(Tomado de Duc in altum, el blog de Aldo Maria Valli, 7 de abril de 2020.)

Queridos amigos de Duc in altum: tengo el placer de ofrecerles esta entrevista en exclusiva a monseñor Viganò, en la que habla de numerosos temas. Se parte de temas de actualidad e iniciativas recientes de Francisco para llegar a cuestiones de fondo relativas a la Iglesia y al actual pontificado.

Monseñor Viganó, como sabemos, en la edición de este año del Anuario Pontificio hay una novedad que salta a la vista y es preocupante: en la mismísima primera página, en la que se presenta al papa reinante, aparece el nombre del Sumo Pontífice, Jorge Mario Bergoglio seguido de una breve reseña biográfica y a continuación, bajo el epígrafe de «títulos históricos», aparece una lista de expresiones que denotan la identidad espiritual, religiosa y jurídica del Romano Pontífice: Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y Siervo de los siervos de Dios. Si se compara esta presentación con la del Anuario Pontificio 2019, se observa de inmediato algo que es más que una cuestión de diagramación del texto. Lo cierto es que hasta el año pasado, antes de todo y en grandes caracteres, figuraba el título de Vicario de Jesucristo, y seguidamente, en caracteres más pequeños, aparecían los otros títulos seguidos del nombre del papa reinante y por último lo esencial de su biografía.

Muchos hemos visto en esta decisión de Francisco la confirmación de una tendencia constante en el presente pontificado: poner en primer lugar al hombre Bergoglio con sus propias ideas, no al Papa en cuanto Servus servorum Dei. Es algo que salta a la vista, a pesar de lo cual muchísimos católicos destacan antes estas innovaciones la presunta humildad del Papa, que se estaría quitando prerrogativas divinas que no le corresponden.

¿No le parece que vale la pena analizar esta humildad de Francisco, ampliamente elogiada por muchos? Muchos de sus gestos y decisiones (entre las más destacadas y evidentes, residir en Santa Marta y no usar muceta roja con el roquete) han sido entendidos como pruebas de humildad. Pero ¿qué son en realidad?

Ha dado en el clavo con lo de «poner en primer lugar al hombre Bergoglio con sus propias ideas». Yo diría que ése es precisamente uno de los elementos que ameritarían un análisis detallado por parte de muchos de mis hermanos obispos. Disociar la persona Papae de la persona física de Bergoglio es lo que caracteriza a este pontificado. Ya hubo intentos anteriores en este sentido con Juan Pablo II, pero se debieron en gran medida a los medios informativos, que querían mostrar a un papa de rostro humano, deportista y todo eso.

La transformación del Papado en un espectáculo a la que asistimos hoy es, por el contrario, de otra naturaleza. Parte del propio Bergoglio, que haciendo alarde de ello se niega a actuar como pontífice, a ponerse las vestiduras que le corresponden, a expresarse con palabras prudentes y sabias y a adoptar los títulos que le corresponden. En una sociedad cada vez más sensible al poder de la imagen, la manera de presentarse ante los demás es importantísima, porque transmite un mensaje muy preciso.

Por lo que se refiere a la presunta humildad que muchos católicos ven en estos gestos, pienso que es necesario hacer alguna aclaración.

La humidad es una virtud que nos permite conocernos a nosotros mismos y estimarnos según nuestro justo valor, y es contraria a toda forma de ostentación y vanidad. Los cimientos de la humidad son la verdad, que nos lleva a conocernos como verdaderamente somos, y la justicia, que nos inclina a tratarnos con arreglo a ese conocimiento. Está claro que la humildad exterior tiene que ser la manifestación de un hábito interno; de lo contrario no es más que hipocresía. Tampoco hay que jactarse de ella, porque escandalizaría a los sencillos. Le pongo un par de ejemplos. Cuando el Patriarca de Venecia Giusseppe Sarto –futuro San Pío X– viajaba en ferrocarril, subía a un vagón de primera clase, que era lo propio de un príncipe de la Iglesia, pero viajaba en tercera. Nadie lo sabía. No quedaba inmortalizado en fotografías. Pío XII, al que todos recordamos por su porte hierático, tenía un dormitorio muy pobre, y a veces dormía en el suelo para hacer penitencia. Pero jamás se le habría ocurrido dirigirse al Quirinal* en un automóvil utilitario. Tampoco se habría postrado a los pies de un representante de las autoridades terrenas, porque era muy consciente de la sacralidad de sus funciones y de que el Romano Pontífice es, por mandato divino, superior a toda autoridad humana. El 14 de julio de 1943 lo vimos acudir a la barriada de San Lorenzo nada más terminar el bombardeo aliado sobre Roma, para animar al pueblo, pero siempre con la gravedad y compostura del Vicario de Cristo. ¿Vamos a decir que San Pío X y Pío XII no eran humildes? Pues bien, ésa es la humildad de un papa, que no tiene necesidad de alardes, ni de ser inmortalizada por la prensa, ni de elogios de aduladores. Porque tiene por referencia a Dios y no busca el impacto mediático.

