Homilías en Fontgombault para la Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección: “El Mundo Moderno no tiene razones para tener esperanza – los Cristianos sí”

VIGILIA PASCUAL

Homilía del Reverendísimo Don Juan Pateu
Abad de Nuestra Señora de Fontgombault

(Fontgombault, Francia a 4 de Abril de 2015)

Queridos Hermanos y Hermanas,

Mis muy amados Hijos,

La Iglesia nos invita durante esta santa noche a considerar un gran panorama, aquel de la historia de la salvación. La clave de esta historia es presentada tan pronto como el celebrante surca en la cera de un cirio una cruz, las iniciales del Alfa y Omega (primera y última letra del alfabeto Griego), y cuatro números del año en curso; mientras que el celebrante dice:

Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyos son los tiempos, y los siglos; a Él sea dada la gloria y el imperio, por todos los siglos de la eternidad. Amén.

La clave es Cristo, presente por todos los siglos, presente en cada acontecimiento humano. Los cinco granos de incienso incrustados en la cera son el símbolo de las dulces especias que fueron vertidas en las cinco llagas para embalsamar y preservar el Cuerpo del Señor. El cirio entonces simboliza a Cristo en su sepulcro.

De una hoguera proviene la flama que encenderá el cirio y le dará vida. Una imagen de Cristo elevado en la gloria, quien disipa las tinieblas de nuestros corazones y mentes, este cirio en lo sucesivo será colocado en un candelabro elevado para presidir durante todas las celebraciones de este tiempo litúrgico, así como Cristo preside en cada resurrección.

La Vigilia entonces puede conducirse como una gran lección de Catecismo que trae a la mente la creación del mundo, cuando Dios se complace en Sus obras, el paso del Mar Rojo, cuando Él redime a Su pueblo de la esclavitud de Egipto y les obtiene la salvación.

Si Dios se complace en Su creación, ¿qué será entonces cuando Él concibe nuevamente? La historia de la salvación implica nuestro encuentro personal con Cristo. La salvación de Cristo me alcanzó cuando fui bautizado, y debe alcanzarme hoy nuevamente.

Cada Cristiano es consciente de su miseria e infidelidad, y al cantar las Letanías implora la oración de los Ángeles y los Santos en el Cielo, quienes viven íntimamente unidos a Dios y que lo contemplan, quienes son nuestra diaria y amada compañía.

Al renovar nuestras promesas bautismales, nos hacemos parte y actores en el misterio. La victoria de Cristo ha sido nuestra propia victoria, y permanecerá nuestra. En Él hemos vencido, y venceremos la muerte, corporal y espiritual, si tenemos fe en Él y si vivimos constantemente conforme a Sus enseñanzas. Es por eso que renunciamos a Satanás, a todas sus obras y seducciones, y proclamamos que creemos en Dios, Padre Omnipotente y Creador, en Jesucristo, y en el Espíritu Santo, y en la Iglesia Católica, la comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.

Sin embargo, la misericordia de Dios no se extiende únicamente a los Cristianos, sino también a todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazones la gracia actúa en una manera no vista. Puesto que Cristo murió por todos los hombres, y dado que la máxima vocación del hombre es de hecho una, a saber concretamente divina, estamos obligados a creer que el Espíritu Santo en una manera conocida sólo por Dios, ofrece a cada hombre la posibilidad de unirse a este misterio Pascual. (Gaudium et spes, n. 22).

San Pablo nos entrega en unas cuantas palabras la conclusión de la enseñanza de esta noche:

Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 1-2).

Vivir el misterio Pascual es siempre exigente e inquietante, así como la Pasión de Cristo fue exigente y permanece inquietante. Vivir constantemente con los mandamientos de Dios, y especialmente siendo apóstoles de la caridad y misericordia de Dios hacia nuestros semejantes, hacia aquellos que nos han lastimado, significa morir en sí mismo para resucitar de nuevo en Cristo.

En esta noche santa, pidamos el uno para el otro, la gracia de vivir siempre la Pascua del Señor, la gracia de un fortalecimiento de nuestra fe, la gracia de permanecer hijos de Dios, fieles a las promesas de nuestro Bautismo, abiertos a la Pascua de Dios en nuestras vidas.

Saludemos, como María, a Nuestro Señor resucitado.

¡Amén, Aleluya!

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Homilía del Reverendísimo Don Juan Pateu
Abad de Nuestra Señora de Fontgombault

(Fontgombault, Francia a 5 de Abril de 2015)

Queridos Hermanos y Hermanas,

Mis muy amados Hijos,

Después de unas pocas horas de sueño, nos encontramos de nuevo para celebrar a Nuestro Señor resucitado. ¡Cuántos temores, cuántas interrogantes en esta mañana de Resurrección! Los soldados que vigilaban el sepulcro están aterrorizados, mientras que un Ángel con una apariencia como de relámpago, y una vestimenta tan blanca como la nieve desciende del Cielo. Acaba de hacer a un lado la piedra que bloqueaba la entrada a la tumba y que algunas mujeres, quienes con razón estaban tan preocupadas, no podrían haber movido. Los Apóstoles no han salido de su casa.

