Cristo es ofrecido hoy y El Mismo como sacerdote se ofrece El Mismo en orden a remitir nuestros pecados
San Ambrosio1

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana así como Cristo es la figura central en la religión Cristiana. Siendo también un sacrificio es el más grande de todos los sacramentos en tanto contiene al mismo Cristo, mientras que en los otros sacramentos Cristo actúa y aplica los méritos de Su Pasión para un propósito particular. Santo Tomas de Aquino señala que el resto de los sacramentos están ordenados a este sacramento como a su fin.2 No solo simboliza o representa la Pasión y muerte de Cristo sino que la contiene –la misa es el Sacrificio de la Cruz, un hecho que santo Tomas ilustra citando a san Ambrosio: “En Cristo se ofreció una sola vez el sacrificio eficaz para la vida eterna ¿Qué hacemos entonces nosotros? ¿Acaso no le ofrecemos todos los días como conmemoración de su muerte?”.3 “La Pasión del Señor es el sacrificio que ofrecemos”, escribió san Cipriano.4 Nada de lo que se escriba exageraría la importancia de la Eucaristía. Es el centro de la vida cristiana así como Cristo es la figura central de la religión cristiana.

Los sacerdotes en la Iglesia son ordenados, no principalmente para predicar el evangelio, ni para confortar al que sufre con las verdades consoladoras de la religión, ni para liderar reclamos sociales, sino para ofrecer el Sacrificio de la Misa, para consagrar la Eucaristía.

Si los católicos en el pasado –y en el presente también- pensaron que no hay nada en el arte, y la arquitectura suficientemente bello como para decorar sus iglesias es porque la Iglesia Católica es la casa del Rey de reyes, la casa de Cristo verdaderamente presente en el Sacramento de la Eucaristía. Si los católicos, incluso los más pobres, están listos para privarse ellos mismos incluso de confort para apoyar a su clero, esto es porque piensan que a cualquier costo el Sacrificio de la Misa debe seguir ofreciéndose, el Sacramento de la Eucaristía, el alimento de las almas cristianas, debe ser siempre administrado. La devoción a la Eucaristía no es una práctica piadosa incidental de los católicos, sino que es la misma esencia de la vida católica.5

La Transustanciación

Menos Lutero, que es un caso particular, todos los Reformadores negaban la Presencia Real y Objetiva de Cristo en la Eucaristía, algunos afirman una “real presencia” y utilizan lo que pareciera un lenguaje realista que podría ser interpretado en un sentido católico, pero lo que todos ellos niegan enfáticamente es una presencia objetiva, es decir, que el pan y el vino se conviertan realmente en el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo después de la consagración, diferenciándose del pan y el vino corrientes en su sustancia.

Es necesario tener una idea clara del significado de la sustancia dentro del contexto de la teología Eucarística Católica para comprender apropiadamente la incompatibilidad entre las doctrinas Católica y Protestante. Los términos cambio sustancial, o, presencia sustancial, convienen a la enseñanza católica con mayor precisión que el término presencia real. Sabemos que Nuestro Señor está presente siempre que hayan dos o más reunidos en su nombre. Esa presencia es categóricamente real, pero categóricamente no es sustancial. La palabra sustancia, substantia en latín, fue tomada por los teólogos escolásticos de la filosofía de Aristóteles.

A veces se dice que este término ya no se debería utilizar dado que muchos elementos de la teoría Aristotélica y su lectura escolástica han sido desechados por los científicos modernos. Pero el sentido en que se utiliza el término en la teología Eucarística trasciende toda teoría particular de la ciencia y la filosofía. Substantia hace referencia a la permanente y subyacente realidad de todo lo que existe que hace que algo sea eso que es y no otra cosa. Así por ejemplo podemos hablar de la sustancia del pasto, que es lo que hace que sea pasto y no una flor, un árbol, un insecto o un pájaro. La sustancia del pasto podría, quizás, ser referida como la “pastidad” del pasto. Cuando las bacas comen pasto este se transforma luego en leche, porque una sustancia fue cambiada en otra.

