Si el pan eucarístico es solamente un pan al que se agrega una nueva finalidad, entonces el Santísimo (lo Sagrado subsistente) desaparece del todo.

La disposición moral con que el pueblo cristiano contemplaba el Sacramento varió a lo largo de los siglos, pero siempre dentro de un algo invariable de reverencia, de temblor y de profunda ternura religiosa, totalmente alejada de las nuevas tendencias, que reconocen en la eucaristía un alimento de ágape en el cual se celebra la unión de amor de la comunidad(1). Se llega incluso a sostener que la presencia de Cristo en el sacramento es la presencia de Cristo en la comunidad unida por la caridad fraterna(2).

El intento de representar la Cena del Señor como una celebración de amistad y de alegría da lugar hoy a sacrílegas reuniones convivales en las que la promiscuidad de materias, arbitrio de gestos, ilegitimidad de los consagrantes, o profanidad de lugares y modas, constituyen un escándalo y una tragedia para la Iglesia.

En realidad la Ultima Cena fue un acto supremo de amor divino, pero fue un evento trágico. Se desenvolvió en el presentimiento del deicidio, en la sombra de la traición, en el espanto de los discípulos, inseguros de su propia fidelidad al Maestro(3), en el temor previo al sudor de sangre de Getsemaní. El arte cristiano ha representado siempre la Ultima Cena como un evento trágico, y no como un convite divertido(4).

La desustanciación de la eucaristía forzosamente ha menguado la reverencia al Sacramento, y la reforma litúrgica se informa de ella y la produce, quizá por mimetismo ecuménico(5). Abrogado casi del todo el ayuno previo a la comunión; disminuidas las luces; convertidos los besos y las genuflexiones en escasas reverencias(6); destituido el Santísimo del lugar más digno del templo; descendido el altar desde lo más excelso a lo más profundo, y de la posición central a la lateral; caídas en desuso las devociones latréuticas paralitúrgicas públicas y privadas; quitada de los calendarios la solemnidad del Corpus Christi y convertida la procesión teofórica de diurna a nocturna, como de lucifuga natio; tolerado el uso de cualquier materia, incluso un bizcocho dulce(7); puestas en minúscula las iniciales de las palabras sagradas; caídos en desuso los actos de preparación y de acción de gracias por la Santa Comunión(8); decaído el precepto pascual; sustituidos los bancos con reclinatorio por sillas; obsoleta la obligación de confesarse de las culpas graves antes de acceder al corpus Christi; tratadas las especies sagradas por todas las manos y dada la Comunión por personas no consagradas; familiaridades inauditas con las formas consagradas, que los sacerdotes envían en un sobre por correo a las personas que desean comulgar(9); abolida en el Misal la instrucción de defectibus in celebratione missarum occurrentibus(10), son miles y miles los signos de la degradación eucarística qui crévent les yeux(11).

Y puesto que la Eucaristía es la cumbre de lo sagrado y la reducción del reino de las almas a la Mónada esencial, puede decirse que la crisis de la Iglesia es una crisis de la Eucaristía, crisis de la fe en la Eucaristía, la cual incluye toda la descristianización y la desacralización a que las múltiples variaciones dieron lugar después visiblemente.

Romano Amerio, Iota Unum

Notas
(1) Desde el siglo XIII hasta hoy la adoración de la Eucaristía fuera de la misa había sido buscada por el pueblo, practicada y propagada por los santos (desde San Francisco de Asís a Charles de Foucauld), tomada como fin por fundaciones religiosas, difundida en las Compañías del Santísimo Sacramento, representada en el arte, introducida en la piedad popular. En el siglo XVIII, el opúsculo de SAN ALFONSO MARTA DE LIGORIO Visitas al Santísimo Sacramento tuvo en vida del autor veinticuatro ediciones; y después de su muerte tuvo en el siglo XIX otras noventa y cinco. Ver en
(2) FRANCESCO BIFFI, rector de la Universidad Lateranense, en «Giornale del popolo» del 27 de marzo de 1980, escribe que «la Misa es fracción del pan, es decir, reparto de amistad, de afecto, de ayuda». Nada dice sobre la transustanciación ni sobre el sacrificio
(3) La orientación antilatréutica es manifiesta en la gran encuesta de ICI, n. 564, p. 26 (15 de julio de 1981), donde se deploran «los excesos de la Contrarreforma» y se impone una interpretación no realista del sacramento.
(4) Ninguno de los discípulos está seguro de no ser el traidor, y preguntan al Maestro: «¿Soy yo, quizás?». Esta trágica incertidumbre de la propia voluntad moral está recogida magníficamente en la Cena de Leonardo en Santa Maria delle Grazie, en Milán.
(5) En el discurso del 9 de junio de 1983 Juan Pablo II afirma que, siendo la Eucaristía memoria de la muerte, pero también de la Resurrección de Cristo, nos hace participar en la vida triunfante del Resucitado, y por consiguiente supone un clima de alegría. Pero es evidente que la memoria se dirige primaria e inmediatamente a la Cena y a la Pasión, uno de cuyos momentos es la Eucaristía.
(6) La irreverencia llegó a tanto que los obispos austriacos se vieron costreñidos a hacer un documento especial. Véase la obra de Mons. GRABER, Obispo de Regensburg, Die fünf Wunden der heutigen Kirche, Regensburg 1977, p. 10
(7) No sólo ya no se ordena la reverencia, sino que incluso se prohibe. El obispo de Antigonish (Canadá) ha prohibido formalmente recibir la comunión de rodillas: «The Globe and Mail», diario de New Glasgow, 19 de agosto de 1982.
(8) El diario del arzobispado de Seartle (Estados Unidos), «North-west Catholic Progress», daba en marzo de 1971 la receta para confeccionar la Eucaristía: «leche, crisco [que es una especie de margarina], huevos, levadura y miel».
(9) Cuando siendo niño don Bosco iba a ir a comulgar, su madre le apartaba de los juegos durante tres días; y ese otro espíritu elevado que fue Antonio Fogazzaro se preparaba desde los primeros de noviembre a la Comunión de la Inmaculada (Epistolario, p. 328), sosteniendo que la insuficiencia del fruto de una Comunión deriva de no haberse preparado desde mucho antes.
(10) Ver en «L’Est républicain», 8 de febrero de 1977, la declaración del obispo de Verdún, que no encuentra nada de reprensible en tal práctica.
(11) Estos defectos eran contemplados con sumo cuidado en el Misal antiguo. Pero es evidente que cuando el Sacramento pierde su esencia sagrada, los defectos que ocurren en la celebración resultan irrelevantes.
(12) Además de estas degradaciones, ver en « Esprit et Vie» (1971, p. II) un sumario de las indignidades que ocurren normalmente en la celebración de la Misa, además de la serie de abusos, a menudo sacrílegos, denunciados por el Card. RENARD en «Documentation catholique», 1972, col. 933.- Demum infandum prorsus et incredibile si non in maligno positus esset mundus, quod nuper vidimus in quodam religiosorum coenobio, ubi sacellum Sanctissimi Sacramenti ¡uxta foricam ¡psique contiguum exstructum est.