De la audiencia de Pablo VI, miércoles, 11 de febrero de 1976.

«No pensemos que todo está aquí; no creamos que, a partir de ahora, todo será una fiesta para nosotros. Si queremos empezar de nuevo y promover la civilización del amor, no debemos hacernos ilusiones de poder transformar estos años estrechos, en los taludes del tiempo, en un río de perfecta felicidad. El Señor ahora nos da, sí, la novedad de la Gracia y, por tanto, de su Gloria; pero ya no la Gloria, no la perfecta medida de la esperanza en Él, reservada sólo al último día, a la desembocadura del tiempo, cuando seremos similares a Él, porque Le veremos Tal y Cómo Es. (1Jn. 3,2). Ahora le vemos, como escribe San Pablo, casi como en un espejo, de manera confusa; pero entonces Le veremos cara a cara (1Cor. 13,12).

»¿Por qué nos referimos a esta distancia del tiempo y de visualizar la consecución de la verdadera y perfecta forma de vida cristiana, concedida a nosotros? ¡Oh!, El porqué lo sabéis y esto no debe turbar nuestra seguridad y nuestra alegría anticipada y esperada. El porqué es la Cruz, erigida en el altísimo paso entre la vida presente y la futura. La Cruz no sólo es la parte, sino que constituye el centro del misterio del amor, que hemos escogido como total y verdadero programa de nuestra renovada existencia. “En verdad, en verdad os digo -enseñó Cristo al término de la Última Cena-, vosotros lloraréis y os entristeceréis y el mundo gozará. Estaréis afligidos pero vuestra aflicción se transformará en alegría”(Jn. 16,20) “Él lo había dicho: quién ama su propia vida la perderá y quién desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna” (Jn. 12,25).

»Este recuerdo estable, nos confortará en esta presente y terrenal vida a no temer, sino a ser fuertes; no volubles, sino coherentes; no a anhelar las falaces mercancías del mundo, sino deseosos del Reino de Dios. No deberemos temer, un día, ser parte de una minoría, si somos fieles; no nos ruborizará la impopularidad, si somos coherentes; no haremos caso de ser perdedores, si somos testimonios de la Verdad y de la Libertad de los Hijos de Dios (Cfr. Rom. 8,21).»

[Traducción: Gabriello Sabbatelli. Artículo original]

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