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El sucesor de Pedro debe ser obediente a la palabra de Dios

Sermón de Fontgombault- Santos Pedro y Pablo: “El sucesor de Pedro debe ser obediente a la palabra de Dios”.

SAN PEDRO Y SAN PABLO

Sermón del Reverendísimo Dom Jean Pateau

Abad de Nuestra Señora de Fontgombault y Administrador de San Pablo de Wisques

(Wisques, Junio 29 de 2015)

Vos autem, quem me ese dicitis?

Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

(Mt. 16,15)

Queridos hermanos y hermanas,

Muy amados hijos,

La Iglesia ha honrado a los santos que hoy celebramos con el nombre de “pilares”. San Pedro y San Pablo son los pilares de la Iglesia.

El Evangelio nos narra un episodio sorprendente. Jesús inquiere qué es lo que piensan los hombres de él: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? (Mt. 16,13) Los apóstoles están ansiosos por responder; gustosamente, informan a su Maestro los comentarios que han recogido por aquí y por allá, quizá también se aprovechan de ello para exponer discretamente sus propios cuestionamientos….sus propias dudas. Hay varias respuestas: “Algunos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas.” (vs. 14) Estas respuestas reflejan un mundo tambaleado por sus modas y opiniones, un mundo orgulloso de haber expulsado cualquier referencia a la verdad. Jesús vuelve a hablar: “¿Pero ustedes quién dicen que soy yo?” (vs. 15) La segunda pregunta muestra que él hace una diferencia entre sus discípulos y el mundo. Enfrentados con las respuestas opuestas oídas previamente, uno esperaría oír una proclamación de fe unánime y casi solemne por parte de todos los discípulos. Pedro responde solo: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo.” (vs. 16)

¿Por qué sólo Pedro es el que habla? ¿Por qué los otros discípulos se quedaron en silencio? ¿Están divididos entre lo que piensa la gente y la verdad que, lo saben, proviene de Dios? La respuesta de la gente es creíble, mientras que la respuesta de Pedro, así como la palabra de Dios es ridícula. Jesús entonces se dirige a Pedro y lo alaba: “Bendito seas, Simón hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. (vs. 17) Pedro es alabado porque el Padre se ha dignado iluminarlo y porque él ha escuchado su palabra y la ha hecho suya.

El mundo quiere construir una creencia con base en sus propias luces y estándares. Pedro únicamente se hace eco de lo que le ha sido revelado por el Padre. Tal es el servicio de la verdad que los apóstoles llevaron a cabo en la iglesia naciente y para el mundo. Lo que estaba en juego para ellos no era de hecho el falsear la verdad de Dios para que fuera aceptable a los hombres, sino abrir las mentes de los hombres al misterio de Dios. Cristo ha edificado su Iglesia sobre una roca, la fe de Pedro, y ha solemnemente afirmado que las puertas del infierno, esto es, los poderes del mal y de la muerte, no prevalecerían sobre ella.

Tal es el servicio que el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, aún lleva a cabo. Es un servicio al cual todos los obispos en el mundo contribuyen, en tanto estén en comunión con la Sede Apostólica. Si hoy el mundo aún habla su idioma nativo y desvía la razón en el laberinto de opiniones, esto no debe aplicar al Sucesor de Pedro y a los obispos, quienes deben ser obedientes a la Palabra de Dios que los enseña, para que así puedan hablar legítimamente en nombre de Dios.

La misión de Pedro es preservar la fe de cualquier falla, y confirmar a sus hermanos en la fe. La Constitución Dogmática sobre la Revelación Divina del Concilio Vaticano Segundo enseña:

El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído. (Dei Verbum, n. 10, citado por el Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 85-86)

La luz que viene de Dios es una gracia. Esta ilumina también al creyente al inclinar su corazón ante la verdad y permitir que crea sin ningún riesgo de error. La luz divina no se confina sólo a las verdades de la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una “manera definitiva”, proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben “adherirse con espíritu de obediencia religiosa” (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 892)

En el Credo, profesamos que la Iglesia es apostólica. Ella es tal porque está edificada y permanece edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, porque mantiene y transmite su enseñanza y porque “ella continua siendo enseñada, santificada y guiada por los Apóstoles hasta la venida de Cristo, a través de sus sucesores en el oficio pastoral.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 857)

La lección que hoy da Jesús a los Apóstoles es una lección de humildad. Jesús no pide nada más de sus Apóstoles que lo que ha aplicado para sí mismo: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha envidado.” (Jn. 7, 16) Y es todavía una misión de humildad la que pide a sus Apóstoles que lleven a cabo, antes de ascender al cielo él los envía a proclamar el Evangelio y hacer discípulos de todas las naciones. ¿No hubiera sino menos riesgoso para ellos afirmarse discípulos de Juan el Bautista, de Elías, de Jeremías o de alguno de los profetas, más que de Cristo, el Hijo de Dios? ¿No hubiera sido más razonable proclamar el Evangelio a una asamblea de hombres escogidos, más que ir hacia todas las naciones de la tierra?

Dios es fiel. Una palabra o una comida adaptada a la diversidad de hombres de todas las naciones nunca fracasarán. Mientras muchas ordenaciones tienen lugar en estos días, confiemos a estos sacerdotes a la protección de María y supliquemos obtener sacerdotes y obispos según el corazón de Dios, verdaderos discípulos de Cristo, el Hijo de Dios.

Amen.




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