RORATE CÆLI

Estudio de un caso de ruptura en la Lex Orandi: las Cartas de los Domingos de Cuaresma

Uno de los casos más sobresalientes de ruptura y discontinuidad entre la misa tradicional y la misa de Pablo VI se encuentra en los pasajes de las escrituras que se leen los domingos. El ciclo anual del misal antiguo, el cual encarna prácticas milenarias, presenta a los cristianos año tras año las verdades esenciales de la vida espiritual y los fundamentos de la moralidad a los cuales siempre debemos volver. El ciclo de tres años de la nueva misa, una novedad sin precedentes y contraria a todos los ritos litúrgicos históricos, presenta una mayor cantidad y variedad de textos pero, como resultado, dispersa el impacto y la sustancia del mensaje.

Es como si el bastidor sobre el cual se ejecuta la pintura fuera tan grande y los sujetos tan numerosos que uno no logra entender de qué se trata esta. No hay suficiente “repetición útil” como para permitir que las palabras se incorporen profundamente y permanezcan en el corazón, en lugar de pasar de un oído al otro. Como le gusta decir a un amigo mío, la educación requiere trazar un surco muchas veces hasta dejar una marca duradera. Quizás solo aprecien el contraste enorme entre los dos quienes hayan asistido con regularidad y por un largo período de tiempo a ambas formas del Rito Romano.

Se puede ver un ejemplo excelente del cambio en el mensaje de la liturgia al examinar las cartas de los tres primeros domingos de Cuaresma. (Con el término ‘carta’ me refiero a la primera lectura del usus antiquior y a la segunda lectura del usus recentior, que casi siempre se toman de las Cartas de San Pablo.)

En el Rito Romano tradicional, las tres cartas enfatizan las demandas morales del Evangelio, en línea con la primera palabra pronunciada por el Señor: “Arrepiéntanse.” En particular, las tres cartas mencionan el requerimiento innegociable de mantener la castidad, en una secuencia ascendente que comienza con una frase, pasa a varias oraciones, y culmina casi en una lectura entera.

Carta para el primer domingo de Cuaresma [MR 1962] (2 Cor 6:1–10)

Hermanos: a vosotros exhortamos también que no recibáis en vano la gracia de Dios, porque Él dice: “En el tiempo aceptable te escuché, y en el día de salud te socorrí”. He aquí ahora tiempo aceptable. He aquí ahora día de salud. Pues no (os) damos en nada ninguna ocasión de escándalo, para que no sea vituperado el ministerio; al contrario, en todo nos presentamos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en prisiones, en alborotos, en fatigas, en vigilias, en ayunos; en pureza, en conocimiento, en longanimidad, en benignidad, en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, con palabras de verdad, con poder de Dios, por las armas de la justicia, las de la diestra y las de la izquierda, en honra y deshonra, en mala y buena fama; cual impostores, siendo veraces; cual desconocidos, siendo bien conocidos; cual moribundos, mas mirad que vivimos; cual castigados, mas no muertos; como tristes, mas siempre alegres; como pobres, siendo así que enriquecemos a muchos; como que nada tenemos aunque lo poseemos todo.

Carta para el segundo domingo de Cuaresma [MR 1962] (1 Tes 4:1–7)

Hermanos: os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que según aprendisteis de nosotros el modo en que habéis de andar y agradar a Dios –como andáis ya– así abundéis en ello más y más. Pues sabéis que preceptos os hemos dado en nombre del Señor Jesús. Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su propia mujer en santificación y honra, no con pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que nadie engañe ni explote a su hermano en los negocios, porque el Señor es vengador de todas estas cosas, como también os dijimos antes y atestiguamos; porque no nos ha llamado Dios a vivir para impureza, sino en santidad.

Carta para el tercer domingo de Cuaresma [MR 1962] (Ef 5:1–9)

Hermanos: Imitad entonces a Dios, pues que sois sus, hijos amados; y vivid en amor así como Cristo os amó, y se entregó por nosotros como oblación y víctima a Dios cual (incienso de) olor suavísimo. Fornicación y cualquier impureza o avaricia, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni torpeza, ni vana palabrería, ni bufonerías, cosas que no convienen, antes bien acciones de gracia. Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro o avaro, que es lo mismo que idólatra, tiene parte en el reino de Cristo y de Dios.  Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No os hagáis, pues, copartícipes de ellos. Porque antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Andad, pues, como hijos de la luz – el fruto de la luz consiste en toda bondad y justicia y verdad.

