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J.R.R. Tolkien: Fe y Literatura

Las cartas de nos quedan de J.R.R. Tolkien contienen numerosos pasajes que expresan las creencias religiosas del famoso creador de los hobbits. Antes de empezar a leer esas cartas, en las que podemos aprender cómo entendió y vivió su fe católica el creador de los hobbits, hemos de recordar que fue criado y educado por su madre, Mabel Tolkien (Suffield de soltera), convertida a la Iglesia Católica desde la secta neo protestante baptista. El precio de su conversión -que ocurrió en 1900, cuando ella y sus dos hijos fueron recibidos en la Iglesia Católica Romana- fue en verdad grande: el martirio. A pesar de ser viuda (su marido, Arthur, murió en Sudáfrica el 15 de febrero de 1896), su familia baptista cesó cualquier asistencia financiera cuando su conversión pasó a ser pública. Como consecuencia directa de todas las dificultades de salud que sufrió, Mabel murió de diabetes el 14 de noviembre de 1904. Tenía sólo 34 años.

Los huérfanos, John Ronald Reuel (nacido el 3 de enero de 1892) y su hermano Hilary Arthur Reuel (nacido el 17 de febrero de 1894), fueron criados y educados por un sacerdote católico, el padre Francis Xavier Morgan de la Congregación del Oratorio creada por otro gran escritor católico, San John Henry Newman. John y su hermano Hilary estaban convencidos de que su madre murió como mártir por su fe católica. Es fácil imaginar la influencia que esta inconfundible verdad tuvo en las almas de estos dos jóvenes hermanos. Es la razón por la que, como notaremos en sus cartas, J.R.R. Tolkien fue un católico ferviente que vivió su fe intensamente.

El autor de El señor de los anillos colocó en el centro de su vida el Santísimo Sacramento del altar, como podemos leer en una carta enviada a su segundo hijo, Michael, en marzo de 1941:

“Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, te presento una gran cosa a la que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento”

La importancia que J.R.R. Tolkien siempre atribuyó a la sagrada Eucaristía es aún más evidente en otra carta, fechada en 1963, al mismo hijo Michael, en la que explica por qué está seguro de que la única iglesia verdadera de la tierra es la Iglesia Católica:

“Para mí, esa Iglesia de la cual el Papa es la cabeza visible en la tierra tiene una afirmación fundamental y es que siempre ha defendido (y aún defiende) el Santísimo Sacramento y le ha dado el mayor honor y lo ha puesto (como Cristo claramente quiso) en el lugar principal. “Alimenta mis ovejas” fue su último encargo a san Pedro; y, puesto que sus palabras han de entenderse siempre primero literalmente, supongo que se refieren primariamente al Pan de Vida. Fue contra esto contra lo que en realidad se lanzó la revuelta del occidente europeo (o Reforma) -“la blasfema fábula de la misa”- y la fe y las obras una simple pista falsa. Supongo que la gran reforma de nuestro tiempo fue la que llevó a cabo san Pío X: por encima de cualquier cosa, por muy necesaria que sea, que el Concilio logre. Me pregunto en qué estado estaría la Iglesia ahora si no fuera por ella [la Eucaristía]”.

Crítico firme y vehemente de la Revolución protestante, que eliminó por completo la sagrada liturgia y los sacramentos de las vidas de millones de católicos caídos, J.R.R. Tolkien no era un simple apologeta del catolicismo sino, y al mismo tiempo, católico totalmente practicante y piadoso. Más tarde en su vida, cuando la Revolución entrara en la misma Iglesia -debido a las “reformas” del papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II- se manifestará como un acérrimo oponente a la destrucción/sustitución de la misa de los tiempos del papa Gregorio Magno por una liturgia inventada. Podemos leer otro fragmento relevante que contiene una brillante refutación de la “reforma” litúrgica hecha en nombre de la vuelta al “cristianismo primitivo”, en una carta de 1967:

“La búsqueda “protestante” de simplicidad y franqueza hacia el pasado, aunque, desde luego, contiene algunos motivos buenos o al menos inteligibles, es errada y ciertamente vana. Porque el “cristianismo primitivo” es hoy y, a pesar de toda la “investigación”, seguirá siendo ampliamente desconocido; porque la “primitividad” no es garantía de valor y es, y era en gran medida, un reflejo de ignorancia. Los abusos graves han sido elementos del comportamiento litúrgico cristiano tanto en los primeros tiempos como ahora. (¡Las censuras de san Pablo sobre comportamientos eucarísticos son suficiente muestra de ello!) Aún más porque el Señor no pretendió que “mi iglesia” fuera estática o permaneciera en una infancia perpetua, sino que fuera un organismo vivo (parecido a una planta), que se desarrolla y cambia en lo exterior por la interacción de la vida divina que se le ha legado y de la historia, las circunstancias particulares del mundo en el que existe. No hay ningún parecido entre el grano de mostaza y el árbol crecido. Para los que viven en los días en que crecen las ramas, el árbol es la cosa, pues la historia de una cosa viva es parte de su vida, y la historia de una cosa divina es sagrada. Los sabios pueden saber que empezó con una semilla, pero es vano tratar de desenterrarla, porque ya no existe, y la virtud y las facultades que tiene ahora residen en el árbol. Muy bien, pero en agricultura las autoridades, los guardas del árbol deben cuidarlo de acuerdo con el saber que poseen, podarlo, quitar las llagas, librarlo de parásitos y todo eso. (¡Con inquietud, sabiendo lo poco que saben del crecimiento!) Pero ciertamente le harán daño si están obsesionados con el deseo de volver a la semilla o incluso a la primera juventud cuando era (como imaginan) hermoso y no afectado de ningún mal. El otro motivo (tan confundido ahora con el primitivista, de igual modo que en la mente de cualquiera de los reformadores): aggiornamento, poner al día, que tiene en sí mismo peligros graves, como se ha visto a lo largo de la historia. Con esto, el “ecumenismo” se ha vuelto también confuso”.

