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Recordando por qué se resistieron… al Protestantismo en la Iglesia desde el Vaticano II

Introducción del Editor

Allá por 1976, cuando yo tenía diez años, fui confirmado por el Arzobispo Marcel Lefebvre. Recuerdo a un hombre santo y gentil, de hablar suave y verdaderamente humilde. Incluso siendo unos niños, mis hermanos y yo entendíamos que aquí estaba un verdadero soldado de Cristo, que había tenido el coraje de tomar una postura solitaria en defensa de la Sagrada Tradición en un tiempo en el cual no había nada más de “moda” que la novedad y la innovación. Nuestro padre estaba en su compañía, y  estos hombres eran “tradis” (N.T.: tradicionalistas-un apodo) mucho antes de que fuera “cool” ser un “tradi”.

Recuerden, en ese tiempo, todo el mundo estaba en medio de una revolución—sexual, política, litúrgica, cultural—y no había nada más “passé” que el pasado. Por lo que la postura solitaria de los primeros tradicionalistas, puede ser comparada absurdamente (por lo menos a los ojos del mundo en ese momento) con la de un hombre parado en medio del lodo en Woodstock, insistiendo en que los hippies se volvieran a colocar la ropa y que parasen el uso del ácido y de fumar marihuana. A nadie le importaba. Se reían y burlaban de ellos, y eventualmente se les dijo que se largaran de la Iglesia.

Los tiempos realmente estaban cambiando, y con unas pocas preciosas excepciones, el elemento humano de la Iglesia de Jesucristo siguió el camino de esta locura—en verdad, algunos dirían, marcando el camino incluso.

Cuando recordamos por qué estos hombres se resistieron a la locura de la década de los 60s, acordémonos que ellos no estaban principalmente motivados por la idea de salvaguardar sus propias situaciones. Por ejemplo, el Arzobispo Lefebvre estaba retirado cuando el mundo se enteró de quién era. Fue convencido de salir de su retiro por los seminaristas, que súbitamente se encontraban rodeados de lobos con piel de oveja metidos en medio de los mismos seminarios. Literalmente los modernistas estaban por doquier.

Lefebvre no estaba tratando de conseguir renombre. Era un leal hijo de la Iglesia tratando de cumplir con su deber ante Dios y ante la Iglesia, a la cual había servido durante toda su vida. Es importante recordar esto y dejarle en el contexto de ese tiempo.

No era un bloguero. No dirigía un canal de TV en Internet. No estaba en búsqueda de una presa. Era un príncipe serio de la Iglesia—altamente considerado por varios papas, y por la cabeza de una principal orden religiosa—que vio la subida al poder de los Modernistas como el cumplimiento de una profecía y de un aviso terrible y urgente dado a la Iglesia medio siglo antes por el Papa San Pío X. Tal es el nombre de la Sociedad de Lefebvre.

[Se cuenta una historia.] Marcel Lefebvre nació en Tourcoing, cerca de Lille, que está cercana a la frontera belga, en Francia, el 29 de noviembre de 1905. A pesar del alza en el anticlerisismo, Francia se mantuvo como un país fervientemente religioso. La Iglesia produjo abundantes vocaciones, y promovió las familias grandes. El Arzobispo Lefebvre nació dentro de una de estas familias. Cuando él escucho la llamada de Dios, contestó sin vacilación alguna. El 21 de septiembre de 1929, el joven padre fue ordenado por  Achille Liénart, arzobispo de Lille.  Se encontró a sí mismo a la cabeza de misiones. Construyó iglesias, colegios y clínicas. Bautizó, predicó y escuchó confesiones.

Después de 13 años en Gabón, el Superior General lo llamó de regreso a Francia porque en junio de 1947, el Papa Pío XII lo mandó a Dakar, y así el Hijo del Norte, el Aborigen de Gabón, se convirtió en obispo a la edad de 41. En 15 años, el número de ordenaciones se dobla. La misión de Marcel Lefebvre era enorme. La Oficina de Delegados Apostólicos para el África de Habla Francesa fue agregado a aquel  Arzobispo; se convirtió por lo tanto en el representante del Papa, y en el prelado líder en todo el continente. El  Capítulo General de los Padres del Espíritu Santo lo eligió Superior General de la orden. Estaba a la cabeza de una congregación de 5,000 miembros; estableció 300 diócesis.

