El Cisne negro (Cygnus atratus) es un ave rara, originaria de Australia, que toma su nombre de la coloración de su plumaje. Nassim Nicholas Taleb, un analista financiero, ex-operador de Wall Street, en su libro El Cisne Negro (The impact of the Highly Improbable -El impacto de lo altamente improbable-Random House, New York 2007), eligió esta metáfora para explicar la existencia de eventos inesperados y catastróficos que pueden trastornar la vida de la comunidad.

El coronavirus fue el «cisne negro» de 2020, escribe Marta Dassù, del Instituto Aspen, explicando que la epidemia está poniendo en crisis la actividad económica de las naciones occidentales y «demuestra la fragilidad de las cadenas de producción globales cuando un shock golpea a uno de los eslabones, el impacto se vuelve sistémico» (Aspenia, 88 (2020), p. 9). «Se acerca la segunda pandemia, escribe Federico Rampini en «La República» del 22 de marzo, debemos enfrentarla y también curarla. Se llama Gran Depresión y tendrá un número de víctimas paralelo a la del virus. En Estados Unidos ya nadie usa el término recesión porque es demasiado suave».

La economía interconectada del mundo se revela como un sistema precario, pero el impacto del coronavirus no solo es económico y sanitario, sino también religioso e ideológico. La utopía de la globalización, que hasta septiembre de 2019 parecía triunfar, sufre una debacle irremediable. El 12 de septiembre, el Papa Francisco había invitado a los líderes de las principales religiones y a los exponentes internacionales del mundo económico, político y cultural a participar en un evento solemne que tendría lugar en el Vaticano el 14 de mayo de 2020: el Global Compact on Education (Pacto Educativo Global). En los mismos días, la «profetisa» de la ecología profunda, Greta Thunberg, llegaba a Nueva York para la Climate Change Summit 2019 (Cumbre del Cambio Climático 2019) de la ONU, y a ella y a los participantes en la cumbre, el Papa Francisco, en vísperas del Sínodo en el Amazonas, envió un videomensaje para expresar su plena consonancia con los objetivos globalistas. El 21 de enero de 2020, el Papa envió un mensaje a Klaus Schwab, presidente ejecutivo del World Economic Forum (WEF) –Foro Económico Mundial-, de Davos, destacando la importancia de una «ecología integral» que tenga en cuenta «la complejidad e interconexión de nuestra casa común». Pero un misterioso virus ya estaba comenzando a infligir un golpe mortal a la «aldea global».

Unos pocos meses más tarde, nos enfrentamos a una situación absolutamente nueva. Greta está olvidada, el Sínodo del Amazonas ha fracasado, los líderes políticos mundiales revelan su incapacidad para hacer frente a la emergencia, el Global Compact –Pacto Mundial- se acabó, la Plaza de San Pedro, el centro espiritual del mundo, está vacía. Las autoridades eclesiásticas se conforman, y a veces anticipan los decretos restrictivos de la autoridad civil que prohíben las misas y las ceremonias religiosas de todo tipo. El evento más simbólico y paradójico es quizás el cierre del Santuario de Lourdes, lugar por excelencia para la sanación física y espiritual, que cierra las puertas por temor a que alguien pueda enfermarse al ir a orar a Dios por su salud. ¿Es toda una maniobra? ¿Nos encontramos frente a un poder totalitario que restringe las libertades de los ciudadanos y persigue a los cristianos?

Sin embargo, es extraña una persecución en la cual parece estar ausente toda forma heroica de resistencia, hasta el martirio de los perseguidos, a diferencia de lo que sucedió en todas las grandes persecuciones de la historia. En realidad, no se debe hablar de persecución anticristiana, sino de «autopersecución» por parte de los hombres de la Iglesia que, al cerrar las iglesias y suspender las Misas, parecen llevar a las últimas consecuencias un proceso de autodemolición que comenzó en los años sesenta del siglo XX con el Concilio Vaticano II. Y desafortunadamente, excepto excepciones individuales, el clero tradicionalista, que se encierra en sus hogares, también parece ser víctima de esta auto-persecución.

