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Si hubiera estado allí

 

Como bien dice el Padre Castellani a veces tenemos la tendencia a pensar: “¡Qué dichosos hubiéramos sido de haber vivido en los tiempos de Cristo y haberlo visto con nuestros ojos!”. Sin embargo, Cristo dijo lo contrario: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Si hubiera estado allí… Si hubiera estado allí probablemente hubiera ayudado a crucificarlo…

Al escuchar en estos días las visiones de Ana Catalina Emmerick (aquí) una cosa que me llamó poderosamente la atención es la descripción que hace de los tremendos signos de la naturaleza ante los sucesos de la Pasión. Y podemos preguntarnos ¿cómo tantos entre quienes vivían en medio de tales violentos signos no se dieron cuenta de lo que sucedía? Más aún, dice la beata que, convocados los fariseos por Pilato a dar explicación acerca de tan extraordinarios hechos, estos invocaban causas naturales para esclarecerlos. ¿Si hubiera estado allí yo hubiera comprendido aquellos signos? ¿Es que acaso hoy comprendo los signos de los actuales tiempos? Es el Señor mismo quien nos reprende: “Hipócritas, sabéis conocer el aspecto de la tierra y del cielo; ¿por qué entonces no conocéis este tiempo?” (Lc. 12, 56) “Aprended del ejemplo de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y echan hojas, conocéis que el verano se acerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que él ya está cerca, a las puertas” (Mt. 24, 32-33).

Así es que si Cristo mismo dice que nosotros somos “dichosos” por creer sin haber visto, sin dudas esto es así. No obstante, como también dice Castellani: “Para salvarse es necesario volverse “contemporáneo de Cristo”, eso es la Fe; es decir, que Cristo debe volverse para nosotros una realidad contemporánea, y no una imagen histórica (…) Muchísimos de los coetáneos no fueron coetáneos espirituales de Cristo: estaba allí delante pero no lo vieron, lo vieron mal, vieron “la figura del siervo”, al hombre – al sedicioso; no fueron contemporáneos: en vez de mirar lo que estaba allí, miraron atrás, miraron a David y a Salomón, a los Macabeos, a la figura histórica que ellos se habían hecho del Mesías”[1].

Por eso somos más dichosos nosotros, no porque nuestra fe sea “más meritoria” dice Castellani, sino porque en cierto sentido es más fácil y más perfecta. “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16, 7). Nuestra fe está alentada por el Espíritu Santo, nuestra fe está probada por todos los que nos han precedido, nuestra fe tiene las pruebas de la duda de Tomás a quien se le concedió tocar las llagas de Cristo.

Decía San Agustín “Increíble es que Cristo haya resucitado de entre los muertos; increíble es que el mundo entero haya creído ese Increíble; más increíble de todo es que unos pocos hombres, rudos, débiles, iletrados, hayan persuadido al mundo entero, incluso a los sabios y filósofos, ese Increíble. El primer Increíble no lo quieren creer; el segundo no tienen más remedio que verlo; de donde no queda más remedio que admitir el tercero”, Decía san Agustín : “Increíble es que Cristo haya resucitado…; increíble es que el mundo haya creído una cosa tan increíble, e increíble es que hombres de condición humilde e ínfima, pocos e ignorantes, hayan podido persuadir al mundo y a sus sabios de cosa tan increíble. De estas tres cosas increíbles, nuestros adversarios se niegan a creer la primera; se ven obligados a contemplar la segunda, pero no aciertan a explicársela, si no creen, la tercera” (De Civitate Dei 22, 5). Castellani saca esta conclusión con la cual termina la homilía de Domingo de Pascua: “La existencia de la Iglesia, sin la Resurrección de Cristo, es otro absurdo más grande.

Leyendo los disparates de los pseudo-sabios incrédulos, recuerda uno el final de la oda de Paul Claudel a San Mateo, en la cual el poeta lo pinta escribiendo pacientemente, con el mismo instrumento de su oficio que le sirvió para hacer números y cuentas, su testimonio seco y descarnado:

Y a veces nuestro sentido humano se asombra, ¡ah! es duro, y querríamos otra cosa.

¡Tanto peor! el relato derechito continúa y no hay corrección ni glosa.

He aquí a Jesús más allá del Jordán, he aquí el Cordero de Dios, el Cristo.

El que no cambiará; he aquí el Verbo que yo he visto.

Sólo lo necesario es dicho, y por todo una palabrita irrefragable

Tranca a punto fijo la rendija de la herejía y de la fábula,

Manda un camino rectilíneo entre los dos,

De los que niegan que fue un hombre, de los que niegan que fue Dios,

Para la edificación de los Simples y la perdición de los Complicados,

Para la rabia, agradable al cielo, de los sabihondos y los curas renegados”[2].

Andrea Greco de Álvarez

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[1] Castellani, Leonardo. El Evangelio de Jesucristo. Buenos Aires, Theoria, 1963, p. 189-190.

[2] Ibidem, p. 188.

 

 




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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