Al mencionar en una carta del 2 de enero de 1969 que su patrón es san Juan Evangelista, no pierde ocasión de insistir en su formación intelectual católica. De hecho, hizo de su fe católica el eje principal de toda su vida. Por eso, marcado por tal influencia, uno de sus hijos, John, se hizo sacerdote católico.

Hombre del tiempo en que vivía, John Ronald Reuel Tolkien fue “ciudadano total del Reino del Cielo” en la tierra, la Iglesia católica. Sólo un crítico o un historiador cegado por sus propios prejuicios puede ignorar la profunda religiosidad de J.R.R. Tolkien. ¿Pero cómo influye esta religiosidad en las historias épicas escritas por un autor de ficción que hizo las delicias de millones de lectores de todo credo y raza de la tierra?

Si las cartas de Tolkien nos permiten desvelar la dimensión religiosa y católica de la vida de su autor, la relación entre sus creaciones literarias y su fe religiosa son un asunto delicado. Todos los aspectos de esta relación se incluyen en un pasaje de una carta escrita en 1953 a uno de los amigos más importantes de J.R.R. Tolkien, el padre Robert Murray S.J., al que muestra cómo incluye cierto elemento religioso en sus historias:

“El señor de los anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de modo inconsciente al principio pero conscientemente en la revisión. Yo por eso no he puesto ni he cortado prácticamente ninguna referencia a nada como “religión”, cultos o prácticas en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso está absorbido en la historia y en el simbolismo”.

Si el elemento religioso parece ser una ausencia notable en la Tierra Media, en esta carta el autor subraya que este elemento está “absorbido”, camuflado, en cualquier caso presente implícitamente en la textura de la historia y especialmente en sus símbolos.

Como muchos otros grandes escritores católicos del siglo XX, como Gilbert Keith Chesterton y George Bernanos, J.R.R. Tolkien no escribe “literatura católica” programática, que represente como una forma disfrazada de apologética. Ninguno de estos escritores aceptó la etiqueta de “escritor católico”. J.R.R. Tolkien se consideraba a sí mismo escritor, pero no necesariamente un “escritor cristiano (es decir, católico)”. Es un católico que, entre otras vocaciones secundarias (como las de profesor, esposo y padre), recibió la de escritor. No confundió los principios y reglas propios del arte literario con los específicos de la religión y de la teología. Aunque armoniosos, en su perspectiva el arte y la fe son diferentes. Estos dos tipos de experiencia y pensamiento humanos tienen su propio campo. Ello no significa “divorcio”, sino una forma de coexistencia en la que siempre son posibles fuertes influencias e intercambios. Por eso J.R.R. Tolkien no niega la influencia de su fe católica en aquellos valores codificados en sus escritos. Por ejemplo, acepta la interpretación de una lectora devota, Deborah Webster, que piensa que los encantamientos de Elbereth o Galadriel de El señor de los anillos son similares a las oraciones católicas dirigidas a la Santísima Virgen María, o que el pan élfico llamado lembas simboliza la sagrada Eucaristía.

Junto a todas estas interpretaciones podemos proponer otra explicación a todos los lectores que ignoran el trasfondo católico de las obras de J.R.R. Tolkien invocando el hecho de que en la Tierra Media no hay religión. ¿Por qué? Porque, si el propio autor explica en una carta escrita en 1955 que la Tierra Media “es un mundo monoteísta de teología natural”, añade inmediatamente que “la Tercera Época no era un mundo cristiano”. En este punto subrayamos que el contexto histórico en que sucede la acción de ambas historias, El señor de los anillos y el Silmarillion, es uno antiguo y precristiano.

En este respecto, J.R.R. Tolkien sigue la misma senda de los primeros pensadores católicos, como san Justino, el mártir y filósofo, o Clemente de Alejandría, que buscaron y descubrieron en las enseñanzas de los antiguos sabios paganos las llamadas semina verbi (semillas del Logos, Nuestro Señor Jesucristo), que anticipaban la revelación cristiana. En el mismo sentido podemos descubrir en las historias de J.R.R. Tolkien muchos elementos cristianos consistentes que no son totalmente explícitos, sino más bien señales, símbolos, que pretenden guiar a los lectores a la plenitud de la fe cristiana.

Por Robert Lazu Kmita / Rumanía

Artículo original: https://remnantnewspaper.com/web/index.php/fetzen-fliegen/item/4952-j-r-r-tolkien-faith-and-literature Traducido por Natalia Martín

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