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El liberalismo, raíz de todos los males.

Nota del director: Lucifer fue el primer liberal, antes incluso que Pilato, al hacer mal uso de su libertad y rebelarse radicalmente contra Dios, sabiendo que esa rebeldía le supondría enemistad eterna y sufrimiento sin ocaso. Explicado de manera muy sencilla el pecado de los ángeles no se puede perdonar porque el ángel cuando decide algo ve las consecuencias de su decisión hasta el fondo, no es como nosotros que podemos errar el juicio, rectificar y arrepentirnos. El “no serviré” de Lucifer es irrevocable, su voluntad queda petrificada eternamente en el mal.

El liberalismo ha sido tradicionalmente uno de los grandes enemigos de la cristiandad y padre de las ideologías más deletéreas, más bien se puede decir con propiedad que ha sido y es el mayor enemigo de la cristiandad. Si no cortamos de cuajo la raíz podrida de este árbol no podremos evitar el veneno de sus frutos que envenena a tantas almas y las encamina a la muerte eterna. Un árbol malo no puede dar frutos buenos dice Cristo en el Evangelio sin paliativos. ¿Quién se enfrenta hoy en día al liberalismo? ¿Quién, con el filo de su pluma o de su lengua, se muestra implacable contra esta doctrina luciferina?

Pocos son los valientes que se enfrentan abiertamente a la dictadura del liberalismo. Pensadores católicos como Javier Barraycoa, José Miguel Gambra, Daniel Marín, Miguel Ayuso…son algunos de los primeros que me vienen a la mente. Andrés García-Carro engrosa este elenco merced a sus cuatro últimos libros publicados: Católico, ergo antiliberalUn aguafiestas en la fiesta de SatanásContra la demoniocracia y Por Dios y por España.

El autor, con el que tendremos el honor de contar en esta página, debuta recopilando para ustedes sus mejores reflexiones antiliberales incluidas en los mencionados libros. Dinamita pura que pulveriza los cimientos de esta perniciosa ideología. No dejen de leerlo, les hará mucho bien y abrirá su mente a la Verdad de Cristo.

Javier Navascués

 

Maldito seas, liberalismo,

que has emponzoñado el orbe

de duda y confusionismo.

Edificado sobre arenas movedizas,

a quien atrapas succionas

en tus venenosas entrañas

dándole una falsa ilusión de luz

que es la antesala del Infierno.

La libertad, descocada

reina de tu fiesta,

has convertido en ramera

cuyas manos libidinosas

transforman lo que tocan

en pecado y en delirio.

Sí, liberal, ya sé que estás afilando

tu sonrisilla soberbia,

sonrisilla que a Satán

regocija mientras te observa.

«Uno más –se dice–, otro más

que me llevo al abismo».

El liberalismo entró en la historia apartando a Dios de la escena política y erigiendo al hombre como árbitro supremo de su propio destino. Las leyes, desde entonces, dejaron de basarse en la ley divina y, por tanto, en la ley natural –o sea, en una moral objetiva, inmutable y de validez universal– para someterse al criterio subjetivo y cambiante de los gobernantes de turno. A partir de ahí y en nombre de la libertad, de la autonomía de decisión humana, ya fue todo posible: tanto el comunismo como el nazismo, ambos igualmente independientes de la ley divina. Como tantas veces se ha repetido, Hitler llegó al poder democráticamente, y del mismo modo puede implantarse el comunismo en cualquier país donde haya una democracia liberal si ésa es la voluntad del demos. El liberalismo hace posibles tales monstruosidades, de las que es terreno abonado. El primer paso es apartar a Dios y el siguiente (consecuente) es pretender suplantarlo. Y cuando el hombre se cree Dios, o cree que puede prescindir de Dios, el desastre está asegurado.

Donde un católico dice Dios, un liberal dice Democracia.

Habla un ministro del PP, habla el prototipo del “católico” liberal: «Yo soy católico, pero no estoy en contra del matrimonio entre homosexuales, porque creo que en este tipo de cuestiones los derechos individuales son fundamentales. Lógicamente, no estoy a favor del aborto. Si una hija mía se viera en esa situación, siempre le recomendaría que no abortara. Pero tampoco modificaría la [abortista] legislación actual». O sea, sí, pero no, pero sí, pero no.

Resulta de lo más chistoso un liberal criticando a un progre. Algo así como un cojo del pie derecho mofándose de la cojera de un cojo del pie izquierdo.

Al César lo que es del César, sí, pero también el César –que no por poderoso deja de ser hombre– debe someterse a la ley de Dios y responderá ante la justicia divina. Este detalle lo olvidan todos los liberales, incluidos los sedicentes católicos, que esgrimen esa frase para defender la aconfesionalidad del Estado. El poder político y el poder religioso, el Estado y la Iglesia, no deben confundirse pero sí complementarse. Son como el cuerpo y el alma.

Qué fácil, qué cómodo es el laissez faire, laissez passer liberal. Lo que no es nada fácil ni nada cómodo es arreglar, después, el estropicio causado por los indeseables a quienes los liberales han dejado hacer y dejado pasar.

El liberalismo es una enfermedad del alma, mortífera y muy contagiosa, cuyos afectados no sólo niegan que sea una enfermedad sino que la consideran un signo de excelente salud. Su curación no es frecuente, pues aunque existe un tratamiento muy eficaz a base de medicación católica, el enfermo liberal rechaza seguirlo, dándose casos de enfermos que dicen ser liberales y católicos a la vez. También se conocen casos de afectados que creen no ser liberales, pese a que su sintomatología y cuadro clínico evidencian su afección. El liberalismo es actualmente una pandemia a escala planetaria que causa estragos en la humanidad. Se manifiesta en múltiples formas: relativismo moral, indiferentismo o sincretismo religioso, protestantismo (éste, a su vez, subdividido en infinidad de patologías), agnosticismo, ateísmo, materialismo, etc. Muchos de los doctores expertos en su tratamiento y curación se han contagiado de la enfermedad, por lo que las expectativas, no ya de erradicar el mal sino de mitigarlo, parecen muy escasas.

