La población de los portadores del síndrome de Down, también conocido como Trisomía 21, se redujo entre el 80 a 90% en los últimos diez años. Quien lo afirma es la Canadian Down Syndrome Society (C.D.S.S.) que lanzó una campaña internacional para sensibilizar sobre lo que ya sucede desde hace tiempo en muchos países, donde las personas afectadas por el síndrome de Down están siendo sistemáticamente eliminadas antes del nacimiento a través de los tests de diagnóstico prenatal y control cromosónico. Los números hablan con claridad: en Noruega el 65% de los niños a quienes precozmente es diagnosticado el síndrome fueron abortados; el porcentaje se eleva al 90% en Gran Bretaña, al 95% en España e incluso al 100% en Islandia.

Para hacer frente a este genocidio y sacudir las conciencias la Canadian Down Syndrome Society comparó la situación de los portadores de la anomalía genética con la de algunas especies animales en vía de extinción. De hecho, las organizaciones que se ocupan de los “derechos” de los animales gozan de recursos y financiamientos de lejos superiores a aquellos que se ocupan de las personas Down. El video de la petición internacional muestra a dichas personas disfrazadas de osos polares, panda y leones que, irónicamente, reclaman su derecho a ser reconocidos como seres vivos en peligro de extinción. A través de dicha petición, la C.D.S.S. solicita también que se garantice su derecho al trabajo, a ser reconocidos como miembros activos de la sociedad, a vivir en forma independiente, a tener asistencia comunitaria y servicios que faciliten la inclusión social, a que sean removidas las barreras educativas, a tener una educación pública que contrarreste la errónea percepción de la persona Down (ilGiornale.it, 30 de noviembre 2018).

Lo cierto es que la práctica criminal de los abortos legalizados tiende inevitablemente a discriminar entre individuos sanos e individuos enfermos, entre personas de la serie A y personas de la serie B. Es más: el aborto deshumaniza al ser humano, lo rebaja al nivel de los animales y peor aún más bajo, hasta reducirlo a un objeto. Es en esta óptica perversa que es posible encuadrar la actual tendencia a considerar al hijo como un “derecho”, es decir, como un producto útil, pero no necesario, para la realización de las aspiraciones personales. Por lo tanto, al hijo puedo tenerlo, comprarlo, cambiarlo, usarlo e incluso eliminarlo si resulta “defectuoso” o no conforme a mis expectativas, del mismo modo que un bien de consumo. La fábrica de los abortos tiende así a perfeccionar la técnica para descubrir precozmente los “productos defectuosos” para “sacarlos del mercado” y ponerse a salvo de los eventuales reclamos por parte del “cliente”. Además, la mayor parte de las leyes abortistas, incluida la 194/1978, prevén la posibilidad de abortar incluso frente a diagnósticos solo de presuntas malformaciones del feto.

A veces aparecen noticias en las cuales uno viene a descubrir que el niño asesinado porque considerado enfermo estaba en realidad perfectamente sano o bien casos en los cuales solo la determinación y el coraje de los padres en consentir que el niño, caso contrario condenado a muerte, viniera al mundo. La noticia llega de Inglaterra, donde una mujer en la duodécima semana de gestación rechaza el aborto que le era aconsejado por los médicos, según los cuales el niño nacería con todas las probabilidades de estar afectado por el síndrome de Down. La señora Jordan y su marido pudieron resistir las fuertes presiones a favor del aborto; negándose también a realizar el examen del líquido amniótico que habría determinado el diagnóstico pero implicado en riesgos para el nasciturus (el que va a nacer). Así, la valiente mamá inglesa llevó a término el embarazo y dio a luz un niño que, para sorpresa de quienes lo hubieran querido muerto, resultó perfectamente sano. Hemos advertido muchas presiones para que interrumpiéramos el embarazo. No nos proporcionaron ningún apoyo ni asesoramiento en el caso que hubiéramos querido tomar una decisión distinta”, declaró al Daily Mail la señora Jordan.

En realidad, estos episodios, que hipócritamente son denominados “mala praxis”, constituyen la normalidad en el interior de las estructuras hospitalarias de muchas partes del mundo, solo que rara vez concluyen con un final feliz. La caza al niño Down no es otra cosa sino la consecuencia lógica de un sistema perverso y criminal que transformó un delito en un incuestionable derecho de la mujer; de hecho en una sutil e imperativa obligación moral que es necesario evitar con todos los medios lícitos a nuestra disposición.

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