“En el P. Alberto se desposaron la lucidez y el coraje, haciendo de él un auténtico militante de la Iglesia y de la Patria”.

R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

En la noche del 26 de mayo de 1993  rendía su alma al Señor de las Batallas nuestro querido P. Alberto Ignacio Ezcurra.

A 22 años de su partida a la Patria Celestial no queremos ni podemos permitir que su antorcha se apague. Queremos vivir nuestra vocación de católicos y argentinos. Por eso este sencillo pero devoto homenaje.

Y si se tratase de definirlo con pocas palabras tendríamos que decir que fue un cabal sacerdote de Cristo, puesto que fue un hombre de la palabra y un hombre de los sacramentos.

Entendía a la palabra como la expresión del interior del hombre y de la verdad de Dios. Fiel a su ministerio anunció una palabra que no le pertenecía. Anunció la palabra del Evangelio, la palabra de Dios. Sabía muy bien con San Pablo que “Cuando anunciamos el Evangelio no anunciamos algo humano, anunciamos la palabra de Dios”. Él recibió esa palabra y con una caridad exquisita la transmitió como luz para iluminar el camino de los hombres. En la homilía de la primera Misa del P. Jorge Hetze nos dejó una bellísima comparación.  Refiriéndose al Sacerdote dijo: “La luna llena alumbra en la oscuridad de la noche con una luz que no le pertenece. No es la luz de la luna, es la luz del sol que se refleja en la luna y que alumbra a los hombres. Así tiene que ser el sacerdote cuando es fiel al ministerio de la palabra: iluminar a los hombres con una luz que no es la de su propio gusto, ganas, ideas o modas, sino que es la luz de Cristo que tiene que reflejarse en su alma, en su corazón, en su inteligencia y en su palabra”[1].

También hombre de los sacramentos fue el P. Alberto; porque si bien es importantísima la palabra, esta no basta. No sirve de nada conocer el Evangelio si después no se vive de acuerdo con esa palabra que ilumina la inteligencia. Y su vida estuvo movida bajo esa luz por el fuego de la caridad.

Por vocación y por mandato de Cristo comunicó a los hombres no sólo la luz de la verdad con su palabra, sino también la Gracia de Dios con los sacramentos.

Hombre de la palabra, hombre de los sacramentos.

Forjador de sacerdotes. La Providencia hizo que dedicara la mayor parte de su vida  -desde su ordenación sacerdotal-  a la formación de nuevos sacerdotes. Primero en Paraná y finalmente en San Rafael. Muchos sacerdotes nos han referido del celo del P. Alberto por la formación, de su manera de enseñar y, sobre todo, de cómo “le sacaban el jugo” al querido Padre. Su cuarto fue para los seminaristas un verdadero crisol. Era maestro en todo tiempo y lugar.

La actividad que ejercía en el Seminario era alternada con predicaciones de Santos Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio de Loyola, conferencias y misiones populares. Llegaba a todos con su gran oratoria, iluminando las inteligencias. Particularmente, y aquí quiero hacer una digresión, a mí “me movió el piso” con su plática sobre la confesión. Seguramente es a dos sacerdotes a quienes les debo mi conversión, sin que por ello les quepa alguna culpa en el resultado. Uno fue el R.P. Atilio Fortini, S.J. y el otro fue el P. Alberto Ignacio Ezcurra.

Dice el P. Miguel Ángel López, en el prólogo al libro Tú Reinarás,  que “Su apariencia sencilla, tímida, ocultaba su riqueza interior que dejaba caer y volcaba en quien lo escuchaba y acudía a él en busca de consejo, de consuelo, de fortaleza y del perdón de Dios. Todo esto custodiado por una gran reserva y paciencia”[2]. Quien lea esto y lo haya conocido y conozca algo de nuestro Beato José Gabriel del Rosario Brochero concluirá con razón de justicia que la de Ezcurra fue una genuina figura brocheriana.

No podemos dejar de destacar, aunque sea obvio, su devoción filial a la Santísima Virgen María. Estando en la Cruz, Nuestro Señor nos dio a su Madre en la persona de San Juan; y el discípulo amado la recibió en su casa. Análogamente el P. Alberto recibió a la Virgen en su corazón.

