La gran cuestión es: ¿qué debemos hacer ante la crisis espantosa que está asolando la Iglesia? Nos ha tocado vivir una profunda crisis doctrinal, litúrgica y moral. Y nos ha tocado a nosotros en este momento de la Historia de la Salvación. Cuando Dios lo ha querido así, por algo será. Demos gracias a Nuestro Señor, que desde toda la eternidad nos ha querido dar la vida aquí y ahora.

La semana pasada me encontré con una crisis en la clase de 4º de ESO. Veía caras de enfado y se me ocurrió preguntarles qué les pasaba. Y los chicos empezaron a hablar y a echar pestes los unos contra los otros. La clase estaba profundamente dividida. Y empezaron las descalificaciones, las discusiones, los enfrentamientos entre unos y otros. Se notaba el humo de Satanás dentro de aquella clase: se respiraba una atmósfera casi irrespirable. Así que interrumpí las discusiones y la clase. Salí del aula y les pedí que me siguieran. Y me los llevé a todos a la capilla. Venían todos detrás de mí. Yo me puse de rodillas delante del Sagrario mientras ellos se sentaban en silencio en las sillas. Me postré ante el Señor y pedí por todos y cada uno de ellos sin decir palabra. No se oía una mosca. Yo no los veía, pero se escuchaba esa soledad sonora en la que el Señor se hace presente. Cuando terminé de rezar, me levanté y empecé a darles un abrazo a cada uno de ellos. Les abracé de corazón y les dije uno por uno que los quería. No era postureo. No había falsedad. Era amor de verdad. Y ellos saben que es verdad. El amor no se puede fingir. Y el amor se expresó en lágrimas. Muchos acabaron llorando. Y yo también. Porque las lágrimas son un don de Dios, son un desbordamiento de amor expresado de forma fisiológica. El corazón se llena tanto del amor de Dios que las lágrimas brotan como si el corazón humano – tan pequeño – no fuera capaz de embalsar tanta Caridad, tanto Dios. Y como un pantano tiene que abrir sus compuertas cuando se colma de agua, así las lágrimas brotan cuando el corazón no puede con tanto amor de Dios. Se notaba que el Espíritu del Señor revoloteaba en aquella capilla. A fin de cuentas, mi misión como profesor y como director del colegio no es otra que llevar a todas las almas a Cristo…

Pero hay ojos que pueden ver y no ven y hay oídos que pueden oír pero no entienden nada. Al día siguiente tenía clase con 4º a primera hora de la mañana. Lo normal es comenzar el día con la oración. Pero ese día empecé dando clase como si nada. Esperé al final de la clase para hacer la oración. El evangelio del día nos presentaba a Jesús recordándonos que Él no había venido a abolir los mandamientos, sino a llevarlos a plenitud. Así que les recordé que esos mandamientos se resumen en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo:

“Eso mismo traté de explicaros ayer en la capilla, pero sin palabras; de manera práctica. Yo me arrodillé ante el Señor, que es la fuente del Amor verdadero, para luego levantarme y abrazaros a cada uno de vosotros. En eso se resume la vida cristiana: en arrodillarse ante Dios para inmediatamente después, levantarse y amar a cuantos nos rodean. No podemos amar de verdad a los demás, si antes no nos arrodillamos ante Quien es el Amor. Un amor tan grande que derramó su sangre y murió por cada uno de nosotros”.

Solo faltaba un paso: que igual que yo les había abrazado y les había dicho que les quería (de corazón), ellos deberían abrazarse los unos a los otros. Porque lo único que importa es el Amor: no los actos de graduación ni los viajes de fin de curso ni chorradas por el estilo. El amor es lo que nos hace felices y es lo único de lo que se van a acordar esos niños dentro de unos años. Probablemente, la visita a la capilla de la semana pasada quedará en la memoria del corazón de esos chicos más que la gramática o la Generación del 27. El caso es que la clase terminó, yo me fui y los chicos acabaron dándose un abrazo los unos a los otros.

El lunes que viene les diré a mis niños que lo que les falta es confesarse. La cuaresma es tiempo de gracia y de conversión, propicio para pedir perdón al Señor; para abandonar el pecado y vivir en gracia. Porque sin la gracia es imposible soportar al que no soporto y librarme de la esclavitud del egoísmo y de todos los pecados que nos alejan de Dios y convierten nuestra vida en un infierno.

¿A qué viene contar esto? Pues viene a cuento de la actual crisis de la Iglesia. La Iglesia está sufriendo probablemente la mayor crisis de su historia; está dividida porque el humo de Satanás ha entrado en ella y hoy el aire resulta asfixiante, irrespirable. ¿Y qué podemos hacer los laicos? ¿Qué debemos hacer?Estas preguntas se las hicieron ayer en Sevilla al profesor Roberto de Mattei, que impartió una magnífica conferencia sobre la crisis de la Iglesia Católica; conferencia auspiciada por el portal Adelante la fe, que supongo que pronto subirá a su plataforma el video (no se lo pierdan).