El 11 de octubre de 1962, el Papa Juan  XXIII abrió el Vaticano II. Como obispo y habiendo participado activamente en su preparación, el Arzobispo Lefebvre es reprendido por no decir la Nueva Misa. El Arzobispo estaba ante una elección crítica. ¿Cómo fue que este Arzobispo, un antiguo misionero en el Gabón, el Arzobispo de Dakar, el Delegado Apostólico para toda el África Franco-parlante, el Superior General de los Padres del Espíritu Santo, llegó a este punto, a esta encrucijada? [Misionero Africano; Arzobispo de Dakar; Delegado Apostólico; Superior General de la Orden de los Padres del Espíritu Santo; Miembro del Concejo Preparatorio del Segundo Concilio del Vaticano; Fundador de la Hermandad Sacerdotal de San Pío X; ¿rebelde?] ¿Cómo fue que él se encontrara en el centro de una tormenta que aún está azotando a la Iglesia? Esto es lo que estamos tratando de entender por medio de la historia de su vida. [Llegando a los cines en febrero del 2013.  www.lefebvrethemovie.org]

Lefebvre era el Atanasio de la Iglesia de nuestro tiempo, y será canonizado un día. Así pensaba Michael Davies, y no tengo duda alguna de ello tampoco. El Papa Francisco, más que cualquier otro papa, ha desenmascarado inadvertidamente el verdadero espíritu del Vaticano II, haciendo terriblemente claro, por lo tanto, por qué aquellos que se resistieron a ese espíritu tenían razón  en hacerlo.
Este artículo puede ayudar a los católicos que no estuvieron allí, a comprender mejor qué fue lo que hizo que estos grandes gigantes católicos se pusieran en contra de la revolución en la Iglesia a la que amaban más que nada, a cómo les rompieron sus corazones al tener que resistirse incluso dentro del Vaticano mismo, a comprender cómo su bello mundo católico se vino abajo alrededor de ellos, y cómo todo lo que hicieron tuvo que ver con tratar de defender las enseñanzas infalibles de la Santa Madre Iglesia  y a su antigua liturgia, que estaba siendo atacada por todas partes.

Por favor, abran sus mentes a la verdad de lo que realmente pasó….y continúen leyendo. MJM

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La Reforma Litúrgica y el Ecumenismo

Negar que la reforma de la liturgia fue concebida y ejecutada por razones ecuménicas sería negar la evidencia. La presencia de seis delegados protestantes en la comisión para la reforma de la Misa, es una prueba amplia de que fue así. Que la fotografía de estos seis protestantes fuera publicada en la carátula de “Documentation Catholique” es significativo. (1)

¿Cuál pudo ser la razón para que estuviera esta presencia protestante, salvo que fuera para examinar las oraciones e incluso la estructura de la Misa, para hacer que fuera posible una unión en oración con los protestantes, y esto, en el acto más importante de la Iglesia Católica? (2)

La definición dada sobre la Misa, como está en la introducción del Novus Ordo es una definición protestante, y esto, en sí mismo, es inadmisible e inconcebible. (3) Desde allí, el énfasis estará en la Cena, en la Comida y ya no más en el Sacrificio. Sólo esto sería suficiente para justificar nuestro rechazo enfático de la Reforma.

Es significativo que ya no encontramos el término “Sacrificio” en los nuevos folletos de la Nueva Misa. Este ha sido reemplazado por “la Liturgia de la Eucaristía”, “la Cena Memorial”, “la Celebración de la Eucaristía”, todos ellos siendo términos típicamente protestantes.

