Por “nueva teología” puede entenderse la corriente teológica que une la disidencia ante el magisterio católico con una pretendida fidelidad al llamado “espíritu” conciliar que no deriva tanto de la letra de los documentos del Vaticano II como sí del significado auténtico de los mismos que, según esta corriente, interpretan adecuadamente los teólogos por encima y/o en contra de la hermenéutica oficial de la Iglesia. Esta nueva teología no está articulada en una organización estructuralmente visible sino que sutilmente se extiende a través de intelectuales de peso cuyas ideas encuentran eco favorable en medios de información afines al laicismo político. La cuestión es percibir cómo esta nueva teología ha causado y sigue causando una sensible desorientación entre los fieles que en muchas ocasiones quedan perplejos ante el contraste fuerte que se da entre los documentos magisteriales y las enseñanzas que reciben a través de congregaciones religiosas, institutos laicos u otros agentes de pastoral diocesana o regular. Pero, ¿qué pretende esta nueva teología?
    La nueva teología tiene, en principio, la sana actitud de revisar la expresión de la fe a la mentalidad de la persona de hoy. Desde ahí, toda la fe ha de ser reformulada para abrirse a la exigencia histórica del momento presente. No se trata solo de adecuar el lenguaje religioso para que sea comprensible (lo cual es no solo deseable sino que constituye una exigencia del Vaticano II para superar el abismo cultural mencionado por el beato Juan XXIII), sino (y aquí está el error) de reinterpretar la misma fe en sus contenidos dogmáticos, con lo que se rompe el nexo de unión con la verdad objetiva que es independiente de la conciencia humana y de la misma historia. En consecuencia, la persona humana se reduce al ámbito del sentir, y la fe rompe su relación con el ser para adaptarse al sentimiento y/o la actuación. La fe pierde así su esencia y se vuelve variable según los llamados “signos de los tiempos”. Es la ruptura ontológica de la fe.
    Esta corriente pretende un “nuevo cristianismo” no basado en un conjunto de verdades eternas (que emanan de Cristo) sino en una compleja adecuación histórica a los distintos pueblos y culturas. Entonces se obvia el sentido real y no provisional de la revelación divina. A partir de aquí (y tenemos el segundo error) hablar o predicar sobre Dios se reduce a hablar y predicar sobre el hombre, de forma que no pocas voces teológicas identifican la categoría de pecado con la ofensa a la humanidad y no con la ofensa a Dios que, según esas voces, es inviable; y se llega al punto de enseñar que “es una soberbia creer que desde la finitud humana se puede ofender a Dios infinito”. Es la ruptura teocéntrica de la fe.
    Unido a lo anterior, se catequiza sobre Jesucristo desde la diferencia entre “Jesús Histórico” (para acercar a los no creyentes o alejados de la fe) y el “Cristo de la fe” (para afirmar a los creyentes o cercanos a la fe), de forma que el punto inicial será siempre el Jesús “histórico” en diálogo con la posmodernidad y sus “valores” desde una teología horizontal y solo humanista que reduce a Cristo a la categoría de un personaje más de la historia, al nivel de revolucionario o libertador social. Es la ruptura cristológica de la fe.
    Esta postura teológica, en gran medida tras la caída del muro de Berlín, busca bases sociológicas en una acomplejada afinidad con ideologías superadas por la misma historia como el caso del marxismo. En algunos foros teológicos autodefinidos de “aperturistas” se sigue usando un lenguaje obsoleto y demagógico que ni los socialistas de hoy utilizan. Y ello es una muestra del complejo de inferioridad de un sector de la teología paradójicamente “progresista” y a la vez nostálgica del periodo inmediatamente posterior a la clausura del Vaticano II. Es la ruptura identitaria de la fe.
    Desde las ideas mencionadas, se lanza el objetivo de “democratizar” la Iglesia y criticar a un Magisterio que no sabe adaptarse a la realidad del hoy en el siglo XXI. Se insta a tomar una postura rebelde y a la vez “madura intelectualmente” como la que tomó hace siglos el mismo Lutero en su empeño de poner al mismo nivel de jerarquía tanto el magisterio como el teólogo individual. De aquí nacen expresiones que actualmente ya nos son muy familiares: “soy católico a mi manera” ó “soy disidente con el magisterio porque se pensar por mi mismo” ó “no admito mediaciones entre mi conciencia y Dios”. Es la ruptura eclesial de la fe.
     Pío XII en su encíclica “HUMANI GENERIS” dice que “el Divino Redentor no ha confiando la interpretación auténtica del depósito de la fe a cada fiel en particular, ni siquiera a los teólogos, sino solamente al Magisterio de la Iglesia”. En esa misma encíclica expresa que “El Sagrado Magisterio ha de ser, para cualquier teólogo, en materia de fe y costumbres, la norma próxima y universal de la verdad”. Y en la Constitución“DEI VERBUM” del Vaticano II, en su número 10 leemos: “El oficio de interpretar auténticamente la Palabrade Dios ha sido encomendado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, que lo ejercita en nombre de Jesucristo”. Estas tres citas del Magisterio son de por si bastante clarificadoras

    Una prudente y a la vez concreta reflexión sobre estas cinco rupturas de la fe (ontológica, teocéntrica, cristológica,  identitaria y eclesial), podrían servir para conocer las causas de muchos de los errores teológicos actuales, y reducir progresivamente los efectos de deformación y desorientación en los fieles de la Iglesia de Cristo. 
Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".