La verdad os hará antiliberales.

De un lado está el cristianismo, la Civitas Dei agustiniana, donde impera el recto orden basado en la ley divina, y de otro lado están todas las herejías mundanas, cualquiera que sea su ropaje: religioso (sectas protestantes, islamismo, budismo, judaísmo, etc.) o político-ideológico (liberalismo, socialismo, comunismo, etc.). O se está en un lado o se está en el otro, no hay “mediopensionismos” que valgan.

Ésos que se dicen liberales sólo en lo económico son como las prostitutas: pecan por dinero.

El liberalismo es intrínsecamente malo, pues carece de cimiento moral. Y es malo en todos los ámbitos, también en el económico. La economía, como actividad humana que es, está sujeta –debe estar sujeta– a un orden moral, exactamente igual que cualquier otra actividad del hombre. La mera rentabilidad económica no lo justifica todo.

Ha publicado Arcadi Espada en El Mundo un artículo en el que dice que deberíamos denunciar a los padres de los niños discapacitados («hijos tontos, enfermos y peores») porque, al no abortarlos, nos han cargado a nosotros con el coste de sus cuidados sanitarios. Y no, su artículo no es una broma irónico-macabra al estilo de la modesta proposición swiftiana; Espada lo ha escrito muy en serio. Como buen individualista liberal, eso de “cargar con los costes” del prójimo no va con él. Mejor suprimamos al prójimo y a otra cosa mariposa. Rentabilidad.

Tres son los requisitos para salir de la niebla liberal: amor a la verdad, inteligencia y humildad. Amor a la verdad para desear encontrar el camino correcto, inteligencia para distinguirlo de los que no lo son y humildad para reconocer que sin la ayuda de Dios nunca lo encontraríamos.

Lo que no me ayuda a salvar mi alma, aunque me resulte ventajoso en este mundo, debo desecharlo sin ninguna duda. Que un ateo vea absurda esta postura está en la lógica de su ateísmo (ya verá él cuando se muera, si no cambia antes, a dónde le conduce su “lógica”). Pero que un dizque creyente la rechace o cuestione con el argumento liberal de que una cosa es la vida pública-mundana de cada cual y otra su vida privada-espiritual demuestra que su fe es una fe de pacotilla.

Un liberal es respetuosísimo con un católico, siempre que el católico no se comporte como tal. ¿Y cómo debe comportarse un católico para que lo respete un liberal? Muy sencillo: dejando hacer, dejando pasar. Dejando hacer al Demonio, dejando pasar al mal. O sea, como un perfecto liberal.

Difícil prueba para un católico la de hallarse rodeado de liberales en una reunión de sociedad. Varios son los peligros que le acechan. Por pasarse de prudente, puede pecar de inoperante, de anodino. Por pasarse de dialogante, puede caer en la tibieza, en la contemporización. Y por pasarse de sincero, puede dinamitar la reunión

«Ama y haz lo que quieras». A esta receta agustiniana se reduce la ortopraxis católica. Pero, ojo, “ama” no de cualquier manera, no a la manera hippy-nihilista o egoísta-liberal, sino en el recto orden que también señala San Agustín: primero a Dios y, a través de Dios, a nuestros prójimos. A partir de ahí, pero sólo a partir de ahí, “haz lo que quieras”. Pues cualquier cosa que hagas, si es por amor a Dios y en obediencia a la voluntad de Dios, será buena.

No hay un liberalismo bueno y un liberalismo malo, como pretenden algunos haciendo extrañas piruetas conceptuales. El veneno liberal podrá tener, eso sí, distintos sabores y unos efectos más o menos inmediatos, pero en todo caso siempre es veneno. No os dejéis embaucar por los dalmacios vendedores de un liberalismo arraigado en el cristianismo. Es una estafa. Aunque la mona liberal se vista de seda cristiana, mona liberal se queda.

Es inútil combatir los efectos (aborto, “matrimonio” homosexual, etc.) si no combatimos su causa: el liberalismo. Si aceptamos que la libertad, como preconiza la ideología liberal, es independiente de la verdad, que cada individuo tiene su verdad y, por ende, su propia moral basada en esa su verdad subjetiva, entonces tanto vale el criterio de los partidarios como el de los detractores de cualquier aberración, y la imposición de uno u otro criterio depende de algo tan espurio, tornadizo y manipulable como las mayorías. La democracia liberal es pues una aberración en sí misma, siendo aceptable una democracia sólo si está sustentada en unos sólidos principios de validez universal, esto es, en verdades eternas y objetivas, esto es, en la ley divina y en la ley natural.

«Con la prostitución he logrado, haciendo cinco servicios al mes, cosas que mi madre no consiguió en toda su vida matándose a trabajar». Desde un punto de vista liberal, la prostituta es una triunfadora digna de admiración y su madre una pobre mujer digna de lástima. La decencia es un valor que no cotiza en la bolsa del liberalismo.

Ésos que continuamente apoyan y elogian a políticos y a periodistas liberales, pero que niegan, incluso ofendidos, ser liberales ellos mismos, son como clientes habituales de un prostíbulo hablando del problema de la prostitución como si el problema no tuviera nada que ver con ellos.

Los regímenes comunistas asfixian la libertad, los regímenes liberales la envenenan. Aun admitiendo que la muerte por envenenamiento pueda ser más dulce y más pausada, esto no es ningún consuelo para quienes de verdad amamos la libertad.