Quienes elogian a Francisco piensan evidentemente que la humildad no es lo contrario del orgullo, sino de la dignidad y de la función que se ejerce. Les parece humilde que Francisco aparte la mano de quien se dispone a besarle el anillo, o el uso de un automóvil pequeño en vez de un automóvil de lujo, o una foto tomada casualmente mientras el Papa se compra unos zapatos en la calle Borgo Pio. Una valoración semejante manifiesta un mal disimulado satisfacción, como si quisiera reprochar a otros por ser soberbios por el sólo hecho de cumplir el protocolo o de ser conscientes de la dignidad de la función que desempeñan en la Iglesia. Como se ve, detrás de todo eso no hay la menor humildad sino una aspiración narcisista o política: lo que se quiere no es dar un ejemplo edificante, sino complacer al mundo.

Me parece que ha llegado la hora de preguntarnos seriamente por el callejón sin salida canónico al que nos ha llevado este alejamiento entre el cargo y quien lo ejerce. No se puede pretender que se obedezca al Papa si quien ocupa el solio pontificio se comporta como si no lo fuera, porque entonces se da una auténtica falsificación: se juega con la obediencia y el sentido jerárquico de los fieles, pero al mismo tiempo se va por libre, considerando que se está desvinculado de todos los deberes y límites que impone el Pontificado.

El Papa no puede dejar de reconocer su cargo: debe expresar la humildad precisamente sabiendo comportarse sin excentricidades, sin extravagancias. Y esta moda de alardear de humildad es contagiosa. Un obispo que llega a la catedral en bicicleta o que se hace llamar padre en vez de excelencia no es humilde, sino ridículo y egocéntrico, porque llama la atención y atrae con ello las miradas hacia él.

San Isidoro de Sevilla, al que recordábamos hace unos días en la liturgia, dice que un prelado «debe supervisar al rebaño con humildad y autoridad parejas para que ni perpetúe los vicios de su grey por exceso de humildad ni ejercite su autoridad con demasiada severidad, sino que se desempeñe con quienes le han sido confiados con tanta cautela como teme ser severamente juzgado por Cristo» (San Isidoro de Sevilla, Liber Officiorum II, Ad Sanctum Fulgentium, 5).

San Benito nos enseña que uno de los principales actos externos con que se manifiesta la humildad es en huir de la originalidad; no hacer nada de extraordinario, limitarse a lo que exige el propio estado, el ejemplo de los predecesores y las costumbres legítimas. Considero que lo se entiende por humildad en Santa Marta no es sino una torpe ostentación de originalidad. Es más, proponer la extravagancia como modelo supone un desprecio implícito de la propia función sagrada, con lo que a la falta de humildad se añade el pecado contra las virtudes de la justicia y la religión.

No es casual que precisamente quienes son tan entusiastas del Ford Focus de Bergoglio aprovechen sus excentricidades para desmitificar el Papado, es decir para humillarlo, para rebajarlo a lo que por su propia esencia no puede ni debe ser. A quien le agrada la supresión del título de Vicario de Cristo le tiene sin cuidado que el Papa sea humilde; lo único que le importa es alcanzar un proyecto político destinado a demoler la Iglesia y sus más venerandas instituciones alineándose con el pensamiento mayoritario.

En la homilía de la Misa celebrada en Santa Marta el pasado viernes 3 Francisco volvió a recalcar que María es sólo mujer, madre y discípula, una como nosotros, sin ningún título real. Ya lo había dicho el pasado 12 de diciembre, añadiendo que es mestiza y que no hay necesidad de atribuirle papel alguno en la obra de la Redención. Hay que preguntarse: ¿a qué viene tanta obstinación en ese sentido por parte de Francisco? Es evidente que se opone a la promulgación de un dogma que reconozca a María como corredentora. Más allá de esa convicción suya se observa una tendencia –hay quien la ha calificado de minimalismo mariano– que hiere la conciencia de muchos católicos, nutrida por siglos de Tradición. Hasta tal punto que a otra figura femenina, la supuesta Pachamama, se le tributado en el Vaticano un culto que causa estupor. Valga la hipótesis de que Francisco asuma dichas posturas minimalistas para facilitar el reencuentro con los protestantes; de ser así, parece una estrategia insensata por parte del Papa: negar el papel corredentor de la Madre de Jesús y negar su realeza… ¿a cambio de qué? ¿Una mejoría en la relación con confesiones religiosas comatosas? No se le ve la menor lógica.

