Esta entrada del blog se compone de ocho capítulos (siete y un epílogo) que desarrollan la evolución y crisis de la Iglesia Católica en España dada en el siglo XX y cuyos efectos aún perduran. La disertación está casi literalmente tomada del excelente trabajo escrito por Monseñor José Guerra Campos, Obispo que fue de Cuenca entre los años 1973 y 1996, y que fue publicado en 1986 en el Boletín de la citada Diócesis con motivo del 50 aniversario de la guerra civil española. 
Esta exposición es una oportunidad magnífica de conocer las causas de muchos males que hoy padecemos. Y sin duda alguna Monseñor Guerra Campos, fallecido en 1997, Obispo ejemplar por su espiritualidad, caridad y valentía en tiempos de tibieza y politización eclesial (sobre todo los años setenta), es una de las voces más autorizadas para señalar claramente la génesis de esta crisis y sus fatales consecuencias. Y por supuesto señala también los signos de esperanza. Leamos con mucha atención:


CAPÍTULO I: LA IGLESIA ESPAÑOLA EN LA GUERRA CIVIL
La posición de la Iglesia española en la guerra civil se resume bien en la carta informativa que, en 1937, dirigieron a los Obispos del mundo todos los prelados residentes en España como exposición de los hechos que caracterizaban la guerra y le daban su fisonomía histórica(1). Según los Obispos, al advenir la República en 1931, el Episcopado acató los poderes constituidos y se esforzó en colaborar con ellos para el bien común. A pesar de los agravios, mantuvo el propósito de concordia y exhortó a los católicos a la sumisión legítima y paciencia pacífica. Es decir, la Iglesia jerárquica no provocó la guerra ni conspiró para ella, e hizo cuanto pudo para evitarla, y ello ante la hostilidad institucional de un régimen que sometía a la Iglesia (tanto a la institución misma como a los ciudadanos católicos) a los siguientes vejámenes: privación del derecho a la enseñanza religiosa, prohibición a las congregaciones religiosas a ejercer formación, ocupación de edificios y locales, disolución de la Compañía de Jesús con incautación efectiva de todos sus bienes, nacionalización de todos los inmuebles de la Iglesia, extinción del presupuesto del clero, intromisión estatal en la vida interna de las órdenes religiosas, restricción del culto fuera de los templos…etc. Y todo ese conjunto será progresivamente agravado ya que al multiplicarse las arbitrariedades abusivas de autoridades subalternas, éstas solían quedar impunes. En ese sentido sobresalen los incendios de Iglesias y Conventos, especialmente en los años 1931, 1934 y 1936, y, como máxima revelación del ideal anticristiano, el asesinato de católicos por el solo hecho de confesar su fe, entre los que estaban todos los Obispos residentes en la zona republicana durante la guerra, más de cuatro mil sacerdotes, dos mil religiosas y religiosos, y alrededor de sesenta mil fieles laicos, muchos de ellos ya beatificados y canonizados por la Santa Sede desde 1986.
Ante el hecho inminente de la guerra, que no podía evitar, la jerarquía no pudo elegir y no podía ser indiferente. De una parte se iba a la eliminación de la religión católica y de otra se garantizaba la práctica de la religión. La opinión católica se adhiere con entusiasmo al alzamiento nacional. Junto a la reacción anticomunista, en defensa de la civilización occidental, hay en gran parte del pueblo una reacción de tipo religioso que, frente a la persecución destructiva (la mayor de la historia desde tiempos del imperio romano), se convierte en lo más determinante. El sentir general de la Iglesia (jerarquía y pueblo) tiene su aval más autorizado en las posiciones que frente al conflicto manifiestan los Papas Pío XI y Pío XII. El primero, al iniciarse la guerra, envía su bendición “a cuantos se han propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión”. El segundo, al terminar la guerra, envía un mensaje de congratulación por el don de la paz que corona en heroísmo cristiano de un pueblo que se alzó en defensa de los ideales de fe y civilización cristianas(2).


La espiritualidad en tiempo de guerra quedó marcada por la admiración hacia los mártires: su inmenso número, su fidelidad excepcional (no hay datos de claudicaciones ante la amenaza de la muerte) y su mensaje de perdón hacia el verdugo. Debe señalarse que, en este contexto de sufrimiento, la jerarquía nunca fomentó el triunfalismo o el desquite, sino un profundo sentido penitencial de la guerra. Una pastoral del Cardenal Gomá, en enero de 1937, explica que la guerra es hija del pecado y que España debe aprovecharla como cuaresma purificadora; textualmente dice que: Averigüemos si en el fondo de la contienda hay alguna desviación moral de carácter social; hagamos la confesión pública de los pecados de España, aceptemos la penitencia que Dios nos impone, que es la misma guerra, y pidámosle, con propósito de enmienda, que ilumine la ruta de nuestra historia futura (3). 
Continuará…
Notas:
(1): Carta colectiva del Episcopado Español, 1 de Julio de 1937
(2): Radiomensaje a España del Papa Pío XII, 16 de Abril de 1939 (alude a la posición del Papa Pío XI al iniciarse la guerra)
(3): Carta Pastoral del Cardenal Gomá “Cuaresma en España”, 30 de Enero de 1937                                                              



Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".