La consecuencia lógica de esto es que esta parte de la liturgia ha tomado un aspecto narrativo, y la Acción de Sacrificio del sacerdote en la Consagración ha desaparecido. En el Ordo Romanum, por el contrario, todos los gestos, las posturas y las actitudes del sacerdote, las palabras dichas en voz baja, demostraban que un misterio estaba sucediendo, y que toda la función sacerdotal “por excelencia” estaba siendo ejercida. Pero de ahora en adelante, el sacerdote sólo “narra” aquello que sucedió hace tanto tiempo.

Esto también es inaceptable.

Todo en esta reforma se ha puesto de acuerdo para engañar y en promover la idea de que la Misa, esencialmente, es una cena y que por lo tanto, la mesa reemplaza al Altar de Sacrificio; el permiso para dejar de usar las reliquias de los mártires que siguieron a Nuestro Señor Jesucristo, en Su Sacrificio; el sacerdote de cara a la gente como presidente de una cena familiar, y ya no más como el ministro de una Ofrenda en Sacrificio como víctima a Dios, cara a cara con la Cruz, que es el símbolo del Sacrificio siendo perpetuado sobre el Altar. Se podrían mencionar muchos más cambios que están de acuerdo con este moverse del énfasis, este alejarse,  introducido hace tanto tiempo por los protestantes.

Esta sustitución o cambio del énfasis, debe, necesariamente, llevar—y ya lo está llevando—a la destrucción de la Doctrina Católica que descansa sobre el continuo Sacrificio de la Cruz sobre el Altar. Llevará a una pérdida de fe en la Real Presencia, y a la ruina del sacerdocio católico.

Esto significa que no se puede consentir concesión alguna con respecto a ello. También significa que aquellos que han conducido a la Misa por ese sendero cargan con una muy pesada cruz de responsabilidad.

Para respaldar este nuevo concepto, se ha aseverado que la Misa es sobre todo, el símbolo de la “Caena”, y que la “Caena” era esencialmente una comida. Pero ambas afirmaciones son falsas.

La Misa se refiere esencialmente al Sacrificio sobre la Cruz como lo hizo la Caena el Jueves Santo, y la Caena era esencialmente un Sacrificio porque todo su significado está atado a la Cruz, y no tiene significado salvo por la Cruz. El cordero que fue inmolado y comido es en verdad la víctima de un Sacrificio, como lo fuera Nuestro Señor en la Cruz, y como se indica por la separación de Su Cuerpo y Su Sangre bajo las especies de pan y vino. Es por lo tanto sólo en su aspecto exterior que la Caena puede ser comparada con una comida: y al hacerlo, dejar de percibir la sublime y profunda  realidad subyacente en este pre-significado de la Cruz. (4)

Los peligros de perder  la realidad más sagrada de nuestras vidas—la fuente de toda santificación, e la fuente-manantial de todas las gracias, la fuente de todo Sacramento, el respaldo del sacerdocio, y la piedra angular de la Iglesia—nos debe hacer precavidos de ser engañados por las apariencias engañosas.

Ahora, la reforma litúrgica claramente nos lleva en una dirección que es muy peligrosa para nuestra fe. Los hechos están delante de nosotros para enseñarnos que el peligro de perder la fe en el Sacrificio, en la Presencia Real y en la función sacerdotal, es muy real. Los gritos de angustia de los verdaderos fieles y de los sacerdotes cuya fe es más fuerte se están levantando por todos lados, pero debemos conceder que ha sido sin ningún resultado hasta ahora.

Tal es el primer punto cardinal sobre el cual cuelga la orientación ecuménica de la reforma litúrgica.

Debemos ahora mencionar el segundo punto sobre el cual los protestantes que estuvieron presentes en el estudio de la Reforma deben ciertamente haber insistido, primordialmente, en reducir en los textos revisados el fin propiciatorio de la Misa, lo cual es el fin primario de la Misa Católica, del Sacrificio teniendo lugar sobre el Altar, perpetuando así el Sacrificio de la Cruz y aplicando sus méritos a aquellos que participan y por quienes se está ofreciendo.

