Matteo Matuzzi
IL FOGLIO
24 de enero de 2015

Los católicos prácticamente han desaparecido del corazón de Europa.
Los protestantes están también desarmados.
Las ciudades están abiertas al Islám.

Dicen que debemos retrotraernos a los años setenta para entender a los acogedores Países Bajos de hoy en día, tan ateos, seculares y multiculturales. En aquel tiempo, en los terrenos de juego de Europa, la legendaria Naranja Mecánica de Rinus Michels estaba en pleno apogeo. Tras la muerte de Michels, Johan Cruijff desechó su proverbial arrogancia y habló bien del técnico que revolucionó el fútbol holandés, reconociendo su grandeza de maestro.

Fue el primer equipo nacional de fútbol libertino que rechazó el código ético o pseudoético, tan de moda hoy en día, que rompió el sagrado tabú de la abstinencia de relaciones sexuales antes de un partido. Mientras el resto de los otros equipos se concentraban, resignados a pasar un mes repasando tácticas en la pizarra, estudiando los movimientos y contraataques para traerse el trofeo a casa, ellos se dedicaban a disfrutar. Y lo hacían de forma tal que eran capaces de alterar cualquier norma imperante hasta entonces; llegaron al extremo de poner entre los palos a un caballero de treinta y cuatro años en un partido del Mundial que ni siquiera era profesional. Fueron los primeros en llevar consigo a sus esposas, novias y amantes. “Pudimos hacer lo que quisimos”, dijo uno de ellos años más tarde, cuando el equipo, considerado entonces perfecto, se revelaría como una espléndida utopía, ya que nunca ganaron nada. La “Naranja Mecánica” de los Países Bajos puso en práctica la idea de libertad del 68, haciendo de la transgresión un deber.

La realidad es que “surgió una rebelión radical contra un cristianismo fuertemente impregnado de una rígida moral, tan radical como el propio carácter de los holandeses. [Ahora] no son capaces de creer incluso un poquito en algo. Se han convertido en lo contrario de lo que fueron”, explicaba el cardenal Adriano Simonis, (arzobispo emético de Utrech) en una entrevista para Avvenire realizada en 2009. Quizás, añadía en tono melancólico, es porque los holandeses “han olvidado la esencia del cristianismo.”

Esto incluye a la iglesia local del cardenal Bernard Jan Alfrink, quien hizo historia no solo con “El nuevo catecismo holandés”, saturado de modernismo y abierto a todo aquello que hubiera sido previamente condenado, prohibido y reprimido, sino también por haber impedido el discurso del cardenal Alfredo Ottaviani[i] durante el concilio, quedando así él mismo contaminado por el espíritu de los tiempos.

Juan Pablo II se encontró todo esto a mediados de los ochenta, cuando él, el encantador de las grandes masas, de las misas celebradas en estadios e inmensos espacios abiertos a lo largo de todo el mundo, se vio pasando por un centro de la ciudad de Utrech desierto de personas. Solo ocho mil espectadores (de ellos, quizás los católicos fueran la minoría) se reunieron tras las vallas para ver al papa de Roma. Entre los pocos religiosos presentes había unos frailes dominicos vestidos con sus hábitos y llevando una fotografía gigante de Leonardo Boff, el teólogo de la Liberación y del culto a la Madre Tierra, que había sido lógicamente expulsado del sacerdocio, el teórico de la gran primavera eclesiástica y sobre el que se posaron los diligentes ojos del entonces prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger. Quizás fueran los mismos dominicos que, después de haberse promulgado el Motu Proprio “Summorun Pontificium” en 2007[ii], distribuyeron panfletos en las iglesias animando a celebrar la misa en caso de ausencia del sacerdote: “¿Qué no hay sacerdote? Bueno, pues que sean los laicos – hombres y mujeres, no hay diferencia – quienes pronuncien las palabras de la consagración”, ya que, según los frailes dominicos holandeses, ésta “no es una prerrogativa de los [hombres] consagrados”.

