Oro supplex et acclinis,

cor contritum quasi cinis:

gere curam mei finis.

Lacrimosa dies illa,

qua resurget ex favilla,

Judicandus homo reus.

huic ergo parce, Deus:

Pie Jesu Domine,

Dona eis réquiem. Amen”

Cada vez es más frecuente entre nosotros, los Católicos, que nos dejemos contagiar por costumbres mundanas y que tan poco tienen que ver con nuestra Fe y con lo que nos manda la Iglesia. Estamos en el mes de Noviembre, en el que, especialmente, recordamos a las Benditas Ánimas del Purgatorio. La oración por nuestros difuntos y el recuerdo de su presencia entre nosotros, parece estar llamado a desaparecer.

De un tiempo a esta parte, se ha ido dando paso a las “ceremonias” civiles y hemos arrinconando lo que se nos ha transmitido de generación en generación, olvidando, incluso, lo que nos enseña el Catecismo y la Santa Madre Iglesia.

Nuestro cuerpo, es Templo del Señor” y merece un respeto tanto en vida, como cuando ya somos cadáveres. Cada vez es más habitual la incineración y el esparcimiento de las cenizas de los difuntos por cualquier sitio de nuestra geografía: ríos, mares, montañas…O también, nos puede suceder, que nos encontremos tomando café en la casa de algún conocido y las cenizas del difunto estén al lado del azucarero, “es mamá”.

La Iglesia, permite la cremación y la exhumación, pero sin duda, el Católico, no debe perder de vista el ejemplo de Nuestro Señor: Su cuerpo fue depositado en un sepulcro y allí descansó hasta la resurrección. ¿No nos dice nada a nosotros todo esto? “José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca.”(Mateo, 27).Nuestro cuerpo, no es un escombro del que haya que librarse y dejar tirado por cualquier sitio. He acudido a alguna funeraria, en la que las cenizas de los difuntos han quedado allí, olvidadas, consciente o inconscientemente por parte de la familia y desafortunadamente, no son hechos aislados. Las familias recogen las posesiones, pero del cuerpo, que se ocupe otro.

La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina Cristiana” (Código Derecho Canónico-Canon 1176)

Estamos obligados a enterrar a nuestros difuntos, así nos lo señalan las Obras de Misericordia ¿Cómo podemos tener los restos de una persona en la mesa de un salón, como quien tiene allí un cenicero? Algunos, arrojan las cenizas al mar, porque les parece más romántico, otros las esparcen por el monte…Un despropósito tal, que hasta medio ambiente ha tenido que avisar de la incorrección de todas estas acciones, ya que provocan contaminación.  No hace muchos meses, veía anunciado en el periódico, una empresa que ofrecía distintas opciones para las cenizas del difunto, desde plantar un árbol en el que ponían una placa con el nombre del finado, hasta otras posibilidades más pintorescas. ¿Es que nuestro cuerpo es abono para las plantas? ¡Que pobreza espiritual llegar a estos extremos!…“Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2300)

Y como siempre, hasta en nuestros ambientes parroquiales, nos encontramos con que hay personas que dicen que la Iglesia, no tiene que opinar de esto. ¿De qué debería opinar entonces la Iglesia, sino es de las cosas de Dios? ¿No se debe preocupar una Madre por sus hijos?

Nunca se despreció tanto, el cuerpo y la memoria de nuestros antepasados, como hoy en día. El objetivo es olvidar cuánto antes y “quitarnos el muerto de encima”, nunca mejor dicho.

Desde niña acudo al cementerio, tal y como me lo transmitieron mis padres, para rezar, no solo por mis difuntos, sino por todas las Almas que lo puedan necesitar. Un paseo por el Campo Santo, nos hace ir leyendo los nombres que figuran en las lápidas, e ir uniéndolos a nuestras oraciones, mientras vamos rezando el Santo Rosario. Gente que falleció en otro siglo, personas que ya nadie reza por ellas…Todo un sinfín de posibilidades para un Católico. ¿Cómo podemos plantearnos no darle un sitio digno al cuerpo de nuestros propios familiares? No es raro escuchar que el deseo del finado era ser esparcido ¿Puede alguien querer que su cuerpo no sea tratado con dignidad, cuando se habla tanto, incorrectamente, de “muerte digna”? Hoy en día vemos hasta cementerios para perros en los cuales, se les hace hasta una ceremonia ¿No merecen los Hijos de Dios, más honra que el cadáver de un animal? La dignidad estriba en que nuestro cuerpo, sea tratado con respeto.

Con cuánto celo y amor se enterraron los cuerpos de San Juan Bosco, Teresita de Liseaux, Santa Bernardita, entre otros, y gracias a ello, hoy, son venerados de manera pública por todos nosotros. ¿Qué hubiera pasado si los hubieran arrojado al mar? La sola imagen del cuerpo de estos Santos, nos invitan a luchar por nuestra propia Santidad. En los casos de incorruptibilidad de sus cuerpos, queda demostrado, contra toda ciencia, que no son propiedad nuestra, sino de Dios y por Él, debemos darles la Gloria que merecen.

Muchas almas difuntas se sentían aliviadas al ver gente orante en los cementerios. Aunque sus oraciones no estaban dirigidas a ellos” (Visiones de la Beata Ana Catalina Emmerich)

Sonia Vázquez