El último 21 de noviembre, en un operativo que duraba desde el 2017, la Policía desmanteló una célula de la «mafia nigeriana», arrestando a 21 personas en la provincia de Cagliari. Este es tan sólo el último episodio, en orden cronológico, que lleva a primer plano la organización criminal originaria de los países africanos, pero se tiende aún, sin embargo, gracias a Dios siempre menos, a callar al respecto, casi como si el simple hablar de ellos pudiera constituir un apoyo a la tesis considerada «políticamente no correcta».

El gran mérito se debe al criminólogo Alessandro Meluzzi, a quien se debe la mayor parte de la información y, sobretodo, de la difusión de este fenómeno, particularmente peligroso precisamente porque subestimado.

Antes que nada, ¿es correcto hablar de «mafia nigeriana»?

El 2º párrafo del artículo 416 bis del Código Penal dice:

«La asociación es de tipo mafioso cuando aquellos que la integran se valen de la fuerza de intimidación del vínculo asociativo y de las condiciones de sometimiento y silencio resultantes para cometer delitos, para adquirir de modo directo o indirecto la gestión o de todos modos el control de la actividad económica, de la concesión, de autorizaciones, contratos y servicios públicos o para conseguir beneficios o ventajas injustas para sí o para otros».

La organización de la cual estamos hablando tiene casi todas las características enumeradas en el citado párrafo, aunque las manifiesta de forma preocupantemente original. Sus miembros «recurren a la fuerza de intimidación del vínculo asociativo y de la condición de sometimiento y silencio resultante», pero dicha fuerza intimidatoria no deriva únicamente de la posibilidad, para ellos, de emplear eficazmente la amenaza de despliegue de toda la violencia de la que es capaz la asociación criminal: parte integrante y con seguridad no secundaria de la capacidad de infundir terror y respeto, tanto en las propias víctimas cuanto en los mismos afiliados, como en el caso de los ritos de magia negra vinculados a la cultura de las dos etnias nigerianas de las que proviene la casi totalidad de los miembros de dicha sociedad criminal, es decir, los Ibo (o Igbo) y los Yoruba.

Estas son verdaderas y propiamente naciones, que cuentan decenas de millones de personas cada una. Viven al sur de Nigeria y la conversión al Cristianismo no logró erradicar completamente las creencias ancestrales, de tipo animista y, por lo tanto, mágica. Estas concesiones y estas prácticas tuvieron un incremento con la descolonización y la independencia, como forma de redescubrimiento de los propios orígenes, no solo en ambientes populares que no están escolarizados, sino también en las clases dirigentes, tanto económicas como políticas. A partir de los años 60 del siglo pasado, en estas etnías se difundieron fraternidades estudiantiles, que, a través de la violencia y de la magia negra, tendían a obtener, inicialmente, favores y buenas calificaciones de sus docentes, pero que, con el pasar del tiempo, siempre en mayor medida ampliaron su actividad criminal, dando vida, así, a la mafia nigeriana, que después también integró en su interior a adherentes no provenientes de dichas hermandades. A partir de los años 80 se produce una completa estructuración de la sociedad criminal.

Otra característica, que aumenta el temor reverencial respecto a dichas organizaciones es el elevado grado de instrucción de sus dirigentes, legado de sus orígenes estudiantiles y, al mismo tiempo, un instrumento para transformar el poder económico y la acumulación de riqueza en el poder político.

La finalidad, de la que son instrumentos la fuerza de intimidación y la sujeción de las víctimas al gremio criminal, de «cometer delitos, […] adquirir de modo directo o indirecto la gestión o de todos modos el control de la actividad económica, de las concesiones, de las autorizaciones, de los contratos y servicios públicos o […] obtener beneficios o ventajas injustas para sí o para otros», en la mafia nigeriana asume características de progresiva implementación según los lugares y los plazos.

En Nigeria, en los años 80 del último siglo, dicha finalidad era perseguida de forma global, con el control de las principales actividades criminales, una fuerte infiltración en el tejido político y social del País, con una influencia, a menudo decisiva, en la elección de los hombres capaces de desempeñar papeles destacados en el aparato estatal y un vasto control de los contratos públicos.

