Reflexiones a la luz de la Fe

Comparto con ustedes, amables lectores, una serie de breves reflexiones que he venido escribiendo a vuelapluma estos últimos meses. Espero que les sean provechosas.

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La libertad es sagrada, “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” según dice Cervantes por boca de su inmortal Don Quijote. Precisamente por eso hay que hacer un buen uso de ella, no “como me da la gana” sino de forma que agrade a Dios.

Fe y razón no sólo no están reñidas entre sí, sino que conviven perfectamente; y no sólo conviven perfectamente, sino que se necesitan la una a la otra para realizarse en plenitud.

Mal árbol no da buenos frutos, y no hay peor árbol que el pecado. Los frutos de éste pueden ser dulces, pero siempre son venenosos.

Curiosa penitencia me ha puesto un sacerdote con el que me he confesado: «Cuando puedas, tómate quince minutos –no más, pero tampoco menos– para pensar en las cosas buenas que Dios te ha dado en esta vida y después dale las gracias por ellas». Nada más terminar la confesión me arrodillé en una bancada de la iglesia e hice lo que me dijo. Empecé a enumerar: mis padres, mis hermanas, una vida acomodada en el plano material, la buena salud de todos nosotros… De pronto me di cuenta de que había olvidado la más importante: la fe; esta fe que de Él he recibido y que es la luz y el fundamento de mi vida, mi razón de ser, mi gran tesoro.

Satanás se regocija cuando los fieles católicos nos enemistamos entre nosotros. No le demos ese gusto.

En el amor hay poco que decir y mucho que demostrar.

Algún científico ateo, desconcertado por el milagro de Fátima, prefirió creer que se trató de la aparición de un ovni. Es lo que decía Chesterton: quienes no creen en Dios creen en cualquier cosa.

Escribe cierta persona: «La homosexualidad es respetable, pero no el espectáculo que dan los del orgullo gay». Son posturas como ésta, de “respeto” a la homosexualidad, las que han abierto las puertas al homosexualismo rampante que ha llegado a la depravación actual. No, la homosexualidad no es respetable; respetables son las personas que padecen esa desgracia, siempre que como tal la lleven, tratando de curarse y en castidad. Como enseña el catecismo de la Iglesia Católica (y no hay catolicismo sin catecismo), debemos amar a la persona y odiar el pecado. Pues no otra cosa que pecado, y no un pecado grave cualquiera sino uno de los que claman al cielo es la sodomía, de la que hasta los demonios sienten asco según le fue revelado por Dios a Santa Catalina de Siena.

La impaciencia es la madre de todos los desasosiegos.

Si quieres amor no lo pidas, dalo.

En un plano terrenal, es peor el comunismo que el liberalismo, pues trae más miseria. En un plano sobrenatural, en cambio, acaso sea peor el liberalismo, pues como decía Don Álvaro D’Ors, las tiranías comunistas al menos dejan mártires, mientras que los regímenes liberales sólo producen herejes. En todo caso, malos árboles ambos –y los dos liberales en su raíz.

Cuánto mejor nos iría a todos si pusiésemos el mismo empeño en reconocer y corregir nuestros defectos que en señalar los de los demás.

Quien de verdad te quiere, te quiere en orden con Dios.

Las consultas de los psicólogos llenas y los confesionarios vacíos. Qué ilustrativo del mundo en el que vivimos.

La confesión es la higiene del alma.

La vida es una sucesión de ocasiones de hacer el bien.

¡Qué hartura de libertad de expresión! Toquisqui soltando sus opiniones, sus ocurrencias, sus “filosofías”, sus chorradas. ¡Basta! Aquí no se trata de opinar, sino de atenerse a la verdad (a la Verdad), que es la única que nos hace realmente libres.

La filosofía moderna, digamos desde Descartes en adelante, es una gigantesca discusión sobre si 2 + 2 = 4, en la que todos –los que dicen que sí, los que dicen que no y los que todavía están haciendo cálculos– concuerdan en que hay que seguir discutiendo. Esta filosofía, en su vertiente política, es la que alienta la democracia liberal y, en su vertiente mediática, los debates y las tertulias de radio y televisión.

No hay libertad sin orden, no hay orden sin ley, no hay ley sin justicia, no hay justicia sin verdad, no hay verdad sin Dios.

Dice Aristóteles: «Quien discute sobre si se puede matar a la propia madre no merece argumentos sino azotes». Lo mismo cabe decir de quienes discuten (“derecho a decidir”, etc.) sobre si se puede destruir una nación (o matar a la madre patria).

Quien no es siervo de Dios es esclavo del Demonio.

En esta vida hay que ser práctico: hacer todo lo que podamos para mejorar las cosas y dejar en manos de Dios lo que no esté en nuestra mano hacer; no permitir que la tristeza, la amargura o la desesperación se adueñen de nuestro ánimo.

