Misa tradicional
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RORATE CÆLI

¡Exacto! First Things equipara el Novus Ordo a la Revuelta Protestante

Para los que estuvieron prestando atención, First Things ha tenido mucho que decir en estos días, y mucho de ello ha sido oportuno e importante. En el siguiente artículo, que consideramos apropiado poner al conocimiento de nuestros lectores, no solo comparan correctamente al Novus Ordo con la revuelta protestante, sino que reconocen en el Arzobispo Marcel Lefebvre al salvador del Rito Romano. 

EL REGRESO A LAS FORMAS

UN LLAMADO A LA RESTAURACIÓN DEL RITO ROMANO

Son muy escasas las ocasiones en las que en la historia de la humanidad nace una nueva forma. Las formas grandiosas se caracterizan por su habilidad para sobrevivir más allá de la era en la que surgieron, y para seguir su camino en medio de las fisuras y las turbulencias de la historia. La columna griega con sus capiteles dóricos, jónicos y corintios es una de esas formas, así como la tragedia griega con su invención del diálogo, que aún pervive en la telenovela más zonza. Los griegos consideraron la tradición misma como un objeto preciado; fue la tradición la que daba legitimidad. Entre los griegos, la tradición estuvo bajo protección colectiva. Violar la tradición se llamaba tyrannis — tiranía es el acto de violencia que daña una forma tradicional heredada. Una de las formas que traspasó todos los límites de las eras es la santa misa de la Iglesia Romana, cuyas partes crecieron orgánicamente a lo largo de los siglos y se unieron finalmente en el Concilio de Trento, en el siglo XVI. Fue entonces que el misal del Papa romano, que desde la antigüedad no había sucumbido jamás ante el ataque herético, fue prescrito para su uso universal en el cristianismo católico de todo occidente. Si contemplamos el curso de la historia humana, es más que sobresaliente que el Rito Romano haya sobrevivido a las más violentas catástrofes sin sufrir alteraciones.

Sin dudas, el Rito Romano extrae fuerza y vitalidad de su origen. Puede ser rastreado hasta la era apostólica. Su forma está conectada íntimamente con las décadas en las que fue establecido el cristianismo, el momento de la historia que el Evangelio denomina “plenitud de los tiempos”. Algo nuevo había comenzado, y esta novedad, el punto de inflexión más decisivo de la historia mundial, recibió el poder de tomar cuerpo, de tomar forma. Ciertamente, esta novedad llegó por sobre todo en la asunción de la forma. Dios el Creador tomó la forma humana, su creatura. Esta es la fe del cristianismo: en Cristo, toda la plenitud de Dios habita en la forma corporal, incluso la de un cuerpo muerto. El espíritu toma forma. Desde ahí en adelante, esta forma es inseparable del Espíritu; el Resucitado y el Salvador, al regresar a su Padre, retiene para toda la eternidad las heridas de su muerte por tortura. Los atributos de la corporalidad asumen un significado infinito. El Rito Cristiano, del cual el Rito Romano es una parte antigua, se convirtió entonces en una repetición incesante de la encarnación, y así como no hay parte del cuerpo humano que pueda ser removida sin provocar daño o detrimento, el Concilio de Trento declaró respecto a la liturgia de la Iglesia, que ninguna de sus partes puede ser considerada sin importancia o innecesaria sin dañar al todo.

Se dice que cada cosa aparentemente nueva siempre estuvo con nosotros. Pero no parece ser el caso. La revolución industrial, la ciencia en reemplazo de la religión, y el fenómeno del maravilloso e ilimitado aumento del dinero (sin un aumento similar en su equivalente material) han dado lugar a una nueva mentalidad, una que encuentra cada vez más difícil percibir la fusión entre el espíritu y la materia, el contenido espiritual de la realidad que quienes vivían en el mundo pre-industrial durante miles de años daban por sentado. Las fuerzas que determinan nuestras vidas se han vuelto invisibles. Ninguna de ellas ha encontrado representación estética. En un tiempo sobrecargado de imágenes, ellas han perdido el poder de tomar forma, resultando en que los poderes que gobiernan nuestras vidas tienen una cualidad intangible, una cualidad demoníaca, sin dudas. Junto con la incapacidad para crear imágenes, que hacen del retrato individual un problema en el siglo XX, nuestros contemporáneos perdieron la experiencia de la realidad. Porque la realidad siempre se alcanza primero en una forma elevada, llena de significado.