Los protestantes dicen que esto es una blasfemia y que es equivalente a negar el valor infinito del Calvario, el Único Sacrificio que expió los pecados de todos los hombres. La fe en el Sacrificio de la Cruz es suficiente para limpiarnos de todos nuestros pecados: pecados que en realidad no han sido borrados, pero por nuestra fe en Cristo están cubiertos y no estarán en contra nuestro. De acuerdo con la misma interpretación protestante, la remisión de los pecados por medio del Sacrifico de la Misa, el Sacramento de la Penitencia y de las Indulgencias, es un insulto al Sacrificio del Calvario.

De la misma manera, nuestros reformistas modernos han pensado que estaría bien suprimir en casi su totalidad las oraciones tradicionales que antes solían expresar amorosamente el fin propiciatorio y expiativo del Santo Sacrificio de la Misa, y en particular, los bellos rezos del Ofertorio, los rezos al pie del Altar, la oración a la Santísima Trinidad al final de la Misa, los rezos del Lavabo y dos de las oraciones anteriores a la comunión del sacerdote. (5)

Existe aún, por lo tanto, otro aspecto cardinal de la Misa Católica, y de nuestra fe, el cual está siendo borrado y que eventualmente desaparecerá de la conciencia de los sacerdotes y de los fieles.

No podemos aceptar tales compromisos. Debemos sostener en alto la integridad de nuestra fe en las verdades básicas de nuestra santa religión. Si ya no existe propiciación alguna por nuestros pecados, ya no existe la necesidad tampoco para la Víctima de Estar Presente en el Altar, ninguna razón para un Sacrificio ofrecido por el sacerdote. Todas estas cosas van de la mano.

Ahora bien, no nos olvidemos de que tanto la Presencia de la Víctima sobre el Altar así como Su Ofrecimiento son la “raison d’être” ó “razón de ser” del sacerdocio que Nuestro Señor instituyó; la “razón de ser” también del celibato sacerdotal, de la existencia de las órdenes religiosas, y de aquellos que reciben el bautizo de la sangre. La espiritualidad católica en su totalidad encuentra su justificación en la presencia de la Víctima Divina sobre el Altar y en Su ofrecimiento. Tal es así, por cierto, la vida de cada católico: una vida de ofrecimiento en comunión con Nuestro Señor y más aún con respecto a la vida religiosa cuya profesión es, y la vida sacerdotal cuya función es.

No podemos arriesgarnos a ir con el tipo de Ecumenismo que pone en riesgo a las verdades sobrenaturales que son la mera esencia de la vida cristiana y de la vida entera de la Iglesia.

Está claro que esta reforma litúrgica ha sido llevada a cabo de una manera tan a la ligera y tan  irresponsablemente por gente que no está calificada, bien sea en teología como en trabajo pastoral, que es casi inconcebible.

El apremio con el cual se han introducido los cambios en materia tan vital, y el enorme número de dichos cambios, la impracticabilidad de chequear las traducciones, la intromisión de la Reforma en cada dominio de la liturgia, incluso en las devociones privadas tales como la del Rosario, están más allá de la comprensión y van en contra del sentido común.

Más aún, la insistencia frenética sobre la implementación, combinada con una fobia de las formas tradicionales, es tal, que es imposible de ver en todo ello la inspiración del Espíritu Santo.

No dudarán de empujar la reforma al límite extremo de lo que es permisible, e incluso más allá, puesto que la validez de algunos de los nuevos Sacramentos está puesta en duda ahora, debido al defecto de materia y forma. ¿Cuál es el beneficio de una reforma llevado a tales extremos?

Éstas no son reformas legítimas ni beneficiosas llevadas a cabo por la Iglesia Romana y Católica. No podemos reconocer las marcas usuales de sabiduría, de moderación, de preocupación por la fe ni por las necesidades pastorales. En circunstancias como estas, nuestro deber es el de sostener la tradición para poder protestar nuestra fe y salvaguardar la validez de nuestros Sacramentos.