Hoy en día habría menos de ocho mil personas para saludar al pontífice.

Según las siguientes cifras, los Países Bajos son actualmente ateos. Por primera vez en su historia solo el 17% de la población se declara creyente, el 25% ateo y el 60% agnóstico, incluso a pesar de que el 53% de los holandeses está convencido de que hay vida después de la muerte; no se sabe si por esperanza o miedo. De acuerdo a este informe, [los holandeses] son un poco como los británicos, quienes creen en la existencia de los OVNIs más que en la existencia de Dios.

Benedicto XVI tuvo ante sí este desolador panorama hace cuatro años. Al recibir al embajador [holandés] en el Vaticano, Joseph Weterings, el pontífice (ahora emérito) dijo: “La libertad de religión está amenazada no solo por límites legales en algunas partes del mundo sino también por la mentalidad anti-religiosa que hay en numerosos países, incluso en aquellos donde esta libertad de religión goza de protección legal. Es por tanto esperanzador que su gobierno esté vigilante para que la libertad religiosa y de culto siga existiendo en su país y en el extranjero.” Joseph Ratzinger citó el origen de la crisis: la existencia de una libertad sin límites, sacralizada como dogma durante décadas; la legalización de las drogas, las prostitutas exhibiéndose en escaparates, el aborto y la eutanasia, las uniones civiles entre personas del mismo sexo. “Incluso aunque su país”, añadió Benedicto XVI, “haya sido durante mucho tiempo el campeón de la libertad individual, se la debe apartar si causa perjuicio al bien de los individuos y de la sociedad en su conjunto. La doctrina social católica da mucha importancia al bien común y a la integridad de los individuos y siempre cuida de discernir si los derechos que se reciben están realmente en consonancia con los principios naturales de los que le hablé previamente”. Pero la historia es la que es y ya ha tomado un curso predecible.

Dos años después, el arzobispo de Utrech (el lugar donde el papa Juan Pablo II fue recibido tan fríamente en 1985, y que había dado un papa a la Iglesia Apostólica y Romana, Adriano VI, el reformador odiado por los cardenales de la curia y el que estropeó los planes para arruinar la bóveda de la Capilla Sixtina) hizo al papa Francisco partícipe de su sentida pena: aproximadamente 18.000 personas abandonan la iglesia al año, con un record (en negativo) de unos 23.000 personas en 2010; las parroquias a su cargo han pasado de 326 a 49. No hay más sacerdotes y solo una iglesia se usa para celebrar la eucaristía. El cardenal Willem Jacobus Eijk, que está bien lejos de la escuela progresista de Alfrink y colindante con los belgas Suenens y Danneels, dijo: “Antes del 2010 cerrará un tercio de las iglesias que ahora están abiertas al culto”.

El cardenal añadió que “la razón es que no hay ni medios financieros ni católicos”. Las cifras dicen que esto es un problema común a todas las confesiones cristianas. Según un informe del sitio web Rossoporpora.org del vaticanista Guiseppe Rusconi, los protestantes eran el 35,9% de la población holandesa en 1971, mientras que en 2010 habían bajado hasta el 15,6% (los católicos bajaron del 40,4% al 24,5% en el mismo periodo). “En 2004, cuando las tres principales confesiones protestantes se reunieron (los calvinistas estrictos, los calvinistas moderados y los luteranos), el rebaño tenía más de dos millones y cuatrocientos mil ovejas. Hoy hay menos de un millón ochocientos mil”, añadió Rusconi. “El hecho es – explicó el cardenal Ejik – que la iglesia protestante de los Países Bajos comenzó a sufrir un proceso de secularización ya en la primera mitad del siglo XX, mientras que la iglesia Católica comenzó en los años sesenta”. El Concilio no es el problema, pues “ya inmediatamente después de la guerra comenzaron los problemas entre los católicos; fueron perdiéndose relaciones con la doctrina y la fe nunca más volvió a impregnar todos los aspectos de la vida”.