Ante la falta de determinación de la humanidad, Dios permanece realizando Su obra. ¡Qué contraste entre las preocupaciones y los temores del hombre, y la simplicidad de las obras de Dios! La liturgia refleja esta simplicidad en sus textos y en sus cantos, y por tanto nos invita a la esperanza.

Vivir la plena alegría de esta mañana de Pascua significa confiar en Dios para todo, significa renunciar a nuestros insignificantes proyectos y hacer un acto de fe. Nuestras penas, nuestros sufrimientos, nuestras preocupaciones, son pequeños Viernes Santos, horas de tinieblas. Desde el día en que Cristo murió y resucitó, nuestros mismos Viernes Santos conllevan una mañana de Pascua también.

Mientras que el mundo ya no anhela porque ya no tiene razones para tener esperanza, sería trágico si los Cristianos tuvieran que unirse a las voces de aquellos que están desprovistos de sus ilusiones. Por cuanto a que los Cristianos no tengan ilusiones, ellos tienen una esperanza inexpugnable. Nuestro auxilio esta en el nombre del Señor, quien hizo el Cielo y la Tierra. Dios Creador, Dios Omnipotente, Dios quien ha vencido a la muerte. ¿Realmente creemos ésto? ¿Cambiará algo en nuestras vidas la Resurrección del Señor? Nuestra razón para tener esperanza esta cimentada sobre una roca, Cristo mismo.

Y mientras que estamos llenos de alegría, ¿cómo podríamos no mencionar a éstos hombres, mujeres y niños quienes muy recientemente fueron perseguidos brutalmente, decapitados y crucificados en Medio Oriente y en África, por la simple razón de que llevaban el nombre de Cristo? Muchos de ellos pronunciarían en sus tormentos el nombre de Jesús, símbolo de su victoria.

Siguiendo su ejemplo, hagamos que incesantemente el rostro del Señor resucitado resplandezca en torno a nosotros mismos, y comencemos por darle todo el lugar que es Suyo en nuestras vidas.

Así pues, ¿cómo podríamos olvidar a aquellos soldados, quienes arriesgando sus vidas y sólo por causa de la paz están separados de sus familias y se entregan en aquellos países lejanos? Que Cristo vencedor del mal los una a Su victoria y los traiga de vuelta a sus hogares.

Como hijos de la Iglesia, no nos permitamos ser mal encauzados por mortales sirenas, no permitamos que se marchite en nuestros corazones la esperanza que la eterna juventud de la Iglesia nos ofrece.

Considerando que el Papa ha proclamado un Año Santo de Misericordia, recordemos que la apertura a la misericordia de Dios conlleva el conocimiento preliminar de nuestra propia desgracia y nuestro ofrecimiento de un corazón misericordioso a nuestro prójimo.

En los albores de este tiempo Pascual, les ofrezco como un viático estas breves líneas extraídas de un discurso del Papa Pío XII a los jóvenes de la Acción Católica Italiana.

En la historia de la Iglesia siempre ha habido períodos difíciles, especialmente plagados de problemas… Aquellos que entonces se habrían ido por las apariencias habrían pensado que la Iglesia se encontraba en un grave peligro para su existencia, o al menos para su obra entre los hombres. A decir verdad, de hecho, siempre ha encontrado en ello muchas ocasiones de progresar…

Hoy, el mundo atraviesa uno de sus períodos más críticos… debido a una progresiva negación de las verdades fundamentales sobre las cuales descansan los divinos mandamientos y la forma de vida Cristiana. Parecería que las estructuras humanas hacen día a día más difícil para los hombres el camino que lleva a conocer, amar y servir a Dios, así como hacía su fin último, que es la posesión de Dios en Su gloria y en su dicha.

Enfrentada con tal confusión, tal odio y oscuridad, la Iglesia mantiene una incesante vigilancia con su luz y amor…

Todos los hombres mueren, incluso aquellos que parecían ser inmortales. Las instituciones humanas se desmoronan, los crepúsculos más inesperados siguen uno al otro. Pero la Iglesia asiste en completa serenidad a cada nuevo amanecer, y es calentada por los rayos de cada nuevo sol. (Pío XII, Discurso hacia los jóvenes de la Acción Católica Italiana, 5 de Noviembre de 1953, texto original en italiano en el Acta Apostolicæ Sedis, 45 [1953], p. 793).

Amen, Aleluya.

[Imagen: Vigilia Pascual en Fontgombault, 2011]

 

[Traducido por Mauricio Cruz. Artículo original]