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La escuela para ir al Paraíso

Querido sí sí no no:

En una revista que publica muchas cosas buenas, encontré un artículo titulado: ¿El objetivo de la escuela? El Paraíso. Y me sentí como en casa. Les explico el porqué. De muchacho, decidí convertirme en maestro porque entendía, ya desde entonces y tenía 14 años, que podía hacer que los muchachos se acercaran y conocieran a Jesús. Te confieso que me inspiraba en Don Bosco, nacido en mi tierra, pero también en mi primera maestra, sor Francesca Luisa, dominica; una verdadera madre, verdadera educadora que avivó mi fe y mi vida cristiana.

Con este ideal en el corazón, a los veinte años entré en la Escuela Elemental, como maestro católico; nunca tomé parte en ninguna asociación, ya que encontraba que eran insuficientes a todo lo que yo entendía: no sólo alentar los valores en la escuela, sino llevar a Jesús a ella. Ya entonces pasé por un integrista. Pero entonces, en cada clase, había un solo maestro y aquello era difícil de contrastar.

Tuve alguna dificultad cuando, licenciado en Letras y ganador nuevamente de las oposiciones, entré en la escuela media y me propuse trabajar con un proyecto educativo cristiano-católico, siendo el profesional, posiblemente, más preparado, pero aspirando a transmitir a los chicos a Jesucristo, su Evangelio, su visión y el sentido cristiano de la vida. Lo hice con método, sin sustituir la enseñanza de la humanae litterae por el Catecismo, que no me tocaba enseñar a mí, sino transmitiendo la pasión por la Verdad, por Jesús como promotor del hombre verdadero, hecho a imagen de Dios.

Después de un año, ya sentía la tormenta a mi alrededor, pero la tormenta se desató cuando logré publicar tres volúmenes donde contaba lo que hacía en la escuela, como profesor católico. Me dijeron que no podía, que los muchachos se educaban en el pluralismo; que la escuela debe transmitir una visión del hombre, que querer volver a los jóvenes a la imagen propia es diabólico; que cada alumno debe ser él mismo. Y los que decían todas estas extravagancias, eran profesores y decanos, que se llamaban católicos, pero abiertos al mundo, a la sociedad, a la pluralidad.

Pero, “crucificarme”, sin embargo, fue un reverendísimo profesor (y párroco de su iglesia) que, en una reunión diocesana, me interpeló ásperamente, preguntándome quién me autorizaba a llevar a Jesucristo a la escuela. A esta afrenta del princeps de la diócesis y a decenas de reverendos les respondí que me autorizaba mi bautismo, mi confirmación; en una palabra: Jesús mismo. Aunque, a decir verdad, otro sacerdote y profesor respondió a aquel individuo que era una vergüenza que, un consejo de sacerdotes, tratara así de mal a un joven profesor católico, mientras que deberían haber animado la formación de muchos otros. Desde aquel día, nadie más me vio en una reunión diocesana.

Nadie, empero, me apartó del propósito que siempre he mantenido de llevar a Jesús a la escuela, entre los chicos y las familias. Lo hice, incluso, en los grados superiores, en el instituto magistral y en el Liceo clásico. No por la libertad de enseñanza, sino porqué un católico, no puede ser ni disociado ni fragmentado. Un católico es uno “uno en Cristo” y le lleva a Él, a Jesús, en su alma, en el trabajo y en la sociedad. Punto y final. ¿Integrismo? Si esto es integrismo, bien, ¡seamos integristas!

Los laicistas y comunistas de la Unidad de Italia (1861), trabajaron para “descatolizar” a Italia y, hasta hoy, lo han hecho a lo grande, con la ruina de un número incalculable de jóvenes. Y los hombres de Iglesia, ¿qué han hecho? ¿Qué dicen? ¿No deberían movilizarse para remediar, para impedir, esta “matanza de inocentes” en las escuelas?

Pero, en la revista que citaba al inicio de esta carta, lo que San Juan Bautista de la Salle (1651-1719), el gran fundador de escuelas cristianas, pensaba que: “Las escuelas y la actividad de los que las dirigen, tiene sentido sólo cuando se encuadra en el diseño salvífico predispuesto por Dios para la humanidad”. Según De la Salle: “El educar significa, sobre todo, cooperar con el Señor a fin de que, las almas de los estudiantes, conquisten el Paraíso”.

Desde mi pequeñez, lo he hecho siempre, también en la escuela estatal, aunque fastidiando a los colegas, sacerdotes incluidos. Espero que Jesús, cuando me vea, me diga: “Era pequeño, era un muchacho y tú me has hecho crecer entre ellos”. Sí, amigos, orate pro me.

Carta firmada

[Traducción de H.A.]

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Se han respetado las frases en cursiva del texto original. (N. de la C.).




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