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El quincuagésimo aniversario del «humanismo cristiano» del concilio

Hace unos días se cumplió el quincuagésimo aniversario de un importante discurso pontificio, el discurso del papa Pablo VI durante la asamblea general del Segundo Concilio Vaticano el 7 de diciembre de 1965. En él se puede observar el surgimiento de un «humanismo cristiano» que esboza el curso que la Iglesia seguirá durante los próximos cincuenta años: un énfasis en adaptarse al hombre moderno, a ajustarse a él, a interpretar el Evangelio bajo una nueva luz, etc. Es un verdadero manifiesto de lo que iba a ocurrir y deja mucho que pensar. Lo reproducimos aquí integro, con énfasis añadido.

Hoy concluimos el Segundo Concilio Vaticano, y lo cerramos en la plenitud de su eficacia: la presencia de tantos de ustedes lo demuestra; el curso bien ordenado de la asamblea guarda testimonio de ello; el término normal de la labor del concilio lo confirma; la armonía de los sentimientos y decisiones lo proclama. Si bien varias preguntas que se plantearon durante el curso del concilio mismo aún aguardan una respuesta apropiada, esto muestra que las labores llegan a su término no como el resultado del agotamiento, sino en ese estado de vitalidad que este sínodo universal ha despertado. Durante el periodo posconciliar esta vitalidad aplicará, Dios mediante, su generosa y bien regulada energía al estudio de esos asuntos.

El concilio legará a la historia una imagen de la Iglesia católica representada por esta sala; llena, como se ve, de pastores de almas profesando la misma fe, aspirando la misma caridad, reunidos en una oración común, en una misma disciplina, en una sola labor y — lo más maravilloso aún– todos unidos en un mismo deseo: ofrecerse a sí mismos tal y como lo hizo Cristo, nuestro Maestro y Señor, por la vida de la Iglesia y la salvación del mundo. Este concilio le entrega a la posteridad no sólo esa imagen de la Iglesia, sino también el patrimonio de su doctrina y sus mandamientos, ese «depósito» que recibimos de Cristo y que meditamos a través de los siglos, que vivimos y expresamos hoy, clarificado en muchos de sus componentes, resuelto, ordenado e íntegro. Un depósito que existe debido al poder divino de la verdad y la gracia que lo constituyen, y que es, por lo tanto, capaz de vivificar a todo aquel que lo recibe y alimenta con su propia existencia humana.

¿Qué ha sido, entonces, el concilio? ¿Cuáles son sus logros? Responder a estas preguntas sería, lógicamente, el tema de nuestra presente meditación; mas esto ocuparía mucha de nuestra atención y de nuestro tiempo, y esta hora tan estupenda quizá no concedería suficiente tranquilidad a nuestro razonamiento para realizar tal síntesis. Quisiera dedicar estos instantes preciados a esa sola idea que doblega nuestro espíritu en humildad y que, a la vez, lo remonta a la cumbre de todas nuestras aspiraciones. Y esa idea es la siguiente: ¿Qué valor religioso tiene este concilio? Nos referimos a él como religioso debido a su relación directa con el Dios vivo, esa relación que es la raison d’être de la Iglesia, de todo lo que ella cree, de lo que espera y ama, de todo lo que hace y es.