Hay dos elementos dignos de atención en esta pregunta. El primero es la actitud para con la Santísima Virgen; el segundo, las convicciones doctrinales que transmite.

Los fieles –y el propio clero– están escandalizados por la forma en que habla de la Virgen, por la arrogancia con que se permite rebajar y humillar a tan santísima persona sin emplear jamás los títulos que le corresponden y cuidándose mucho de recalcar las enseñanzas constantes de la Iglesia. En cuanto a externalización, percibimos que a Francisco no soporta honrar a la Reina del Cielo, y esto es un síntoma que debería ser causa de gran preocupación. Si semejante falta de reverencia es fruto del deseo de complacer a los herejes, es una agravante y no una excusa. Es más, yo diría que si el ecumenismo exige deshonrar a la Virgen y callar la verdad católica para agradar a los que están en el error, ahí tenemos una prueba más de que el ecumenismo desagrada a Dios.

Hay otro aspecto que me gustaría resaltar: negar dogmas y verdades teológicas, aunque no hayan sido definidos teológicamente, tiene una consecuencia sumamente destructiva, porque la Verdad –que es Dios mismo– no puede tener porciones sacrificables. Si se toca un dogma aparentemente marginal en comparación con los trinitarios o cristológicos, afecta a todo el edificio de la doctrina. Y permítame recordarle que además de los horrores sobre el mesticismo mariano homos oído también disparates sobre la propia divinidad de Cristo insinuados subrepticiamente en entrevistas concedidas a cierto diario notoriamente anticatólico.

Por lo que se refiere a la maldita Pachamama, es evidente que se está materializando una sustitución de la Madre de Dios por la Madre Tierra en homenaje a la religión mundialista y ecológica. Esos están muy dispuestos a burlarse de la Virgen; ofensas que Nuestro Señor perdona cuando van dirigidas a Él no las perdona cuando tienen por objeto su Santísima Madre.

La celebración del pasado 27 de marzo, cuando Francisco habló ante una desierta Plaza de San Pedro, la han visto muchos como un importante acto de oración con el que el Papa ha sabido interpretar el sentimiento del pueblo católico. Otros –vuestra Eminencia entre ellos– han visto por el contrario otra prueba del protagonismo de Bergoglio: una representación para uso mediático y hasta una profanación, porque se ha expuesto al Santísimo en una basílica, y nada menos que en San Pedro, que no se ha vuelto a consagrar después del sacrilegio del culto que se rindió a la Pachamama. No le oculto que su juicio me ha parecido muy severo. Personalmente, me inclino a quedarme con el lado bueno de toda situación. No todo me convenció en la mencionada celebración. Me desagradó que Francisco no se arrodillara ni por un momento ante el Santísimo, y no tardé en preguntarme cómo podía atreverse a exponer a la intemperie el antiguo crucifijo de San Marcelo, que efectivamente resultó deteriorado. Con todo, seguí la oración por televisión y adoré al Santísimo con el Papa. ¿Hice mal? ¿Caí en una trampa?

Ver entrar en la basílica vaticana la Pachamama con sus insignias portada a hombros de obispos es algo tan vergonzoso e inaudito que en otros tiempos seguramente habría provocado las iras del pueblo y el clero. Desde el punto de vista canónico, es preciso hacer reparación de tal sacrilegio con un acto de reconsagración de San Pedro, que todavía no se ha realizado. Hasta ese momento, todas las funciones litúrgicas que se celebren allí van acumulando sacrilegios. Por otra parte, reconsagrar la basílica supondría reconocer la gravedad del acto idolátrico y desautorizar a quien lo toleró. Recuerdo que después de que se arrojaran los ídolos al Tíber Bergoglio se excusó como si se hubiera sentido ofendido por aquel acto, pero no tuvo en la menor consideración la grave ofensa infligida a la majestad divina, a sus ministros sagrados y a los sentimientos de los fieles.