La sustancia o lo que realmente subyace de algo puede ser contrastado con sus accidentes o apariencias. Los accidentes es aquello que perciben los sentidos, como el color, tamaño, o gusto. La sustancia de un objeto puede permanecer sin cambio aún cuando sus accidentes cambien. El agua, por ejemplo, no solo puede ser un líquido sino un sólido cuando se congela, o, un gas, al calentársela en el fuego; pero su sustancia o naturaleza subyacente o realidad permanece inalterada. Si se nos pregunta que es esto lo único que podemos decir es que es agua, H2O.

El milagro de Caná involucró un cambio en la sustancia. A la pregunta por lo que había en las jarras antes del milagro, la respuesta habría sido “agua”. La respuesta después del milagro sería “vino”. Un cambio en la sustancia es por lo general acompañado por un cambio en los accidentes. Cuando las uvas se convirtieron en vino perdieron sus accidentes, o, las apariencias de uvas y tomaron aquellos del vino.

Es solo en la Eucaristía que hay cambios en la sustancia mientras los accidentes permanecen inmodificados. Si nos preguntamos que es lo que el sacerdote sostiene en sus manos antes de pronunciar las palabras de la consagración la respuesta es “pan”. Una vez que haya pronunciado la respuesta es “el Cuerpo de Cristo”. El hecho que lo que sostiene en sus manos antes de la consagración retenga todos los accidentes exteriores, o apariencias de pan, no va en contra de nuestra creencia de que es realmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor.*

Nuestra base para la aceptación del dogma de la transubstanciación es la fe en las enseñanzas de Nuestro Señor, quien pudo cambiar agua en vino y alimentar a cinco mil personas con algunas pocas rodajas de pan y pescado. El sublime himno de santo Tomas de Aquino Adoro te devote expresa perfectamente esta fe.

Adóro te, devóte, latens déitas Te adoro con devoción Dios
quæ sub his figúris vere latitas. escondido, oculto verdaderamente
Tibi se cor meum totum súbiicit bajo estas apariencias. A ti se somete
quia te contémplans totum déficit Mi corazón por completo, y se rinde.
Visus, tactus, gustus in te fállitur, Al juzgar de ti se equivocan la vista,
sed audítu solo tuto créditur; el tacto, el gusto, pero con el
credo quidquid dixit Dei Fílius: para creer con firmeza; creo
nil hoc verbo veritátis vérius. todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad
In Cruce latébat sola déitas, En la cruz se escondía sola la
at hic latet simul et humánitas; divinidad, pero aquí también se
ambo tamen credens atque cónfitens, esconde la humanidad; creo y
peto quod petívit latro pœnitens. confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido6.

Lo que importa para el católico no es como tiene lugar la transustanciación sino creer que sucede, y creerlo porque, como lo explica santo Tomas: “Nada puede ser más verdadero que la palabra misma de Dios”. Una exposición contemporánea de la doctrina católica de la Presencia Real puede encontrarse en la encíclica “Mysterium Fidei” del Papa Pablo VI (1965). El Papa Pablo cita un comentario muy pertinente de san Ambrosio de Milán (339-397) sobre el cambio de la Eucaristía: “«Por lo tanto, la palabra de Cristo, que ha podido hacer de la nada lo que no existía, ¿no puede acaso cambiar las cosas que ya existen, en lo que no eran? Pues no es menos dar a las cosas su propia naturaleza, que cambiársela”. Santo Tomas Moro hizo un comentario similar en relación a la negación de la transustanciación por John Frith, un Protestante de convicción Lollarda que fuera ejecutado por herejía en 1533. Frith argumentaba al mejor estilo de John Wyclef*, que las palabras “Este es Mi Cuerpo” no podían tomarse literalmente ya que el cuerpo de Cristo no puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Moro le contestaba que todas las cosas son posibles para Dios: “Dios es todopoderoso y por lo tanto puede hacer todas las cosas…se ve que este joven no asistió mucho a sus clases del colegio ahí se hubiera enterado de todo lo que puede hacer Dios”.7

En su encíclica “Mysterium Fidei” el Papa Pablo VI cita varios testimonios de la patrística para probar cuan claramente la doctrina del cambio sustancial era enseñada por los Padres de la Iglesia, aún cuando no utilizaran el término transustanciación. Precisamente explica lo que debemos creer en relación a la Presencia Real citando las palabras de su predecesor san Gregorio VII, en el siglo XI, en la declaración que el santo redactó para Berengario, que había negado la presencia sustancial de Nuestro Señor en la Eucaristía*.