El separatismo es a la patria lo que el divorcio a la familia.

No seamos impulsivos, no nos precipitemos sacando conclusiones y menos aún juzgando a los demás. Cuántas veces lo que en su momento nos pareció una enormidad, pasado el tiempo y visto con perspectiva se vuelve una pequeñez o nos damos cuenta de que estábamos equivocados.

Donde reina la opinión no reina la verdad.

Tengo un concepto muy bajo del ser humano y muy alto (¡altísimo!) de la gracia de Dios que puede elevar al ser humano hasta la santidad.

Adulador de hoy, difamador de mañana.

Cuando una situación se estabiliza en el mal, más vale que vaya a peor, de modo que quien la padezca se decida a salir de ella. Para impulsarse hacia arriba muchas veces es preciso tocar fondo.

Los Reyes Católicos, Cervantes, El Cid Campeador, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola… ¿Qué dirían estos egregios compatriotas nuestros, católicos todos hasta la médula, si viesen esta cutre e irreconocible España actual, plagada de moros, aconfesional, abortista, homosexualista, desgajada en diecisiete taifas autonómicas? Da vergüenza pensarlo, y lástima y rabia: lo que fue nuestra patria y en lo que ha quedado por haber claudicado de nuestra catolicidad, por habernos divorciado de lo mejor de nuestra historia.

¿Qué papel debe desempeñar un católico en una democracia liberal? Un papel de denuncia: debe decir y explicar por tierra, mar y Facebook (o Twitter, televisión o dondequiera que pueda expresarse) que la democracia liberal es en sí misma un mal. Si de verdad se dedica a hacer esto a conciencia y con tesón, tiene labor política para toda su vida. Algo mucho más trabajoso y esforzado que meter una papeleta en una urna cada cuatro años, o cada el tiempo que sea, para votar a un supuesto “mal menor” que no hace sino avalar y perpetuar el mal mayor.

Quien es feliz es reacio a novedades. ¿Para qué va a buscar cosas nuevas, si ya ha encontrado la felicidad?

Sabio es quien sabe qué es lo más importante. Ya puede uno ser una eminencia en cualesquiera disciplinas (Historia, Ciencia, Filosofía, Arte…), que como ignore lo más importante, es un necio. ¿Que qué es lo más importante? Ah, ¿no lo sabes?

Dios tiene un plan distinto para cada uno de nosotros, pero siempre con el mismo fin: nuestra salvación. Tengamos bien sintonizada nuestra conciencia para oír nítidamente la voz de Dios indicándonos el camino.

Un pecado es un cáncer que si no se cura rápido enseguida hace metástasis.

O nos llenamos de Dios, o el vacío que deja Dios lo llena el Demonio.

La vida es lucha permanente. Cada día, una nueva batalla.

Buen amigo no es quien te apoya hagas lo que hagas, sino quien te apoya para hacer las cosas bien.

Quien acepta las reglas de juego de su enemigo, ya ha perdido de antemano.

Entre un cínico y un hipócrita, en un plano social, resulta más detestable el hipócrita, pudiendo el cínico, a su modo, hasta caernos simpático. Sin embargo, ¿cuál de los dos es peor en un plano moral? Cínico, como atinadamente lo definió Chesterton, es aquel que confiesa sus pecados sin arrepentimiento, pavoneándose incluso de ellos. El hipócrita, por el contrario, se finge virtuoso para ocultar sus pecados, pero al menos hay en su fingimiento un reconocimiento implícito de aquéllos o, como observó La Rochefoucauld, el tributo que rinde el vicio a la virtud. El cínico ha perdido la vergüenza; el hipócrita, no.

No existe el derecho a ser ateo, existe la desgracia de ser ateo.

La pena de muerte, en determinados casos de crímenes horrendos, está justificada. Además de un justo castigo, es un acto de legítima defensa que protege a la sociedad de un peligro cierto y permite al criminal arrepentirse y confesarse de sus pecados antes de su ejecución.

En un vuelo de La Coruña a Madrid nos pilló un fuerte temporal, por lo que atravesamos una extensa zona de turbulencias; parecía que el avión se iba a caer. El piloto nos explicó por megafonía que un viento huracanado de no sé cuántos nudos golpeaba la cola de la nave. No es que yo tuviese ganas de despedirme de este mundo, pero la verdad es que, bien agarrado a mi rosario, tampoco sentí gran apego a esta vida. Pensé que no me importaría morir; una vocecita en mi interior me decía que no iría al Infierno. Por si acaso, tenía preparadas mis últimas palabras: “¡Dios mío, perdóname!”. En el avión, por cierto, venía un exitoso empresario gallego, sentado en clase business. Pero la muerte no hace distingos de clase.

Cuando uno está lleno de Fe, no se arredra ante nada ni ante nadie.

Es lógico que a quienes tenemos fe Dios nos exija más, pues también nos ha dado más.