En cuanto a permanecer sentado ante el Santísimo Sacramento, se trata de una actitud constante de Francisco en todas las celebraciones en las que se halla presente, empezando por el Corpus Christi, del que ostensiblemente se ausenta y al que muestra hostilidad. No sorprende que la insistencia en la humildad del Papa tan frecuente en los relatos de sus aduladores se disuelva precisamente en la única ocasión en que tanto el Papa como Bergoglio podrían humillarse de verdad: arrodillándose ante el Santísimo Sacramento.

De hecho, la principal forma de manifestar humildad ante Dios, y la más sencilla y fácil de entender, es la que nos enseñan las Sagradas Escrituras y el ejemplo de la Iglesia: arrodillarse. Por otro lado, si se tratase de un gesto carente de sentido, no se entiende por qué Francisco no tiene inconveniente para hacerlo ante jefes de estado o ante presidiarios.

En fin, respondiendo a su pregunta, creo que tanto usted como todos los católicos se arrodillaron para adorar a Emanuel, al Dios con nosotros, no para manifestar conformidad con la tétrica decadencia que acompañaba al rito. Las palabras del Adoro Te, compuesto por Santo Tomás, compendiaron los sentimientos de todos nosotros. Tibi se cor meum totum subjicit, quia, te contemplans, totum deficit. Todo mi corazón se somete a Ti, porque al contemplarte todo lo demás se queda corto.

En esta Semana Santa marcada por la pandemia vivimos los ritos en casa a través de los medios de difusión. La creatividad ha acudido al rescate de los fieles, que a pesar de los pesares consiguen asistir a Misa, rezar y mantenerse en contacto. No quiero volver a hablar de las misas sin presencia de fieles. En su lugar le pregunto: a su juicio, ¿qué cree que nos está diciendo el Señor con esta situación tan inaudita?

El Señor nos manda un mensaje clarísimo: Sine me nihil potestis facere (Jn. 15, 5). Si no nos convencemos de que nuestros pecados –como expliqué hace poco– son martillazos con los que seguimos crucificando a nuestro Señor, escupitajos en su adorable rostro, no podemos arrepentirnos, pedir perdón y reparar estas culpas. Debemos entenderlo nosotros, deben entenderlo las naciones y debe entenderlo la Jerarquía.

Y debemos entender igualmente que la privación de los Sacramentos y de la Misa en todo el mundo es un castigo además por nuestra infidelidad, por los sacrilegios que se cometen a diario en nuestros templos por la indiferencia de tantos ministros de Dios, por las profanaciones derivadas de comulgar en la mano, por la actitud descuidada con que se realizan las celebraciones. La voz ordenada y pura de la liturgia ha sido sustituida por el estrépito vulgar y profano. ¿Cómo vamos a esperar que nuestras oraciones agraden al Cielo?

No son pocos los fieles que a la luz de algunas revelaciones públicas y privadas consideran que esta pandemia no es sino el comienzo de una serie de pruebas que evocan las plagas de Egipto. Muchos otros creen que es absurdo pensar eso, porque Dios no es capaz de castigar. Últimamente Vuestra Eminencia ha exhortado a tener el cuenta el pecado original, del que no podemos olvidarnos. ¿Cómo podemos vivir esta prueba conscientes de la necesidad de conversión, pero al mismo tiempo sin dejarnos vencer por la angustia?

Los cristianos sabemos que las cruces y las pruebas que nos manda el Señor nunca son superiores a nuestras fuerzas, y más si dejamos que Él nos ayude a llevarlas con su gracia. Por tanto, tenemos que entender por encima de todo la prueba como el castigo que aplica un Dios amoroso y con razón ofendido, pero que quiere espolearnos a la conversión. Y en segundo lugar debemos adorar la voluntad de Dios y su divina misericordia, que nos da una valiosa oportunidad de enmendarnos y que no sólo nos permite expiar nuestras culpas, sino las de todos los que no saben lo que hacen.

Vivimos días difíciles, no sólo por la pandemia, sino por la sensación de inseguridad y de miedo. No nos dejemos seducir por quienes desean despojarnos de la paz de ánimo. Somos templos del Espíritu Santo, y si estamos en gracia de Dios, la Santísima Trinidad habita en nuestra alma. Procuremos hacer menos indigna esta morada con una oración más sentida y confiada. Tenemos una Abogada invencible en la Santísima Virgen. Pidámosle a Ella, Consoladora de los Afligidos, que interceda por nosotros ante el Trono del Altísimo. A Ella, que participó en nuestra redención gracias a su especialísima unión con su divino Hijo y es nuestra Mediadora ante Él.

Lunes Santo de 2020

* Palacio del Quirinal: residencia del presidente del gobierno italiano, en la colina romana homónima (N. del T.)

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)