A continuación el juramento prestado por Berengario:

“Yo, Berengario, creo de corazón y confieso de boca que el pan y el vino que se ponen en el altar, por el misterio de la sagrada oración y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo Nuestro Señor (substantialiter converti in veram et propriam ac vivificatricem carnem et sanguinem Iesu Christi Domini nostri), y que después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen y que, ofrecido por la salvación del mundo, que pendía en la cruz y está sentado a la diestra del Padre; y la verdadera sangre de Cristo, que se derramó de su costado, no sólo por el signo y virtud del sacramento, sino en la propiedad de la naturaleza y verdad de la sustancia, como en este breve se contiene, y yo he leído y vosotros entendéis. Así lo creo y en adelante no enseñaré contra esta fe. Así Dios me ayude y estos santos Evangelios de Dios”.8

En evidente continuidad con el juramento de Berengario se encuentra el anatema del Concilio de Trento, expresado como una respuesta directa a la doctrina de los Reformadores Protestantes: “Si alguien niega que el Cuerpo y la Sangre, juntos con el Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y por lo tanto, Cristo por entero está verdadera, real y sustancialmente contenido en el sacramento de la santísima Eucaristía, pero dice que Cristo está presente en el sacramento solo como un signo o figura, o por Su poder: sea anatema”.9

En “The teaching of the Catholic Church” (“La enseñanza de la Iglesia Católica”), Canon G. D. Smith explica que:

“Por el sacrificio el hombre se ofrece a sí mismo y su vida a Dios su soberano Señor y Creador; por los sacramentos, Dios, se da sí mismo, El se brinda y hace participar al hombre en Su propia vida divina. En el sacrificio una corriente de tributo fluye del hombre hacia la Fuente eterna de todo ser; por los sacramentos la gracia santificante desciende copiosamente sobe las almas de los hombres. Esta doble corriente, de Dios a los hombres y de los hombres a Dios, fluye suave y contundente en el Sacrificio y Sacramento Eucarístico. Como el acto culminante de la vida de Jesucristo sobre la tierra fue el Sacrificio que ofreció en el Calvario a Su Padre eterno así también el acto central del culto católico en la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, es el Sacrificio Eucarístico, la Misa que El instituyó con el fin que sea una conmemoración y renovación perpetua de aquel sacrificio. Del mismo modo que fue por medio de la humanidad sagrada de Cristo que Dios misericordiosamente condescendió en transmitirnos la vida divina de la gracia, así el Sacramento de la Eucaristía, que verdaderamente contiene esa humanidad viva y viviente, retiene el lugar principal entre los sacramentos instituidos por Cristo para nuestra santificación.

Verdadera, real, y sustancialmente presente sobre el altar bajo las apariencias de pan y vino, Cristo nuestro Sumo Sacerdote se ofrece El mismo, Víctima infinita, a Su Padre a través del ministerio de Sus sacerdotes. Este es ciertamente un sacrificio con una dulce fragancia, en el cual Cristo, Dios y hombre, ofrece a Su Padre una adoración infinita, una plegaria de eficacia sin límites, propiciación y satisfacción superabundantemente suficiente por los pecados de todo el género humano, una acción de gracias de esta única manera proporcionada a la generosidad ilimitada de Dios a los hombres. Y luego ante este don infinitamente agradable que a través de Cristo el hombre hace a Dios, entonces se sucede el más precioso regalo de Dios: la Víctima inmaculada, divinamente aceptada y ratificada, es puesta ante los hombres para que sea su alimento celestial. Por medio de Cristo es que nos damos a Dios. Por medio de Cristo, Dios nos da su propia vida para que tomemos parte en Su divinidad. La Víctima del Sacrificio Eucarístico ofrecida al hombre bajo la forma de alimento, es el augusto Sacramento de la Eucaristía”.10

El Papa Leon XIII en su encíclica “Caritatis studium”, del 25 de julio de 1898, dirigida a los Obispos de Escocia, explicó que la esencia y naturaleza de la religión implica la necesidad del sacrificio, señalando que los sacrificios descritos en el Antiguo Testamento anunciaban y simbolizaban el Sacrificio de la Cruz que se continua en la Misa, por lo que:

“Están en un serio error los que rechazan el Sacrificio de la Misa sobre la base de que aminora la realidad y eficacia del Sacrificio llevado a cabo por Cristo cuando estuvo clavado en la cruz “ofrecido de una sola vez para quitar los pecados del mundo” (Heb. 9:28). Esta expiación del pecado fue perfecta y completa, tampoco hay otra expiación presente en el Sacrificio de la Eucaristía que esa misma…Fue el plan divino del Redentor que el Sacrificio una vez sobre la Cruz debiera ser perpetuo y perenne. Se hace perpetuo en la santísima Eucaristía, la cual no es una mera figuración o conmemoración vacía de realidad sino la realidad misma, aunque con diferente apariencia”.

El Padre Joseph Jungmann escribe:

“Cuando Cristo en la cruz exclamó su Consummatum est, pocos eran los que lo advirtieron, menos los que se dieron cuenta que su frase anunciaba un momento decisivo para el género humano, que su muerte abrió las puertas de la vida eterna, a través de las cuales, desde ese momento, todos lo hombres de la tierra podrían pasar. Ahora, este evento sale al encuentro del género humano que tanto lo anhela, a través de la institución de Cristo que lo conserva y guarda celosamente para las generaciones venideras para que puedan ser testigos concientes de este evento incluso en los últimos siglos y en las más remotas naciones, y puedan mirarlo con santo arrebato”.11

Al margen del hecho de que en cada misa Jesús sea el Sumo Sacerdote que ofrece el sacrificio, es ciertamente una obra, algo en que el hombre tiene parte y que contribuye a su salvación. La misa no es solo el Sacrificio de Cristo sino el Sacrificio de la Iglesia. El Sacrificio puede ser ofrecido solo por medio del ministerio de Sus sacerdotes. Este es un aspecto del misterio al que me he referido en el capítulo I, que Cristo requiera a los miembros de Su Cuerpo Místico, que haya querido salvar al género humano con su ayuda. No solo las gracias ganadas por Cristo son aplicadas por medio del esfuerzo de los hombres, sino que no es solo Cristo quien se ofrece en la misa: nosotros también somos requeridos a ofrecernos como víctimas con El.12 “Así como la Iglesia es el cuerpo de esta cabeza”, escribió san Agustín, “a través de El aprende a ofrecerse ella misma”.13 Incluso más, aunque el valor intrínseco de la misa, como el de la Cruz, es infinito, siendo Cristo Sumo Sacerdote y Víctima Sacrificial, su valor se limita en cuanto a los frutos de cualquier misa particular:

“El valor de la misa depende de la mucha o poca santidad del papa reinante, los obispos, y del clero en todo el mundo. Cuanto más santa sea la Iglesia en su miembros (especialmente el papa y el episcopado) más agradable será su Sacrificio a los ojos de Dios… con Cristo y la Iglesia está asociado en tercer lugar el sacerdote celebrante, a través de cuyo representante Cristo ofrece el Sacrificio. Si se trata de un hombre de una gran devoción, santidad, y pureza, se incrementarán los frutos, que lo beneficiarán tanto a él como a aquellos en cuyo favor ofrezca la misa. Por lo tanto a los fieles los guía un buen instinto cuando prefieren que la misa la celebre un sacerdote bueno y santo más que uno indigno…en cuarto lugar deben ser mencionados aquellos tienen parte activa en el Sacrificio de la Misa, como por ejemplo, servidores, sacristán, organista, cantores, y finalmente toda la congregación”.14

No es necesario decir que la aplicación de los frutos de la misa por los vivos por quienes se celebra la misa o que participan son recibidos conforme sus propias disposiciones (ver Apéndice I). “Esta ausencia de disposición no existe entre la almas del purgatorio, y con ellas, por lo tanto, el efecto deseado, sea el alivio a sus sufrimientos, o el acortamiento del tiempo de purgación, debe producirse infaliblemente”.15 La eficacia en este último caso será gobernada por la santidad y el fervor de la Iglesia como un todo, por sus miembros involucrados particularmente en ofrecer esta misa, y según muchos teólogos, también cuenta el grado y fervor de caridad existente en el alma por quien se ofrece la misa.

