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  1. Si el infierno fuese mentira, también sería mentira el cielo y Dios también sería una mentira. Pero Dios existe y existe el Cielo y el infierno.  Nadie sabe lo terrible que es el infierno, sino sólo Dios. Porque para captar lo terrible que es el infierno se necesita ver al ser humano con una  Sabiduría y un Amor infinitos. Como sólo el vidente comprende lo que se pierde el ciego de nacimiento, y sólo el genial músico entiende lo que se pierde el sordo; así, sólo Dios sabe lo que significa para el hombre negarse a vivir en la Eterna Felicidad del Amor Misericordioso que Él le ofrece.  Para que tú no llegues jamás al infierno, por el infinito Amor que Él te tiene, Dios ha tramado toda la Redención. Todo por ti. No para la “humanidad”. Dicen que Dios no sabe contar sino hasta uno. Si fueses el único hombre de la historia, si sólo tú y tú solo, fueras la humanidad, igual Dios haría todo lo que ha hecho para salvarte.
  1. Tú nunca dejarás de existir. Dios es eterno; porque no tuvo principio ni tendrá fin. Tú no eres eterno, pero posees un alma inmortal. Como persona, tuviste un comienzo, pero no tendrás un final. Hoy existes en el tiempo. Un día, dejarás este mundo para seguir existiendo en el más allá. Nunca dejarás de existir. Estás en el tiempo para elegir tu eternidad. Tú no has elegido muchas cosas importantes de esta vida. Lo más importante de esta vida no lo has elegido: no has elegido a tus padres, a tus hijos, a tus hermanos, tu país. Ni la existencia en este mundo, la has elegido: se te dio la vida sin pedirte opinión. No es una decisión; es un hecho: Existes.  No has elegido lo más importante de esta vida; pero sí eliges tu eternidad. Dios te da la vida en el tiempo con un único fin: para que elijas la de la eternidad…
  2. Vienes de la eternidad como un sueño, una idea, un proyecto de Dios que se hace realidad (“con amor eterno te amé” Jer 31:3); pasas por el tiempo, como una pelota de ping-pong toca la mesa y se va (“Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó”, Salmo 89); vives los años necesarios para ejercer tu libertad ante la predilección de Dios por ti; y vuelves a la eternidad habiéndole dicho a Dios sí, yo también te elijo a Ti; o no. Este es el resumen de toda tu vida. “Te He amado antes del tiempo, te he amado en el tiempo, y te amaré más allá del tiempo” (Alfonso Gálvez, Acerca de la Oración). Eres como un pececillo sumergido en el océano; pero con libertad para permanecer en él o salirte y morir: fuera del Océano infinito del Amor divino está sólo la nada eterna del infierno. Al llamarte a la vida como persona humana (humana, pero persona), Dios se pone a tu mismo nivel, depende de ti, corre el riesgo real de que le digas: “¡No quiero nada contigo; entre Tú y yo, me quedo conmigo a solas!” Y Dios respeta tu actitud.
  1. Tú eres tan importante para Dios y para Dios es tan importante que te salves y no te pierdas en la condenación eterna del infierno, que ha enviado a Su mismo Hijo para salvarte del infierno. El Hijo de Dios hecho hombre, ha nacido, ha vivido, ha predicado, ha padecido y ha muerto por ti para que no te termines yéndote al infierno.  Fundó la Iglesia católica por ti, para que no te vayas al infierno. Instituyó los Sacramentos por ti, para que no termines en el infierno.  Te ha dado a Su propia Madre para que tú no te vayas al infierno. Su Madre y tu Madre son la misma, la Virgen. Imagínate lo terrible que será el infierno que, incluso Dios ha instituido la Eucaristía, se ha hecho Pan para entrar y vivir en ti. La Eucaristía es el detalle más expresivo del deseo que Dios tiene de que te vayas al Cielo y nunca llegues al infierno. ¡Cuánto te amará Dios y que terrible será la separación eterna de Él (el infierno)  como para que Dios haya hecho la “locura” de dejarse comer por ti para vivir en comunión contigo y nunca pises el infierno!
  1. Dios permitió que Judas hiciera lo que hizo, le pasará lo que le pasó y terminara como terminó para que tú no te condenaras.  Judas no tuvo a Judas. Tú sí tienes a Judas. Judas se ha ido al infierno para que tú no te vayas al infierno. Judas te dice: “Mira lo que me pasó a mí por haber despreciado la Amistad de Jesús por 30 monedas de plata. Pero, como sabes, me quedé sin Jesús y sin mis 30 monedas: Fui y me colgué. Tú, en cierto sentido,  eres más culpable que yo, porque yo no tuve la visión de los hechos que tú tienes: yo no tuve la experiencia de Judas para aprender. En cambio, tú si tienes mi experiencia. Aprende. No seas como yo. No le vendas a Jesucristo por 30 monedas. Yo le vendí una sola vez: tú, cada vez que cometes un pecado mortal, vendes a Jesús, renuncias a Jesús, desprecias a Jesús, por tus 30 monedas. No te lo digo en broma. La cosa va en serio”.
