenimos con nuestra inteligencia ordenadora: sería -añadió Einstein- un orden similar al orden alfabético, del diccionario, donde el tipo de orden creado, por ejemplo de la teoría de la gravitación de Newton  tiene otro carácter completamente diferente. Aunque los axiomas de la teoría son impuestos por el hombre, el éxito de tal construcción implica un alto grado de orden del mundo objetivo, y eso es algo que, a priori, no está autorizado a esperar nada. Es este el “milagro” que se fortalece cada vez más con el desarrollo de nuestra conciencia. Aquí es donde se puede encontrar el punto débil de los positivistas y ateos de profesión, felices porque solo tienen la conciencia de que, con éxito total, no sólo despojaron al mundo de sus dioses (entgöttert), sino también de los milagros (entwundert)».

En perfecta consonancia con Einstein, otro Premio Nobel de Física, el astrónomo Antony Hewish, declaró: “De la observación científica llega un mensaje muy claro. Y el mensaje es este: el Universo ha sido producto de un ser inteligente”.

Es esto lo que autoriza hablar de certeza racional de la existencia de Dios.

Einstein y Dios

El filósofo más importante del ateísmo, Antony Flew, que gracias a Einstein negó, en tiempos recientes, una gran cantidad de su trabajo previo, proclamando haber alcanzado la certeza racional de la existencia de Dios, ha escrito: “Einstein creía claramente en una fuente trascendente de la racionalidad del mundo, que lo definía como ‘mente superior’, ‘espíritu superior ilimitado’, ‘fuerza de razonamiento superior’ y ‘fuerza misteriosa que mueve las constelaciones’”.

Es la confirmación de cuanto la Iglesia afirmó en el Concilio Vaticano I: el hombre, con la simple inteligencia, puede llegar a la certeza de la existencia de Dios.

Entonces la fe cristiana es otra cosa: es la Revelación de la encarnación del Hijo de Dios, Jesús. Pero, a la certeza racional de la existencia de Dios, se puede llegar con la simple razón. De hecho llegaron las más altas mentes de la antigüedad -Aristóteles- y la más alta mente de la modernidad: Einstein.

Aquí hay otro de sus pensamientos:

“Es cierto que en la base de todo trabajo científico calificativo encontramos el convencimiento similar al sentimiento religioso, de la racionalidad y la inteligibilidad del mundo (…). Ese firme convencimiento, ligado al sentimiento profundo de la existencia de una mente superior que se manifiesta en el mundo de la experiencia, constituye para mí la idea de Dios”.

Y dice:

“Cualquier persona que esté seriamente involucrada en una investigación científica, se convence de que las leyes de la naturaleza manifiestan la existencia de un espíritu inmensamente superior al del hombre y delante del cual nosotros, con nuestros modesto poder, nos tenemos que sentir humildes”.

Y continúa:

“Mi religiosidad consiste en una humilde admiración por el espíritu infinitamente superior que se revela Él mismo en los pequeños detalles que somos capaces de percibir con nuestras débiles y frágiles mentes. Esta convicción profundamente emocionante de la presencia de un poder racional superior, revelado en el universo incompresible, constituye mi idea de Dios”.

Es evidente que Einstein no puede ser considerado ateo o spinoziano[i], es decir panteísta. Él mismo lo desmintió explícitamente:

“No soy ateo y no creo poder definirme como panteísta. Estamos en la misma posición de un niño que entra en una enorme biblioteca llena de libros en muchos idiomas. El niño sabe que alguien ha tenido que escribir esos libros. No sabe cómo. No comprende la lengua en las que están escritos. El niño sospecha vagamente en un orden misterioso en la colocación de los libros, pero no sabe cuál sea. Esto, me parece, que es la actitud también del más inteligente de los seres humanos respecto a Dios”.

De esto se entiende su posición como científico: “Quiero saber cómo Dios ha construido este mundo (…). Quiero conocer sus pensamientos”.

Una posición opuesta a la de algunos divulgadores mediáticos de hoy, que todavía están adheridos a la ideología positivista del siglo XIX, y por lo tanto, alérgicos a la palabra “Dios”.

Un científico libre de prejuicios ideológicos no puede más que llegar a la conclusión racional de Einstein.

El caso Einstein explica por qué otro gran científico, profundamente católico, Louis Pasteur, fundador de la microbiología, decía: “Poca ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia reconduce a Él”.

Antonio Socci

[Traducción de Gabriello Sabbatelli. Artículo original]

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– Las negritas del texto, corresponden al texto original

[i] Seguidor de Baruch Spinoza (1632-1677), filósofo holandés de origen judeo-español, que negaba la conciliación entre la Revelación y la Razón. (N. de la C.).

 




Antonio Socci
Antonio Socci
Antonio Socci nació en Siena, el 18 de enero de 1959. Estudió en su ciudad natal hasta graduarse en Letras modernas (precisamente con una tesis de Filología Romance sobre la Divina Comedia) en 1983. Trabajó en el semanario “Il Sabato” hasta su clausura en 1993 y dirigió la revista mensual internacional “30 Giorni”. Desde 1994 trabajó en “Il Giornale” colaborando con “Il Foglio” y “Panorama”. En el 2002 fue llamado a la vicedirección de Rai 2, donde ideó y condujo el programa Excalibur. Desde 2004 es director de la Escuela Superior de Periodismo Televisivo de Perugia. Escribe para “Libero”. Ha escrito unos quince libros. Entre ellos “Indagine su Gesù”, “Il segreto di Padre Pio”, “Non è Francesco”, “Caterina-Diario di un padre nella tempesta”, “Il quarto segreto di Fatima” (traducido al español como “El cuarto secreto de Fátima”).

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