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¿Qué es la verdadera humildad?

Homilía para el domingo 16 después de Pentecostés

Parroquia de St. Mary

Norwalk, Connecticut

Del Evangelio: “Porque el que se levanta, será abajado; y el que se abaja, será levantado.”

¿No suena incongruente? La primera parte del evangelio habla de Jesús comiendo con los fariseos, los judíos piadosos que conocían la Ley. Jesús sana a un hombre en sábado y los fariseos reaccionan: ¿está bien sanar a un hombre en día sábado, dado que el sábado no se puede trabajar? Jesús sana a un hombre. Y luego relata la parábola de la humildad. ¿Es una incongruencia? La primera parte del evangelio habla de la relación entre la ley y las exigencias del amor. La sanación del paralítico es un acto de amor por parte de Jesús. Recordemos que los fariseos preguntaron a Jesús cuál es el mandamiento más importante. Y la respuesta de Jesús es rápida: Amarás al Señor tu Dios con toda tu mente, corazón y cuerpo y a tu hermano como a ti mismo. Luego viene una parábola sobre la humildad, con un hombre invitado a un banquete. Ustedes dicen; este es un comentario de Jesús sobre lo que vio en la cena de los fariseos, hombres dándose codazos para conseguir el mejor lugar. Quizás. Pero sugeriría que nuestro Señor relató esta parábola sobre la humildad por una razón más profunda.

Un término en latín como virtus. Esta vez es humilitas.  El origen de esta palabra es la palabra utilizada en latín para suelo, tierra, humus.  Este es humus con una “m”, no hay nada de garbanzos en esto. No.  Humilitas es la clase de vida cercana al suelo. Ahora bien, hay quienes simulan humildad, quienes hacen de cuenta que viven cerca del suelo y no tienen aspiraciones de ascender, aspiraciones de conseguir los mejores lugares en el banquete. La literatura está llena de esta gente falsa, desde el Urías Heep de Dickens al Tartufo de Moliere.  Fraudes. Pero Jesús dice: bienaventurados los humildes pues ellos heredarán la tierra, uno de los dichos del Señor preferido por Newman.  El hombre verdaderamente humilde se conoce tan profundamente a sí mismo que asume naturalmente que no tiene nada que hacer en la cabecera. Y esto no tiene nada que ver con aceptar el orden natural de las cosas. El hombre humilde se regocija genuinamente cuando otro es elegido para sentarse en el lugar de honor, y el que otros sean tomados en gran estima, que tengan éxito, lo alegra. El hombre humilde es un hombre feliz. 

Qué imposible es esto para el hombre contemporáneo que lucha por su autoestima y su valoración personal. Hombres que siempre calculan y planean, que se contentan momentáneamente con ocupar un lugar menor en la mesa, pero que saben que se merecen sentar junto al anfitrión y que si juegan bien sus cartas, eventualmente terminarán ahí. Qué imposible es esto para la persona religiosa que arma un espectáculo de humildad cuando debajo de su hábito es una persona que quiere ser conocida como santa y su corazón está lleno de soberbia espiritual. 

¿Qué es lo que sabe el hombre verdaderamente humilde, que a nosotros no nos resulta claro? Esto es lo que sabe: que hay una relación directa entre la humildad y el amor. Bienaventurados los humildes pues ellos heredarán la tierra.  Esa relación entre humildad y amor se encuentra en última instancia en el mismo Dios. El propio acto de la creación es un acto de profunda humildad de parte de Dios: El que es todopoderoso, omnisciente, que no necesita de nada ni nadie, este Dios crea algo que no es Él mismo sin necesidad de hacerlo, y lo hace por amor, y crea al hombre a su imagen, el Dios que crea una criatura en tiempo y espacio, finito, oh tan finito, a su propia imagen, sin necesidad de hacerlo, un profundo acto de humildad, creando al hombre del polvo de la tierra y declarando que ese hombre es su imagen. Y cuál es la fuerza impulsora de ese infinito acto de humildad. Es el amor.

Ya ven: eso es lo que los fariseos habían olvidado, o quizás nunca lo supieron. Jesús estaba presente en el banquete de su casa no porque tenía algo que ganar de aquello, no porque asociarse con estos hombres piadosos elevaría su estatus a ojos de los piadosos judíos de su tiempo. No. Jesús es el hombre con el que Dios se vacía de sí mismo. Es el último acto de humildad de parte de Dios, vaciarse a sí mismo de Su divinidad, convertirse en carne limitada en el vientre de la Virgen María. Este acto de humildad es infinito, algo que nosotros ni siquiera podemos comprender. No tiene nada que ver con el lugar que uno ocupa en un banquete formal. No tiene nada que ver con la posición social ni con ningún otro estatus. Es el acto último de vaciarse de sí mismo, de decidir vivir cerca del polvo de la tierra. Y el motivo de este profundo acto de humildad es el amor. 

Ahí radica la fuente de la relación vital entre humildad y amor. La fuente es el Dios mismo. No es filosofía o enseñanza moral. Bienaventurados los humildes, sin la humildad de Dios en crear al hombre y redimirlo haciéndose hombre para morir por sus pecados, no hay amor en el sentido más profundo. El hombre verdaderamente humilde es que se olvida de sí mismo al punto de ser totalmente libre para amar a otros. Este olvidarse de sí es la raíz de la humildad, y sin este olvidarse de sí, el acto de amor, la decisión de amar, es imposible. 

Permítanme darles un ejemplo práctico. El padre o madre que admite sus errores, que nunca juega el rol de ser omnipotente u omnisciente con sus hijos, y que a su vez se toma seriamente el rol que Dios le ha dado como padre con la autoridad que ellos demanda: este padre enseña a sus hijos la relación entre humildad y amor de un modo realmente profundo, y los hijos lo aman incluso más aún porque ven en él lo que significa amar abnegadamente sin la corrupción de confundir poder con autoridad. Otro ejemplo, respecto a la Iglesia: el sacerdote que no toma en serio los títulos que le fueron concedidos, incluyendo el de Padre, el sacerdote que no tiene interés en los ornamentos del clericalismo, el sacerdote que se identifica básica y realmente con el vaciarse que hace el Señor cada vez que ofrece el santo sacrificio de la misa, el sacerdote que no confunde poder con autoridad, la última proviniendo únicamente del autoconocimiento que se manifiesta en el amor de sacrificarse por su rebaño: este es el sacerdote que enseña a su rebaño lo que significa ser seguidor de Jesucristo.

La pregunta para cada uno de nosotros hoy aquí es la misma: ¿seguiré viviendo mi vida tratando de llegar a la cima, suponiendo que merezco el éxito en este mundo, siguiendo la definición de éxito de este mundo, o utilizaré la gracia que Dios me ofrece tan generosamente en los sacramentos para olvidarme de mí mismo y vivir cerca del suelo, para amar a otros verdadera y generosamente: y por tanto sorprenderme y alegrarme cuando escuche esas palabras: amigo, sube más arriba.

Padre Richard G. Cipola

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]




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