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Estudiantes de secundario con falda: una protesta «políticamente correcta»

En el colegio secundario Zucchi de Monza, el pasado 10 de noviembre fue puesta en el escenario -precisamente es el caso de decirlo- una iniciativa promovida por los alumnos bajo el nombre de Zucchingonna: los estudiantes varones, junto con sus compañeras, asistieron a las clases vestidos con una falda «para manifestar el deseo de vivir en un lugar donde se sientan libres de ser lo que se es y de no ser definidos por la vestimenta que llevan». El eslogan que acompañó a la iniciativa, ahora en su segundo año, está en completa sintonía con lo políticamente correcto: «Estamos en contra de la sexualización del cuerpo» y de la «masculinidad tóxica».

En las redes sociales, los estudiantes explicaron: «Las faldas son consideradas una prenda típicamente femenina, a menudo en el centro de los intercambios de ideas sobre su adecuación con respecto al contexto, en particular el escolar. Si un hombre usa falda, a menudo es considerado reprobable, porque es visto como ‘poco masculino’ y ‘de mujer’». Federico Contini, uno de los representantes del colegio, añade: «Queremos acabar con todos esos estereotipos de los que a menudo se oye hablar. A menudo oímos comentarios sobre la vestimenta de las chicas como si su forma de vestir fuera una provocación constante, no debe ser así. Lo mismo vale para el concepto masculino ‘el hombre debe ser fuerte, no puede llorar’; es una actitud errónea pues los chicos también pueden ser frágiles y deben poder expresarse libremente».

Aceptamos de buen grado la invitación a los varones a expresarse libremente articulando algunas reflexiones al margen de esta iniciativa. En primer lugar, es un error estar en contra de la sexualización del cuerpo porque el cuerpo está sexualizado, es decir, tiene su propio sexo: el masculino o el femenino. Esta es una realidad evidente. Toda ideología -y la teoría de género es una de ellas- tiene un mínimo común denominador que la une a las demás: la voluntad de no reconocer la realidad y de combatirla. No reconocer la realidad sexual biológica del cuerpo forma parte de esta ceguera cultural voluntaria.

En segundo lugar, señalamos una discriminación en perjuicio de los hombres: si ser mujer siempre es bueno, ser hombre a menudo no lo es. ¿Por qué un hombre si se comporta como un hombre y no desciende a desviaciones misóginas debería ser tóxico? En realidad estamos en plena ola del feminismo radical: es el hombre en cuanto tal el que está equivocado. Por consiguiente vamos a feminizarlo, por ejemplo, poniéndole una falda. Un vestido, pues, que casi ha desaparecido de los armarios femeninos, excepto en su versión mini, por una sencilla razón: los hombres deben feminizarse, pero las mujeres, para ser verdaderamente mujeres, deben masculinizarse asumiendo roles, psicologías, costumbres y, por lo tanto, también trajes estrictamente masculinos. Por lo tanto dos pesos y dos medidas, cayendo en una contradicción evidente: si el hombre es tóxico, ¿por qué imitarlo? Y entonces, ¿cómo es posible llegar a ser una verdadera mujer queriendo convertirse en un hombre que, genéticamente hablando, es su opuesto complementario?

En la línea de esta contradicción se inserta el desgastado dicho según el cual «el hombre debe ser fuerte y no debe llorar», dicho estereotipado que debe ser desechado. El hombre, por inclinación natural, está llamado a ser fuerte -lo mismo se puede decir de la mujer, pero de diferentes maneras- y a ninguno hay que desearle que sea frágil, sino sólido, compacto. El hombre también puede llorar -en los Evangelios Jesús llora- pero no debe ser por fragilidad, sino por un dolor justificado que también puede provenir de una profunda sensibilidad interior que no contradice el hecho de estar en posesión de la virtud de la fortaleza. El hombre y la mujer fuertes utilizan la virtud de la fortaleza para encauzar y así elevar su sensibilidad a alturas elevadas. La representación del hombre débil y frágil es una vez más un modo de feminización del varón, una de las muchas expresiones de la cancel culture. En este caso es el varón el que debe ser eliminado. Entre otras cosas, son precisamente los varones frágiles los que a menudo se convierten en verdugos de las mujeres, porque donde hay debilidad de carácter la persona puede convertirse en una víctima que no se rebela o en un verdugo que utiliza la violencia. El hombre fuerte no utiliza la violencia precisamente porque no siente la necesidad de hacerlo, domina su ira, sus impulsos y sus problemas y no se deja dominar por ellos, es capaz de autocontrolarse y es llevado a proteger a la mujer. Por lo tanto, cuanto más sensiblero y demacrado interiormente hagáis al hombre, más hombres violentos habrá. Cuanto más aroma de virilidad provenga del hombre, menos mujeres abusadas habrá.