  1. Puedes vivir, ya ahora, en el Cielo. Te repito: tú no eliges muchas cosas importantísimas de esta vida en el tiempo; pero sí eliges tu destino eterno. Si tú vives con el Cielo en tu corazón, si siendo consecuente con tus Comuniones, vives una vida limpia, jamás irás al infierno. Pero si tú comulgas y vuelves a expulsar a Dios de tu alma por tus pecados mortales, eres un demente: por mucho que comulgues, si tú no respetas a Dios que mora en ti, y vuelves a expulsarlo, una y otra vez, para vivir de nuevo con en comunión con el Demonio y con el infierno en tu alma… Si vives en pecado mortal, has comenzado ya tu infierno en la tierra. Si vives en gracia de Dios, has comenzado tu Cielo en la tierra;  luchando siempre por vivir en sintonía con Dios, a través de la bondad de las virtudes. El viaje hacia la bondad es siempre un viaje hacia la paz y la felicidad: un viaje en el tiempo hacia la Eternidad feliz.
  1. El infierno es terrible: lo peor del infierno es la eterna ausencia de Dios, la soledad absoluta. La causa de la soledad es el rechazo del Amor. Es el anti-amor, el odio contra Dios, contra los salvados, contra los otros condenados y contra uno mismo. Es el desamor que se inicia en el tiempo y se eterniza después de la muerte. El desgarramiento total. Así como el Cielo es eterno; el infierno también. En el infierno no hay ningún consuelo. Ni siquiera el consuelo de verte acompañado por otros condenados, como los presos del mismo presidio. No. Cada condenado es un mundo cerrado en sí mismo. El infierno es la consumación en ti de todos los sufrimientos imaginables, en tu alma y en tu cuerpo; pero sin el consuelo de que algún día terminarán. El infierno es la opción eterna en contra de Dios, en contra de tu Felicidad. Es la autoexclusión de la Felicidad del Cielo. Estarás y te sentirás eternamente solo, solo… Fuiste creado para buscar y encontrar a Dios en esta vida; pero te buscaste a ti mismo, te encontraste contigo mismo. Te odiarás, te aborrecerás, te maldecirás, pero no te arrepentirás; ya no podrás arrepentirte, ni querrás arrepentirte, ni sabrás cómo arrepentirte. Piénsalo.
  1. El demonio es malvado. No cesa de difundir hoy por todas partes la convicción de que podemos vivir pecando y rechazando a Dios y que al final uno puede arrepentirse. San Alfonso María de Ligorio decía: “Ten miedo cuando el demonio te ofrezca la Misericordia divina. Es una trampa”. Jesús no dijo que todos se salvarían. No. Todo lo contrario: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; sólo entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo. Aquel día muchos me dirán: ¡Señor, Señor! Hemos hablado en tu nombre, y en tu nombre hemos expulsado demonios y realizado muchos milagros.  Entonces yo les diré claramente: Nunca les conocí. ¡Aléjense de mí, ustedes que hacen el mal!” (Mt 7)
  1. Santa Teresa de Jesús cuenta que vio su nombre en el infierno. Los grandes santos se creen grandes pecadores, y por ello son santos. Los grandes pecadores se creen santos, y por eso son grandes pecadores. Es posible que tú no seas ni siquiera un gran pecador. Muy posiblemente eres un pequeño pecador; pero si vives en pecado mortal, sin ser un gran pecador, te irás a infierno. El que estudia medicina, lógicamente, terminará siendo médico. No es posible vivir en pecado mortal con el infierno en tu corazón y en comunión con el demonio y pretender ir al Cielo. La gente cree que todo se arregla cuando uno va a morir: llamar al sacerdote, confesarse y ¡zas!, irse al Pero el problema es que Dios ha visto necesario no avisarnos el día de nuestra muerte porque Dios no quiere nuestra muerte, sino nuestra vida.  Si no fuera así, Dios estaría jugando con el hombre: hace todo lo que hace para que no nos vayamos al infierno, y  al final, resulta que, todo era un cuento: igual todos se salvan, como dicen hoy los Teólogos de la Misericordia (de la “miseria gorda”, mejor)
  1. Vive en gracia de Dios. Vive en Amistad con Dios. Vive Feliz. No vivas, ni duermas en pecado mortal. Acuéstate todos los días y duerme con Dios. No duermas con el diablo. No basta con confesarte y comulgar. Es absolutamente necesario vivir en gracia, en paz y amistad con Dios. Para terminar, te copio algunos párrafos escritos hace mucho, por un fraile, que pido a Dios esté en el Cielo:

Yo ¿para qué nací? Para salvarme. Que tengo de morir es infalible. Dejar de ver a Dios y condenarme,  triste cosa será, pero posible.  ¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme? ¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible? ¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto? Loco debo de ser, pues no soy santo.  Yo ¿cómo vine al mundo? Condenado;  Dios ¿cómo me libró? Dando su vida; Yo ¿cómo la perdí? Por un bocado, Que fue del mundo todo el homicida. Dios ¿qué me pide a mí? Lo que me ha dado; Yo ¿qué le pido a él? La eterna vida; Dios ¿para qué murió? Para librarme: Yo ¿para qué nací? Para salvarme. Pues ¿cómo de la enmienda y penitencia tan descuidado vivo en esta vida? ¿Cómo no limpio y curo la conciencia antes que llegue el fin desta partida?  Porque si llega, y falta diligencia, el dar en el infierno una caída, hasta el centro profundo más horrible, triste cosa será, pero posible… ¿Posible? Loco debo ser si no soy santo… (Fray Pedro de los Reyes (S. XVI))

Padre Pedro Monteclaro