Entre tantas que nos embargan el ánimo de tristeza, es bueno poder contar con una noticia buena en estos días, aunque más no sea de manera provisional. En efecto, el pasado martes 4 de noviembre fracasaron una vez más las tentativas de impulsar legislativamente en nuestro país la práctica del aborto, cuando después de cinco horas de debates y discursos, los diputados integrantes de la Comisión de Legislación Penal del Congreso de la Nación no dieron el quórum necesario al proyecto de aborto no punible, presentado en el recinto una vez más a instancias de la nefasta Campaña por el derecho al aborto.

Para conocimiento de los lectores de otros países especialmente, conviene señalar que, pese a la proliferación indiscriminada de esta práctica criminal a nivel clandestino (aunque en alguna ocasión ya avalada por la autoridad judicial), el aborto constituye aun hoy en Argentina un delito penal, sancionado por el respectivo Código en su artículo 86, si bien se lo considera “no punible” en solamente dos supuestos, a saber, en caso de riesgo de vida de la madre y de violación de mujer idiota. Por lo demás, tanto la Constitución Nacional, a través de los tratados internacionales a los que adhiere, como el Código Civil, incluso en su nueva versión, afirman explícitamente el comienzo de la existencia de la persona con la concepción, siendo la misma, por tanto, sujeto de derecho.

Todo ello nos recuerda, sin duda, la ineficacia a que está condenado un sistema legislativo desde el momento en que se reduce a letra muerta, sea porque su aplicación no se urge debidamente, sea porque a su alrededor se difunde ampliamente una cultura de signo opuesto, en este caso abortista, que con las constantes reivindicaciones y exabruptos de sus líderes instala poco a poco un tema determinado en los medios y en la sociedad, para terminar imponiéndolo en la opinión pública, y, a través de ella, en la legislación. El mecanismo es de sobra conocido, ya que es lo que sucedió en cuestiones tales como la relativa a las uniones homosexuales, que en menos de veinte años pasaron de suscitar el repudio generalizado a una aceptación igualmente mayoritaria. Es de temer que algo así suceda aquí, en la medida en que las fuerzas del mal no cejan en su empeño (la diputada Victoria Donda insistió en que la Comisión despache el asunto a toda costa antes del 20 de noviembre, fecha límite para hacerlo), más por lo pronto es bueno celebrar este revés que se les ha proporcionado.

A este respecto, es necesario reconocer el mérito de las organizaciones pro-vida, en torno a las cuales se congregó, dentro y fuera del recinto, el núcleo de la resistencia al inicuo proyecto de marras. En efecto, no faltaron entre los expositores voces disonantes que, contrastando con el lamentable discurso de buena parte de los legisladores y otros oradores del mismo tenor, pusieron de relieve una vez más la verdad de la dignidad de la persona humana desde la concepción, la cual no puede ser sacrificada por ningún motivo, por dramático que sea.

Martín Buteler