Alma mariana por excelencia. Transmitía y contagiaba el amor a la Madre de Dios. ¡Y esto sólo lo logra un alma santa! ¡Cuántos somos los que le debemos también esto!

Otro rasgo sobresaliente de su personalidad fue, sin duda, su amor por la patria. Su patriotismo fue virtud fundada en el Cuarto Mandamiento. Su amor fue afectivo y efectivo. En aquella joya de la cultura católica argentina que fuera la Revista Mikael, lo explica magistralmente: “El amor afectivo de la patria es concreto e inmediato. Se despierta ante la belleza de sus paisajes, en la nostalgia del terruño, en el saludo a la bandera, palpita en las costumbres tradicionales, vuela en las notas musicales que cantan con el corazón de un pueblo. Puede, sobre todo en los momentos de exaltación colectiva, mover y conducir al amor efectivo pero, como tantos sentimientos del corazón humano, veleta movida por todos los vientos, puede ser tan sólo explosión de fervor pasajero y disolverse ante las exigencias de sacrificio y de peligro.

El amor efectivo es más abstracto y difícil. Exige la reflexión de la inteligencia, el juicio prudencial acerca de cuál es el bien de la patria y cuáles los deberes que este bien pide de mí en estas circunstancias concretas. Sólo una convicción firme y poderosa puede penetrar con esta racionalidad la afectividad sensible, canalizar y estabilizar la pasión hasta instaurar el patriotismo como virtud arraigada e inamovible”[3].

La prédica del patriotismo fue permanente en su ministerio. ¡Cómo olvidar los sermones en las Misas por la Patria! El P. Alfredo Sáenz, S.J le decía en broma que “sus sermones parecían arengas”[4] porque “su cristianismo era fogoso y vibrante. No podía  expresar de manera fría o tibia lo que ardía en su corazón”[5].

Se le acusó de ser político. Nada más falso. En el sermón pronunciado el 20 de noviembre de 1988, en la Parroquia Nuestra Señora de Luján, en San Rafael, puso los puntos sobre las íes ya que se decía que en esas Misas por la Patria se hacía política. “¿Qué entendemos por política? Si por política entendemos la preocupación por la ‘polis’, por la ciudad, por la comunidad, por esta familia grande que es la Patria argentina, podemos decir  que  sí.  El Papa cuando habla de la paz hace política, los Obispos cuando hablan de la familia, o de la educación, o de la justicia, el orden económico, social, están haciendo política. Y no se salen de su misión. Dejemos de lado ese catolicismo individualista, ese catolicismo liberal que entiende la Fe como una relación privada con Dios… Ahora, si por hacer política la gente entiende que aquí venimos a hacer una política de sector o de partido, eso es distinto y eso son mentiras. Lo aclaro por primera y última vez. Porque si rezamos por la Patria, la Patria está por encima de todos los sectores, la Patria está por encima de cualquier partido, la Patria está por encima de las clases sociales, la Patria está por encima de los intereses económicos, la Patria está por encima de los intereses de sectores, los intereses egoístas, por más que puedan ser buenos o legítimos, o sanos. Pero el interés de la Patria está por encima de todo eso. Y eso es precisamente lo que tenemos que meter en nuestro corazón de argentinos: que por encima de nuestro interés, de nuestras ideas de sección, de factor, de clase, de partido, tenemos que poner el interés de la Patria. La Patria está por encima de todo eso y por encima de la Patria, solamente Dios. Eso tengámoslo claro como argentinos, eso tengámoslo claro como cristianos, como católicos, eso tengámoslo claro cuando nos reunimos aquí para elevar al Señor nuestra oración[6].

El Padre Ezcurra era católico y por tal su opción política no podía ser otra más que la del nacionalismo. Entendía a éste “como reacción frente a la Apostasía. Es la reacción política, o sea de la voluntad. Pero la voluntad es una potencia ciega que, para encontrar el camino correcto, debe ser iluminada por la inteligencia y ésta, a su vez, para ser plena, necesita de la luz sobrenatural de la Fe.