¿Podemos decir que hemos glorificado a Dios, que hemos buscado en Él sabiduría y amor, que hemos progresado en nuestros esfuerzos por contemplarlo, en nuestro entusiasmo por honrarlo y en el arte de proclamarlo a los hombres que nos consideran como pastores y maestros de la vida en Dios? Con toda sinceridad, consideramos que la respuesta es sí. Este propósito es, asimismo, la base desde la cual se desarrollaron los principios rectores que dieron dirección al futuro concilio. Aún se encuentran frescas en nuestra memoria las palabras pronunciadas en esta misma basílica por nuestro venerado predecesor, Juan XXIII, a quien en honor a la verdad debemos llamar el creador de este gran sínodo. En su discurso de apertura al concilio dijo lo siguiente: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz… Ha dicho el Señor: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia” Palabra ésta,  “primero”,  que expresa en qué dirección han de moverse nuestros pensamientos y nuestras fuerzas;…» (Discorsi, 1962, p. 583).
Hemos logrado ya ese gran objetivo suyo. Para poder apreciarlo cabalmente es necesario recordar el momento en el que este propósito se pone en marcha: una época ampliamente reconocida como dedicada a la conquista del reino terrenal y no del reino celestial; días en que olvidar a Dios es algo habitual y que aparenta ser —algo del todo equivocado— el resultado del progreso de la ciencia; una época en la que el acto fundamental de la persona, más consciente de sí misma y de su libertad, tiende a ser una manifestación en favor de su autonomía absoluta, emancipada de cualquier ley trascendente; una época que cree que el secularismo es la consecuencia legítima del pensamiento moderno y la culminación del saber en el ordenamiento social; una época, además, en la que el alma humana ha sondeado grandes profundidades de irracionalidad y desolación; una época, finalmente, que se ha caracterizado por desórdenes y una decadencia nunca antes vista, incluso en las principales religiones del mundo.

Es durante un momento tan aciago en el que tiene lugar nuestro concilio, para mayor honra de Dios, en el nombre de Cristo y bajo el impulso del Espíritu que «escudriña todas las cosas», «para que apreciemos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente» (1Cor 2, 10-12), y que ahora vivifica a la Iglesia, otorgándole una visión a la vez profunda e universal del mundo y de la vida en él. El concilio le ha dado al concepto teocéntrico y teológico del hombre y el universo —casi como un reto a la acusación de anacronismo e irrelevancia— nueva preeminencia a través de declaraciones que el mundo juzgara inicialmente como insensatas, sin embargo, esperamos que con el tiempo, se reconocerán como verdaderamente humanas, sabias y benéficas; esencialmente: que Dios es. Aún más, que Él es verdadero, que Él vive, un Dios personal, providente e infinitamente bueno; y no simplemente bueno en sí mismo, pero inconmensurablemente bueno con nosotros. Él será reconocido como nuestro Creador, nuestra verdad, nuestra felicidad, y nuestros esfuerzos por vislumbrarlo, por centrar nuestros corazones en Él, que llamamos contemplación, será el más exaltado, el más perfecto acto del espíritu, un acto que, incluso en nuestros días, debe ser la cúspide de toda actividad humana.

El hombre tomará conciencia de que el concilio dedicó su atención no tanto a las verdades divinas, pero más bien, y principalmente, a la Iglesia —a su naturaleza, a su composición, a su vocación ecuménica, y a su actividad misionera. Esta sociedad religiosa centenaria, que es la Iglesia, ha intentado llevar a cabo un acto de autoreflexión, para conocerse mejor, para definirse mejor y, en consecuencia, para corregir lo que siente y lo que ordena. Todo esto es cierto. Mas esta introspección no ha sido un fin en mismo, no ha sido simplemente un ejercicio del intelecto humano o meramente de cultura mundana. La Iglesia se ha recogido en su consciencia espiritual más profunda, no para producir un análisis académico de psicología religiosa, o para relatar sus propias experiencias, ni siquiera para dedicarse a reafirmar sus derechos y explicar sus leyes. Por el contrario, lo hizo para encontrar en misma, vivo y activo, al Espíritu Santo, la palabra de Dios, y para sondear con más profundidad aún el misterio, el plan y la presencia de Dios sobre ella y dentro de ella; para revitalizar en si misma esa fe que es el secreto de su confianza y su sabiduría, y de ese amor que la impele a cantar incesantemente las bondades de Dios. «Cantare amantis est» (El canto es la expresión del que ama), dice San Agustín (Serm. 336; p. L 38, 1472).

Los documentos del concilio –especialmente los relacionados con la revelación divina, la liturgia, la Iglesia, los sacerdotes, los religiosos y el laicado– hacen ampliamente patente esta intención religiosa primordial, y muestran cuán claro, fresco y rico es el manantial que el contacto con el Dios vivo hace brotar del corazón de la Iglesia; y fluir de ella hacia los áridos yermos de nuestro mundo.

