“¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

I. En muchas ocasiones los evangelistas señalan los sentimientos del Corazón de Jesús cuando se encuentra con el sufrimiento en sus diversas formas, ante el que nunca pasa de largo. Ese es el caso del Evangelio de este Domingo XV después de Pentecostés que nos lo presenta cuando se dirige a una pequeña localidad de Galilea, cerca de Nazaret llamada Naín (Lc 7, 11-16).

Cuando se acercaba a la entrada de la población, se encontró con otro grupo numeroso de gente que salían de ella para llevar a enterrar a un difunto, hijo único de una mujer viuda. Movido por la aflicción de esta mujer, toma la iniciativa. Sin temores a la impureza legal por tocar un muerto (cfr. Núm 19, 16), tocó el féretro[1] y dio al joven la orden de «levantarse», de resucitar; con una fórmula («¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!») que refleja la divinidad de Cristo porque poder en nombre propio la resurrección está reservado en el Antiguo Testamento sólo a Dios.

Con su ejemplo, Jesús nos enseña la manera de comportarnos ante el prójimo, en particular en este caso ante el prójimo que sufre. Y lo mismo que el amor a Dios no se reduce a un sentimiento, sino que conduce a obras que lo manifiestan, así también nuestro amor al prójimo debe ser un amor eficaz. Como dice san Juan: «No amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad» (1Jn 3, 18). O como leemos en la Epístola de este Domingo (Gal 5, 25-26; 6,1-10): «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (v. 2), versículo que Mons. Straubinger pone en relación con el precepto de Jesús: «este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12) y con el propio amor de Cristo por nosotros: «¿Y cómo nos amó Él? “Cargará con las iniquidades de ellos… llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores” (Is 53, 11 s.)»[2].

II. Esta caridad, termina San Pablo, ha de extenderse a todos, pero de modo especial a los «hermanos en la fe», con los que formamos una sola familia: «Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe» (v. 10).

La caridad nos lleva a reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro todos los días: en la familia, en el trabajo, en la calle… Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con los que habitualmente tratamos, con quienes Dios ha puesto a nuestro lado, y con aquellos que están más necesitados. Difícilmente podrá ser grata a Dios una compasión por los más lejanos si despreciamos las muchas oportunidades que se presentan cada día de ejercitar la justicia y la caridad con aquellos que pertenecen a la misma familia o trabajan junto a nosotros.

Pero estas obras de amor tienen también un orden preciso en cuanto a su objeto.

1. El orden de la caridad debe llevarnos a desear y procurar principalmente la unión de los demás con Dios, pues en eso está el máximo bien, el definitivo, fuera del cual ningún otro bien parcial tiene sentido. Lo contrario –buscar en primer lugar, para uno mismo o para otros, los bienes materiales– es propio de aquellos cristianos cuya fe poco cuenta en su modo de actuar diario.

El verdadero y principal bien de los demás, sin comparación alguna, es la unión con Dios, que los llevará a la felicidad del Cielo. Esa es la esperanza del hombre que se sabe hijo de Dios y coheredero con Cristo de la vida eterna,

2. Junto a la primacía del bien espiritual sobre cualquier bien material, no debe olvidarse el compromiso que todo cristiano tiene para promover un orden social justo, pues la caridad se refiere también, aunque secundariamente, al bien material de todos los hombres[3].

Los cristianos tenemos el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Hemos de ser ciudadanos que cumplen con exactitud sus deberes para con la sociedad, para con el Estado, para aquellos a quienes prestamos nuestro trabajo… porque hay graves obligaciones morales que afectan a la vida en sociedad y no podemos orientarla prescindiendo de Dios y de la religión, como si el hombre no tuviese un fin superior que cumplir más allá de su paso por la tierra. Al contrario, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2, 4).

*

Pidamos al Corazón Sacratísimo de Jesús y al de su Madre Santa María que estemos siempre atentos a las necesidades de los demás, tanto materiales como espirituales, y hagamos lo que esté en nuestras manos para remediarlas.


[1] Féretro en el sentido de «andas en que se lleva a enterrar a los difuntos» (Diccionario de la RAE). Obviamente no se trataba de un «ataúd» como dicen algunas traducciones pues, según la costumbre judía, llevaban a enterrar sobre unas parihuelas, envuelto el cuerpo en lienzo blanco y la cabeza en un sudario, o en ocasiones descubierta. Cfr. sobre esta perícopa: Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 810-811.

[2] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Gal 6, 2.

[3] Cfr. Francisco FERNÁNDEZ CARVAJAL, Hablar con Dios, vol. III, Madrid: Ediciones Palabra, 1987, 649-655.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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