En tercer lugar, esta iniciativa del instituto Zucchi expresa plásticamente uno de los conceptos básicos de la teoría de género: no hay sexos, el sexo es una construcción autónoma del individuo y es fluido. Por lo tanto, están prohibidas las categorías «masculino» o «femenino» y las definiciones. Las definiciones, de hecho, se refieren a las fronteras, a las barreras, a los límites que hay que superar porque son enemigos de la libertad.

Paradójicamente, se exalta la libertad como medio para encontrar y confirmar la propia identidad, pero entendida así -o sea la libertad es la voluntad de derribar o anular todo límite natural- acaba siendo antagónica a la identidad, porque ésta última se erige siempre como «definición» de algo que se separa de otra cosa, como perímetro que distingue a un ente de otro ente, que lo encierra, lo define respecto al mundo, pues de lo contrario este ente sería indefinido, indistinguible, líquido. Por lo tanto toda semántica, incluso en el campo de la moda, que exprese una connotación unívoca masculino/femenino debe ser prohibida, es un «estereotipo» que castra el libre albedrío del sujeto, porque lo confina en una definición. El estereotipo, por el contrario, es precisamente la teoría de género porque reitera una mentira: hombres y mujeres son iguales en todo. Son iguales en dignidad, es decir, en preciosidad intrínseca, pero no lo son ni físicamente ni psicológicamente, ni en cuanto al carácter. De ahí la belleza de identificarse, de distinguirse sexualmente incluso en la ropa. En este caso me pregunto por qué no se aplica el mantra «la diversidad es riqueza».

Por último, una consideración de carácter psicosocial. Comparemos a estos muchachos con los del 68. Ambos aportan un mensaje revolucionario. Los del 68 escribieron algunas premisas (por ejemplo liberación sexual) llevadas a una conclusión por sus epígonos (la liberación sexual también significa liberarse del sexo biológico). Así «padres» e «hijos», en este sentido, están en perfecta continuidad. Pero hay una diferencia substancial. En ese momento se cuestionaba un paradigma enfermizo, pero todavía bastante presente, bastante vivido por las personas: ciertamente había una cierta y correcta sensibilidad hacia la vida, la familia, la sexualidad. En resumen, había un paradigma antitético al que oponerse: el infame «sistema».

Hoy la protesta de estos jóvenes se lleva a cabo con total serenidad en el propio sistema, tanto es verdad que el director, los padres, los medios de comunicación están todos de su lado. Es una revolución de terciopelo en el sentido de que es una revolución cómoda, sin riesgos, sin derramamiento de sangre porque está perfectamente alineada con el mainstream, con lo políticamente correcto, con aquellos estereotipos que a ellos, paradójicamente les gustaría suprimir. ciertamente es una contestación vencedora porque toda la sociedad ahora ha aceptado abundantemente los principios por los cuales esos chicos se han puesto la falda. Por lo tanto, esos estudiantes no son enemigos del «poder» ni de las instituciones (escuela, familia, gobierno) -como ocurrió en el 68-, sino que forman un conjunto orgánico con los mismos sea porque tanto ellos como «los grandes» tienen el mismo sentir, marchan en la misma dirección.

En resumen, en la perspectiva interna su protesta es, en última instancia inocua porque derrama agua sobre lo mojado, porque es como empujar un columpio cuando se está en una motocicleta y no cuando se detiene en el pico de su carrera, porque es como agregar un murmullo a los gritos de una multitud que está gritando. En la perspectiva externa, en cambio, o sea, mirando la realidad con los ojos de Dios y de la Iglesia, esta iniciativa surge como la enésima tentativa de socavar el orden natural querido por el Creador y, por lo tanto, debe ser criticada.

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