Es conmovedor impulso de la generosidad con la cual 8000 médicos respondieron al llamado del gobierno solicitando 300 voluntarios para hospitales de Lombardía. ¡Cuán edificante habría sido un llamamiento a los sacerdotes del Presidente de la Conferencia Episcopal para que nunca faltaran a los fieles los sacramentos en las iglesias, en las casas y en los hospitales! Muchos invitan a rezar, pero ¿quién recuerda la posibilidad de estar al comienzo de un gran castigo? Sin embargo, esta es la predicción de Fátima, de la cual muchos recordaron el centenario en el año 2017. El 25 de marzo, el Cardenal António Augusto dos Santos Marto, Obispo de Leiria-Fátima, renovó la ceremonia de consagración al Inmaculado Corazón de María de toda la Península Ibérica. Ciertamente es un acto meritorio, pero Nuestra Señora pidió algo más: la consagración específica de Rusia, hecha por el Papa, en unión con todos los Obispos del mundo. Este es el acto, hasta ahora nunca realizado, que todos esperamos, antes de que sea demasiado tarde.

En Fátima, Nuestra Señora anunció que si el mundo no se convirtiera, varias naciones serían aniquiladas. ¿Cuáles serán estas naciones? ¿Y cuál será el modo de la aniquilación? Lo seguro es que el castigo principal no es la destrucción de los cuerpos, sino el oscurecimiento de las almas. En las Sagradas Escrituras leemos «que uno es castigado con lo mismo que le sirve para pecar.» (Libro de la Sabiduría 11, 16). El mismo pensamiento pagano, a través de la boca de Séneca, nos recuerda que «el castigo del crimen reside en el crimen mismo» (Della fortuna, parte II, cap. 3).

El castigo comienza cuando se pierde la idea de un Dios justo y gratificante para confiar en la falsa imagen de un Dios que, como dijo el Papa Francisco, «no permite las tragedias para castigar las culpas» (Ángelus, 28 Febrero de 2016). « ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si somos buenos y que nos castiga si somos malos? No es así.», reiteró Francisco en la misa de Navidad del último 25 de diciembre. Sin embargo, incluso el «Papa bueno», Juan XXIII, recordaba que «el hombre, que siembra la culpa, recibe castigo. El castigo de Dios es Su respuesta a los pecados de los hombres«; por lo tanto «Él (Jesús) te dice que huyas del pecado, la causa principal de los grandes castigos» (Mensaje de radio del 28 de diciembre de 1958).

Eliminar la idea del castigo no significa evitarlo. El castigo es la consecuencia del pecado y solo la contrición y la penitencia por los pecados de uno pueden evitar el castigo que estos pecados inevitablemente conllevan, por haber violado el orden del universo. Cuando los pecados son colectivos, los castigos son colectivos. Cómo sorprenderse ante la muerte que sobreviene a un pueblo, cuando los gobiernos están manchados con leyes asesinas como el aborto, y durante la epidemia, la masacre sigue teniendo un servicio preferencial, como en Gran Bretaña, donde el gobierno incluso autorizó el ¡aborto «en casa» para no detener durante el coronavirus la carnicería! Y cuando en vez de los cuerpos son golpeadas las almas, ¿cómo sorprenderse que la pérdida de la fe sea el castigo para los responsables? Negarse a ver la mano de Dios detrás de las grandes catástrofes de la historia es un síntoma de esta falta de fe.

El castigo colectivo llega de repente, como un «cisne negro» que aparece de repente sobre el agua. Esta visión nos desconcierta, y no podemos explicar de dónde viene y qué anuncia. El hombre es incapaz de prever los «cisnes negros» que trastornan su vida de un día para otro. Pero estos eventos no son el resultado del azar como creen el Sr. Taleb y todos aquellos que analizan los eventos desde una perspectiva humana y laicista, olvidando que el azar no existe y que las maniobras de los hombres siempre están sometidas a la voluntad de Dios. Todo depende de Dios y Dios va hasta el fin cuando comienza su obra.»Él es el único del cual nadie puede desviar los propósitos, y todo lo que haya decidido su voluntad, cuyas intenciones nadie puede engañar, y lo que sea que haya decidido su voluntad, eso sucederá» (Job 23, 13).

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