  • ¿Qué necesidad pastoral podría haber en alterar las palabras de la Consagración y en permitir la aparición de traducciones erróneas de estas alteraciones?
  • ¿A qué propósito útil podría servir el permitirle a los ancianos que reciban la Extrema-Unción, puesto que no constituyen la materia del Sacramento de los enfermos?
  • ¿Qué ventaja pastoral existe en sustituir el aceite de oliva por otro aceite, cuando el aceite de oliva siempre ha sido considerado por la Tradición como algo necesario para la validez del Sacramento de la Confirmación, por ser cualquier otro aceite de materia dudosa?
  • ¿Cuál es la ventaja pastoral de suprimir las dos órdenes menores y al sub-diaconado, cuando los sacerdotes tan frecuentemente están llamados a ejercer sus funciones de Exorcista en el Sacramento del Bautizo, y en toda la bendición del Ritual, y cuando ellos más que nunca necesitan retomar el tema de su celibato, que el sub-diaconado denotaba tan ampliamente?

Todos estos cambios han puesto justificación, principalmente sobre un tipo aberrante y sin sentido de Ecumenismo que no atraerá a ningún protestante a la fe, pero que hará que un sinnúmero de católicos pierdan la suya propia, y que inculcará una total confusión en las mentes de muchos más que ya no sabrán qué es verdad y qué es falso.

La obediencia en tal caso, sólo puede consistir en negarse a aceptar estas reformas, y no en su aceptación. El aceptar este ecumenismo falso, es precipitarse a uno mismo tarde o temprano a sectas protestantes nuevas o pentecostales. (6)

La obediencia es una virtud que propone dirigirnos hacia el bien, no hacia el mal. Pretender no ver el mal para no parecer desobediente, es una traición de la verdad y una traición de nosotros mismos.

Es hora de que los obispos y los sacerdotes abran sus ojos y denuncien el peligro; es hora de que ellos salvaguarden la antigua Misa Latina desde el Ofertorio hasta la Comunión inclusive, y es hora de mantener la forma y la materia de los Sacramentos completamente como eran, para que nadie pueda dudar de su validez.  Es el servicio más grande que ellos pudieran rendirle al Papa, a la Iglesia, a los fieles y a ellos mismos.

El criterio de la Verdad en la Iglesia es la Tradición. En casos dudosos, está allí para que miremos. Para hacernos llegar fielmente las verdades contenidas en la Revelación, tal es el rol de la infalibilidad del Papa y de la Iglesia.

No servimos a la Iglesia al romper esta continuidad necesaria, pero al cogernos de ella a toda costa, especialmente en un tiempo en el cual todos los esfuerzos del demonio están siendo dirigidos hacia romperla, usando los pretextos más engañosos: “poniéndonos al día”, “progreso” o “abrirnos al mundo”.

Virgo fidelis ora pro nobis,

Marcel Lefebvre
Superior General del SSPX
Melbourne, 20 de febrero de 1973.

(Superior General de la Hermandad Sacerdotal de San Pius X, Arzobispo Titular de Synnada, Antiguo Superior General de los Padres del Santo Espíritu)

[Traducción de Tina Scislow. Artículo original]

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Notas a pie de página(Traducidas desde el francés por Yves Dupont)

(1) También publicado en el No.20 y en el No.34 del  “World Trends”, (Tendencias Mundiales)

(2) La Nueva Misa se usa ahora en algunas comunidades protestantes. (Ed.)

(3) Artículo 7 de “Institución Generalis” (Editio Typica) lee como sigue: “La Cena del Señor es la asamblea o reunión de la gente de Dios, con  un sacerdote presidiendo, para celebrar  el memorial o recuerdo del Señor. Por esta razón, la promesa de Cristo, es particularmente verdadero de una congregación local de la Iglesia: “Donde dos o más están reunidos en Mi Nombre, allí Estoy en medio de ellos” (Mt. 18:20) -a) Ninguna mención de la Misa como un Sacrifico—su aspecto escencial (“Escencial” en el sentido etimológico). b) Se mencionan la Cena y los aspectos de homenaje—lo cual está en orden. c) Pero la Misa se define aún más como una reunión—lo que no es necesariamente puesto que un sacerdote lo puede celebrar estando sólo. d) Se describe al sacerdote como un “Presidente”–lo cual se puede aceptar en Latín pero enfáticamente no en inglés. e) Finalmente, se cita a la Santa Escritura fuera de contexto para fomentar la creencia de que la Presencia de Cristo en la Misa es solamente espiritual, no física—un rango de heregía.