Las teorías de Edward Schillebeeckx – el teólogo calificado de “militante” en un artículo publicado en el Osservatore Romano en 2009 – no ayudaron en absoluto a mantener encendida la ya debilitada llama de la fe. Nacido en Anversa, estudió Humanidades con los jesuitas y formación teológica en Lovaina; Schillebeeckx fue “el testigo privilegiado de la lucha por la que la Iglesia Católica quiso recobrar su distancia con el mundo moderno, constantemente en aumento”, escribió el actual obispo de Novara, monseñor Franco Giulio Brambilla, presidente de la Facultad de Teología del norte de Italia. Según el obispo, la llegada de Schillebeeckx a Nimega, Países Bajos, durante el Vaticano II, marcó un punto de no retorno. Como “mediador” crítico, abordó la confusión existente entonces en la iglesia holandesa cuestionando la resurrección de Cristo como un hecho objetivo de la fe. Una de las razones por las que la Congregación de la Doctrina de la Fe le colocó en el Índice – escribe monseñor Brambilla – fue por “haber socavado la resurrección de Jesús como una experiencia de conversión y haber arrojado dudas sobre la realidad histórica y teológica de este hecho”.

Según las actuales estadísticas, la perspectiva para los holandeses es que el Islam se convierta en la segunda religión del país, mientras que los protestantes quedarán reducidos a un cuatro o cinco por ciento de la población. El pastor de Santa Catalina, en Doetinchen (destruida por las bombas durante la segunda guerra mundial) sabía bien  esto cuando, viendo los bancos de la iglesia permanentemente  vacíos, decidió celebrar la fiesta de la “Sociedad del Carnaval” entre las naves y pasillos del templo, llegando a plantar un poste frente al altar para que unas chicas danzarinas animasen la fiesta.

Es difícil ganar los corazones de nuevos creyentes si los pastores se manifiestan como alguien que no cree en la existencia de la Divinidad. “La inexistencia de Dios no es un obstáculo para mí, sino la condición previa a la creencia en Dios. Yo soy un creyente ateo. Dios no es un ser sino una palabra que designa lo que podría existir entre la gente”, explicaba el pastor Klaus Hendrikse, bien conocido por su manifiesto ateo en el que invitaba a su iglesia a debatir sobre la existencia del Padre Eterno. Este no es un caso aislado ya que, según ciertas estimaciones más o menos acertadas, se calcula que uno de cada seis pastores protestantes es ateo. El caso de Thorkild Grosboll, pastor de la Iglesia Protestante de Dinamarca, causó un gran revuelo hace diez años. Dijo desde el púlpito que estaba cansado de hablar sobre “milagros y vida eterna”, y señaló que “Dios pertenece al pasado y puede considerarse como algo trasnochado”. La mujer obispo del lugar trató en vano de expulsarle de su plaza. Los “creyentes ateos” que seguían sus sermones acabaron compartiendo las ideas de Grosboll. Éste finalmente abandonó y se retiró a su vida privada en 2008.

Lo único que les queda por hacer es lo que se hace en Francia, país realmente presa del secularismo, donde las iglesias están cerradas, demolidas hasta los cimientos o sacadas a subasta al mejor postor. Esto es práctica común en Viena, gobernada espiritualmente por Su Eminencia el cardenal Christoph Schronborn, dominico, quien, obligado por la falta de fieles que acudan a rezar, ha cedido iglesias a los ortodoxos.

Una visita obligada en Utrech es a la iglesia de Santiago, una antigua e histórica iglesia convertida ahora en un lujoso edificio de apartamentos en un perfecto estilo Bauhaus. El grupo Zecc de arquitectos ha estado a cargo de la transformación de la iglesia. Día a día,  dibujaron el mapa de las iglesias que ya no se utilizaban, las recibieron en depósito por parte de la diócesis y las restructuraron convirtiéndolas en algo útil. En Arnhem, la gran boutique de moda Humanoid no es sino una antigua iglesia que data de 1889, con vestidos de señora talla 32, y con vestidos de lentejuelas colgados donde antes estaban los cuadros de las estaciones del Viacrucis. Las cajas con zapatos de tacón alto están situadas donde deberían estar la pila bautismal y el cirio pascual. “Cada iglesia que se cierra desata una polémica”, dijo Albet Reinstra, del Wall Street Journal, hace unas semanas. Reinstra está atento a los lugares de culto de Dutch Cultural Heritage. “¿Qué podemos hacer con ellos cuando queden vacíos?”, dice.