Mas no podemos pasar por alto una consideración muy importante en nuestro análisis del sentido religioso del concilio: ha estado profundamente comprometido en el estudio del mundo moderno. Quizá nunca antes, tanto como en esta ocasión, ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de compenetrar, de servir y evangelizar a la sociedad en la que vive, de afrontarla y casi de correr tras ella, en su veloz y continua transformación. Esta actitud es una respuesta a los distanciamientos y divisiones entre la Iglesia y la sociedad secular de los cuales hemos sido testigos en el curso de los últimos siglos, en el siglo pasado y en el nuestro especialmente. Esta misma actitud ha estado trabajando dentro del concilio intensamente y sin descanso; tan es así que algunos se inclinan a sospechar que una actitud indulgente y una sensibilidad excesiva al mundo exterior, a eventos pasajeros, a modas culturales, a necesidades temporales e ideas exóticas, posiblemente han influenciado a personas y actos del concilio ecuménico a expensas de la fidelidad debida a la tradición y en perjuicio de la orientación religiosa del concilio mismo. No creemos que se le debe imputar esta falta, ni a sus profundas y verdaderas intenciones, ni a sus manifestaciones auténticas.

Preferimos resaltar el hecho de que la caridad ha sido el aspecto religioso más significativo de este concilio. Nadie podría reprochar como una carencia religiosa o falta de fidelidad a los Evangelios esa orientación esencial si recordamos que es Cristo mismo quien nos enseñó que la marca distintiva de sus discípulos es el amor a nuestros hermanos (cf. Juan 13,35); o cuando escuchamos las palabras del Apóstol: «La piedad pura e inmaculada ante el Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y preservarse de la contaminación del mundo» (Santiago 1,27); al igual que «el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien nunca ha visto» (1Juan 4,20).
En efecto, la Iglesia del concilio no sólo se ha preocupado de sí misma y de su relación de unión con Dios, sino del hombre —el hombre como es hoy realmente: el hombre vivo, completamente ensimismado, el hombre que no solamente se hace a sí mismo el centro de todo su interés, pero que se atreve a proclamar que él es el principio y explicación de toda realidad. Todo elemento perceptible en el hombre, todas las incontables modalidades en las que aparece, se han desplegado, en cierto sentido, a plena vista de los Padres del concilio, quienes son, a su vez, meramente hombres y, sin embargo, todos ellos pastores y hermanos; y esta condición, como corresponde, los llena de solicitud y amor. Entre esas modalidades podemos citar al hombre como trágico actor de sus propias obras; al hombre superhombre de ayer y de hoy, siempre frágil, irreal, egoísta y salvaje; al hombre desdichado que ríe y llora; al hombre como actor versátil siempre listo a interpretar cualquier papel; al hombre de mente estrecha, devoto a nada que no sea la realidad científica; al hombre tal como es, una criatura que piensa y ama, que trabaja y siempre en espera de algo, el «Filius accrescens» (Gn 49,22); al hombre sagrado debido a la inocencia de su niñez, debido al misterio de su pobreza, debido a su dedicación al sufrimiento; al hombre como individuo y ser social; al hombre que vive en las glorias del pasado y sueña con las glorias del futuro; al hombre pecador y al hombre santo, y así sucesivamente.

El humanismo secular, desvelando su terrible realidad anticlerical ha retado, en cierto sentido, al concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se encara a la religión (y eso es) del hombre que se hace a sí mismo Dios. ¿Y qué ocurre? ¿Hubo algún choque, alguna batalla o condena? Podría haber sido así, pero no hubo tal. La vieja historia del samaritano ha sido el modelo para la espiritualidad del concilio. Un sentimiento de simpatía desbordante lo ha permeado en su totalidad. El descubrimiento de las necesidades humanas ha absorbido la atención de nuestro concilio (y estas necesidades crecen en proporción a la grandeza que el hijo de la tierra reclama para sí mismo). Hacemos un llamado a aquellos que se autodenominan humanistas modernos, que han rechazado los valores trascendentes de la realidad más alta, para que le den crédito al concilio cuando menos por una cualidad, y que reconozcan nuestro nuevo tipo de humanismo, porque nosotros, de hecho, y más que ningún otro, honramos a la humanidad.