(4) Cuando el Arzobispo usa la palabra “Bene”, he usado la palabra en latín “Caena” en vez del término más común en inglés de la “Última Cena”. La verdad es que es casi imposible decir que la Última Cena no fue una cena, una contradicción de términos, pero no es impropio sugerir que la Caena no fue exactamente igual que la Última Cena, esto es que no consitió solamente de una cena. De hecho, algunas revelaciones, y aquellos de la Venerable Anna Katerina Emmerick en particular (algunos de los cuales fueron arquiológicamente verificados en la Tierra Santa), dicen que la institución de la Eucaristía tuvo lugar después de la Última Cena, y en un cuarto diferente, estando todas las puertas cerradas. La inmolación y el comer del cordero en la primera habitación fue hecho meramente en observación del precepto judío, y como prefiguración del real sacrificio de la Nueva Alianza. Pero, de acuerdo con esta santa monja agustina, la primera Consagración del Pan y del Vino tomó lugar durante una ceremonia completamente separada en una segunda habitación. Si es que esto es correcto, ciertamente trae por tierra a la heregía actual que describe a la Misa simplemente como una Comida nada más. (Ed.)

(5) Se debe hacer nota también de que la supuestamente llamada Nueva Misa ya no tiene un Ofertorio  y un Canon propio separados; ambos han sido integrados, por decirlo así, para formar la “Liturgia de la Eucaristía”–un término protestante. De la misma manera, la Ante Misa ahora se llama “Liturgia de la Palabra”, habiéndosele agregado muchas lecturas. Este argumento, con la supresión  de otra parte de muchas oraciones en la Misa propia, está haciendo que “la Liturgia de la Palabra” parezca más importante que la “Eucaristía”. A pesar del demoníaco engaño de los Reformistas, su intención herética salta a la vista. De hecho, la supuesta Oración Eucarística Nº II, que se usa ahora casi universalmente en preferencia a los otros tres, trata con suma displicencia a la Misa una vez que la tal llamada “Palabra de la Liturgia” está terminada. No vale la pena aducir que la Nueva Misa fue ratificada por el Papa Paulo: una firma papal no posee el poder mágico de convertir a la herejía en ortodoxia, o al pecado en virtud. (Ed.)

(6) Como se explica un poquito más abajo, la Tradición es un criterio de la Verdad, y, por lo tanto, determina la actitud  que debiéramos tomar. Para poder mantenernos obedientes a lo que la Iglesia ha enseñado tradicionalmente, a veces es necesario ser desobedientes a aquellos quienes abusan de su Dios—dando autoridad y enseñando novedades en desdén del mandato que tienen. Eso es lo que el Arzobispo en realidad quiere decir cuando él dice: <<-La obediencia sólo puede consistir en una negación a aceptar estas reformas.->>




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Michael Matt
Michael Matthttp://remnantnewspaper.com/
Director de The Remnant. Ha sido editor de “The Remnant” desde 1990. Desde 1994, ha sido director del diario. Graduado de Christendom College, Michael Matt ha escrito cientos de artículos sobre el estado de la Iglesia y el mundo moderno. Es el presentador de The Remnant Underground del Remnant Forum, Remnant TV. Ha sido Coordinador de Notre Dame de Chrétienté en París – la organización responsable del Pentecost Pilgrimage to Chartres, Francia, desde el año 2000. El señor Michael Matt ha guiado a los contingentes estadounidenses en el Peregrinaje a Chartres durante los últimos 24 años. Da conferencias en el Simposio de Verano del Foro Romano en Gardone Riviera, Italia. Es autor de Christian Fables, Legends of Christmas y Gods of Wasteland (Fifty Years of Rock n' Roll) y participa como orador en conferencias acerca de la Misa, la escolarización en el hogar, y el tema de la cultura, para grupos de católicos, en forma asidua. Reside en St. Paul, Minnesota, junto con su esposa, Carol Lynn y sus siete hijos.

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