Un porcentaje elevadísimo de familias desestructuradas como consecuencia del divorcio, una ingente cantidad de bebés asesinados en los vientres de sus madres, una exaltación enloquecida de la sodomía hasta el extremo de instituir un llamado “matrimonio” homosexual equiparable legalmente al matrimonio verdadero, una programación televisiva indecente, una inmigración invasiva que ha disparado los índices de desempleo y delincuencia, un patriotismo reducido a forofismo furbolero, los filoetarras ocupando escaños en el Parlamento nacional, Vascongadas y Cataluña en manos de los separatistas, un sistema de taifas autonómicas ruinoso y antiespañol, una constante falsificación de nuestra historia conforme a la leyenda negra, un paupérrimo nivel educativo desde la escuela primaria hasta la universidad, un clima de vulgaridad, inmoralidad y estulticia generalizadas, un laicismo anticatólico impregnándolo todo… He aquí el balance del régimen liberal en el que estamos inmersos. ¡Ah, pero tenemos libertad, libertad de expresión, libertá, libertá, sin ira, libertá!

«Jesucristo es el primer liberal de la historia», escribió el otro día en el muro de un amigo mío una liberal de ésas que se dicen católicas. Qué duda cabe, el “conmigo o contra mí” cristiano es el paradigma del liberalismo, un antecedente clarísimo del “laissez faire, laissez passer” liberal. O las palabras de Cristo a la prostituta, «Vete y no peques más», igualitas a lo que dicen los liberales sobre “la libertad” para ganarse la vida ejerciendo la prostitución, que por supuesto debiera estar legalizada como cualquier otra profesión. O el aborto, o el “matrimonio” homosexual, que tantos adeptos tienen entre los liberales y que seguro que Jesucristo –¿alguien lo duda?– sería partidario de convertirlos en “derechos”… Realmente los liberales, en cualquiera de sus modalidades –“católicos”, anticatólicos o mediopensionistas–, están trastornados. A unos hay que rascarles más y a otros menos para comprobarlo, pero todos tienen un cacao mental de mil demonios. Y por cierto, esa estupidez blasfema de que Jesucristo es liberal les asemeja a algunos socialistas y comunistas que también pretenden, contra toda lógica, apropiarse de Él.

A quien sí cabe concederle el feo trofeo de “Primer liberal de la historia” es a Poncio Pilato, que democráticamente sometió a votación la suerte que debía correr Jesucristo. «¿La verdad? ¿Qué es la verdad?», le espetó PP al mismísimo Dios hecho hombre. Y a la liberal manera, lavándose las manos, contestó a su propia pregunta: la verdad es lo que diga la mayoría. Y si no es la verdad, en todo caso es la democracia, ¡perdón!, la Democracia, por encima de la cual no está ni Dios.

J´hésite” [“Dudo”] y “La réalité est très complexe” [“La realidad es muy compleja”] son las recurrentes expresiones de un compañero mío de trabajo, liberal, hable de lo que hable, así sea del asunto más trivial. Esas dos muletillas lo retratan y delatan la insania de la ideología de la que es víctima, el liberalismo, que efectivamente conduce al laberinto de la duda, complicando lo sencillo y enrevesando ad nauseam lo que, sin ser sencillo, tiene siempre, sin embargo, una solución racional. Cuando las verdades absolutas no existen, como proclama la ideología liberal, sino que todo es relativo y sometible al criterio subjetivo de los individuos, éstos acaban como mi pobre amigo, dudando hasta de lo más evidente. Eso sí, el tío se siente muy intelectual y muy profundo cada vez que repite, entrecerrando los ojos, que la réalité est très complexe.

Yo creo que sí, lo cual no significa que sea así, pero tampoco que no sea así. Sin embargo, es así. Aunque, bueno, podría no ser así. Depende. Lo cierto es que, visto desde este ángulo, es así y, visto desde este otro ángulo, también, pero siempre hay que contar con la posibilidad de que haya una nueva manera de verlo que nos haga verlo distinto o quizá no, quién sabe. Lo que no puedes es afirmar categóricamente que este perro es un perro, sólo porque a ti te lo parezca. No debemos caer en el dogmatismo. Firmado: Un liberal.

El Credo del católico liberal:

Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e invisible, pero creo que es tan respetable creer como no creer en Él.

Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Pero creo que todo ello pertenece a la esfera privada de mis creencias personales y creo que ahí debe permanecer.

Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Pero creo sobre todo en la Democracia, que respeta mis creencias personales y las de todos los demás aunque sean contrarias a las mías. Amén.

Liberal.- ¡Libertad!

Católico.- Sí, para hacer el bien.

Liberal.- No, libertad de cada individuo para hacer lo que quiera.

Católico.- ¿Lo que quiera, estás seguro? ¿Todo lo que quiera?

Liberal.- Siempre que respete la ley.

Católico.- Sí, la ley natural, la ley de Dios.

Liberal.- No, la ley de los hombres.

Católico.- Una ley de los hombres basada en la ley de Dios.

Liberal.- No, una ley de los hombres hecha según el criterio de los hombres.

Al final todo se reduce a lo mismo: obedecer o no obedecer a Dios. Los liberales, como Lucifer, optan por el non serviam. Dios, para ellos, o no existe o es como un trasto viejo arrumbado en el desván de su vida privada.

El católico liberal sufre un trastorno disociativo de la identidad como el relatado por Stevenson en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. El católico (Jekyll) cree tener controlado al liberal (Hyde), pero es éste quien acaba adueñándose de su personalidad. Una vez que el católico ha tomado la pócima del liberalismo, gradualmente va dejando de hacerle efecto el antídoto de su catolicismo, hasta desaparecer.

