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Del temor de Dios

Punto primero. Considera cómo el temor santo de Dios es don del Espíritu Santo, y uno de los mayores frenos que puede tener el alma para no ofenderle, y espuela para fervorizarse en su servicio, conforme aquello del Eclesiástico: el que teme a Dios, no deja nada por hacer, y en otra parte: el que teme a Dios nada teme y nada le acobarda, por Él es su esperanza (1). Como dice David: el temor de Dios es santo, porque hace santos y permanece por los siglos de los siglos. El principio de la sabiduría y por donde han de empezar todos los que han de servir a Dios; porque el que teme a Dios obrará bien y le irá bien en el fin y remate de la vida. Porque el temor de Dios es gloria y glorificación, alegría y exaltación. Medita todas estas prerrogativas del santo temor de Dios, y enciende tu corazón en vivos deseos de alcanzarle y poseeerle. Pídele a Dios que te dé la gracia para conservarte y mantenerte siempre en él.

Punto II. Considera cómo de las cuatro partes de la semilla se perdieron tres; en que nos enseña Cristo que son tres veces más los que se condenan que los que se salvan; porque son muchos más los dones y gracias divinas que se malograron en los hombres que las que se logran. Considera cuántas mercedes has recibido de Dios, así de voces que te ha dado para la perfección, como de auxilios y gracias para obrar bien. Considera cuántas pocas has logrado, que ni la cuarta, ni la octava, ni la vigésima parte han dado fruto en tu alma, ¿ pues que será de tí en el día del juicio y qué cuenta darás de los tesoros divinos que Dios te ha encomendado? Tiembla de sus juicios y llora tus descuidos y los yerros de la vida pasada y empieza desde ahora a mejorar tu partido, a temer a Dios, y a recuperar lo perdido.

Punto III. Considera el rigor de la justicia de Dios, y que siendo tan misericordioso se compadece con su piedad tener tanto número de almas en el infierno, y condenar la mayor parte de los hombres, y atormentarlos con penas tan rigurosas que no hay entendimiento creado que las pueda comprender. Mira si se compadecerá también con su misericordia de tu condenación si no te ajustares a su santa ley. Pondera cuántos hay en el infierno que no han pecado la mitad que tú y tiembla en la presencia de Dios de tus maldades. Dale gracias por las misericordias que te ha hecho en no lanzarte en los infiernos y empieza desde luego a servirle con fervor y con temor de ofenderle.

Punto IV. Considera el amor que Dios te tiene sobre todo cuánto se puede decir, las mercedes que te ha hecho, y que siempre te hace sin cesar, y la correspondencia que debes a tal Señor. Enciéndase tu corazón en vivos deseos de servirle y amarle intensísimamente, y de este amor brote en tu alma un temor filial de ofenderle, deseando y proponiendo firmisísimamente de morir mil muertes antes que cometer la menor ofensa contra su divina majestad, por ser quien es, por el amor que te tiene, y por los beneficios que recibes de su mano. Ofrécete a sus pies y pídele que engendre este amor y temor filial en ti, como le tienen sus escogidos y que no mirando a tus pecados, te escriba en el número de sus hijos.

Padre Alonso de Andrade, S.J




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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