El contraste con el leccionario no podría ser más duro. En las nueve lecturas elegidas para reemplazar las tres anteriores (porque hay tres ciclos: A, B, y C), ni una de ellas menciona ya sea la virtud de la castidad o el deber de evitar la fornicación. ¿Es una coincidencia? Tal como escribió C. S. Lewis una vez: “La castidad es la menos popular de las virtudes cristianas.” Los reformadores litúrgicos coincidieron con el secularismo moderno en que el catolicismo se había “preocupado” y “obsesionado” con la moralidad sexual y era tiempo de abrir las ventanas para dejar entrar aire fresco. Lo hicieron seleccionando nueve cartas relativamente mansas y no amenazadoras para estos tres domingos, de las cuales ninguna tiene las mismas exigencias de sacrificio asceta que hacía y aún hace el leccionario tradicional, leído siempre en la Iglesia Romana antes de la década de 1960.

Las tres cartas del año A nos hablan del pecado que entró en el mundo a través de Adán (Rom 5), nuestro llamado a la santidad (2 Tim 1), Cristo muriendo por nosotros (Rom 5); en el año B, el diluvio prefigurando el bautismo (1 Ped 3), Dios “por nosotros” (Rom 8), Cristo como piedra de tropiezo y necedad (1 Cor 1); en el año C, la salvación a través de Cristo (Rom 10), Cristo cambiará nuestros cuerpos de humillación (Fil 3), prefiguración sacramental en el desierto (1 Cor 10). Todo muy lindo, y algo relacionado con la Pascua—pero bastante genérico cuando se trata de la batalla de la Cuaresma contra el mundo, la carne y el demonio. Las selecciones son interesantes pero no dan en el clavo, no invaden esa esfera privada en la que la modernidad puso la moral sexual.

Más aún, podemos verificar nuestra teoría de que los reformadores evitaron este asunto deliberadamente observando los pasajes que omitieron en las perícopas o pusieron como opcionales entre paréntesis. En la carta (es decir, segunda lectura) del segundo domingo de Cuaresma del año C, la lectura señalada es Fil 3:17–4:1 o 3:20–4:1. ¿Por qué saltean los versículos 17–19? El subrayado lo dice todo:

Hermanos y hermanas: Sed conmigo imitadores, hermanos, observad bien a los que se comportan según el ejemplo que tenéis en nosotros. Porque muchos de los que andan son –como a menudo os lo he dicho y ahora lo repito con lágrimas–enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es la perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria es su vergüenza, teniendo el pensamiento puesto en lo terreno. En cambio la ciudadanía nuestra es en los cielos, de donde también, como Salvador, estamos aguardando al Señor Jesucristo; el cual vendrá a transformar el cuerpo de la humillación nuestra conforme al cuerpo de la gloria Suya, en virtud del poder de Aquel que es capaz para someterle a Él mismo todas las cosas.

Las oraciones subrayadas son un poco negativas y deprimentes, ¿no es cierto? Déjenlas afuera si no les gusta el tono. Claramente, no fue la longitud de la lectura la que parecía merecer abreviación; solo el mensaje en sí, el que ofende la corrección política (o tal vez la eclesiástica). Contradice especialmente lo de Baltasar/Baronio “esperamos que todos se salven…”, San Pablo acaba con esa tontería antes de que aparezca: “Muchos de los que andan son enemigos de la cruz de Cristo,” dice, “cuyo fin es la perdición.” Observen que no dice: “Unos pocos malvados—ya saben, Stalin, Hitler, esa clase—andan como enemigos de la cruz, y tal vez su fin sea la perdición, aunque esperamos que no lo sea.” Los versículos duros del apóstol lograron sobrevivir en el nuevo leccionario—pero su uso es opcional.

Sin embargo, al apóstol le va mal en la carta del tercer domingo de Cuaresma del año C (1 Cor 10:1–6 10–12). En este capítulo de 1 Corintios, su rigorismo rabínico directo o su negatividad farisaica fue demasiado para los reformadores, que no pudieron evitar recortar los tres versículos subrayados abajo, vv. 7–9:

Hermanos y hermanas: No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos debajo de la nube, y todos pasaron por el mar; y todos en orden a Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo manjar espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, puesto que bebían de una piedra espiritual que les iba siguiendo, y la piedra era Cristo. Con todo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios, pues fueron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron como figuras para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo como ellos codiciaron. No seáis, pues, idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: “Sentóse el pueblo a comer y a beber, y se levantaron para danzar”. No cometamos, pues, fornicación, como algunos de ellos la cometieron y cayeron en un solo día veintitrés mil. No tentemos, pues, al Señor, como algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. No murmuréis, pues, como algunos de ellos murmuraron y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedió a ellos en figura, y fue escrito para amonestación de nosotros para quienes ha venido el fin de las edades. Por tanto, el que cree estar en pie, cuide de no caer.

