SAN MIGUEL ARCÁNGEL

La impenitencia final y la conversión in extremis (lectura imprescindible) (parte II)

El retorno es difícil

El retomo es, en estos casos, difícil, pero no imposible. Es difícil por el endurecimiento del corazón, que presupone la ceguera del entendimiento, un juicio pervertido y la voluntad de tal modo inclinada al mal que no tiene más que débiles veleidades hacia el bien. Aun frecuentando la iglesia, no se saca provecho alguno de la predicación, de los consejos santos, ya no se lee el Evangelio, se resiste a las advertencias saludables de las almas buenas, el corazón se endurece como la piedra. Es el estado de aquellos de que habla Isaías (V, 20-21): “Desgraciados los que llaman bien al mal y mal al bien, que hacen de la tinieblas luces, que llaman amargo al dulce y al amargo dulce. Desgraciados los que se creen cuerdos a sus propios ojos e inteligentes a sus propios sentidos.”

Es la consecuencia de los pecados frecuentemente repetidos, de los hábitos viciosos, de los lazos criminales, de lecturas en las que se ha absorbido ávidamente el error, cerrando los ojos a la verdad. Después de tanto abuso de gracias, el Señor niega al pecador no solamente los auxilios eficaces de que se ve privado el que comete falta grave, sino hasta la gracia próxima suficiente que hace posible el cumplimiento de los preceptos.

No obstante, el retorno a Dios es aún posible. El pecador endurecido recibe aún gracias remotas suficientes; por ejemplo, durante una Misión o con ocasión de una prueba. Con esta gracia remota suficiente no pueden aún cumplir los preceptos pero pueden empezar a rezar, y si no resisten, reciben la gracia eficaz para comenzar efectivamente a rezar. Esto se debe a que la salvación es aún posible para ellos y, contra lo que pretendía afirmar la herejía pelagiana, les es posible sólo por la gracia; si el pecador no resiste a esta llamada, será llevado de gracia en gracia hasta la de la conversión. El Señor ha dicho: “Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ezequías, XXXIII, II, 14-16). Como dice San Pablo (I Tim., II, 4): “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”

Otra herejía, contraria a las precedentes, es la que dice, con Calvino, que Dios, con un decreto positivo, predestina a algunos a la condenación eterna y, consiguientemente, les niega toda gracia de salvación. Por el contrario, hay que afirmar con San Agustín, como lo recuerda el Concilio de Trento (Denz, 806): “Dios no manda lo imposible, pero nos advierte que hagamos lo que podamos y que le pidamos la gracia de hacer lo que no podemos hacer por nosotros solos.” Ahora bien: para el pecador endurecido hay aún sobre la tierra una obligación grave de hacer penitencia, y esto no es posible sin la gracia. Hay que concluir, pues, que recibe de tiempo en tiempo gracias suficientes para empezar a orar. La salvación es, pues, aún posible para él.

Pero si el pecador resiste a estas gracias se hunde en su propia miseria, como el caminante se hunde en la arena del desierto tanto más cuanto más se esfuerza por librarse de ella. La gracia suficiente les pasa aún de vez en cuando sobre el alma para renovar sus fuerzas, pero si siguen resistiendo, se privan de la gracia eficaz, ofrecida en la suficiente como el fruto en la flor. Y entonces, ¿obtendrá más tarde este socorro especial que toca el corazón y convierte sinceramente?

Las dificultades aumentan, las fuerzas de la voluntad y las gracias disminuyen.

La impenitencia temporal voluntaria dispone manifiestamente a la impenitencia final, aun cuando la misericordia divina preserve de ella in extremis a muchos pecadores endurecidos.

“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”

Garrigou-Lagrange O.P.

San Miguel Arcángel

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