¿Y qué aspecto de la humanidad ha estudiado este augusto senado? ¿Qué meta se ha propuesto a cumplir bajo la inspiración divina? Se ocupó, ciertamente, de la perenne doble faceta de la humanidad: la mezquindad del hombre y su grandeza, su profunda debilidad —que es innegable y que no puede sanar por si mismo— y el bien que sobrevive en él, marcado siempre por una belleza oculta y una serenidad invencible. Pero debemos reconocer que este concilio, que se expuso a sí mismo al juicio humano, insistió mucho más en el lado agradable del hombre, que en su lado desagradable. Su actitud fue enfática y deliberadamente optimista. Una ola de afecto y admiración fluyó desde el concilio sobre ese mundo moderno de la humanidad. Se condenaron errores, ciertamente, ya que la caridad así lo requiere no menos que la verdad; pero para las personas mismas solo hubo aceptación, respeto y amor. En vez de diagnósticos deprimentes y remedios prometedores, en vez de pronósticos funestos, el concilio promulgó a este mundo de nuestros días un mensaje de esperanza. Los valores del mundo moderno no fueron tan solo respetados pero también honrados, sus esfuerzos aprobados y sus aspiraciones purificadas y bendecidas.

Podemos ver, por ejemplo, cómo los innumerables idiomas de los pueblos que existen en nuestros días han sido admitidos a la expresión litúrgica de la comunicación del hombre con Dios y de Dios para con el hombre; se reconoce la exigencia fundamental del hombre a disfrutar de la posesión de sus derechos y de su destino trascendental. Sus aspiraciones supremas a la vida, a la dignidad personal, a la libertad honesta, a la cultura, a la renovación del orden social, a la justicia y a la paz fueron purificadas y promovidas; y se extendió a todos los hombres una invitación pastoral y misionera a volver la luz del evangelio.

Hablaremos ahora, muy brevemente, acerca de las muchas y variadas cuestiones relacionadas con el bienestar humano de las cuales se ha ocupado el concilio. No se intentó resolver todos los problemas urgentes de la vida moderna; algunos de ellos la Iglesia los ha reservado para un estudio más a fondo, otros fueron presentados en términos muy limitados y generales; y por esta misma razón quedan abiertos a una investigación más extensa y a una implementación distinta.
Una cosa que debemos dejar asentada es la siguiente: la autoridad de las enseñanzas de la Iglesia, a pesar de que ésta no ha deseado hacer declaraciones dogmáticas extraordinarias, ha dado a conocer ampliamente la autoridad de sus enseñanzas en una serie de temas que pesan sobre la conciencia y actividades del hombre, inclinándose hacia él, por decirlo así, para dialogar, mas preservando siempre su autoridad y su fuerza. Se ha pronunciado con la voz complaciente y amigable de la caridad, con el deseo de ser escuchada y comprendida por todos. No se ha concentrado meramente en la especulación intelectual, pero ha buscado expresarse en un estilo simple, al día y familiar, derivado de la experiencia concreta, y de manera cordial, para que sea más vital, atractivo y persuasivo. Le ha hablado al hombre moderno tal y como es.

Otro punto que debemos destacar es éste: toda esta riquísima enseñanza está dirigida en una sola dirección: servir al hombre, de cualquier condición, cualquiera que sea su debilidad o necesidad. La Iglesia, en cierto sentido, se ha declarado la servidora de la humanidad en el mismo instante que su ministerio eclesiástico y su gobierno pastoral asumían, debido a la solemnidad del concilio, su mayor esplendor y vigor: la idea del magisterio ha ocupado un puesto central.

¿Se podría decir que todo esto, más todo lo que es posible decir acerca de los valores humanos del concilio, ha desviado la atención de la Iglesia y del concilio hacia las tendencias antropocéntricas de la cultura moderna? Desviado no, más bien orientado. Cualquier observador cuidadoso de los intereses prevalecientes del concilio por los valores humanos y temporales no podría negar que es el carácter caritativo lo que forma el programa del concilio. Y debe reconocer, asimismo, que ese interés jamás está divorciado de los intereses religiosos más genuinos, ya sea por razones de caridad — que es su única inspiración (¡donde hay caridad, ahí está Dios!)— o debido a los constantes y explícitos intentos del concilio de relacionar valores temporales con aquellos que son específicamente espirituales, religiosos e imperecederos: su preocupación es para con el hombre y la tierra, mas se eleva hacia el reino de Dios

