Discúlpeme, querido lector, que acometa el osado ejercicio de hilvanar, transido quizá de un atrevimiento rayano en la inconsciencia o en la soberbia, una breve digresión sobre el tema de la libertad. Y es que en esta época que nos alumbra —y nótese, por favor, la ironía del sintagma luminoso—, tan fatigada ya de tolerancias tontorronas, derechos muñidos ex novo y muy rampantes relativismos, la libertad se nos ha vuelto cual Grial, como una suerte de tesoro incalculable que habrá de mudarnos el birrioso devenir en que nos hayamos hasta cubrirnos de entera felicidad, aunque ello nos vuelva tontos del culo.

Pero esta libertad que se proclama es, sin embargo, un baldón oscuro y oprobioso que nos cuelga del pescuezo, el yugo que este mundo tan calamitoso y descalabrado pretende uncirnos a los collares para domeñarnos cual ganado, del mismo modo que un pastor maneja a sus ovejas o a sus cabras, tan solo azacaneadas en ramonear los matojos y saciar sus apetitos. Pues esta libertad que el liberalismo más rampante propició no se corresponde, desde luego, con aquella que el Señor nos regaló, tras crearnos, para que aceptásemos sin ataduras la verdad que nos reveló.

Y es que esta libertad real —divina, si se quiere— no es, en modo alguno, un fin en sí mismo ni un tesoro incalculable al que aspirar. Más al contrario, es el medio que tenemos que emplear para subvenir al bien, aquel del que habremos de prevalernos para optar por lo correcto y desdeñar, pese a los placeres y golosas satisfacciones que ello nos ofrezca, cuanto es perjudicial para nosotros, cuanto nos aleja del Señor y de la salvación que se nos prometió.

Decía Leonardo Castellani, tras enumerar un muy extenso rimero de golosas acepciones, que las personas autorizadas —y entiéndase “autorizada” en su original significado (aquél que nos hace crecer)— dan aquello que nadie obliga y se abstienen de lo que nadie prohíbe; lo cual nos enseña que si uno ansía el verdadero bien, si en verdad desea ser libre, ha de domeñar sus pulsiones y optar por la más recta senda, por muy escarpada y dificultosa que ésta se nos revele. Optar por el goce y repudiar el esfuerzo, en cambio, desdeñando el aserto jesuita, nos sume en la esclavitud más vergonzante en que podemos yacer: aquella que, tras abolir gustosamente la autoridad que nos hacía crecer, aceptamos entusiasmados aunque ello conduzca a la pérdida inexorable de la virtud.

Hoy, la sociedad hodierna, tan raquítica o vacía de moral, y afanada siempre en mantenernos ignaros de esa plutocracia que nos asuela y nos demuele, empeña sus jornadas en confundirnos con sus trampantojos y en tendernos la añagaza —o la zanahoria— de una libertad desembridada, de una libertad que nos convierte en superhombres, que nos permite acceder a una muy generosa cornucopia de placeres con que solazarnos, y que a la postre, sin embargo, cumpliendo los deseos de esa plutocracia que nos asuela y nos demuele, termina por arrebatarnos la dignidad con que se nos constituyó y nos reduce a escurrajas de una humanidad ya casi fenecida, hasta hacernos por completo memos. En rigor, esa libertad considerada como fin en sí mismo es el non serviam del que se nos advirtió, ese “seréis como dioses” con que se nos pretendía embaucar para nuestra eterna condenación, en un más que evidente embeleco demoníaco; y así, ¡tan averiados somos!, lo deleznable se vuelve célebre, lo indecoroso y vergonzante se nos hace digno de emulación, lo abyecto se convierte en admirable, en una esquizofrénica y mefítica deriva que habrá de arrebatarnos el seso y trocarnos en una rara especie de bichejos atolondrados. Y así, de resultas de todo ello, como hasta esos memos podrán atisbar, la libertad se vuelve esclavitud.

Gervasio López