En Italia, por el contrario, su afirmación está todavía en una fase inicial. La mafia nigeriana todavía se concentra únicamente (con una excepción que veremos) en las actividades delictivas, y también su enraizamiento es progresivo, como lo es también su autonomía de las otras organizaciones delictivas presentes, con un desarrollo a ritmo de leopardo. En Sicilia, y en particular en Palermo, se coloca también en una postura subalterna respecto a la mafia local, aunque se está produciendo, sobretodo al este de la isla, una creciente “autocefalia”.

En la Italia septentrional, su independencia con relación a las otras asociaciones criminales crece con una rapidez sorprendente; en algunas ciudades, en particular, en Turín y Bolonia, controla el propio tráfico de los estupefacientes y, marcadamente, el de la cocaína y de la heroína, además del de la prostitución nigeriana y el de la mendicidad de los extracomunitarios. En el campo del tráfico de la droga, pues, se está rápidamente afirmando, en toda la Italia septentrional, como organización hegemónica, imponiendo políticas de precios y los propios “productos”, gestionados en régimen de monopolio. Es a la mafia nigeriana que se debe la caída del precio de la heroína que, en los últimos años, condujo a un fuertísimo crecimiento del uso de dicha substancia, con el consecuente crecimiento del número de muertes por sobredosis; de esa forma se consiguió importar en Italia estupefacientes hasta ahora desconocidos en nuestro País, como, por ejemplo, la conocida heroína amarilla de la cual también logró controlar directamente el contrabando y la distribución

La punta más avanzada de la penetración de la mafia nigeriana en nuestro país es Castel Volturno (esta es la excepción a la que me he referido), donde,además de controlar la mayoría de las actividades criminales, entre las cuales, la jefatura, la gestión, en régimen de monopolio de hecho, y también el transporte público. El hecho, aunque al menos por ahora territorialmente circunscripto, es particularmente significativo y grave, porque demuestra el crecimiento del enraizamiento social de esta organización mafiosa; es la primera vez que una mafia extranjera demuestra una tal permeabilidad en el tejido social.

Teniendo en cuenta todo lo visto anteriormente, se puede concluir que la organización criminal nigeriana tiene todas las características de la asociación mafiosa, aunque se le agreguen características peculiares que, lejos de disminuir la “mafiosidad”, aumentan el peligro para el orden público y la paz social de nuestro País.

Estamos asistiendo a un nuevo “salto de calidad” del crimen organizado en Italia. Toda organización criminal extranjera tiene sus características peculiares, pero poquísimas tienen la capacidad de influenciar, en el modo de actuar, a la delincuencia autóctona, como amenaza hacerlo la nigeriana. Para encontrar algo análogo, es necesario remitirse a la difusión de la mafia albanesa en nuestro suelo, también ella consecuencia de la inmigración indiscriminada del País de las Águilas; la característica aportada por esta organización ha sido un indiscriminado aumento de la tasa de violencia, aunque independiente de toda proporción con la utilidad económica esperada por el acto criminal, violencia gratuita derivada del hecho de que dicha mafia era y es hegemonizada por la Drejtoria e Sigurimit të Shtetit (dirección de la seguridad del Estado), conocida comúnmente como Sigurimi, la policía del difunto régimen comunista albanés de Enver Hoxha (1908-1985), que, no pudiendo más ejercer la violencia en nombre del Estado, del cual el partido comunista había perdido el control, se aplicó a ejercitarla en la actividad criminal, introduciendo aquella crueldad gratuita que siempre la caracterizó. Este modus operandi contagió también a la criminalidad de nuestro país, sobretodo en los robos en las ciudades.

La “contribución” de la mafia nigeriana a la modalidad de acción del crimen en nuestro País, si no llegara a ser extirpada a la mayor brevedad, será la difusión de la magia negra con fines criminales, con un avance más en el horror, como corre el riesgo de preanunciar la crudelísima muerte, el último 29 de enero, de Pamela Mastropietro, la chica de 18 años.

Carlo Manetti, Europa Cristiana – 24 de noviembre de 2018

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