Un católico liberal puede hacer buenas migas con todo el mundo, excepto con un católico de verdad.

Cuidado con el discurso “respetuoso” de los liberales, tan dulzón en la forma como venenoso en el fondo. Ellos te dirán, por ejemplo: «Si tú quieres ir a misa, ve a misa; pero respeta que nosotros no vayamos, del mismo modo que nosotros respetamos que tú vayas». O: «Si tú no quieres tener relaciones sexuales sin estar casado, no las tengas; pero respeta que otros sí las tengan», etc. ¡Qué fácil, qué bonito, qué civilizado! Lástima que Dios no sea tan “respetuoso” con quienes infringen su Ley.

La democracia es, en realidad, la demoniocracia. Cuando Dios es apartado de la esfera política, el demonio ocupa su lugar y entonces ya cabe cualquier aberración: descuartizamientos de bebés en el claustro materno, operaciones de mutilación genital, uniones sodomíticas con rango de matrimonio… Derribadas las barreras de la ley natural, Satanás se enseñorea del territorio, disfrazado eso sí de gran benefactor. La locura se viste de cordura, el mal de bien, y quienes se resisten a aceptar semejante desvarío son declarados enemigos del progreso, que es la palabra mágica, totémica, que todo lo justifica, aunque no sea sino progreso hacia la barbarie.

Para defender lo indefendible –la compatibilidad del liberalismo con el catolicismo–, algunos liberales, especialmente los que se dicen católicos, arguyen que el liberalismo de nuestros días no es igual que aquél que fue condenado por la Iglesia tiempo atrás. Con el lenguaje escurridizo que les caracteriza, nos dicen que las circunstancias han cambiado, que cada momento histórico es distinto, que lo que era válido antes ya no lo es ahora. Pero tras esa palabrería hueca no ofrecen ningún argumento consistente, y no lo ofrecen porque no lo hay. El liberalismo es hoy exactamente lo mismo, la misma herejía, que en sus orígenes: la primacía del hombre sobre Dios, la libertad humana independizada de la voluntad divina, el diabólico non serviam. Ésta es la verdad, tantas veces expuesta por la Iglesia Católica a través de encíclicas papales y otros documentos de carácter dogmático. Y la verdad, contra lo que opinan los liberales, es eterna, atemporal, no tiene fecha de caducidad.

Ya van dos personas que, a cuento del título de mi nuevo libro, Católico, ergo antiliberal, me sueltan la parida buenista de que un católico no debe ser anti nada. Su argumento: el amor. ¡Ah, el amor, el amor…! Amor, sí, a Dios y al prójimo, no al Demonio ni a los pecados, a los que debemos combatir. Hay que ser anti Demonio y anti pecados. Un amor que no distingue el bien del mal, un amor que no protege al primero combatiendo al segundo, no es propio de católicos sino de pánfilos.

Algunos liberales que van de patriotas equiparan el amor a la patria y el amor a la democracia, queriendo con ello hacer creer que una y otra, patria y democracia, son indisociables. De ahí que hablen de “patriotismo constitucional” y demás zarandajas. Todo lo bueno que tocan, lo pervierten y lo adulteran agregándole su dosis de veneno liberal. Dios nos guarde de ellos.

A UN CATÓLICO LIBERAL

Que no, chaval,

que católico no casa

con liberal.

Es como cuadrar

el círculo

o como echar

cianuro al agua bendita.

¡Quita, quita!

 

Severos papas con severas

palabras lo sentenciaron:

el liberalismo es pecado

y trampa mortal.

Un querer dar el pego,

so capa de libertad,

poniendo el propio ego

en lugar de Dios en el altar.

¡Sucio juego!

 

Y no me vengas con rollos

de tal gurú o tal escuela

que por menos liberal

se salva de la condena.

No, chaval:

si es liberal está mal,

pues la moral la vulnera.

Podrás engañar y embaucar

a pobres gentes ingenuas

o con diarrea mental,

pero a Quien te habrá de juzgar

tus sofismas no le cuelas.

¡Gran problema!

¿A qué obedece el empeño de los llamados católicos liberales en afirmar que el liberalismo es compatible con el catolicismo? Yo creo que obedece a que en su fuero interno saben, o al menos intuyen, que su infausta ideología los lleva al naufragio espiritual. Se agarran entonces al catolicismo como a un salvavidas, pero en vez de nadar hacia la orilla para ponerse a salvo, bracean mar adentro en un tour de force absurdo, contraproducente, estúpido, caprichoso, típicamente liberal.

Una chica de veintitrés años ha publicado un anuncio en el que se ofrece sexualmente, es decir, está dispuesta a prostituirse, a cambio de una entrada para la final de la Copa de Europa entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid el próximo día 24 en Lisboa. He aquí un caso doméstico que nos sirve para explicar la incompatibilidad entre liberalismo y catolicismo. Desde un punto de vista liberal, nada se puede objetar a la oferta de la chica, la cual no hace sino ejercer, como gustan de repetir machaconamente los liberales, su libertad individual. Desde un punto de vista católico, bien al contrario, su oferta es inadmisible por inmoral, escandalosa, autodenigratoria y, en definitiva, por pecaminosa. Un católico liberal, en su esquizofrenia, dirá como liberal “que la chica haga lo que quiera”, en tanto que como católico dirá que a él no le parece bien y que “yo no lo haría”. Pero es que un católico de verdad no sólo no lo haría sino que no permite que lo haga su prójimo, a quien intenta impedírselo incluso coactivamente (censurando el texto de ese anuncio indecente, en el caso que nos ocupa). Ah, ¿que esto no es liberal? ¡Pues claro que no es liberal! Pero es católico. Católico, ergo antiliberal.