En un período como el actual, incapaz de responder a imágenes y formas,  confundido continuamente por un mercado ruidoso, toda experimentación que altere el Rito Romano tal como fue desarrollado a lo largo de los siglos solo podría resultar peligrosa y hasta potencialmente fatal. En todo caso, esta alteración es innecesaria. Dado que el rito que llegó del antiguo cristianismo mediterráneo no era “relevante” para la Europa medieval, ni para la era barroca, ni para las tierras misioneras fuera de Europa. Los indios sudamericanos y africanos del oeste habrían encontrado más extraño todavía, de ser posible, que un europeo del siglo XX se queje de que “ya no es relevante”—cuando fue precisamente entre ellos que el Rito Romano tuvo sus mayores éxitos misioneros. Cuando los habitantes de la Galia, Inglaterra, y Alemania, se hicieron católicos, no comprendían el latín y eran analfabetos;  comprender correctamente la misa era totalmente independiente de la capacidad de seguir su expresión literal. La campesina que rezaba el rosario durante la misa sabiendo que estaba en presencia del sacrificio de Cristo, comprendía el rito más que nuestros contemporáneos que comprenden cada palabra pero no logran captar el conocimiento porque la forma actual de la misa, alterada drásticamente, ya no permite su plena expresión.

Esta lamentable disminución en la comprensión espiritual era de esperarse, considerando el clima en que fue llevada a cabo la revisión del Rito Romano. Se realizó durante los fatídicos años alrededor de 1968, los años de la revolución cultural china y la revolución mundial contra la tradición y la autoridad, tras la conclusión del Concilio Vaticano Segundo. El concilio había sostenido el Rito Romano en gran parte y enfatizado el rol del latín como lengua tradicional de adoración, así como el rol del canto gregoriano. Pero luego, por orden de Pablo VI, expertos de liturgia en sus torres de marfil crearon un nuevo misal no garantizado por las provisiones para la renovación establecidas por los padres del concilio. Esta extralimitación provocó una brecha en el dique. El Rito Romano cambió  en poco tiempo, hasta tornarse irreconocible. Este fue un quiebre con la tradición como no se había experimentado jamás en la larga historia de la Iglesia—sin considerar la revolución protestante, llamada erróneamente “la reforma”, con la que la forma post-conciliar de liturgia tiene mucho en común.

El quiebre habría resultado irreparable de no ser por cierto obispo que había participado en el concilio (y firmado de buena fe la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, suponiendo que sería el estándar para una revisión “cuidadosa” de los libros sagrados) pronunció un “no” intransigente al trabajo de reforma. Fue el misionero francés, el Arzobispo Marcel Lefebvre, y su sociedad sacerdotal bajo el patronazgo de San Pío X, a quien le debemos que el hilo de la tradición, que se había tornado peligrosamente delgado, no se haya cortado del todo. Esto marcó una de las espectaculares ironías que plagan la Iglesia: el sacramento, que tiene como objeto la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre, fue salvado por la desobediencia a una orden del Papa. Incluso el que encuentra la desobediencia de Lefebvre imperdonable, debe aceptar que sin ella el papa Benedicto XVI no habría encontrado las bases para Summorum Pontificum, su famosa carta en la que libera la celebración de la misa tridentina. Sin la intransigencia de Lefebvre, el Rito Romano seguramente habría desaparecido sin dejar rastros, en un clima de persecución anti-tradición. Es que al Rito Romano lo reprimían sin misericordia, y esa represión, supuestamente al servicio de una Iglesia nueva y más “abierta”, fue posible gracias al surgimiento de un poder papal más centralizado que el que caracterizaba a la Iglesia pre-conciliar y que ya no es posible — otra ironía de esa época. Las protestas de los fieles y los sacerdotes fueron rechazadas y manejadas con desprecio. La Iglesia Católica del siglo XX no mostró una cara más odiosa que en la persecución de su antiguo rito, que hasta entonces había dado a la Iglesia la forma que la identificaba. La prohibición del rito fue conseguida con furia iconoclasta en numerosas Iglesias. Esos años vieron la profanación de sitios de adoración, la destrucción de altares, la caída de estatuas, y el abandono de vestiduras preciosas.

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]
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