La ciudad suiza Lausana bloqueó la solicitud presentada por una pareja islámica de adquirir la ciudadanía helvética, dado que los dos se negaban a estrechar la mano a personas del sexo opuesto. Por lo tanto, en la medida en que ellos demuestren no haber incorporado y no compartir la identidad cultural del País huesped, no podrán aspirar a decirse y a ser ciudadanos. El principio de la igualdad entre los sexos forma parte de las costumbres unánimemente aceptadas: por lo tanto, el haberlo infringido obligó a la correspondiente comisión municipal a bloquear su pedido. La Comisión está formada por tres miembros, entre los cuales el Vice-Alcalde, Pierre-Antoine Hildbrand, quien se declaró «sumamente satisfecho» con la decisión.

Nada filtró de las oficinas municipales acerca de la nacionalidad de los requerientes u otros detalles: cuestiones de privacy, no se deben conocer, ni intuir quienes son. La única información se refiere al asunto del apretón de manos, como así también a la timidez de ellos manifestada en el responder a personas del otro sexo. Con las cuales, por lo demás, el Islam no consiente el contacto físico, excepción hecha entre los miembros de la misma familia. El Síndico de Lausana, Grégoire Junod, aseguró que la libertad de credo y religión está garantizada y tutelada por las leyes del Cantón de Vaud, del que forma parte Lausana, pero, dicho esto, agregó: «la práctica religiosa no está al margen de la ley». Ahora la pareja tiene 30 días de plazo para impugnar el veredicto.

Ya hace dos años desencadenó una rebelión popular el hecho de que en una escuela secundaria, en el Norte de la Confederación, se hubiera permitido a dos hermanos sirios no estrechar la mano de los profesores de sexo femenino, por ser contrario a sus creencias religiosas. Concesión inmediatamente anulada por las autoridades regionales, pese a las protestas suscitadas. ¿Todo bien, entonces? No propiamente, porque el principio invocado por el primer ciudadano de Lausanne, no fue el de la igualdad entre los sexos, sino el de la «igualdad de género». Lo cual cambia significativamente las cosas y transforma un principio justo en un diktat ideológico.

Como reiteradamente fue dejado en evidencia por numerosos expertos, la cuestión de género es cultural e imprecisa, no genética ni biológica, en una palabra subjetiva y no objetiva. Por eso se llega a hablar de «gendercracia», pero también de «genderfluidez», entendida como flexibilidad en la orientación sexual, considerada en constante evolución, en nombre de una infinita, ilimitada e antinatural autodeterminación del individuo: representa, en suma, una suerte de muy particular aplicación de la teoría del caos, en cuyo núcleo está la negación del principio del orden y de la causalidad en la esfera sexual, determinando de hecho la disolución.

Por ello tampoco el género pertenece a las tradiciones y a las costumbres locales: lo cual, volviendo al caso de la pareja islámica, hace justa la decisión adoptada contra ella, pero por motivos erróneos. Y, en cierto sentido, esa pareja se encuentra así distante de la identidad cultural y de la historia del pueblo suizo tanto cuanto el primer ciudadano de Lausanne.

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