No hacer caso a quien tiene razón no es propio de una persona libre sino de una persona muy majadera.

Una liberal se me ha puesto bravita presumiendo de apertura de mente ante las nuevas ideas, en contraposición a la, según ella, cerrazón y el inmovilismo de quienes no somos liberales. Para irla templando le he colocado un par de banderillas chestertonianas. Una: «Cuidado con abrir demasiado la mente, no se te vaya a caer la sesera». Dos: «Lo que nuestra época nos vende como nuevas ideas no son más que viejas herejías». Y la he estoqueado con mi propio estoque: «En cuanto a mente abierta, la mía lo está… a la verdad. Por eso he pasado de ser liberal a ser antiliberal. La cerrada e inmovilista eres tú, que no sales de la cárcel mental del liberalismo».

No hace falta hacer un estudio sociológico para darse cuenta de la inmoralidad reinante en nuestra sociedad. La decadencia moral salta a la vista en nuestro propio entorno familiar. ¿Quién no tiene en su familia un miembro (o miembra) homosexual? ¿Quién no tiene en su familia un miembro (o miembra) que viva en concubinato? ¿Quién no tiene en su familia un miembro (o miembra) que haya procreado fuera del matrimonio?… Y lo peor no es la propagación de estos pecados, que después de todo siempre han existido, sino su aceptación y su “normalización”, la pérdida misma de la noción de pecado. Rechazar tales conductas hoy, llamarlas por su nombre, supone el ostracismo y la marginación. Incluso a ojos de familiares que pasan por biempensantes, ser consecuente con la doctrina católica te convierte en un sujeto molesto, en un apestado. Son los efectos del liberalismo, que todo lo que toca lo corrompe.

La relación de un liberal con la verdad es como la de un niño lerdo con una pelota: la persigue con ahínco, pero al agacharse a cogerla le da un puntapié que le obliga a seguir corriendo tras ella, y así una y otra vez hasta el infinito.

«Creó RIQUEZA», ha escrito sobre Emilio Botín uno de tantos liberalillos lobotomizados, erigiendo con esas mayúsculas un monumento al difunto, como si amasar una fortuna fuese el mayor logro que se pueda alcanzar en esta vida. Riqueza para sí mismo, desde luego que la creó. Ahora bien, ¿redundó en el bien común su fortuna, sirvió para mejorar la calidad de vida, no sólo material sino sobre todo espiritual, de la sociedad? ¿Puso Botín su botín al servicio de Dios, en beneficio de la Iglesia Católica, del apostolado, de la evangelización? Estas cuestiones nuestro liberalillo lobotomizado ni se las plantea, extasiado como está ante la RIQUEZA del finado.

Escribe un liberal: «La democracia no consiste en tener razón, sino en convencer a los demás de que la tienes». Efectivamente, en la democracia tener razón, decir la verdad, no importa o, como mucho, importa en grado secundario. Los valores principales son otros: la simpatía, la “imagen”, la “cercanía”, la capacidad de embaucamiento… Da igual que digas mentiras, estupideces o locuras, mientras convenzas a los demás (a la mayoría) de que tienes razón. Con estos mimbres sería un milagro que saliese un cesto en buenas condiciones.

El liberalismo, desde sus orígenes y para siempre, ha sido explícitamente condenado por varios papas en encíclicas de carácter dogmático, esto es, cuyo contenido sienta doctrina y por lo tanto es inmutable (léase, por ejemplo, la encíclica Libertas Praestantissimum, dedicada monográficamente a este tema). No obstante lo cual muchos sedicentes católicos, los “católicos” liberales, siguen emperrados en que el liberalismo es compatible con el catolicismo, ya sea porque ignoran las condenas papales o porque dan mayor autoridad a cualquier majadero con ínfulas intelectuales o periodistilla zascandil que sostenga contra toda lógica lo contrario de lo que dice el magisterio de la Iglesia.

Como bien ha recordado Juan Manuel de Prada en artículo reciente, el liberalismo, con su frívolo sentido de la libertad, produce monstruos como el comunismo, que no es sino un hijo díscolo de su irresponsable papá liberal. Así lo retrató proféticamente Dostoiewski en su novela Los endemoniados, que anunció la revolución bolchevique, y así lo estamos viendo en España con la irrupción de Podemos, partido que no viene a corregir los males de nuestro sistema liberal, como pretende, sino que es la consecuencia última del mismo. La enfermedad del liberalismo genera sus propios anticuerpos que acaban con ella, sí, pero arrasando con todo, en primer lugar con la libertad cuya defensa, perversamente, se arrogan los liberales.

Cuando tratas de explicarles a los liberales más aparentemente moderados que sólo podremos acabar con las abominaciones de la modernidad mediante la restauración del Reinado Social de Jesucristo, automáticamente saltan, cual si estuviesen programados, con que “eso es teocracia” y con que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Da igual que les aclares, respecto a esto último, que no por ser del César lo que es del César, tal como dijo Jesús, deja el César de responder de sus actos ante Dios como cualquier otra persona. Ellos siguen erre que erre (erra que erra) esgrimiendo la simpleza de la “teocracia”, término que toman de las tiranías islamistas, como si lo mismo diese una religión falsa que la religión verdadera. Para ellos todo vale o, al menos, todo cabe dentro del debate político, siempre que esté dentro de los parámetros de su propia religión, la democracia liberal, en la que el hombre ocupa el lugar de Dios. Y, así, estamos viendo cómo algunos de estos liberales más aparentemente moderados, entre los cuales no falta algún “católico” liberal, miran con simpatía a los neocomunistas de Podemos, a los que califican de opción respetable, interesante y hasta digna de aplauso. Pues nada, majetes, vosotros seguid profesando vuestra abominable religión del luciferino non serviam demoliberal que tan apestosos frutos ha dado: divorcio, aborto, eutanasia, bodas sodomitas, transexualismo, drogas, puterío a gogó… A los católicos nos toca, con la ayuda de Dios, combatir toda esa locura, restituir el orden cristiano, aguarle la fiesta a Satanás.

