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De la enfermedad del hijo del Régulo, y salud que Cristo le dio

PUNTO PRIMERO. Considera cómo este mozo era rico, libre y criado en regalos, y enfermo, porque la abundancia de las comidas y regalos quitan la salud, y la templanza y moderación la conservan; y si hace daño la demasía de los regalos al cuerpo, mucho mayor le hace al alma: por la cual debes de esta meditación huir de la gula y la destemplanza, y abrazar la templanza y mortificación en los manjares para excusar el vicio, así del cuerpo como del alma: acuérdate que el primer hombre por la destemplanza de la comida concurrió en las dos muertes que Dios le tenía amenazadas; y pídele que te tenga de su mano, para que no te despeñes siguiendo sus pisadas.

PUNTO II. Considera el extremo de la vida a que trajo a este mozo su desorden, y como hasta que llegó a él, no conoció su daño, ni vino a buscar a Cristo. ¡Oh que ciegos andan los hombres en los desórdenes de su vida, y que tarde viene a buscar al Salvador, después de haber mendigado la salud por todas las puertas del mundo! Abre los ojos y mira cuántas veces has caído en este yerro acudiendo primero en tus necesidades y trabajos a los hombres del mundo, y a Dios en el extremo, cuando no hallaste remedio en sus criaturas, y haz penitencia de tu culpa, arrójate a sus pies pidiéndole perdón y reconociendo que en sola su mano está la vida y la salud: pídele que te la dé, perdonándote los yerros pasados, y gracia para enmendarlos en lo porvenir.

PUNTO III. Considera cómo Cristo no quiso ir en casa de este Régulo, como él le pedía a curar a su hijo, y se ofreció a ir a casa del Centurión a curar a su criado, en que nos dio grande lección de no lisonjear a los príncipes de la tierra, ni movernos por el resplandor de la nobleza, sino por la regla de la verdadera caridad, que mira a todos igualmente como el sol; y saca de aquí acudir a los pobres y desvalidos con tanto afecto como a los ricos y poderosos del siglo, y afectar siempre la humildad y caridad con ellos, a ejemplo de Cristo, no dejándote cautivar de la grandeza de los poderosos.

PUNTO IV. Pondera el sentimiento con que le respondió Cristo diciendo: si no vieredes señales y prodigios, no creéis; en que reprendió su poca fe, pues no se extendía a creer que le podía sanar desde allí, sin ir a su casa; y que era tan corta que necesitaba de milagros, y no obstante eso, le sanó liego sin dilación, campeando su misericordia, tanto más, cuanta era menor su fe y su merecimiento. ¡Oh Señor! bendito seáis, que no miráis a lo poco que merecemos, sino que cerráis los ojos a nuestras culpas para usar de misericordia con nosotros y hacernos merced. Saca de aquí olvidar las ofensas de tus prójimos y no mirar a sus yerros para hacerles caridad: pon los ojos también en el sentimiento que tiene Cristo de nuestra poca fe, y mira el que tendrá de ti, en quién está tan muerta, y la confianza tan caída, que apenas confías en él; mira cuántas veces te ha traído a que le sirvas de veras y tu parece que esperas a milagros para dar crédito a su servicio: duélete de tu dureza; acusa tu rebeldía; llora tu obstinación y perdición, y pídele que cierre los ojos a tus faltas y que te perdone los yerros pasados, y abra las puertas de su misericordia para recibirte, como a este Régulo, y darte salud como a su hijo en el cuerpo y en el alma.

Padre Alonso de Andrade, S.J




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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