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Ensalada Verde, sobre la nueva encíclica de Francisco

[Panorama Católico Internacional] Una primera mirada a vuelo de pájaro sobre la encíclica de Francisco, Laudato Si, nos confirma en la impresión previa. Se trata de una ensalada verde.

Verde, obviamente, por el eje temático, que es la agenda de los ecologistas; ensalada porque allí se mezcla todo de un modo tan grotesco que mueve a trágica hilaridad.

El objetivo extramagisterial

En primer lugar, haré un breve recorrido por distintos aspectos de la actual crisis ecológica, con el fin de asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible, dejarnos interpelar por ella en profundidad y dar una base concreta al itinerario ético y espiritual como se indica a continuación.
A partir de esa mirada, retomaré algunas razones que se desprenden de la tradición judío-cristiana, a fin de procurar una mayor coherencia en nuestro compromiso con el ambiente.

Luego intentaré llegar a las raíces de la actual situación, de manera que no miremos sólo los síntomas sino también las causas más profundas.

Así podremos proponer una ecología que, entre sus distintas dimensiones, incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea.

A la luz de esa reflexión quisiera avanzar en algunas líneas amplias de diálogo y de acción que involucren tanto a cada uno de nosotros como a la política internacional.

Finalmente, puesto que estoy convencido de que todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo, propondré algunas líneas de maduración humana inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana.

En estos párrafos, subrayamos los objetivos declarados del documento, y por sobre todo su carácter ensayístico, es decir, de opinión. Nada más contrario al Magisterio que la expresión de opiniones.

Anuncia, además, que se tratará una novedosa ética ecológica fundada sobre la hechos cuanto menos discutibles (los mejores frutos de la investigación actualmente disponible…). Ambas confesiones ponen este texto fuera de toda consideración válida como documento magisterial.

El papa ha decidido hablar de algunos temas, pero no como papa, porque tan solo “intentará llegar a las raíces de la actual situación”, lo cual es algo que se propone quien no va a hacer uso de verdades reveladas para esclarecer sobre temas atingentes a la Fe o la moral, que es el objeto del Magisterio. Algo, por otra parte, bien difícil si versará principalmente sobre tópicos tales como las emanaciones de CO2 en el ambiente por el uso de los acondicionadores de aire, la quema de combustibles fósiles o la caza de animales en extinción.

Además, la propuesta “de líneas amplias de diálogo y acción” no se encuadra, ciertamente en el rubro de las definiciones doctrinales o la recordación o aplicación de las mismas a nuevos desafíos de Fe o morales. El papa no propone “líneas de diálogo” cuando hace uso del Magisterio. Define verdades o las aplica a circunstancias concretas.

Por cierto nos propondrá también “algunas líneas de maduración humana inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana”, aunque nos resulte difícil entender de qué está hablando.

El lenguaje ripioso no es propio del Magisterio. Si a ello se suman temas ripiosos y fundamentos “científicos” también ripiosos, vamos a llegar a cualquier lugar, menos a la certeza.

Magisterio y Ciencia

Alguien objetará que el Magisterio, cuando trata sobre temas que requieren el apoyo de la ciencia, siempre está sujeto a los últimos avances, y que estos suelen ser provisorios. Y es verdad. Pero la flaqueza está en la ciencia y no en el Magisterio. Es más, el Magisterio sabe más que la ciencia, aunque de otro modo. Sabe que ciertas cosas no pueden ser. Luego la ciencia deberá explicar cómo son, si puede. Pero nunca podrá probar que son como el Magisterio sabe que no pueden ser.

La flaqueza de la “ciencia ecológica”, sin embargo, es mucho mayor. Está esencialmente herida por la ideología, puesto que sirve a propósitos anticristianos. De modo que para ella los hechos existen en función de “herramientas” para ciertos propósitos, y no como realidades. Lo cual no pocas veces hace que derive de la observación errónea de las cosas a la mera invención de ciertas presuntas realidades. No hace mucho se hablaba de la catástrofe mundial por superpoblación. Hoy nadie seriamente sostiene semejante dislate.

Por otra parte, la flaqueza de esta presunta “ciencia ecológica” está admitida por el mismo autor, que sin embargo no dudará en plantar sus conclusiones sobre la base de un terreno definitivamente pantanoso: Hablando del “efecto invernadero” asume la postura más difundida, pero admite que “Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar”.

