¿Qué se hubiera dicho si en el Calvario, al acabar Cristo, Nuestro Señor, de espirar, se hubiera visto a algún discípulo suyo con la misma inmodestia, disposición y falta de respeto con que se asiste a la Misa? ¡Cuántos fueran los que se indignaran! La Iglesia le mirará hasta el día de hoy como un apóstata. ¿Y qué dirían aun los mismos que no tienen más religión que él mientras dura la viva y real representación de este primitivo sacrificio?

¿Es caso para honrar la humildad de Jesucristo, que está como anonadado en este estado de víctima, el llegarse a los altares con el traje más profano, y con una vanidad la más mundana y soberbia? Las pretensiones de distinción y preferencias que en las demás ocasiones no se disputan  tanto, parece que no se tratan con calor sino en la Misa. ¡Qué delicadeza tan refinada! ¡Qué vanidad en la única muestra que se da de religión, aun al doblar las rodillas en presencia de una Majestad tan formidable! Sillas, almohadas mucho más preciosas a veces que los ornamentos que sirven al altar, todo se emplea para recompensar, por decirlo así, a esos fantásticos adoradores del respeto y culto aparente que parece dan a Dios, y que en verdad más se le dan  a sí mismos. No intento oponerme a los usos y derechos legítimamente establecidos: la Iglesia no confunde las condiciones, sino que las autoriza, y quiere el buen orden; más ¿podrá ver sin gemir que reinen la profanidad, la soberbia y el espíritu del mundo más afectado en los actos más esenciales de nuestra religión?

Aunque no hubiéramos tenido más sacrificios que los que Dios había restablecido por el ministerio de Moisés, decía un sabio,  debiéramos siempre asistir con reverencia, deberíamos respetar aquellas carnes muertas, aquellos toros degollados y ofrecidos al Dios vivo, postrarnos siempre delante de aquellos altares cargado de ofrendas y votos, y seguir cuántas lecciones, cuántos preceptos dio Dios a su pueblo para enseñarle el profundo respeto con que debía asistir a estas religiosas ceremonias. Éstas no eran más que sombras y figuras del gran sacrificio de la ley nueva; y esto basta para hacerlas dignas de todo aquel respeto, y para infundir un santo terror al os que asistían.

¿Habremos de buscar siempre ejemplos que nos edifiquen en un pueblo indócil y tosco para que nos enseñen a no ser impíos? ¿Será menester traernos siempre a la memoria estas figuras y sombras para hacernos asistir con menos irreverencia al sacrificio incruento del Cuerpo y Sangre de Jesucristo?

Nos admiramos de los terribles azotes que se vale Dios para castigarnos. Es verdad que tenemos en la mano el medio para aplacar a un Dios irritado. La víctima que se ofrece sobre los altares es muy poderosa para desarmarle; pero ¿se ignora acaso el rigor con que castigaba Dios la menor irreverencia durante el sacrificio? Las Justicia divina no ha perdido sus fuerzas: la víctima divina sacrificada por nuestros pecados se profana aún en la misma acción del sacrificio. La Sangre, del Cordero divino, derramada para alcanzar misericordia, grita contra esta profanación y sacrilegio. El hereje, que no cree en la presencia real de Jesucristo en la Misa, es impío; pero ¿es menos culpable el católico que la cree, y asiste a un misterio tan terrible con tanta irreverencia y falta de respeto?

Discurso sacado de las obras del P. Juan Croiset S.J.