¿Qué significa en realidad la frase, típicamente liberal, “la religión debe permanecer en el ámbito de lo privado”? Significa que, cual si fuese una mujer barbuda, la religión ha de estar encerrada en un cuarto oscuro. Si acaso, sacarla de vez en cuando para cruel divertimento del personal

«¡Muera Don Carlos,/ viva Isabel!/ ¡Muera Cristo,/ viva Luzbel!». Cancioncilla que cantaban los liberales en 1834. Pero nuestros liberales de hoy, por necedad o por torticería, aún tienen la desvergüenza de atribuir “raíces cristianas” al liberalismo y de declararse católicos algunos de ellos.

No te enredes en discusiones con liberales. Sácalos de su error, si se muestran dispuestos a aprender, o apártate de ellos. O, a los más soberbios e insolentes, noquéalos con un certero golpe dialéctico.

¿Qué es el liberalismo? El liberalismo es el non serviam luciferino, la anteposición de la voluntad del hombre (del individuo, como dicen los liberales) a la voluntad de Dios. Rizando el rizo de la ignominia, algunos de ellos, particularmente los sedicentes católicos liberales, aducen: «Un liberal podrá, o no, anteponer su voluntad a la de Dios». Como si obedecer o no obedecer a Dios fuese igualmente aceptable y respetable.

¿Realmente los votantes del PP votan a ese partido a pesar de las leyes proaborto y pro “matrimonio” homosexual que el PP ha mantenido en vigor, pudiendo derogarlas? Seguro que algunos sí, pero me parece que la mayoría no. Sencillamente han terminado por aceptar como inevitables esas leyes inicuas o incluso por considerarlas un progreso, de igual modo que se opusieron a la ley del divorcio en su día, para acabar acogiéndose a ella con entusiasmo. Esto explica que no hayan votado nunca a partidos defensores de principios católicos o que dejaran de votarlos: no por no dispersar el voto de la derecha, como hipócritamente alegan, sino porque en realidad no comparten dichos principios. El veneno liberal los ha matado espiritualmente.

La raíz del mal –no hay que cansarse de decirlo– es el liberalismo. Mientras éste no sea erradicado, el árbol crecerá podrido. Quien no entiende esto no entiende nada y seguirá, a izquierda o a derecha, dando palos de ciego.

Los liberales se dedican a repartir cajas de cerillas y barriles de gasolina entre los pirómanos y luego se llevan las manos a la cabeza cuando los pirómanos provocan un incendio.

«Vengo aquí reivindicándome como mujer, como boyera, como comunista y como feminista». Con estas palabras se ha presentado a la ciudadanía, sorbiéndose a la vez los mocos, Alba López Mendiola, de quien se habla como posible nueva concejal de Cultura (¿o será de Kultura?) del Ayuntamiento de Madrid regentado por la abuelita Carmena. También hemos podido ver imágenes suyas recientes –la choni tiene veintitrés añitos– en las que sale con un arete en la napia y una polla de plástico colgada del cuello. Es sólo uno de los muchos personajillos grotescos que, como en una pasarela de frikis, están desfilando estos días ante nuestros atónitos ojos. «¿De dónde ha salido esta gente?», se preguntan los pasmones de la derecha. Ha salido de las entrañas de nuestra sociedad, plagada de jóvenes y jóvenas de esa ralea como resultado de cuatro décadas de permisividad y despiporre liberal. Ha salido de unas familias deshechas, del resentimiento social fruto de la aniquilación de las clases medias, de unas escuelas y universidades que son órganos de difusión de ideologías criminales, de ese abrevadero de inmoralidades que es la telemierda… De ahí ha salido esa gente.

Tesis central del liberalismo: «Cada uno es libre de hacer lo que quiera, siempre que no coarte la libertad de los demás». Realidad de la vida: eso, además de inmoral, es imposible. Inmoral porque uno no es libre de hacer lo que quiera sino lo que debe. E imposible porque los actos de cada uno de nosotros, a menos que vivamos en un aislamiento absoluto, repercuten inevitablemente en los demás. Tomemos el ejemplo de los ciclistas despelotados en la vía pública. Su “libertad” de ir así coarta la mía de no querer ver ese obsceno espectáculo. «Pues no lo mires», replicará el liberal. Y efectivamente eso es lo que hará una persona con el debido sentido del pudor: retirar la vista. Hasta que llegue un momento en que, parafraseando a Quevedo, no hallemos cosa en que poner los ojos que no sea un pelotón de ciclistas en pelotas o una pareja de maricas mariconeando (que ya empieza a ser habitual verlos en la calle) o cualquier otra indecencia fruto de la inmoral “libertad” preconizada por el liberalismo. Si el bien no destierra –o por lo menos arrincona– al mal, éste acaba desterrando al bien.

El liberalismo, que no es otra cosa que el non serviam luciferino aplicado a la política en su más amplio sentido, es la raíz del mal. Esto parecen no querer entenderlo, o no atreverse a entenderlo, los católicos infocatólicos, liberales en definitiva, que atinados al señalar los males que afligen al mundo moderno, se obstinan sin embargo en el error de aferrarse a supuestas soluciones modernas –la democracia liberal– para combatir dichos males. Por ceguera o por temor (temor a quedarse fuera del juego democrático), no dan el necesario paso hacia la antimodernidad, hacia el antiliberalismo, sino que tienen, como dijo el Papa Pío IX, “un pie en la verdad y un pie en el error”. Son los grandes confundidos y/o confundidores del catolicismo y operan, a la postre, como auténticos engañabobos.