Es decir, admite que la cuestión está discutida, aunque se suma a la opinión mayoritaria (o presuntamente mayoritaria, según los medios) al decir que “numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana”.

Es, por otra parte, un párrafo verdaderamente asombroso por la osadía de las conclusiones. El papa se pronuncia sobre el nivel de concentración de gases que produce la actividad humana. Una materia completamente ajena a su campo de comptencia.

Temas morales entremezclados

Salpicando la temática ecológica que ha suscrito junto con la agenda verde completa, el papa, sin embargo, intenta dejar a salvo ciertos temas no solo esenciales de la moral cristiana, sino también “muy sensibles” para muchos católicos.

“En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de “salud reproductiva”… Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas”.

La mención del tema tranquiliza, seguramente, a algunos fieles bienintencionados, pero no se debe olvidar que se trata de una referencia al pasar, en la que el énfasis condenatorio de las políticas anticristianas que sustentan la ideología ecologista brilla por su ausencia.

Igualmente vago es el párrafo sobre la manía conservacionista:

“Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada”.

Y también.

“Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades”.

Aquí nuevamente, el lenguaje ripioso y la falta de ilación conceptual impide toda conclusión nítida.

Blablismo magisterial

Lo que sigue es un párrafo memorable:

“La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables. Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres?”

Increíble sumatoria de causas y efectos. Por cierto, el relativismo lleva al desenfreno moral, aunque se puede violar el decálogo aún creyendo en él, simplemente por falta de virtud.

Podría someterse a alguien a trabajos forzados como castigo por un delito, no es algo intrínsecamente malo. Tampoco se ve una relación directa entre la explotación sexual de los niños y el abandono de los ancianos, ambas acciones gravemente pecaminosas, pero en grado diverso.

En cuanto a las teorías sobre el mercado, aunque el libremercadismo ciertamente no propicia el bien común sino que deja el terreno libre a las oligarquías económicas, no se entiende por qué se lo incluye en el mismo párrafo, obviando, mencionar, como hubiese parecido razonable en todo caso, otros errores que atentan contra el bien común en esta materia, como el socialismo o el estatismo.

Y lo que sigue nos pone en el límite de la hilaridad: “trata de seres humanos”, “criminalidad organizada” y “narcotráfico”, pase; pero qué significa “comercio de diamantes ensangrentados” (¿será por la película?) es difícil de determinar. Debemos presumir que habla de la explotación injusta de poblaciones por parte de empresas dedicadas a la extracción de diamantes. Un alarde de síntesis expresiva.

Finalmente, sin cambiar siquiera de párrafo, sigue la enumeración -unido a lo anterior por la conjunción “y”-: “comercio de animales en extinción”… que parece estar en el mismo nivel ético que lo anterior y lo que sigue: “tráfico de órganos humanos”… Sin comentarios.

Es difícil tomar en serio un texto redactado de esta manera.

Para no alargar innecesariamente, digamos que en algunos párrafos el papa sostiene la importancia de la familia y la doctrina del orden natural de la creación, aunque con el mismo estilo que toda la encíclica:

“También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda “cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma”.

En otros tiempos los papas preferían argumentar con textos bíblicos y de los padres y doctores de la Iglesia. Luego del Concilio se comenzó a introducir el lenguaje sociológico y las expresiones poco claras que finalmente han desembocado en este producto, que es la combinación de temas vagos, de los que se habla en forma vaga y sobre los que se establece una línea argumental inconsistente, más parecida a una colección de slogans que a una exposición doctrinal.

De Juan Pablo II se decía: lo que se entiende ya lo sabíamos, y lo otro no se entiende. En este caso, lo que más escasea es “lo que ya sabíamos”.

Por lo cual se justifica llamar a esta creación literaria, “ensalada verde”. O más bien, “ensalada mixta”, porque entre los verdes aparecen también abundantes colores rojos.

Nota. Hemos realizado este comentario sobre los textos publicados por el periodista Sandro Magister, recientemente expulsado del Vaticano por no observar (presuntamente) el “embargo” del texto de la encíclica, o sea la reserva que se pide a los periodistas hasta que sea oficialmente conocido. Digamos al pasar que Magister ha difundido con admirable fidelidad a la doctrina católica las objeciones de muchos contra las teorías del Card. Kasper y su “teología de rodillas”. Por lo cual le expresamos nuestra solidaridad, dado que la causa invocada tiene menos que ver con el embargo que con su militancia a favor de la moral católica.




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