La mentalidad moderna, habituada a considerar todo en términos de utilidad, admitirá sin reparos que el concilio tiene un gran valor tan sólo por lo siguiente: todo tiene su referente en la utilidad humana. Nadie podrá decir, por consiguiente, que la religión, tal como la religión católica, no tiene ninguna utilidad, siendo que cuando ésta se encuentra en su más alto nivel de autoconciencia —como es el caso del concilio— se declara a sí misma enteramente al lado del hombre y a su servicio. De esta manera, la religión católica y la vida humana reafirman su alianza mutua por el hecho de una convergencia en una sola realidad humana: la religión católica es para la humanidad. En cierto sentido es la vida de la humanidad. Esto es así en virtud de la extremadamente precisa y sublime interpretación que nuestra religión le da a la humanidad (el hombre, sin duda, es un misterio para sí mismo), y que le aporta en virtud de su conocimiento de Dios. El conocimiento de Dios es una condición necesaria para entender al hombre como realmente es en su totalidad. Como prueba de esto basta recordar las apasionadas palabras de Santa Catalina de Siena, «en tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré mi propia naturaleza». La religión católica es la vida del hombre porque ésta determina su naturaleza y su destino, le da a la vida su verdadero sentido, establece la ley suprema que la guía y le infunde esa actividad misteriosa que propiamente se puede decir que la diviniza.

En consecuencia, si recordamos, venerables hermanos y cada uno de ustedes hijos míos, reunidos aquí, que podemos y debemos en todo momento reconocer en todos el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del Hombre, especialmente cuando las lágrimas y el dolor lo hacen evidente. Y si podemos y debemos reconocer en el rostro de Cristo el rostro de nuestro Padre celestial —«El que me ha visto,» dijo nuestro Señor «ha visto a mi Padre» (Jn 14,9)— nuestro humanismo se transforma en cristiandad, nuestra cristiandad queda centrada en Dios; es así que podemos decir, para expresarlo de otra manera, que el conocimiento del hombre es una condición necesaria para el conocimiento de Dios.

¿No estará, entonces, este concilio, que se ha concentrado primordialmente en el hombre, destinado a proponer al mundo moderno una vez más la escalera que lleva a la libertad y a la consolación? ¿No será amar al hombre para poder amar a Dios una enseñanza nueva, breve, simple y solemne? Amar al hombre, queremos decir, no cómo un fin en sí, pero como un primer paso hacia ese fin trascendente que es el fundamento y causa de todo amor. Y así, este concilio se puede resumir en su significado religioso definitivo, que no es otro que una insistente y cordial invitación a la humanidad de nuestros días a redescubrir en el amor fraternal al Dios «de quien separarse es caer; a quien volver es levantarse; permanecer en ti es hallarse firme… volver a ti es revivir, morar en ti es vivir» (San   Agustín, Soliloquios I, 1, 3; P.L. 32, 870).

Ésta es nuestra esperanza al concluir este Segundo Concilio Ecuménico Vaticano, y al principio de la renovación humana y religiosa que el concilio propone estudiar y promover; ése es nuestro deseo para ustedes hermanos y Padres del concilio, y ése es nuestro deseo para toda la humanidad a la cual hemos aprendido a amar y servir mejor aquí.
Para concluir rogamos una vez más la intercesión de San Juan Bautista y de San José, que son los patronos del concilio ecuménico, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el cimiento y las columnas de la Santa Iglesia, y con ellos a San Ambrosio, el obispo cuya fiesta se celebra en este día, uniendo así a través de él las Iglesias de Oriente y Occidente. Imploramos sinceramente, asimismo, la protección de María Santísima, Madre de Cristo, y que por tanto llamamos Madre de la Iglesia. Con una sola voz y un solo corazón damos gracias y alabamos al Dios viviente y verdadero, al único y soberano Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amen. 

Peter Kwasniewski

[Traducción Enrique Treviño Artículo original]




RORATE CÆLI
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Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos

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