De Mattei nos dijo que cada uno debe hacer lo que pueda, según su estado y sus posibilidades. No puede hacer lo mismo un cardenal que un simple bautizado. Pero todos podemos y debemos hacer algo.

¿Pero qué?

Todos podemos ser santos por la gracia de Dios. Todos estamos llamados a la santidad. Eso es lo que debemos hacer: implorar a Dios que nos cambie el corazón y nos trasplante el suyo. Debemos convertirnos, debemos vivir en gracia de Dios. No somos nosotros los que vamos a solucionar los problemas de la Iglesia. No somos nosotros los que vamos a quitar el pecado del mundo. No somos nosotros los que vamos a solucionar los problemas y las divisiones de la Iglesia, que es Santa, pero también pecadora. Y el pecado no lo vamos a quitar nosotros. El pecado del mundo solo lo quita Cristo, que es el Cordero de Dios. “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros y escucha nuestras súplicas”. Cristo es el único Redentor. Él es nuestro Salvador. No hay otro. El humo de Satanás que ha entrado en la Iglesia solo podrá ser disipado por una intervención sobrenatural de Dios. Nosotros podemos y debemos pedir al Señor que nos haga tan santos como Él quiera que lo seamos. Nosotros debemos convertirnos y vivir en gracia de Dios. Debemos llamar a todos a la conversión verdadera. Y eso pasa por arrodillarse ante Cristo Eucaristía; llorar por nuestros pecados y pedirle humildemente perdón, arrodillados en el confesionario; comulgar para que la Sangre de Cristo corra por nuestras venas y nos cristifique. Y luego amar a todos siempre: también a quienes nos aborrecen; también a los herejes y apóstatas; también a los traidores y a los judas. Porque la Verdad y la Caridad son las dos caras de la misma moneda: Dios es la Verdad y Dios es Amor. Lo uno no se entiende sin lo otros. Que Dios nos permita ser fieles a la Verdad desde su Corazón. El Corazón de Cristo reinará en España y en el mundo. Él es el Rey de la Gloria. Él vive y reina por los siglos de los siglos. Él lo puede todo.

No caigamos en la herejía pelagiana creyendo que nosotros vamos a poder solucionar los males de este mundo o la crisis atroz de la Iglesia. Sólo Cristo puede. No es cuestión de hacer cosas, sino de dejarse hacer por Dios para ponernos, como simples criados, a servir y a amar de corazón a nuestro prójimo: empezando por nuestra familia, por nuestros compañeros de trabajo, por quienes conviven con nosotros cada día: en mi caso, a mis profesores, a mis alumnos, a las familias que traen a los niños al colegio.

¿Que no tenemos fe? Pidámosela al Señor. ¿Que vivimos en pecado mortal? Confesémonos y cambiemos de vida. ¿Que no rezamos lo suficiente? Recemos más. ¿Que no amamos lo suficiente? Dejémonos empapar por el Amor de Dios para que podamos amar a todos siempre.

El cardenal Sarah, que también estaba ayer en Sevilla y con quien tuve la gracia de rezar ante la Esperanza Macarena, nos resumía la vida cristiana con tres palabras: Cruz, Hostia y Virgen. Esas son las tres claves, los tres pilares de la santidad, a la que todos estamos llamados por Dios.

Cruz

La Cruz de Cristo es nuestra victoria. Escribía Alonso Gracián en su último artículo que “ser cristiano es participar con Cristo Crucificado, por el estado de gracia, del castigo universal”. Nuestro sufrimiento, ofrecido al Señor en estado de gracia, completa los sufrimientos de Cristo en la cruz: es redentor. Nuestra cruz también es expiatoria y reparadora, si se le ofrece al Señor en estado de gracia. Es el castigo que asumimos por nuestros pecados. “El castigo es esperanza de redención para el castigado”. “Las penas colectivas, sufridas por los justos, son sacrificios expiatorios que participan del único sacrificio expiatorio, el de Cristo Crucificado”. No reneguemos ni huyamos de la Cruz. Abracémonos a ella y ofrezcamos al Señor nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestras enfermedades, en reparación por las ofensas que sufre su Sagrado Corazón.

Así contaba la hermana Lucía lo que la Virgen María les dijo a los pastorcillos de Fátima:

“Las palabras que la Santísima Virgen nos dijo en este día, y que acordamos no revelar nunca, fueron (después de decirnos que iríamos al cielo):

– ¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

– Sí, queremos – fue nuestra respuesta.

– Tendréis, pues, que sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.”

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, nos explica del misterio y el valor salvífico de la Cruz:

Ahora me alegro de poder sufrir por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia… el misterio que estuvo oculto desde toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos. A ellos les ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo entre ustedes.”

Alegrémonos de sufrir por la Iglesia con el Apóstol San Pablo.

Hostia

La Santa Misa es el sacrificio de Cristo en la Cruz. Así lo enseña el Catecismo:

1365 Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros” y “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros” (Lc 22,19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la cruz, y la sangre misma que “derramó por muchos […] para remisión de los pecados” (Mt 26,28).