Lo que me sorprende es que el único momento que en las nueve cartas de los tres primeros domingos de Cuaresma de los años A, B, y C en el que se menciona la inmoralidad (porneia)—este momento fue extirpado quirúrgicamente. Al hombre moderno le evitarán el dolor de confrontarse con su adicción a la porneia.

En fuerte contraste, las antiguas cartas para estos tres domingos de la estación anual de lucha espiritual son duras y al punto. Le dicen al creyente: si quieres observar bien la Cuaresma, compórtate como es debido, comienza a regular tus apetitos animales. Para ser un cristiano de verdad y no solo de nombre, hay un “entrenamiento básico” que debe realizarse, y la moral sexual es la parte más básica del entrenamiento básico.

Observen cómo lo digo: es el más básico, no el más importante. Es una condición o prerrequisito de la perfección espiritual, no la esencia de la perfección. Cualquier católico bien catequizado sabe que la fornicación y otros pecados sexuales no son los peores pecados; el orgullo, la vanidad, y la acedia, ciertamente todos los otros pecados capitales son peores en sí mismos que la lujuria. También sabemos que todos los seres humanos sufren en mayor o menor grado por la concupiscencia desordenada de nuestra naturaleza caída; somos propensos a caer en los pecados de la carne, y muchos lucharán contra ellos por largo tiempo. Todo esto es verdad; y sin embargo no es menos cierto lo que enseñaban San Juan Casio e innumerables maestros espirituales, que debemos luchar contra este pecado y conquistarlo si deseamos algún progreso en la vida espiritual, la santidad, y la caridad que ama Dios por Él mismo y a nuestro hermano por Dios. Si nos detenemos en la porneia, le facilitamos el trabajo al demonio. Puede dejar que nos arruinemos solos.

Hay un cuento—creo que es de los padres del desierto—sobre un hombre que tuvo una visión en la que vio, a un lado, una gran ciudad con un demonio perezoso descansando sobre su muro, y del otro lado, unos monjes en el desierto, alrededor de quienes se agrupaba una multitud de demonios feroces. Preguntó: “¿Por qué hay un solo demonio en una ciudad con tanta gente y tantos demonios entre unos pocos monjes?” La respuesta: “En la ciudad los hombres sucumben a los pecados de la carne y no necesitan mucha incitación. Son los monjes quienes, habiéndolos dominado, son realmente objeto de tentaciones para los demonios.” Nuestra lucha contra los pecados, ya sean grandes o sutiles, no terminará hasta dar nuestro último aliento pero, como los monjes, debemos poner el hacha en la raíz de la lujuria, suplicando al Señor que venga en nuestra ayuda con Su gracia: “y luego que llegué a entender que no podría ser continente, si Dios no me lo otorgaba —y era ya afecto de la sabiduría el saber de quién venía este don— acudí al Señor, a quien se lo pedí con fervor” (Sab 8:21).

San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino ofrecen una razón más profunda para la urgencia y prioridad de construir la virtud de la castidad, como lo exige de nosotros la antigua lex orandi de la Iglesia. Con juicio certero y sin la más mínima pizca de corrección eclesiástica, San Gregorio identifica como “hijas de la lujuria” a las siguientes consecuencias mentales y emocionales: “ceguera mental, inconsideración, inconstancia, precipitación, egoísmo, odio a Dios, amor por el mundo y aborrecimiento o desesperanza por el mundo futuro.” Comentando esta lista, Santo Tomás de Aquino escribe:

Cuando las potencias inferiores se muestran especialmente sensibles al placer, es natural que las potencias superiores se vean impedidas y desordenadas en sus actos. Ahora bien: el vicio de la lujuria hace que el apetito inferior, el concupiscible, se ordene de un modo vehemente a su objeto propio, lo deleitable, debido a la impetuosidad del deleite. De ello se sigue, lógicamente, que las potencias superiores, entendimiento y voluntad, se sientan altamente desordenadas por la lujuria.