“Una vez que los líderes Protestantes adoptaron la doctrina de la Justificación por la sola Fe, y pasaran por alto la realidad de la gracia santificante como también la vida sobrenatural del alma, no hubo sino una la pérdida de la creencia en la operatividad y la producción de la gracia de los sacramentos. Evaporándose el concepto de la Presencia Real y la transustanciación, y la Eucaristía tuvo que perder por entero su carácter sacrificial siendo retenida simplemente como un memorial de la última cena por medio del cual el alma es movida a orar y permitir de algún modo estar en comunión y recibir a Jesucristo… Así pues no es una sorpresa que en gran medida, la creencia en la misa se convirtiera en la piedra de toque de la ortodoxia católica, y que en los siglos posteriores en la controversia con el Protestantismo los teólogos Católicos hayan usado toda su fuerza argumentativa y todos sus recursos para su defensa”. (Cursiva del autor).16

No cabe duda en cuanto a que los Reformadores Protestantes se daban cuenta plenamente que era la misa lo que importaba. La enseñanza de que cada misa produce frutos que pueden ser aplicables tanto a los vivos como a los muertos fue, por sobre todo, lo que provocaba la furia de los Reformadores y por eso dirigieron todas sus fuerzas a atacar la misa. Esta era la “buena obra” por excelencia, por cuyo ofrecimiento los hombres en el presente cooperaban con Cristo, y contribuían a su propia salvación cumpliendo con la orden que El dio en la última cena. San Juan Fisher preguntó: “¿Pero que palabra expresa mejor la noción de “operación” y “obra” que Cristo diciendo “Hagan esto…”?.17 La creencia de que la misa constituía un verdadero sacrificio era totalmente incompatible con la doctrina de la justificación de los Reformadores, debiéndola por lo tanto rechazarla.

Michael Davies
(de su libro “El Ordo divino de Cranmer“)

1 “De officiis ministrorum” lib. 1, cap.48 (PL. Vol. XVI, col. 101).

2 ST. III, Q. 65, art. 3.

3 Idem. Q.83, art. 1.

4 Epist. LXIII, n. 17 (PL. vol. IV, col. 388-9).

5 TCC. p. 840.

6 N. del T. en la versión original Michael Davies presenta una traducción al inglés hecha por el P. Fortescue.

7 “The works of st. Thomas More” (edición de 1551), p. 841.

8 D. 355.

9 Idem. 883.

10 TCC. p. 839.

11 J. Jungmann, “The mass of the Roman rite” (Londres, 1959), p. 135.

12 Encíclica “Mediator Dei”.

13 “City of God”, L. X, cap. XX.

14 Phole-Preuss, “The sacraments” (Londres, 1916), vol. II, ps. 388-9. M. de la Taille, “The mistery of the faith”, vol. II (Londres, 1950), tesis XXVI, ps. 233-41. TCC. ps. 914-5.

15 TCC. ps. 915-6.

16 Idem. p. 893.

17 “Opera”, edición de Würzburg, 1597. Citado en ESR, p. 108.

* Porque el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo es hecho presente por el poder de las palabras de la consagración (ex vi verborum) tal como están en el Cielo en este momento, debiendo estar acompañados (concomitari) de todo aquello que está unido a Su verdadero Cuerpo al momento que son pronunciadas las palabras, esto es, Cuerpo, Sangre, Alma, y Divinidad, y todo está presente bajo ambas especies. Esto se conoce como la doctrina de la concomitancia (per concomitantiam). La divinidad de nuestro Señor está unida con Su humanidad en virtud de lo que es conocido como la unión hipostática (la unión permanente de la naturaleza humana con la naturaleza divina de Dios Hijo, esto es, una persona pero dos naturalezas). Dos consecuencias se siguen de la doctrina de la concomitancia, la primera, que las consagraciones por separado del pan y del vino simbolizan la muerte de nuestro Señor, pero no hay una separación real de Su Cuerpo y Sangre en la Misa. La segunda consecuencia práctica es que debido a que Cristo por entero esta verdaderamente y sustancialmente presente bajo ambas especies, así los fieles al comulgar bajo las apariencias de pan verdaderamente reciben a Cristo por entero, no menos que el sacerdote que también bebe del cáliz.