Cuando Dios no nos conceda lo que le pedimos, volvamos la vista atrás: ¿cuántas veces hemos comprobado, pasado el tiempo, que aquello que tanto deseábamos en realidad no nos convenía?

¿Hubo santos frívolos? Pues ya sabes, no seas frívolo tú tampoco.

Tópico típico (y falso) contra el catolicismo: “es una religión machista”. ¡Qué necedad! ¿Machista la religión según la cual la única criatura perfecta, dechado de todas las virtudes (“espejo de justicia, trono de la sabiduría, causa de nuestra alegría”…), es una mujer, la Virgen María, ni más ni menos que la madre de Dios?

Claro que existen los Reyes Magos. Vivieron en la tierra en los tiempos en que nació el Niño Jesús y ahora viven en el cielo. Pero existir, existen.

Hay una idea que debemos desterrar de nuestra mente: que estamos en este mundo para ser felices. No, no estamos en este mundo para ser felices, sino para ganar la felicidad eterna en el Cielo. Y nadie gana este premio sin renuncias, sin penalidades, sin una dura lucha, sin sacrificio, sin sufrimiento. Sin cargar su cruz, en definitiva.

Tengo por norma (y me permito aconsejar) no citar elogiosamente las palabras de autores no católicos; y si hago alguna excepción siempre señalo, a modo preventivo, la no catolicidad del autor en cuestión. Hasta el ser humano más abyecto puede decir cosas sensatas si las consideramos aisladamente, pero no por ello debemos elogiar a ese ser o dejarlo en un lugar que no merece. La verdad es la verdad la diga Agamenón o la diga su porquero, de acuerdo; pero Agamenón es Agamenón y el porquero es el porquero. Respecto a los autores anteriores a Cristo, nuestra postura ha de ser elogiosa en el caso de aquellos que anteceden filosóficamente al Cristianismo (ejemplo máximo: Aristóteles) y de rechazo a aquellos que fueron, diríamos, herejes avant la lettre.

Según Chesterton, dos son los puntales de la felicidad terrenal: la propiedad privada y el matrimonio. Tener tu propia parcelita, por pequeña que sea, donde fundar tu paraíso (o anticipo del Paraíso), y tener a una persona amada con quien compartirlo. En nuestro idioma la palabra casarse reúne ambas cosas. Claro está que la llave de esa casa te la tiene que entregar Dios.

Quien no es capaz de perdonar ni de pedir perdón es imposible que lleve una vida cristiana. El perdón es el rudimento básico del cristianismo.

Si te da pereza rezar el Rosario, piensa en Ella. Está deseando escucharte.

En la guerra entre el bien y el mal no hay neutralidad posible.

Una penitencia bien hecha es motivo de alegría para el penitente, pues es una manera de agradar a Dios. ¿Hay algo que pueda alegrarnos más que agradar a Dios? Recuerdo las palabras de cierto sacerdote: «Si hacer penitencia va a amargar tu carácter, es preferible que no la hagas».

Ninguno de nosotros es nadie para decir “o conmigo o contra mí”. Sólo Cristo es quien para decirlo. Lo que sí podemos y debemos decir es “o con Cristo o contra Cristo” y sobre todo ordenar nuestra vida conforme a lo primero.

«Los principios de Ciudadanos son permanentemente revisables», se queja una liberal ante uno de tantos vaivenes de ese partido. ¿Y qué esperaba? Ciudadanos es como ella, liberal, y en eso consiste el liberalismo: en la volubilidad. Todo en el liberalismo, por definición, es permanentemente revisable, excepto el “principio” de que todo es permanentemente revisable. Doctrina de locos.

Evidentemente hay muertes más trágicas que otras, muertes que nos laceran más el corazón; pero la única verdadera tragedia –vista la muerte con visión sobrenatural– es morir sin estar en gracia de Dios, morir e ir al Infierno.

Una vida de virtud y de oración, lejos del mundanal ruido: no hay mejor programa de vida.

Menos hablar de los demás y más rezar por ellos.

El ateísmo se cura con la muerte.

El odio a quien nos ha causado un daño es un sentimiento natural, pero no admirable ni ejemplar. Y si ese odio persiste en el tiempo, es pecaminoso además de autocorrosivo. «Amad a vuestros enemigos», dijo Jesucristo; lo cual no significa que tengamos que colmarlos de agasajos, sino que debemos desearles lo mejor –y lo mejor, sea cual fuere el daño que nos haya infligido nuestro enemigo, es que se arrepienta, redima sus culpas y finalmente salve su alma y vaya al Cielo.

El día más importante en la vida de cada uno de nosotros es el día de nuestra muerte, pues es entonces cuando se decide nuestro destino eterno. Y ese día puede ser cualquier día, por lo que bien haremos en considerar que el día más importante siempre es hoy.

Andrés García-Carro