Cuatro son los pecados que claman al cielo, es decir, los más graves de todos los pecados: 1. El homicidio voluntario. 2. El pecado impuro contra el orden de la naturaleza. 3. La opresión del pobre. 4. La defraudación o retención injusta del jornal del trabajador. Todos ellos los promueven los regímenes liberales, de lo que podemos poner ejemplos muy concretos: 1. El aborto. 2. El llamado “matrimonio” homosexual. 3. Los contratos-basura. 4. El despido libre. Y aún hay majaderos que se dicen católicos liberales o que defienden la compatibilidad del catolicismo con el liberalismo.

En una sociedad católica la gente mira hacia lo alto, hacia Dios. En una sociedad liberal cada cual mira a su ombligo. En una sociedad comunista o fascista la imagen gigantesca del líder carismático lo eclipsa-distorsiona todo.

Al Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo los liberales lo llaman, rechazándolo, “teocracia”, que es como llaman también a las tiranías mahometanas (para ellos tanto da la religión verdadera que las religiones falsas). Pues bien, aceptemos el término, ya que les hace ilusión. Yo quiero una teocracia, sí, un “gobierno de Dios”. Un régimen político cuyas leyes emanen de la ley divina. Qué forma adopte dicho régimen, monarquía o república, eso es lo de menos. Si está sometido a la ley de Dios, será un régimen decente. En una teocracia católica la unidad de la patria sería sagrada, ergo intocable. En una teocracia católica el matrimonio sería indisoluble, ergo no habría divorcio. En una teocracia católica nadie tendría derecho a matar a un inocente, ergo el aborto estaría prohibido y su comisión severamente castigada. En una teocracia católica aberraciones antinatura como el llamado “matrimonio” homosexual serían inconcebibles. En una teocracia católica no habría libertad de expresión sino expresión de la verdad (que es la que nos hace realmente libres), con lo que nos ahorraríamos las riadas de estupideces, zafiedades, herejías y blasfemias que continuamente nos infligen los medios de comunicación. En una teocracia católica, volviendo al principio y para decirlo todo de una vez, Cristo sería Rey.

La democracia liberal es como una casa de putas. Sólo es decente entrar en ella para clausurarla.

Escribe cierto periodista liberal, director de cierto programa de radio: «Seguro que hay muchos oyentes de este programa que van a votar al PP. Habrá otros que opten por el PSOE o por Podemos. Y todos esos votos son tan válidos y respetables como el mío. Decidan lo que decidan, cualquier cosa que ustedes voten estará bien, por definición de democracia». O sea, no importa lo que se vota (él mismo señala algunas de las aberraciones de diversa índole que defienden esos y otros partidos), lo que importa es votar. Y, para colmo del dislate, su artículo lo titula “Vota racional”.

¿Discutirías con un loco? ¿No, verdad? Pues por lo mismo no debes discutir con un liberal. Aunque la apariencia de éste pueda ser la de una persona cuerda, a poco que le rasques comprobarás que tiene un grave déficit de raciocinio. No discutas, pues, con él. Limítate a decirle la verdad. Con caridad, sí, pero con claridad también. Es el único antídoto que podría curarle su locura liberal

El liberalismo es el mal, la causa del mal. En cualquiera de sus formas: liberalismo de derechas, liberalismo de izquierdas, liberalismo “católico”, liberalismo ateo… Todos en el fondo son lo mismo: la negación de la reyecía de Cristo en la tierra. Y donde Dios no es Rey, reina el Demonio.

Liberal no es lo contrario de socialista, ni de socialdemócrata, ni de comunista, ni de marxista. Tampoco es lo contrario de fascista. Liberal es lo contrario de católico. Todas las antedichas ideologías, cada cual a su manera, son liberales en el fondo, en tanto en cuanto que incompatibles con el catolicismo. Curiosamente, sin embargo, en todas ellas hay quienes se dicen católicos: liberales que se dicen católicos, socialistas que se dicen católicos, socialdemócratas que se dicen católicos, comunistas que se dicen católicos, marxistas que se dicen católicos, fascistas que se dicen católicos… Todos retorciendo a su antojo el catolicismo para adaptarlo a su perniciosa ideología.

Si hay que discutir para elucidar la verdad, se discute; pero discutir por discutir, como diría José Mota, es tontería. En general, tratándose de cuestiones de índole moral, la verdad está muy clara, no requiere de grandes elucubraciones llegar a ella. Todo está en el Catecismo de la Iglesia Católica. Es propio de mentes liberales (o protestantes, viene a ser lo mismo) creer que la verdad siempre está por descubrirse o que es discutible o que no es absoluta. Recordemos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: «Sea vuestro hablar: o sí, sí, o no, no. Porque lo que es más que esto proviene del Maligno».

Es típicamente liberal la creencia de que nadie está en posesión de la verdad. La Iglesia Católica está en posesión de la verdad, que le fue revelada por Dios. Quien cree y dice lo que dice la doctrina católica está, por tanto, en posesión de la verdad. O, si se prefiere, poseído por la verdad. Quien no lo cree así también está poseído, pero por el demonio. Por el demonio del liberal-relativismo.