El padre Clement, prior de los Agustinos de los Países Bajos, dijo que la orden tenía unos 380 frailes en 1958. Hoy son tan solo 39. El fraile más joven del monasterio tiene setenta años. “Esta situación me entristece”, dice el padre Clement, quien no se siente confortado mirando el Palacio de Patinaje de Arnhem.

Antes era una iglesia. El altar y el órgano fueron sacados y vendidos a un tratante de muebles de segunda mano. Aún queda dentro un polvoriento archivador de música. Hay un marcador no muy bien sujeto a la pared. En lo que antes era un amplio pasillo, hay ahora una veintena de chicos patinando, cayéndose y chillando. Música rap suena como música de fondo. Aún queda la estatua de algún santo de identidad desconocida: alguien le ha colocado un neumático a su alrededor, dice el Wall Street Journal. A pesar de todo, a los visitantes les gusta el nuevo ambiente: “se ha creado una excelente atmósfera, que parece algo medieval”, dice un joven. La gente mayor, muy pocos, protestan. Uno dice que la fe está siendo deshonrada, pero el ayuntamiento local explica que no hay dinero para mantener el lugar abierto al culto, un lugar que hace décadas se utilizaba para reunir a millares de fieles. El párroco dice que, después de todo, los chicos no hacen nada malo. Y no importa que sus patinadores estén compitiendo bajo los misericordiosos ojos de Cristo en un mosaico. “No es un casino ni antro de perdición”, dice el sacerdote de forma convencida. Solo es un lugar para aquellos que quieren disfrutar patinando. El precio de la entrada es de cuatro euros.

De hecho, el párroco piensa que podría haber sido peor. Uno tan solo tiene que pensar en el Oude Kerk de Amsterdam, la iglesia más antigua de la ciudad, construida en los albores del siglo XIV, ahora en pleno centro del Barrio Rojo. Uno sale por la puerta de la iglesia con la frente aún húmeda por el agua bendita e inmediatamente se topa con las chicas exhibiéndose en escaparates, golpeando los cristales para atraer la atención de los ancianos caballeros que acaban de salir de misa.

Si las cosas van bien, las iglesias se convierten en museos, como el Nieuwe Kerk, donde el rey de la Casa de Orange suele ser coronado. “Es extraña”, dice la periodista de Avvenire, Marina Corradi, en un reportaje sobre la capital holandesa, “esta serie de iglesias, que no son iglesias en absoluto, sino edificios de apartamentos, locales de negocios o mezquitas”.

En el 2000, Año del Jubileo, el cardenal Simonis dijo casi proféticamente en una entrevista a la revista 30Giorni, que en el último cuarto del siglo XX ha habido “mucho  libertinaje en cuestiones de fe, con sus consecuencias sobre la moral”. Un libertinaje, no obstante, “que no conduce a ninguna parte ya que no hay nada que lo reemplace. Y esto es lo que puede verse. Los movimientos y grupos que lo practican están en horas bajas,  mientras que aquellos que se aferran a la tradición mantienen aún su atractivo. Hoy en los Países Bajos necesitamos una purificación: de mente, de historia, de todo lo que es unilateralmente demasiado dogmático y moral.”

[i] Secretario del Santo Oficio durante el concilio Vaticano II.

[ii] Se trata de una carta apostólica del papa Benedicto XVI en la que otorga facilidades para el uso del Misal Romano revisado por el papa Juan XXIII en 1962, (forma litúrgica conocida como Misa Tridentina) y para la celebración de los sacramente según formas pre-conciliares (Nota del Traductor).

[Traducido por Alberto Torres Santo Domingo. Artículo original]