En la vida moral intervienen cuatro actos de la razón. En primer lugar, la simple inteligencia, que percibe la bondad del fin. Este acto se ve impedido por la lujuria, conforme a lo que leemos en Dan 13,56: La hermosura te engañó y la concupiscencia pervirtió tu corazón. Esto lo realiza la ceguera mental. El segundo acto es la deliberación sobre los medios que han de elegirse, y también se ve impedido por la concupiscencia de la lujuria. Por eso dice Terencio, en Eunuco, hablando de un amor licencioso: lo que no admite deliberación ni medida, no se puede regular por la deliberación. Para ello ponemos la precipitación, que es privación del consejo debido, como ya dijimos antes. El tercer acto es el juicio sobre lo que ha de hacerse. También este acto tercero se ve impedido por la lujuria, pues leemos en Dan 13,9 sobre los ancianos lujuriosos: Pervirtieron su sentido y no se acordaron de los juicios justos. Esta función la desempeña la inconsideración. El cuarto es el imperio de la razón. También lo impide la lujuria, al obstaculizar la ejecución del decreto de la mente. Por eso dice Terencio, en su Eunuco, refiriéndose a uno que aseguraba que dejaría a una amiga: Una falsa lágrima borrará esas palabras.

Por parte de la voluntad encontramos un doble acto desordenado. El primero es el deseo del fin. Bajo este aspecto tenemos el egoísmo, que busca el deleite de un modo desordenado y, como vicio contrapuesto, el odio a Dios, quien prohíbe el deleite deseado. Existe también el deseo de los medios, que se ve impedido por el amor a la vida presente, en la cual el hombre quiere disfrutar del placer, y como vicio contrapuesto, la desesperación de la vida futura, en cuanto que, al detenernos excesivamente en los placeres carnales, no nos preocupamos de los espirituales, que nos disgustan. (Summa theologiae, II-II, q. 153)

En este retrato aterrador del alma atrapada en el pecado sensual, hundiéndose, profundamente dormida en los placeres y preocupaciones de este mundo (cf. Marcos 4:18–19), vemos la derrota de la posibilidad de estar despierto y alerta en asuntos espirituales, de virar hacia Dios y el mundo futuro. Es por eso que el usus antiquior nos invita a huir de la fornicación y de los pecados sexuales—sí, incluyendo el adulterio, que es siempre y en todo lugar contrario a la voluntad de Dios y contrario al bien del hombre, y que jamás puede ser justificado o excusado por ninguna razón en absoluto, pace promotores de alto nivel de la pseudo-misericordia. En su auténtico lex orandi, la Iglesia nos muestra el camino correcto, el único camino a la santidad y por lo tanto al paraíso.

Peter Kwasniewski

[1] No estoy diciendo que al leccionario oficial le faltan por completo estas lecturas, sino que fueron intencionalmente movidas de los tres primeros domingo de Cuaresma, donde serían escuchadas por los asistentes a las misas dominicales, para ubicarlas en días de semana en los que las escucharán menos personas. Por lo tanto, 2 Cor 6:1-10 se lee el lunes de la semana 11 per annum en el año 1 del usus recentior; 1 Tes 4:1-8 se lee el viernes de la semana 21 per annum en el año 1; y Ef 5:1-9 (solo como Ef 4:32-5:8) se lee el lunes de la semana 30 per annum en el año 2. Es obvio que estos pasajes no tienen en el Novus Ordo el protagonismo que tienen en la misa tradicional—especialmente si tenemos en cuenta que en esta solo hay dos lecturas, la lectura y el Evangelio, a diferencia de las tres del leccionario revisado..

[2] Además de este problema acotado sobre el contenido, está el problema más general de la falta de reverencia hacia la tradición heredada, el cual surge de una falta de confianza en la Divina Providencia y una falta de fe en la guía del Espíritu Santo (cf. Jn 16:13). El núcleo del leccionario del Rito Romano estuvo en su lugar desde ca. 650 AD; la estabilidad de las lecturas del domingo se observa consistentemente en los registros históricos. Por supuesto que, como afirmé en otro momento, el leccionario podía enriquecerse con las lecturas diarias en ciertos momentos durante el año, pero que hayan cambiado casi por completo las lecturas prefijadas por tanto tiempo para domingos y fiestas es de no creer. Aparentemente, los reformadores litúrgicos no compartían el sentimiento del salmista: “Las cuerdas cayeron para mí en buen lugar, y me tocó una herencia que me encanta” (Sal 15:6).

[3] En esta enseñanza, él simplemente coincide con otros escritores del NT, como por ejemplo, San Pedro: “Y si “el justo apenas se salva, ¿qué será del impío y pecador?” (1 Ped 4:18). Todos transmiten la doctrina de su Maestro: ” Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos ” (Mat 20:16; Mat 22:14).

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

Peter Kwasniewski

El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).
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