1366 La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto:

«(Cristo), nuestro Dios y Señor […] se ofreció a Dios Padre […] una vez por todas, muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos (los hombres) la redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, “la noche en que fue entregado” (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (como lo reclama la naturaleza humana) […] donde se representara el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuara hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se aplicara a la remisión de los pecados que cometemos cada día (Concilio de Trento: DS 1740).

1367 El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “La víctima es una y  la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer” (Concilio de Trento: DS 1743). “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibíd).

1368 La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

La comunión eucarística es la unión íntima del alma con Dios: es la experiencia mística por excelencia; la anión física de Cristo con nuestras almas. Sólo uniéndonos a Él íntimamente podremos vivir cumpliendo sus mandamientos: amando a todos, incluso a nuestros enemigos, incluso a quienes nos traicionan y nos injurian y nos desprecian. Nada podemos sin Él. Nada. Y Él está realmente presente en la Hostia Santa:

1373 “Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas”(SC 7).

1374 El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 73, a. 3). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (MF 39).

Así que si queremos encontrarnos y unirnos a Cristo, ya sabemos dónde lo podemos encontrar de manera substancial: en la Hostia Santa, consagrada en cada Eucaristía. Comulgar en estado de gracia es la mejor manera de crecer en santidad.

Virgen

Y por último, María. Vivamos unidos a María.

Catecismo:

2679 María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza.

San Luis María Grignion de Montfort escribía en La verdadera devoción:

“Una de las razones por que tan pocas almas llegan a la plenitud de la edad en Jesucristo es porque María, que ahora como siempre es la Madre de Jesucristo y la Esposa fecunda del Espíritu Santo, no está bastante formada es sus corazones. Quien desea tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol de la vida, que es María. Quien desea tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener a su Esposa, fiel e indisoluble, la divina María… Persuadíos, pues, que cuanto más miréis a María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y sufrimientos, si no de una manera clara y distinta, al menos con mirada general e imperceptible, más perfectamente encontraréis a Jesucristo, que está siempre con María, grande y poderoso, activo e incomprensible, y más que en el cielo y en cualquier otra criatura del universo”.

Necesitamos santificarnos por medio de María, porque solo María ha hallado gracia delante de Dios, tanto para sí como para todos y cada uno de los hombres en particular. Porque María es Madre de Gracia y Dios la ha escogido como dispensadora de todas las gracias. Porque para tener a Dios por Padre, es necesario tener a María por Madre.

Escribe el P. Royo Marín[1]: “Para entrar en los plantes de Dios es, pues, necesario tener una devoción entrañable a María. Ella nos conducirá a Jesús y trazará en nuestras almas los rasgos de nuestra configuración con Él, que constituye la esencia misma de nuestra santidad y perfección. María es el camino más fácil, más breve, más perfecto y más seguro para unirnos con Nuestro Señor.

Todos podemos rezar el Santo Rosario, que es la devoción mariana por excelencia, que es prenda y garantía de las más fecundas bendiciones divinas. Al Rosario ha vinculado la Virgen – en Lourdes y en Fátima – la salvación del mundo. Hoy, más que nunca, recemos el Rosario para que, por intercesión de María, Nuestro Señor intervenga para salvar a su Iglesia, como nos ha prometido. Ella es la Reina de nuestra Esperanza y aplasta la cabeza de la Serpiente.

Unámonos a San Maximiliano Kolbe en su consagración al Inmaculado Corazón de María:

“Oh, Inmaculada, reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios confió la economía de la misericordia. Yo, Pedro, pecador indigno, me postro ante ti, suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y posesión tuya. A ti, oh, Madre, ofrezco todas las dificultades de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad. Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva, para cumplir lo que de ti ha sido dicho: ‘Ella te aplastará la cabeza’(Gen 3:15), y también: ‘Tú has derrotado todas las herejías en el mundo’. Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo, aumente en cuanto sea posible el bienaventurado Reino del Sagrado Corazón de Jesús. Donde tú entras, oh, Inmaculada, obtienes la gracia de la conversión y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros, nos llega a través de tus manos”.

¿Qué podemos y qué debemos hacer ante la actual crisis de la Iglesia? Abrazar la Cruz, unidos a Cristo, realmente presente en la Hostia Santa, amando a la Santísima Virgen María. Lo que podemos y debemos hacer es pedir con humildad al Señor que nos haga santos para que podamos amar como Él nos ama. Lo demás dejémoslo en sus manos. No somos nosotros los que vamos a salvar al mundo ni a la Iglesia: solo Él puede y solo Él lo hará, como nos lo ha prometido: las puertas del Infierno no prevalecerán sobre la Iglesia. El humo de Satanás se disipará por la gracia de Dios. Arrodillémonos ante el Señor y amemos con esa caridad sobrenatural que solo Él nos puede dar con su gracia.

 

Pedro L. Llera, infocatolica.com – 3 marzo 2019

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