Leo un artículo sobre “personas tóxicas”. La conclusión del mismo: “aléjate de quien no te haga feliz”, esto es, de las personas tóxicas. Lo que no precisa el artículo es en qué consiste ser feliz, aunque de su argumentación hedonista, inconfundiblemente liberal, cabe deducir que por ser feliz entiende su autor “hacer lo que te da la gana”. Siendo esto así, para un fornicario, por ejemplo, será tóxica la persona que le diga que fornicar es un pecado mortal y que debe por tanto dejar de fornicar; o para un sodomita será tóxico quien le diga que la sodomía es un pecado que clama al cielo, etc. Y esta es, al fin y al cabo, la realidad de este mundo intoxicado de liberalismo en el que vivimos: nada más “tóxico” para él que el catolicismo.

Mientras el debate político se libre en el tablero ideológico de las falsas dicotomías (derecha-izquierda, liberalismo-socialismo, conservadurismo-progresismo), la batalla católica, la batalla por la restauración de la Cristiandad, estará perdida de antemano. Todas esas categorías ideológicas son de matriz liberal y por lo tanto de ellas, de cualquiera de ellas, no puede más que surgir una forma de liberalismo, incluso si se dice antiliberal. El verdadero debate, el verdadero combate, es el que se libra entre el liberalismo (insisto, en cualquiera de sus formas ideológicas) y el catolicismo. No entender esto es dar palos de ciego y sólo lleva a la cháchara absurda y superficial sobre asuntillos de actualidad como si el nuevo gobierno de Rajoy es más o menos de derechas o de izquierdas, más o menos liberal o socialista, más o menos conservador o progresista, cuando lo único que de verdad importa es lo que ese gobierno no es: católico. Y no es católico porque no puede serlo; porque el árbol del que nace, el régimen de la Constitución de 1978, es un régimen liberal que lógicamente sólo puede dar frutos liberales.

«Si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír». Frase de George Orwell citada por toquisqui.

Pues no, la libertad no es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír, sino el derecho a decirle la verdad. Es la verdad, y sólo la verdad, como dijo Jesucristo, la que nos hace realmente libres. No existe ningún derecho a decirle a la gente nada (quiera oírlo o no) que no sea la verdad, pues como siempre se ha dicho el error no tiene derechos. La peste de nuestro tiempo, o una de las pestes de nuestro tiempo, es la llamada libertad de expresión, ese falso derecho a que cada cual pueda decir lo que le dé la gana, así sea la mayor barrabasada. Si diésemos por buena la sentencia de Orwell, tendríamos que aceptar el “derecho” de los abortistas a decirle a la gente que el crimen del aborto es un progreso para la humanidad o el “derecho” de los homosexualistas a decirle a la gente que la aberración del “matrimonio” homosexual asimismo es un gran avance, cosa que la gente decente no queremos oír y tenemos todo el derecho a no oírlo. La propaganda de esas y otras perversiones (otro ejemplo: la ideología de género), en una sociedad moralmente sana tendría que estar censurada y castigada.

El catolicismo da un inmenso y saludable espacio a la libertad: todo lo que no es pecado está permitido. El liberalismo, por el contrario, encierra a la libertad en un subjetivismo moral que la acaba volviendo loca.

Lo peor de las sociedades liberales no es que en ellas se peque mucho, es que la propia noción de pecado queda abolida o, lo que viene a ser igual, sometida al criterio subjetivo de cada persona. El liberalismo es por ello un pecado en sí mismo, como siempre ha sostenido la Iglesia, y no un pecado cualquiera, tampoco un pecado grave sin más, sino un pecado contra el Espíritu Santo, pues impugna la verdad eliminando la posibilidad del arrepentimiento y por tanto cerrándose a la misericordia divina. El liberalismo, nunca lo repetiremos demasiado, es el non serviam luciferino, tanto en el caso del liberal ateo que abiertamente niega a Dios como en el caso del liberal “católico” que dice acatar los mandamientos divinos, pero acepta como opción igualmente respetable que otros no los acaten.

Sólo en un mundo de locos coexisten en plano de igualdad categorías morales antagónicas o contradictorias. Ese mundo es el nuestro, el mundo de las democracias liberales, donde tan válido y tan legal es defender el crimen del aborto como oponerse a él, por sólo mencionar el ejemplo más sangrante. Y ya se sabe lo que ocurre cuando el mal se equipara con el bien: que el mal acaba acaparándolo todo.

«Yo no soy liberal –te dirá el neocon de turno–; pero el problema no son los liberales, el problema es la izquierda liberticida». No se da cuenta, o no quiere darse cuenta, de que todo es el mismo problema: el liberalismo como causa y la izquierda liberticida como efecto. Y también ellos, los neocones, forman parte del problema al errar una y otra vez en su diagnóstico impidiendo ir al fondo de la cuestión para resolver el problema. Si no queremos izquierda liberticida, hemos de cortar de raíz el árbol liberal que da ese fruto.

“Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva”. Bienvenidos al mundo en que decir esa obviedad es “una campaña de odio basada en la intolerancia”, “impresentable”, “un atentado contra los menores transexuales”, “transfobia”, “práctica discriminatoria en la que se dice a los niños lo que tienen que ser”. Bienvenidos a la estación terminal del liberalismo. Bienvenidos al abismo.

O nos damos cuenta de que

da igual Podemos que PP,

PSOE que Ciudadanos,

o nos vamos al guano.

No es lo económico, es lo moral

lo que marca la diferencia

entre el bien y el mal.

Y en este régimen que padecemos,

corrupto a fuer de liberal,

moralmente no hay nada sano.

Aborto, bodas sodomitas,

perversión de menores con pérfidas

ideologías de género mendaz;

todo es un carnaval

sacrílego y blasfemo

con apoyo institucional.

Hazme caso, hermano:

o cortamos de raíz

el árbol liberal

que da estos frutos malsanos

o nuestro amado país

se va derechito al guano.

Andrés García-Carro




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