El 4 de octubre de este año, Voice of the Family, asociación de organizaciones pro vida y profamilia, celebró una mesa redonda en Roma para abordar cuestiones críticas para la Iglesia y para la familia en vísperas del Sínodo de Obispos para la Amazonía. El informe de LifeSiteNews se puede leer aquí. Seguidamente reproducimos el texto completo de la ponencia que pronunció José Antonio Ureta.

En su obra Revolución y contrarrevolución, Plino Corrêa de Oliveira explica que lo que dio lugar al protestantismo fueron la soberbia y la sensualidad, que buscan la satisfacción en los placeres de una vida pagana. El triunfo de la sensualidad se estableció con la introducción del divorcio y la eliminación del celibato para los clérigos, mientras que la soberbia llevó a negar el sacerdocio jerárquico al reducirlo a una mera delegación del sacerdocio común de los fieles.

El Concilio de Trento asestó un golpe decisivo a las afirmaciones luteranas definiendo el carácter sacramental e indisoluble del matriomonio y el cimiento divino de la jerarquía eclesiástica, basada en el sacramento del Orden.

La encíclica Amoris laetitia del papa Francisco sancionó en la práctica la aceptación del divorcio por parte de la Iglesia Católica. El párrafo 129 del Instrumentum laboris del inminente Sínodo pide poco menos que la práctica abolición del celibato eclesiástico. Sería cuestión de tiempo que dicha experiencia se extendiese al resto de la Iglesia.

De todos modos, una ofensiva neoluterana contra el sacerdocio y la naturaleza jerárquica de la Iglesia ya estaba en marcha desde hace tiempo. En 1973, la VIII Semana de Teología de Kinshasa ya exigía una «reestructuración de los ministerios» y manifestó que «sería conveniente ordenar a laicos para presidir la Eucaristía». Poco después, el jesuita francés Joseph Moingt concibió dicha reestructuración mediante una bipartición: unos pocos sacerdotes célibes, formados en seminarios, ejercerían un ministerio universal permanente recorriendo las poblaciones de su jurisdicción mientras fieles seglares se turnarían para presidir la celebración de la Eucaristía en cada localidad.

El teólogo de la liberación Leonardo Boff volvió sobre el tema aduciendo que «el poder de Cristo (exousia) radica no sólo en algunos miembros, sino en la totalidad del pueblo de Dios» y que «todos los ministerios surgen dentro de la comunidad y para la comunidad». En consecuencia, «gracias a su delegación ad hoc, el jefe de la comunidad debe presidir la Cena del Señor».

Respondiendo a estas tonterías, el cardenal Joseph Ratzinger escribió un artículo para L’Osservatore Romano en el que puso de relieve la necesidad de evitar «la devaluación de las órdenas sagradas y caer en una protestantización de los conceptos de ministerio y aun de la propia Iglesia».

Ni ésta ni otras intervenciones de la Santa Sede impidieron el resurgimiento del trillado concepto luterano de un sacerdocio delegado de la comunidad en los escritos de S.E. Fritz Löbinger, obispo emérito de Aliwal (Sudáfrica), que prevé, como solución a la crisis vocacional, dos formas de sacerdocio: sacerdotes comunales y sacerdotes diocesanos, por el estilo de los ideados hace cincuenta años por el P. Moingt. A fin de acentuar la diferencia entre ambos modelos, habría que ordenar simultáneamente a una comisión de dirigentes comunales que se encargarían entre todos de las diversas competencias. Esto tendría la ventaja de mantener la forma de vida de los fieles. «Es posible combinar –afirma Löbinger– una profesión secular con el sacerdocio, ya que en algunas confesiones cristianas hay miles de presbíteros que trabajan a media jornada».

Los detalles prácticos de la fórmula de Löbinger los dio el papa Francisco durante una entrevista en el vuelo que lo traía de vuelta de Panamá: «Se podría ordenar a un señor mayor casado, pero sólo para que ejerza el munus santificandi, es decir, para celebrar Misa, administrar el sacramento de la reconciliación y ungir a los enfermos. El Orden Sacerdotal confiere los tres munera: regendi –para gobernar como pastor–, docendi –para enseñar– y sacrificandi. Todo esto lo da la ordenación. El obispo se limitaría a conferir la facultad de ejercer el munus santificandi; ésta es la tesis.

Esta tesis se transcribió en el punto 127 del Instrumentum laboris, que dice que las tribus amazónicas poseen «un alto sentido de igualdad» donde «la autoridad es rotativa» y «no se acepta el clericalismo en sus diversas formas de manifestarse», por lo que exhorta a «sería oportuno reconsiderar la idea de que el ejercicio de la jurisdicción (potestad de gobierno) ha de estar vinculado en todos los ámbitos (sacramental, judicial, administrativo) y de manera permanente al sacramento del orden.»

El sacerdote alemán Paulo Suess, miembro de la comisión preparatoria del Sínodo y de la que redactó los primeros lineamenta, insistió más tarde en el aspecto comunal de la propuesta: «Podemos imaginar un grupo de viri probati celebrando conjuntamente la Eucaristía. La Iglesia los convoca y los instruye para hacer juntos lo que ninguno puede hacer solo [¡sic!] El vínculo con la comunidad y para la comunidad, dentro de una diócesis y una parroquia, puede hacer de la Iglesia una comunidad de comunidades.

El carácter luterano de tan novedosos ministerios que surgen de la comunidad se hace patente en el párrafo 138 del Instrumentum laboris, en el que se elogia a los pastores evangélicos por haber «formado pequeñas comunidades con rostro humano, donde la gente se siente valorada personalmente» y por «personas como las demás, fáciles de encontrar, que viven los mismos problemas y se vuelven “más cercanas” y menos “diferentes” al resto de la comunidad». Estos pastores protestantes, prosigue el documento, «nos están mostrando otro modo de ser iglesia donde el pueblo se siente protagonista y donde los fieles pueden expresarse libremente sin censura ni dogmatismos o disciplinas rituales».

Si los padres sinodales y el papa Francisco aprueban de modo claro o ambiguo el párrafo 127 del Instrumentum laboris, el neoluteranismo habrá derrotado al Concilio de Trento. Pero ¡ay!, semejante estructura eclesiástica basada en un sacerdocio no ministerial ni jerárquico ya no será la Iglesia Católica (1).

(1) En los cuatro artículos que publiqué sobre el Sínodo Panamazónico se puede encontrar una detallada exposición de este tema.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)