Día de Navidad
Jn 1: 1-14

Fiesta grande del nacimiento de Cristo. Fiesta que demuestra la forma radical que tiene Dios para solucionar los problemas difíciles. Dada la situación del hombre y del mundo, Dios optó por una solución radical: Dios se hizo hombre como nosotros; igual en todo menos en el pecado.

Los grandes problemas que sufre nuestra Iglesia de hoy han sido como consecuencia del debilitamiento de nuestra fe; lo cual nos ha llevado a la tibieza y a la mediocridad; y de ahí, a la situación actual.

Cristo tiene siempre una actitud firme: “No he venido a traer paz sino espada…”; “el que no está conmigo está contra mí”.

Esta fiesta tiene una importancia transcendental. Estamos en unos momentos en los que hasta la misma jerarquía de la Iglesia quiere borrar de nuestras mentes y de nuestros corazones a Jesucristo, su existencia histórica, la virginidad de María, la historicidad de los Evangelios. Y en cambio se pone en el mismo nivel a Cristo, Buda y Mahoma; y se nos dice que cualquier religión nos puede traer la salvación. Si eso es así, entonces ¿para qué Cristo? ¿Para qué su muerte en cruz? ¿Qué necesidad había de que Cristo naciera? Hemos perdido la fe.
Si de verdad amáramos a Jesús. Si su Persona nos sedujera. Si estuviéramos anhelando su venida, hoy nos alegraríamos grandemente al tenerlo ya entre nosotros.

Jesús nace en Belén, y nace en extrema pobreza para consagrar la pobreza. Nunca nos podríamos imaginar que ocurriría así. La virtud de la pobreza no consiste en despreciar las cosas, sino en poner a Dios primero. Fue San Francisco de Asís, El Poverello, quien cantó a las criaturas y al sol; pero por encima de ellas, siempre tenía a Dios.

Y nada más nacer, la Sagrada Familia tiene que salir huyendo pues Herodes persigue al Mesías para matarlo. Embarcarse hacia lo desconocido tiene sentido cuando se hace por amor.

Cristo nos hizo ver con su nacimiento el amor que nos tiene; pues de ese modo podía dar su vida por nosotros. Si el amor entre esposos es grande, el amor divino-humano lo es mucho más. En el amor conyugal se unen dos formando una sola carne; pero en el amor divino-humano, se llega a tener la misma vida y sentimientos de Cristo Jesús. Como decía San Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

Yo le decía al Señor el otro día: ¡Señor, cuánto siento ser tan pequeño y no poderte amar como tú me amas! Aunque el Señor me decía a mí: Tu vida es la mía, y la mía la tuya. Tú y yo nos amamos con el mismo y único amor.

Hoy nos quieren robar todo esto. Sin Cristo, ¿qué sentido tiene nuestra existencia?

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Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com