El pasado domingo la Iglesia dio inicio una vez más a uno de los períodos más importantes de su año litúrgico, con el cual precisamente este se abre: el Adviento. En continuidad con la perspectiva escatológica que dominaba las últimas semanas del tiempo durante el año (o tiempo “ordinario”, más simplemente), estos días previos a la Navidad nos ponen de lleno, sobre todo en su primera etapa, en la consideración de la Segunda Venida del Salvador al fin de los tiempos.

A este respecto, el contraste que se advierte entre “Navidad” y “Segunda Venida” no tarda en esclarecerse a la luz del significado de la misma palabra que da nombre a este sagrado tiempo, a saber, “adviento”, del latín “adventum”, esto es, venida. La celebración del Nacimiento, en efecto, evoca justamente la venida primera del Señor; de ahí que su memoria nos disponga a prepararnos para la segunda, de la cual no sabemos “el día ni la hora”, como tantas veces lo afirma Él mismo en el evangelio, cuando insta a velar para que aquel día no nos tome desprevenidos.

Como lo adelantábamos líneas atrás, mientras los últimos días del Adviento, vale decir, del 17 de diciembre hasta la Navidad, se centran en la conmemoración del suceso más importante de nuestra historia, cual fue la aparición en la carne del mismísimo Hijo Unigénito de Dios, nacido de María Virgen, estos primeros que ahora estamos transitando insisten, en especial a través de los textos litúrgicos, en la inminencia de su regreso; la “manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”, como dice el Apóstol a su discípulo Tito (2, 13).

Con mucha razón se lamentaba (y lo hizo en más de una ocasión) nuestro querido P. Castellani del olvido práctico de este dogma por parte de la espiritualidad católica moderna (más bien modernista, en rigor de verdad). En efecto, la dimensión escatológica “colectiva”, digamos, que la perspectiva de la Parusía da a la vida cristiana y al destino de toda la humanidad, vino a caer poco a poco en un cono de sombra, dada la convicción tácita, nunca declarada, de que el actual estado de cosas duraría para siempre, mejor o peor. Pero no es eso lo que profesa nuestra fe, sino que con toda claridad anuncia que Jesucristo Salvador “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”.

Es paradójico que a la par de este olvido hayan proliferado aquí y allá, dando cumplimiento quizá a la profecía del Señor en el Evangelio, las expectativas mesiánicas más apremiantes, llegándose con frecuencia a extremos disparatados, pero en todo caso dando testimonio, a través de los vestigios de verdad que conservan, de la realidad de un misterio que tarde o temprano se realizará. Ante el temor que naturalmente despierta este pensamiento, sin embargo, la única actitud positiva que cabe, y que es la que recomienda el Señor Jesús una y otra vez, es la de la vigilancia, y, por sobre todo, la de la esperanza: Cuando empiecen a suceder estas cosas”, nos dice en el evangelio de San Lucas, “cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación” (21, 28).

Martín Buteler