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De las bodas de Cristo en la Iglesia

PUNTO PRIMERO. Considera cómo bajó del cielo el Hijo del Eterno Padre a desposar consigo su Igle­sia, por la cual dejó su Padre y su Madre la Sina­goga, y padeció tantos trabajos en este mundo, hasta dar la vida en una Cruz por su amor. Pon­dera su infinita caridad y el amor tan intenso que le tuvo, y cuanto le costó más que Eva a Adán, pues no dio solo una costilla por su formación, si­no todo su cuerpo y su sangre a costa de tan gran­des dolores, y reconoce lo que debes a este Señor, pues todo esto obró por ti, y por restaurarte del cautiverio de la culpa y reducirte a la libertad de Hijo de Dios: dale muchas gracias por este incom­parable beneficio, y procura hacerte digno de su celestial y santo desposorio.

PUNTO II. Considera que, como dice el profeta Oseas, desposa el Hijo de Dios nuestras almas con­sigo mediante la fe, porque no le miran en esta vida sino por ella por celosías y canceles; pero en la gloria se consumarán estas bodas, poseyendo a Dios por clara vista, viéndole y gozándole como en si es. Contempla aquellas bodas celestiales y los gozos inimaginables que allí da Dios a los suyos, sin recelo de que falte aquel vino suavísimo y dulcísimo para siempre jamás: aquella es la botillería a donde entra a sus escogidos y los embriaga de la dulzura de su colación, haciéndoles olvidar to­dos los trabajos pasados, y todo cuanto les puede ocasionar tristeza en sus almas. ¡Oh alma mía! anímate a servir a tan buen Dios, que de esta manera premia a los suyos, y enciéndete en amor de tal Esposo, tan rico, tan noble, tan agraciado y liberal, que tanto te ama y quiere; y corre con presteza a su servicio.

PUNTO III. Considera cómo el vino que hizo Cristo del agua, fue sin comparación mejor que lo que se había preparado para las bodas, por mucho cuidado que pusieron en él; porque como dice David (1), vale más una gota de consolación di­vina que todas las que el mundo puede dar. ¡Oh qué menguadas y qué mezcladas de hiel y vinagre son todas las que ofrece, vino amargo de hiel y dragones, y veneno de Áspides mortífero! Pero el de Dios es dulce suave, saludable, que da fuerzas y conforta los corazones: pídele que te conceda una gota de este vino, como la dio a san Pedro en el Tabor, para que paladeado con su dulzura sepas despreciar como él todas las consolaciones terre­nas, y no apetecer sino las celestiales y divinas.

PUNTO IV. Considera como Cristo no dio el vino milagroso hasta que se acabó el que tenía prevenido, porque no concede sus consolaciones hasta que se han acabado las del mundo: pondera aquí la diferencia que ya de unas y otras y cómo pierden las celestiales por gozar de las terrenas. ¡Oh alma! deja la mesa del mundo, si quieres gozar de la de Cristo; da de mano a los gustos y deleites sensuales, si quieres gozar de los celestiales, y divinos; porque hasta que se acabe del lodo la harina del Egipto, no te dará Dios el maná suave del cielo. ¡Oh Señor! dadme vuestra gracia para que mortifique mis pasiones y desprecie las delicias del mundo; y todos sus gustos me sean amargos, por gozar una gota del vino dulcísimo de vuestra consolación.

Padre Alonso de Andrade, S.J




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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