Sin ello sería el Nacionalismo una reacción parcial e ineficaz, como lo es el Socialismo, reacción estomacal e instintiva, que ataca los efectos del Capitalismo pero se solidariza con las causas. Mero cambio de postura del hombre y de la sociedad enfermos, que en vez de sanar la enfermedad termina por transformarse en un nuevo avance del proceso desintegrador”[7].

El 20 de noviembre de 1992 presentó, junto al Cnl. Guevara, el libro del Profesor Antonio  Caponnetto “El Deber Cristiano de la Lucha”. En un momento de la misma dijo: “Yo ya no soy joven y estoy enfermo. Pero si hay un motivo por el cual podría pedirle a Dios que me prolongue la vida sería solamente por esto: para seguir luchando, porque creo que vale la pena luchar y porque tenemos esa obligación”[8]. Comenta al respecto el Profesor Caponnetto que “Todos supimos, sin decirlo, que era la despedida y a la vez el legado”[9]

Encarnó fielmente y de manera cabal la frase que eligió como lema cuando su ordenación sacerdotal: “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra” (Job 7, 1). Y con cuánta exactitud podríamos poner en su boca aquellas palabras del Apóstol San Pablo: “He combatido el buen combate, he concluido la carrera, he conservado la fe. Ahora sólo me resta esperar el premio del Justo Juez”.

A los días de su muerte el entonces seminarista Hernán Sánchez le escribió un bellísimo Romance desbordante de devoción filial. Transcribimos el final del mismo tomándolo como plegaria al querido y admirado cura:

 “PADRE EZCURRA: vos que ahora

estás delante de Dios,

acordate de nosotros,

mandanos tu bendición.

Acordate de esta Patria

que tanto dolor te dio;

de esta Iglesia que aún combate

cercada de confusión:

de las familias cristianas,

de las que casi ni son,

de tus hijos sacerdotes,

de aquellos en formación:

que no volvamos la espalda

ni se enfríe el corazón,

que no se nos pierda el alma

cegada en la cerrazón:

que aunque el barco se nos hunda

la esperanza en Cristo no.

Remolcanos hasta el cielo

con poderosa oración:

sacanos hasta la orilla

donde no existe el dolor.

Y si acaso te fallamos

no nos falles nunca vos”.[10]

Daniel Omar González Céspedes

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[1] Separata N° 2 de la Revista Diálogo, Ed. del Verbo Encarnado, San Rafael, Mendoza, 1993, p. 10.

[2] P. López, Miguel Ángel, Prólogo al libro del P. Alberto Ezcurra: Tú Reinarás. Espiritualidad del laico, Kyrios Ediciones, San Rafael, Mendoza, 1994, p. 13.

[3]P. Ezcurra, Alberto Ignacio, Reflexiones sobre la Patria, en Revista Mikael N°29, p. 9

[4] Sáenz, Alfredo, In Memoriam. P. Alberto Ezcurra Uriburu en Revista Gladius N° 27, p. 160.

[5] Idem ant.

[6] Ezcurra, Alberto Ignacio, Sermones patrióticos, Cruz y Fierro Editores, Bs. As., 1995, pp. 151 y 152.

[7] P. Ezcurra, Alberto Ignacio, Prólogo al libro de su padre Alberto Ezcurra Medrano: Catolicismo y Nacionalismo, Cruz y Fierro Editores, Bs. As., 1991,  pp. 12 y 13

[8] Video prestado generosamente por el P. Luis Esteban Murri.

[9] Caponnetto Antonio, P. Alberto Ignacio Ezcurra, Santiago Apóstol, Bs. As., 2005, p. 30.

[10] P. Sánchez Hernán, Al Padre Alberto Ezcurra en Revista Gladius N° 42, p. 34.

Daniel Omar González Céspedes
Nació en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, Argentina, el 21 de septiembre de 1970. Es profesor para la Enseñanza Primaria desde hace dos décadas. Ha escrito artículos para las revistas Memoria, Cabildo, Gladius, Diálogo, Para que Él reine y en los periódicos nacionalistas Patria Argentina, Lucha por la Independencia y Milo. Con ocasión de la beatificación del Cura Brochero (2013) escribió el libro “Breve semblanza de nuestro cura gaucho”.