“En verdad, en verdad, os digo: el que cree en mí tiene la vida eterna”. (Juan. VI, 47.)

La vida interior es para todos y para cada uno de nosotros la única cosa necesaria. Por eso debiera desarrollarse constantemente en nuestra alma con mucha mayor fuerza que la llamada vida intelectual, científica, artística o literaria. Porque la vida interior es la vida íntima y profunda del alma, del hombre completo; y no tan sólo la de alguna de sus potencias. La misma vida intelectual ganaría no poco si, en vez de suplantar la espiritual, reconociera su necesidad y sus excelencias; y se aprovechara de su eficacia que, en último resultado es la eficacia de las virtudes teologales y la de los dones del Espíritu Santo.

¡Qué tema tan serio y fecundo se encierra en solas estas dos palabras: Intelectualidad, Espiritualidad! Y es también evidente que, sin una sólida vida interior, no se puede ejercer una influencia social verdaderamente profunda y duradera.

LA NECESIDAD DE LA VIDA INTERIOR

La necesidad apremiante de retornar al pensamiento de la sola cosa necesaria se hace sentir, especialmente, en esta época de malestar y de general desconcierto, en la que tantos hombres y tantos pueblos, perdiendo de vista el verdadero fin último, acaban por colocarlo en los bienes terrenos; y olvidan que entre éstos y los espirituales y eternos, hay una diferencia profunda y radical.

Y, sin embargo, como nota atinadamente San Agustín, es indudable que los mismos bines materiales, al revés de lo que acaece con los espirituales, no pueden pertenecer, al mismo tiempo, integralmente a muchos. No es posible que la misma casa o la misma finca pertenezcan en su totalidad a muchas personas, simultáneamente; ni tampoco el mismo territorio a muchos pueblos. De aquí nace la lucha constante de intereses, cuya raíz principal consiste en colocar nuestro último fin en estos bienes inferiores y caducos.

Al contrario, como oportunamente lo pondera el santo Doctor antes citado, los mismos bienes espirituales pueden pertenecer simultánea e integralmente a todos y a cada uno, sin que esto perjudique en manera alguna a la paz que entre nosotros debe reinar. Y aun conviene añadir que los poseemos tanto más perfectamente cuanto es mayor el número de los que al mismo tiempo los disfrutamos. Así que sin estorbarnos los unos a los otros, podemos todos poseer simultáneamente la misma verdad, la misma virtud, el mismo Dios. Los bienes espirituales son de tal calidad y excelencia que pueden constituir el objeto de una posesión simultánea por parte de todos los hombres y colmar holgadamente los deseos de cada uno. Aún más: no puede afirmarse que poseemos plenamente una verdad, si no la comunicamos a los otros, si no hacemos a nuestros prójimos participantes de nuestra contemplación. Ni tampoco cabe decir que estimamos de veras una virtud, si no queremos que sea igualmente estimada de los otros; ni que amarnos sinceramente a Dios si no procuramos que sea amado de los demás. Es indudable que pierde el dinero quien lo da a otros; pero no se pierde a Dios al darlo a nuestros hermanos, sino que se le posee de una manera más perfecta. Por el contrario, lo perderíamos si, por rencor, pretendiéramos que quedara privada de Él un alma sola, aun que ésta fuera la de nuestros perseguidores y calumniadores.

Encierra una verdad muy profunda y luminosa esta sentencia de San Agustín, sencilla a la vez que sublime: Si los bienes materiales dividen a los hombres mientras más los buscan para sí mismos, los bienes espirituales los unen tanto más firmemente cuanto más de veras los aprecian.

Este gran principio es uno de los que ponen más de relieve la necesidad de la vida interior. Asimismo puede decirse que contiene virtualmente la solución de la cuestión social y de la crisis económica que atormenta el mundo en los momentos actuales. El Evangelio lo formula con aquellas sencillas palabras: “Buscad primero el reino de Dios; y todo 1o demás se os dará Por añadidura” (Mateo., VI, 33; Lucas., XII, 31). En nuestros días el mundo se halla gravemente enfermo porque ha olvidado esta verdad fundamental que, sin embargo, es elementalísima para todo cristiano.

Porque, sin duda, las verdades más profundas y vitales son precisamente las verdades elementales, las que hemos meditado largo tiempo, las que hemos profundizado y convertido en fuente de vida o en objeto de habitual contemplación.

EI Señor, en la hora actual, hace ver a los hombres cuán engañados están al prescindir de EI, al poner el último fin en los goces de la tierra, al invertir la escala de los valores, o, dicho con otras palabras, la subordinación de los fines. De esta suerte, se quiere producir lo más que sea posible en el orden del bienestar material; se pretende compensar con el número, la pobreza de los bienes terrenos; se construyen máquinas cada vez más perfectas, con el fin de lanzar al mercado nuevos géneros, siempre mejores y en mayor número. Tal es el fin último a que se aspira. Pero ¿qué se sigue de aquí? Semejante superproducción no llega a consumirse; se torna inútil; y conduce a la desocupación actual, en la que el obrero parado vive en la miseria, mientras que los demás nadan en la abundancia. Es una crisis, se responde. En realidad es algo más que una crisis: es un estado general, que debiera ser aleccionador si, como dice el Evangelio, tuviéramos ojos Para ver. Y es que, en vez de ponerlo en Dios, se ha puesto el fin último donde no puede estar: en los goces de acá abajo. Se pretende encontrar la felicidad en la abundancia de los bienes materiales, que por su misma naturaleza son incapaces de procurárnosla. Tales bienes, lejos de unir a los hombres, los separan; y esto tanto más cuanto con mayor empeño se busca y con mayor egoísmo se apetecen. La repartición y socialización de los bienes no será un remedio a estas inquietudes, ni traerá la ansiada felicidad, mientras los bienes de la tierra conserven su naturaleza, y el alma humana, que está muy por encima de todos ellos, conserve también la suya. De aquí, la necesidad en que todos noshallamos de pensar en la única cosa necesaria, y de pedir al Señor envíe al mundo santos que vivan, de este solo pensamiento y que sean los grandes reformadores que hoy tanta falta hacen. En las épocas más agitadas de la historia, como en la época de los albigenses y, posteriormente, en el siglo del protestantismo, el Señor tuvo a bien enviar a la tierra pléyades de santos. La necesidad que de ellos tenemos no es menor en nuestros días.

“LAS TRES VÍAS Y LAS TRES CONVERSIONES”

Garrigou Lagrange O.P.